Había pensado escribir un balance de la XXVIII Feria Internacional del Libro de Santo Domingo 2026, concluida este domingo 4 de octubre. Hablar de sus aciertos, sus deficiencias, sus luces y sus sombras; de la programación, de los libros, de los autores, de los lectores, de la organización y de aquello que, después de diez días, debería quedar como resultado de una de las principales celebraciones culturales del país.

Pero decidí no hacerlo.

Al menos por ahora.

Las declaraciones ofrecidas al cierre de la Feria anunciando su extraordinario “éxito”, acompañadas de cifras espectaculares de asistencia y de ventas de libros, me parecieron suficientes para detenerme en algo mucho más elemental:

¿Qué dicen realmente esos números?

Según las cifras ofrecidas, 714,322 personas visitaron la Feria durante diez días y se vendieron RD$97.4 millones en libros.

Hay un viejo refrán dominicano que aconseja tener cuidado al hablar y al comer pescado, porque en ambos casos hay que saber dónde están las espinas.

Con las cifras públicas debería ocurrir lo mismo.

A primera vista, 714,322 visitantes y RD$97.4 millones en ventas durante diez días parecen una hazaña.

Pero hagamos una operación elemental.

RD$97.4 millones ÷ 714,322 visitantes = RD$136.36 por visitante.

Y de repente la espectacularidad de la cifra comienza a perder brillo.

No estoy diciendo que los números sean falsos. Estoy haciendo algo mucho más sencillo: tomándolos en serio.

Porque cuando una autoridad utiliza una cifra para demostrar el éxito de una gestión, esa misma cifra queda expuesta al análisis público. Y si se anuncia que cientos de miles de personas acudieron a una Feria del Libro y que se produjo una venta extraordinaria de libros, lo mínimo que podemos hacer es preguntar qué significan exactamente esos números.

¿Son visitantes únicos o entradas acumuladas?

¿Cuántas personas compraron realmente libros?

¿Cuántos ejemplares se vendieron?

¿Cuál fue el precio promedio?

¿Qué porcentaje de los asistentes salió realmente con un libro?

¿Cuántos nuevos lectores produjo la Feria?

Son preguntas incómodas.

Pero una política cultural seria no debería temerles.

Por eso este artículo no pretende hacer el balance completo de la Feria. Me limitaré a examinar el “éxito” anunciado en sus declaraciones finales.

Y aquí comienza el problema.

Jóvenes en el Paseo de la Lectura.

Una cifra necesita otra cifra

RD$97.4 millones puede parecer una cantidad impresionante.

Y lo es.

Pero una cifra aislada puede impresionar; una cifra relacionada con otra puede explicar.

Si dividimos esos casi cien millones de pesos entre los 714,322 visitantes anunciados, obtenemos RD$136.36 por visitante.

No estamos diciendo que cada persona haya comprado por esa cantidad. Sería absurdo asumirlo. Estamos haciendo simplemente la operación matemática que permiten las propias cifras anunciadas.

Y esa operación plantea una pregunta fundamental:

Si no todos compraron, ¿cuánto compró realmente cada comprador?

Porque una persona pudo entrar a la Feria y no comprar absolutamente ningún libro. Pudo asistir a una conferencia, visitar un pabellón, acompañar a un familiar, participar en una actividad, llevar a sus hijos o simplemente recorrer el recinto.

Por eso, visitantes y compradores no son sinónimos.

Y esta distinción es fundamental cuando se pretende utilizar la cantidad de visitantes como prueba del éxito de una Feria del Libro.

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Contar personas no es formar lectores

Aquí está, a mi juicio, el asunto de fondo.

Una Feria Internacional del Libro no debería medirse como se mide un concierto, un desfile o un espectáculo multitudinario.

Su éxito no puede descansar principalmente en cuántas personas entraron por sus puertas.

Una Feria del Libro debería medirse por su capacidad para acercar a las personas a los libros, estimular la lectura, generar nuevos lectores, promover autores, fortalecer las librerías y editoriales y crear una verdadera conversación nacional alrededor del conocimiento y la cultura.

Porque una multitud no necesariamente es una comunidad lectora.

Setecientas mil personas pueden pasar por una feria y no significar setecientos mil lectores.

Esta diferencia parece elemental, pero es precisamente la que desaparece cuando el éxito se reduce a una cifra de asistencia.

Personas asisten a la Feria del Libro 2026 en la Plaza de la Cultura. Foto ©: Ronny Cruz Acento. Fecha: 30 de septiembre de 2026, Teatro Nacional, Plaza de la Cultura, Distrito Nacional, República Dominicana

¿Y los libros?

Si realmente se vendieron RD$97.4 millones en libros, sería interesante conocer otro dato que no aparece en la espectacular cifra de cierre:

¿Cuántos ejemplares se vendieron?

Hagamos nuevamente un ejercicio, no una afirmación.

Si el precio promedio de los libros vendidos fuera de RD$1,000, estaríamos hablando de aproximadamente 97,400 ejemplares.

Frente a 714,322 visitantes, sería aproximadamente un libro por cada siete visitantes.

Si el precio promedio fuera RD$1,500, serían unos 64,933 ejemplares: aproximadamente un libro por cada once visitantes.

Y si el precio promedio fuera RD$2,000, estaríamos hablando de unos 48,700 ejemplares: aproximadamente un libro por cada quince visitantes.

No afirmo que esos hayan sido los precios promedio. Los utilizo únicamente para demostrar algo muy sencillo:

sin conocer el número de ejemplares vendidos, la cifra de RD$97.4 millones no nos permite saber realmente cuál fue el impacto lector de la Feria.

Y esa información debería ser esencial.

Feria del Libro 2026.

El número que falta

Hay otra cifra que considero todavía más importante:

¿Cuántos compradores hubo?

Si compró libros el 20 % de los visitantes, estaríamos hablando de unos 143 mil compradores y un gasto promedio aproximado de RD$681 por comprador.

Si compró el 10 %, serían unos 71 mil compradores y el promedio subiría a aproximadamente RD$1,363.

Si compró solamente el 5 %, serían unos 36 mil compradores y el promedio rondaría los RD$2,727.

Como no conocemos ese dato, tampoco podemos evaluar adecuadamente la dimensión real del fenómeno comercial.

Y aquí es donde una cifra aparentemente triunfal comienza a exigir más información.

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El problema no es la cifra

No cuestiono que hayan asistido muchas personas.

No cuestiono que se hayan vendido libros.

Tampoco niego que la Feria pueda haber tenido momentos exitosos.

Lo que cuestiono es otra cosa:

la facilidad con que una cifra espectacular puede convertirse en una conclusión igualmente espectacular.

Una política cultural responsable no debería utilizar las estadísticas para deslumbrar, sino para rendir cuentas.

Porque si queremos hablar de una Feria verdaderamente exitosa, necesitamos saber mucho más que cuántas personas entraron y cuánto dinero se movió.

Necesitamos saber:

¿Cuántos libros se vendieron?

¿Cuántos compradores hubo?

¿Qué porcentaje de los visitantes compró?

¿Qué libros fueron los más vendidos?

¿Cuánto se vendió de literatura dominicana?

¿Cuántos estudiantes adquirieron libros?

¿Cuántos nuevos lectores produjo la Feria?

Y, sobre todo:

¿Qué queda de todo esto cuando la Feria termina?

Porque una feria cultural no debería medirse únicamente mientras está abierta.

También debería medirse por lo que deja.

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Cuando el éxito se anuncia solo

Por eso me resulta difícil compartir el entusiasmo triunfalista con que se han presentado estas cifras.

No porque quiera negar cualquier resultado positivo.

Sino porque el éxito cultural no puede decretarse; tiene que demostrarse.

Y mucho menos puede confundirse la cantidad de personas que pasaron por un espacio con la cantidad de personas que fueron transformadas por la cultura.

Una Feria del Libro no debería tener como principal orgullo haber recibido cientos de miles de personas.

Su verdadero orgullo debería ser haber conseguido que miles de esas personas regresaran a sus casas con un libro, con una pregunta, con una inquietud, con el deseo de leer y con la necesidad de volver a encontrarse con otro libro.

Eso es mucho más difícil de medir.

Pero es justamente lo que importa.

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Las espinas de las cifras

Hay algo que me preocupa todavía más.

Cuando una autoridad proclama un éxito extraordinario, está colocando sus propias cifras sobre la mesa.

Y una vez colocadas, dejan de pertenecerle.

Pasan a ser materia de escrutinio público.

Por eso no basta con decir 714,322 visitantes.

Hay que explicar qué significa esa cifra.

No basta con decir RD$97.4 millones en ventas.

Hay que explicar qué representa esa cantidad en términos de ejemplares, compradores y hábitos de lectura.

Porque las cifras pueden ser ciertas y, al mismo tiempo, el discurso construido sobre ellas puede ser exagerado.

Y esa es precisamente la razón por la que decidí no hacer, por ahora, el balance general de la Feria.

Me basta con examinar el “éxito” que se anunció.

Y después de hacerlo, queda una conclusión incómoda:

714,322 visitantes.
RD$97.4 millones en ventas.
RD$136.36 por visitante.

Ese es el resultado de dividir.

Ahora corresponde multiplicar las preguntas.

Porque una Feria del Libro no debería aspirar simplemente a llenar sus espacios.

Debería aspirar a llenar de libros la vida de los dominicanos.

Y si después de anunciar un éxito extraordinario tenemos que detenernos a preguntar cuántos de esos cientos de miles compraron, cuántos leyeron y cuántos se convirtieron en nuevos lectores, entonces quizá el problema no está en las cifras.

Está en lo que decidimos llamar éxito.

Y aquí las propias cifras terminan haciendo una pregunta que ningún discurso triunfalista puede responder por nosotros:

¿Estamos realmente ante el éxito extraordinario que se proclama, o simplemente ante una extraordinaria manera de contar el éxito?

Hay que tener cuidado al hablar y al comer pescado.

También hay que tener cuidado con las cifras.

Porque cuando se las mira de cerca,

las cifras también leen.

Y a veces, lo que leen no es precisamente lo que quisimos escribir.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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