“Ven a nacer conmigo, hermano, dame la mano desde la profunda zona de tu dolor diseminado”. (Canto General, Alturas de Macchu Picchu, Poema XII)
Entre los enigmas de la vida de Neruda está haber sido enterrado cuatro veces, y yo agregaría el haber nacido dos veces; la primera el 12 de junio de 1904, nacido a la vida y a la poesía; al romanticismo de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, a la soledad de Residencia en la tierra, a la empatía de Canto general, al amor por lo cotidiano de las Odas elementales y las Odas a las cosas, a las ideas, a la doctrina, al compromiso, a la persecución y al destierro. La segunda el 23 de septiembre de 1973, nacido a la historia, a la inmortalidad, al legado, al testimonio, al acoso de su memoria y al peregrinaje de sus restos.
Cuando he visitado su tumba no he dejado sobre ella caracoles, como otros, ni me he conformado con lo escueta de su lápida, he preferido imaginarme su epitafio, el mismo que dispuso en su Canto general: “…Compañeros, enterradme en Isla Negra, frente al mar que conozco… Saben que allí quiero dormir, entre los párpados del mar y de la tierra…”
A los que, como yo, aman la poesía de quien Gabriel García Márquez definió como “el más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”, les comparto dos de los poemas a Neruda de mi libro “Poemas del mar y otros amores”.
Oda a Neruda
Amo tus versos y tus cosas, tu casa en la arena
y tus amantes colgantes curtidas de sal y recuerdos,
amo sus miradas infinitas, testigos del viento y de las olas.
Amo tu barco en la tierra, amo tus tardes de poetas,
navegando del recuerdo a la nostalgia,
muchas veces sobre mar crispado y otras sobre mar en calma.
Amo tus Veinte poemas de amor y tu Canto general,
tus insectos de colores, tus botellas multiformes
y la mesa que te trajo el mar,
amo las lluvias de Temuco y las uvas desnudas de Parral,
Amo tu banco de piedra y tus campanas,
amo tus memorias.
Amo lo que vieron tus ojos en Isla Negra,
en La Chascona o en La Sebastiana,
amo tu locomotora con el silente sonido de tu infancia.
Amo tus luchas y tu travesía,
amo tu muerte que marcó por siempre a los verdugos,
amo tu timidez escondida en tu capa negra de poeta.
Amo Capri y los Versos del Capitán,
nacidos anónimos en sus estrechas callejuelas,
entre el amor por Matilde y tu conciencia.
Amo el verbo y las palabras,
y por eso amo lo que sólo he vivido en tu poesía.
¿En qué pensaste?
En qué pensaste poeta, caminante del amor,
obrero de las ideas y las palabras,
traficante empedernido de los versos y la prosa.
En qué pensaste, me pregunto,
en Matilde, en Delia o en María Antonieta,
en tu caballo de madera, en tus insectos, en el vino
o en tu bar autografiado de poetas.
Debiste habernos dicho en qué pensaste,
quizás en tu hermano nacido para siempre en la moneda
caminando hacia la gloria entre las grandes alamedas.
En qué pensaste poeta de la tierra infinitiva y de la tumba prestada,
pensaste en la mamadre,
o quizás sólo te arrepentiste de haber dejado atrás a Ricardo
y dejarnos a todos el acertijo de por qué Pablo.
Pensaste en tus memorias escritas desde el lecho
con las manos de tu amada,
pensaste acaso en que serías el poeta más veces enterrado.
Quizás nunca sepamos en qué pensaste,
o a lo mejor nos llegue un día tu cartero con una carta de Neruda,
que nos diga en qué pensaste en ese momento
en que unas manos enguantadas pretendieron, sin lograrlo,
envenenar en tu sangre la poesía.
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