Bonifacia Alcántara, conocida cariñosamente como Mamá Bona, fue una figura singular de la memoria oral y comunitaria de Las Matas de Farfán, particularmente vinculada a Pedro Corto, comunidad de la provincia San Juan. Su nombre trascendió el entorno local y llegó a ocupar un espacio en las referencias populares sobre espiritualidad, religiosidad y relaciones con figuras del poder político dominicano.
Su historia constituye un tema de interés para la microhistoria sanjuanera, no solamente por las referencias que circularon sobre sus actividades espirituales, sino también por la dimensión social de su figura, su entorno familiar y las características de las instalaciones que estuvieron vinculadas a su presencia.
En la década de 1970, Mamá Bona alcanzó notoriedad pública al ser identificada como una de las personas relacionadas con las consultas espirituales del entonces presidente Joaquín Balaguer. Esta asociación contribuyó a proyectar su nombre más allá de Las Matas de Farfán, incorporándolo a las narraciones populares sobre la relación entre espiritualidad y poder político en la República Dominicana.
Sin embargo, más allá de esas referencias, existe una dimensión de su historia que merece atención: el espacio físico y social desde el cual desarrollaba sus actividades.
Una visita que permanece en la memoria
Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Mamá Bona durante una visita a las instalaciones vinculadas a su residencia. Aquella experiencia permanece en mi memoria por las características particulares del complejo y la diversidad de sus construcciones.
A la entrada de la propiedad se encontraba una escuela pública que, según la información que conocí, había sido construida por ella. Este detalle llamó mi atención porque revelaba una dimensión educativa que ampliaba la percepción de sus actividades más allá de las prácticas espirituales.
En el interior había una iglesia formal, con espacio destinado a los coros y numerosas imágenes religiosas relacionadas con la crucifixión de Jesucristo.
Pero hubo otra construcción que despertó particularmente mi curiosidad.
Era un recinto con un pasillo central de superficie plana y, a ambos lados, escalinatas con numerosos peldaños que terminaban contra las paredes laterales. Sobre cada escalón había velas y velones.
La disposición de aquel espacio me hizo pensar que podía estar destinado a ceremonias o prácticas de atención espiritual para personas que atravesaban situaciones delicadas de salud. No puedo afirmar que esa fuera exactamente su función, pues se trata de una interpretación personal de lo observado, pendiente de confirmación mediante testimonios de quienes conocieron directamente sus actividades.
La propiedad contaba, además, con un helipuerto y varias viviendas cómodas distribuidas dentro de la finca.
La impresión que me produjo aquella visita fue la de encontrarme ante un conjunto arquitectónico de características poco comunes para el contexto rural en que estaba situado. Allí coexistían espacios educativos, religiosos, residenciales y otros cuya función ceremonial merecería una investigación particular.
Espiritualidad y reconocimiento social
La figura de Bonifacia Alcántara permite aproximarnos a una expresión de liderazgo femenino que ha tenido presencia en diferentes comunidades rurales dominicanas: la autoridad espiritual construida a partir del reconocimiento popular.
En estos contextos, determinadas mujeres llegan a convertirse en referentes de consulta, orientación y acompañamiento ante situaciones personales, familiares o de salud. Su reconocimiento no necesariamente depende de una estructura religiosa institucionalizada, sino de la confianza que generan, de las prácticas que desarrollan y de la valoración que la comunidad atribuye a sus capacidades.
El caso de Mamá Bona merece estudiarse desde esa perspectiva, sin prejuicios y sin convertir en hechos demostrados las interpretaciones que forman parte de la tradición oral.
La presencia de una iglesia con simbología cristiana, junto a otros espacios de características ceremoniales, plantea interrogantes sobre la relación entre religiosidad popular, creencias espirituales y prácticas culturales en el valle sanjuanero.
También invita a examinar cómo una mujer procedente de una comunidad rural pudo alcanzar una proyección social que trascendió su territorio de origen.
Familia y memoria de Las Matas de Farfán
Bonifacia Alcántara pertenecía a una numerosa y reconocida familia de Las Matas de Farfán. Fue madre del cantante y locutor Richie Ricardo, dato que también forma parte de las referencias periodísticas sobre su vida.
Una publicación de El Granero del Sur, fechada el 6 de septiembre de 2015, informó sobre su fallecimiento, ocurrido un jueves de septiembre de ese año en Santo Domingo. Sus restos fueron velados y sepultados en Las Matas de Farfán.
Este regreso a su territorio de origen tiene una significación especial para la memoria comunitaria. La mujer cuyo nombre había alcanzado notoriedad nacional volvió a la tierra con la que mantenía sus vínculos familiares y sociales.
Su historia, por tanto, no puede reducirse a las referencias sobre sus supuestas capacidades espirituales o a su relación con el poder político. También debe examinarse desde su pertenencia familiar, su reconocimiento comunitario y las huellas materiales que dejó en su entorno.
Una historia que merece investigarse
La figura de Mamá Bona constituye una oportunidad para ampliar el estudio de la microhistoria de San Juan y de las expresiones culturales del Sur dominicano.
Su trayectoria reúne elementos que merecen una investigación documental y testimonial: la escuela que se le atribuye, la iglesia, las instalaciones ceremoniales, el helipuerto, sus relaciones familiares y las referencias sobre su vinculación con Joaquín Balaguer.
Sería importante recoger testimonios de familiares, antiguos residentes de Pedro Corto y personas que acudieron a sus instalaciones. Asimismo, convendría localizar documentos periodísticos de la década de 1970 que permitan precisar el alcance de su proyección pública.
No se trata de construir una leyenda alrededor de su nombre, sino de recuperar una experiencia humana y social que forma parte de la memoria de Las Matas de Farfán.
Años después de aquella visita, comprendo que lo observado entonces tiene un valor testimonial que merece ser compartido. La escuela situada a la entrada, la iglesia, las imágenes religiosas, las escalinatas cubiertas de velas y velones, las viviendas y el helipuerto constituyen recuerdos que hoy adquieren otra dimensión.
Mamá Bona fue una mujer cuya influencia, según las referencias que han llegado hasta nosotros, trascendió los límites de su comunidad. Su historia merece ser estudiada con rigor, pero también con la sensibilidad necesaria para comprender el universo cultural y espiritual en el que desarrolló su vida.
Rescatar a Bonifacia Alcántara es, en definitiva, rescatar una parte de la memoria social del Sur dominicano. Una memoria que no siempre aparece en los grandes relatos históricos, pero que permanece viva en los testimonios de quienes conocieron a sus protagonistas.

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