En Ahora que todo pasa (Editora Ángeles de Fierro, 2023), José Miguel García demuestra una notable capacidad para transformar experiencias íntimas en imágenes de amplia resonancia humana. En «Oscuros caminos» y «Germen del ocaso», pertenecientes a la sección Vasija rota en la orilla del río, el poeta no se limita a nombrar la soledad, el deterioro de los vínculos o la fugacidad de la existencia. Su mayor acierto consiste en crear relaciones insólitas entre palabras, imágenes naturales, sensaciones y estados de conciencia. De esa operación nace una poesía que exige al lector descubrir lo que las palabras sugieren más allá de lo que literalmente dicen.
La cosmolingüística, cuyo objeto de estudio son los universos de universos comunicativos, verbales y no verbales, permite aproximarnos a esa riqueza. Como expongo en Cosmolingüística. Discurso, ideología y cine (Isla Negra, 2022) y La lengua del fanerón. Un enfoque para el análisis del discurso (MESCYT, 2024), los textos adquieren significación en relación con los múltiples contextos que los circunscriben. No hay una categoría única ni definitiva para analizarlos. Sus universos comunicativos pueden ser religiosos, jurídicos, políticos, psicológicos, sociológicos, metalingüísticos, entre muchos otros. En estos dos poemas podemos reconocer, al menos, cinco universos especialmente productivos para la interpretación: el psicológico, el natural, el temporal, el interpersonal y el metalingüístico. No aparecen separados, sino que se entrecruzan y se transforman mutuamente.
En «Oscuros caminos», el universo psicológico se manifiesta desde el comienzo en la expresión «Ligero, solo, como un silencio de nubes». La comparación es reveladora. ¿Cómo puede ser ligero un silencio? ¿Qué relación existe entre la soledad y unas nubes que parecen no tener peso? García construye una imagen que convierte una experiencia interior en percepción sensible. La soledad no se explica, se hace visible y casi palpable. La creatividad del poeta radica precisamente en esa capacidad de comunicar estados anímicos mediante asociaciones que desestabilizan el sentido habitual de las palabras.
El universo interpersonal irrumpe cuando el hablante expresa «Me aparto del ruido, de ustedes, de mí». La progresión no es casual. Primero se distancia del ruido, después de los otros y finalmente de sí mismo. El alejamiento adquiere así una dimensión existencial. No estamos ante una simple búsqueda de tranquilidad, sino ante una conciencia que experimenta la ruptura de sus vínculos con el entorno y consigo misma. El pronombre «mí», colocado al final, intensifica el movimiento y deja al lector frente a una paradoja inquietante, la posibilidad de que la soledad más profunda consista en sentirse extraño a uno mismo.
La originalidad de José Miguel García consiste en hacer que una nube comunique el silencio, que un bosque represente a los seres humanos, que unos ojos tengan clima y que las palabras parezcan apresurarse.
El universo natural se integra con el de la memoria en la imagen «un recuerdo, una mirada de niño, un pétalo danzante por la brisa y el olvido». El hablante se reconoce en tres imágenes de distinta naturaleza. El recuerdo convoca el pasado; la mirada infantil sugiere una percepción todavía abierta al asombro, y el pétalo representa la fragilidad de lo que se abandona al movimiento de la brisa. La asociación entre brisa y olvido es particularmente sugerente. La naturaleza parece participar en la disolución de la memoria. El poeta no describe el paso del tiempo, sino que lo convierte en una escena delicada y fugaz. El cierre «No espero más, oscuros caminos» deja suspendida la expectativa y devuelve al lector a la incertidumbre del trayecto.
En «Germen del ocaso», el universo temporal se anuncia en la paradoja del título. El germen remite al nacimiento, a lo que comienza a desarrollarse; el ocaso, en cambio, sugiere culminación y pérdida. García aproxima ambos extremos y nos hace pensar que todo comienzo lleva consigo la posibilidad de su término. La expresión «El viento inmóvil» profundiza esa tensión. El viento, cuya naturaleza asociamos con el movimiento, aparece detenido. La contradicción no es un simple juego verbal, sino una imagen capaz de comunicar la suspensión de la vida afectiva, el agotamiento o la imposibilidad de avanzar.
El universo natural vuelve a adquirir una dimensión humana en «mirada tiesa en los bosques amarillos que somos». La expresión «que somos» modifica por completo la relación entre el sujeto y el paisaje. Los bosques no son un decorado contemplado desde fuera, sino una representación de los propios hablantes. El amarillo puede sugerir madurez, transformación o proximidad del ocaso. La mirada tiesa, por su parte, introduce un signo no verbal de rigidez y pérdida de vitalidad. El paisaje se convierte en lenguaje y el ser humano, en paisaje. He aquí una de las operaciones más creativas del poema.
El universo interpersonal se despliega con mayor intensidad en las preguntas «¿Cómo será el clima de tus ojos si no me miras?» y «¿Cómo sucederá la fuente agostada de su voz?». La primera convierte la mirada en un clima afectivo. No mirar al otro significa alterar las condiciones de un encuentro. La segunda transforma la voz en una fuente que ha perdido su caudal. La comunicación visual y la verbal aparecen amenazadas por la distancia, el silencio y el desgaste. El poeta consigue que los ojos tengan clima y que la voz pueda convertirse en una fuente agotada. Esa libertad asociativa constituye una de las marcas de su imaginación creadora.
Finalmente, el universo metalingüístico adquiere protagonismo en los versos «No eludas las pocas palabras que nos quedan, / ellas también tienen prisas». El poema reflexiona sobre la palabra desde la propia palabra. La personificación atribuye urgencia al lenguaje y convierte las palabras en compañeras de nuestra finitud. No es que ellas tengan literalmente prisa, sino que el tiempo disponible para decir, escuchar y comprender parece reducirse. La comunicación se vuelve, entonces, una necesidad vital.
La lectura cosmolingüística permite advertir que estos poemas no son únicamente composiciones sobre la soledad o el paso del tiempo. Son construcciones en las que universos psicológicos, naturales, temporales, interpersonales y metalingüísticos producen sentidos mediante sus relaciones. La originalidad de José Miguel García consiste en hacer que una nube comunique el silencio, que un bosque represente a los seres humanos, que unos ojos tengan clima y que las palabras parezcan apresurarse. ¿No es esa capacidad de crear nuevas relaciones entre los signos y la experiencia humana una de las formas más auténticas de la invención poética?
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