Hostos y Salomé Ureña de Henríquez en Hostos, el sembrador de Bosch
Para poner en contexto el valor del encuentro de Bosch con Hostos, es preciso señalar que este no sucedió en vida de Hostos, sino a través del conocimiento y la apropiación de sus escritos 35 años después de haber fallecido el ilustre antillano. Agradecido de ese legado, Bosch se siente orgulloso de haber conocido la obra de Hostos y de asumir su ejemplo.
Como renovando su cita en la posteridad con los ideales hostosianos, en 1976, 38 años después de haber publicado la primera edición, Bosch termina el prólogo a la edición puertorriqueña de Hostos, el sembrador afirmando que no se avergonzaba de ser idealista como Hostos desde que salió de "sus manos vivas":
"Ahora, al cabo de 38 años, he vuelto a leer Hostos, el sembrador; y, aunque al releerla sabía que Hostos fue un idealista como lo fui yo cuando salí de sus manos vivas después de 35 años de su muerte, he autorizado esta edición puertorriqueña, a la que no le he cambiado una sola palabra de las que aparecieron en la edición cubana, porque no me avergüenzo de haber sido idealista."
Coherente con la fidelidad a su mentor, en el exergo de su obra Bosch planta una cita de Máximo Gómez, en la cual el héroe de la independencia de Cuba alude a la virtud de la gratitud de los dominicanos, en particular con "aquel hombre ilustre":
"Los dominicanos, que quizás tengamos muchos defectos, pero no somos ingratos…, escribirán la historia, ellos mejor que nadie, de la vida de aquel hombre ilustre, cuyo recuerdo no olvidaremos nunca." Máximo Gómez.
Así, el concepto de agradecimiento inicia la biografía de Hostos, que, sin duda, fue una de las motivaciones principales de Bosch para escribir esa obra. En esa búsqueda de Hostos descrita por Bosch, numerosos dominicanos contemporáneos lo conocieron en vida, escucharon su llamado civilizador, participaron en la magna empresa educativa y compartieron sus desvelos.
Antes que Bosch, los Henríquez Ureña trillaron el camino del agradecimiento y cultivo del ideal hostosiano, del cual se apropiaron en la mente, el espíritu y la identificación con sus raíces originales, su historia y su cultura.
En efecto, el pueblo dominicano agradece a Hostos el gran aporte en su proceso de formación educativa racional, aun inconclusa, concretada en la Escuela Normal, pero también el ideal antillano: su denodada lucha en procura de que Cuba, Puerto Rico y República Dominicana lograran la condición de naciones libres e independientes unidas en una federación antillana. Asimismo, Hostos se sintió muy agradecido del apoyo del pueblo dominicano para poner en práctica sus ideales, en particular los educativos.
En ese sentido, en este pasaje de Hostos, el sembrador, Bosch apunta las penas y dificultades de Hostos en 1897, quien se encontraba en Chile, destacando tres circunstancias desgraciadas: disgustos con la marcha en ese país de su gran proyecto, la Escuela Normal; la muerte de Salomé Ureña de Henríquez, su "Cirineo en Santo Domingo", y la de su padre, don Eugenio de Hostos:
"En Chile se disgustaba, porque la enseñanza —su medio para llegar a la verdadera libertad de estos pueblos— daba cambiazos sin cesar. Entre amarguras se pasaban los meses. En mayo del 97 le llegó la noticia dura, que le hizo el efecto de quien pierde un brazo: Salomé Ureña de Henríquez, la gran mujer que fue su Cirineo en Santo Domingo, había muerto. La noticia revivió en su corazón todo el pasado; los ruegos de la poetisa y maestra para que no abandonara la obra empezada; el ambiente de admiración que le rodeaba allá; el entusiasmo que sentía viendo a sus discípulos enderezarse en la vida… Pero las malas nuevas no acababan ahí: antes de dos meses después llegó otra: en Mayagüez, se había rendido a la muerte don Eugenio de Hostos."
Bosch no ignora la importancia de Salomé Ureña y los hermanos Henríquez y Carvajal en la fundación de la Escuela Normal en Santo Domingo. Para la realización del proyecto de Hostos en la época, ellos figuran entre los principales apoyos. Así lo consigna Bosch. Esa familia fue indispensable en los planos de la contribución intelectual y la participación en la operativización del proyecto hostosiano.
Hostos y los hermanos Henríquez Ureña
Así como la madre, el padre Francisco y el tío Federico, desde los puntos de vista cronológico y bibliográfico los hermanos Henríquez Ureña son antecedentes que Bosch ha tenido en cuenta a la hora de producir su bibliografía de Hostos.
Por vocación y por el ineludible impacto del ambiente familiar y social de sus ascendientes, Pedro, Max y Camila Henríquez Ureña continuaron el legado de Hostos en sus obras literarias y en sus prácticas de vida. Fueron grandes educadores, intelectuales del más alto nivel. Los tres hermanos vieron en la educación el camino natural para su propio desarrollo y el de las personas y la sociedad, como el mejor modo de perfeccionamiento.
Por eso, dondequiera que habitaron en el extranjero, desde su salida de República Dominicana en los primeros años del siglo XX, ejercieron la labor intelectual y el magisterio en forma constante y ejemplar. Pedro Henríquez Ureña en México y en La Plata, Argentina, y Max y Camila en Cuba, principalmente.
Camila adoptó la nacionalidad cubana, y en Cuba permaneció toda su vida, país donde dio sus mejores frutos como educadora e intelectual. Su obra ha gozado del reconocimiento del pueblo cubano.
Pedro y Max fueron discípulos directos de Emilio Prud’homme, bajo cuya orientación se recibieron como bachiller en Ciencias y Letras en el Liceo Dominicano en las postrimerías del siglo XIX. Ambos se desarrollaron como intelectuales y educadores en el extranjero, pero regresaron al país en los años treinta, al inicio de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina.
Orgullosos de esa descendencia intelectual, en momentos oportunos, los tres hermanos reivindicaron el legado de Hostos en escritos memorables. En los escritos de los tres, las grandes batallas de Hostos abarcaron tres grandes líneas: la moral social, la educación y la lucha política por la independencia de su patria y la integración de las Antillas en una federación de pueblos libres.
El pensador
En cualquiera de sus acciones se destaca su rol de pensador. En las perspectivas de los hermanos Pedro, Max y Camila, principalmente en la de Pedro, el perfil de gran pensador es la dimensión más trascendente de Hostos.
Pedro sitúa a Hostos al lado de otros grandes forjadores del pensamiento latinoamericano del siglo XIX: el venezolano Andrés Bello (1781-1865), los argentinos Juan Bautista Alberdi (1810-1884) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888), el ecuatoriano Juan Montalvo (1832-1889), los cubanos José Martí (1853-1895) y Enrique José Varona (1849-1933), el mexicano Justo Sierra Méndez (1848-1912), el peruano Manuel González Prada (1844-1918) y el uruguayo José Enrique Rodó (1871-1917).
En 1903, Pedro Henríquez Ureña escribió en su ensayo "Hostos", en ocasión de la muerte de Eugenio María de Hostos:
"…Hostos, aunque enseñó en su país y en Chile, realizó su obra más notable, por más difícil y regeneradora, en Santo Domingo.
"Llevó allí su plan de escuelas, que el gobierno aceptó, y en 1880 fundó la Escuela Normal, en la cual fue alma, verbo y brazos, todo, hasta que le hicieron salir del país en 1888, el fanatismo de los ultramontanos y los manejos políticos del tirano Heureaux, a quienes repugnaban la racionalidad de la enseñanza."
En otro ensayo, "Eugenio María de Hostos", publicado en 1935, Pedro Henríquez Ureña puso de manifiesto, como lo haría en otros escritos, además del citado, su apego a los aportes de Hostos a la educación dominicana. En este ensayo destaca el carácter libre e innovador de su pensamiento; el hecho de haberse enfrentado a los representantes no solo intelectuales y religiosos de la caduca estructura educativa del siglo XIX, sino, sobre todo, al poder político de entonces.
Leamos este párrafo:
"La Escuela Normal de Hostos (1880-1888) encontró oposición en los representantes de la antigua cultura; pero sus enemigos reales no eran esos que en mucho llegaron a transigir o a cooperar con él: entre cleros ajenos a la traición, entre hombres de buena fe, la lucha leal puede trocarse en colaboración. El enemigo real estaba donde está siempre, en contra de la plena cultura, que lo es 'de razón y de conciencia', tanto de la conciencia como de la razón: estaba en los hombres ávidos de poder político y social, recelosos de la dignidad humana. El déspota local decía que los discípulos de Hostos llevaban la frente demasiado alta. Después de nueve años, 'cansado de las luchas contra el mal y con los malos', Hostos decidió alejarse del país." (Henríquez Ureña, Pedro, "Eugenio María de Hostos", en Obras completas, t. V, Santo Domingo, Editora Nacional, 2004, p. 53.)
Ese texto es una muestra emblemática del pensamiento liberal del autor y de su fidelidad al proyecto hostosiano de la Escuela Normal. El proyecto de Hostos de una educación basada en la razón era compartido por Pedro, Max y Camila.
Los tres eran partícipes de los postulados de Hostos orientados a desarrollar en los alumnos la capacidad mental racional y el sentido científico en la percepción de la realidad. No solo en la teoría: en sus prácticas como intelectuales y educadores buscaron acercarse al ideal hostosiano del desarrollo del entendimiento en el ser humano.
Compartir esta nota