Hablar del carnaval es hablar de una forma particular de libertad. No una libertad jurídica ni política en sentido estricto, sino una libertad simbólica que emerge cuando la sociedad se permite, por un breve momento, reírse de sí misma. Esa es, en esencia, la tesis que Mijaíl Bajtín desarrolla en La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, donde analiza el universo festivo que rodea la obra de François Rabelais. En ese estudio fundamental, Bajtín sostiene que la risa carnavalesca constituye una segunda vida del pueblo, una dimensión paralela de la cultura donde el orden social puede ser invertido y cuestionado (Bajtín, 1987).
Si trasladamos esta idea al Caribe, y particularmente al carnaval dominicano, encontramos un campo extraordinario para pensar cómo la cultura popular funciona como espacio de memoria, crítica y celebración colectiva. El carnaval dominicano —con sus diablos cojuelos, sus comparsas y su imaginario grotesco— no es solo una fiesta folclórica; es también un sistema simbólico que dialoga con la historia colonial, la resistencia cultural y la identidad nacional.
El carnaval como mundo al revés
Bajtín define el carnaval medieval como una experiencia colectiva en la que las jerarquías sociales se suspenden temporalmente. Durante la fiesta, los roles se invierten, las autoridades pueden ser ridiculizadas y el lenguaje adopta un tono burlesco y exagerado.
En palabras del propio autor, el carnaval constituye “la segunda vida del pueblo, basada en el principio de la risa” (Bajtín, 1987, p. 8).
Esta segunda vida funciona como una especie de mundo al revés, donde el orden habitual se distorsiona y se vuelve objeto de juego. En ese espacio simbólico, la sociedad experimenta una forma de libertad colectiva que rara vez aparece en los discursos oficiales.
Algo muy similar ocurre en el carnaval caribeño. En ciudades dominicanas como La Vega, Santiago o Bonao, el carnaval produce una transformación radical del espacio urbano. Las calles dejan de ser territorios regulados por la vida cotidiana y se convierten en escenarios de performance popular. Los personajes carnavalescos irrumpen con máscaras grotescas, látigos y gestos exagerados que transforman el orden de la ciudad en una coreografía caótica.
Este desorden no es accidental. Es, precisamente, el corazón del carnaval.
El cuerpo grotesco y la estética del exceso
Uno de los conceptos más influyentes de Bajtín es el del cuerpo grotesco. En la tradición carnavalesca, el cuerpo aparece exagerado, abierto y en constante transformación. Las máscaras, los disfraces y las representaciones corporales enfatizan lo exagerado: bocas enormes, vientres desproporcionados, cuernos, dientes y figuras híbridas.
Para Bajtín, esta estética no es simplemente cómica. Representa una visión del mundo basada en la transformación permanente. El cuerpo grotesco simboliza el ciclo de degradación y renacimiento que caracteriza a la vida social (Bajtín, 1987).
En el carnaval dominicano esta estética se manifiesta con claridad. Las máscaras de los diablos cojuelos, por ejemplo, presentan rostros monstruosos, lenguas desproporcionadas y cuernos exagerados. Estas figuras no representan el mal en sentido teológico; más bien funcionan como personajes carnavalescos que encarnan el exceso, la burla y la teatralidad.
El historiador dominicano Dagoberto Tejeda ha señalado que el carnaval es uno de los espacios más complejos de la cultura popular dominicana, donde confluyen elementos indígenas, africanos y europeos (Tejeda, 2008). En ese sentido, el grotesco carnavalesco caribeño no solo es una estética, sino también una memoria cultural híbrida.
La risa como crítica cultural
Uno de los aspectos más fascinantes de la teoría de Bajtín es su interpretación de la risa. Para el pensador ruso, la risa carnavalesca no es simplemente un acto de entretenimiento; es una forma de pensamiento social.
La risa colectiva desacraliza las instituciones y revela que el poder, la moral y la autoridad no son estructuras eternas, sino construcciones históricas.
En el contexto caribeño, esta dimensión crítica del carnaval se vuelve particularmente evidente. Durante siglos, las sociedades caribeñas estuvieron marcadas por jerarquías coloniales extremadamente rígidas. En ese contexto, la fiesta popular funcionó muchas veces como un espacio simbólico donde esas jerarquías podían ser parodiadas.
El antropólogo Victor Turner describe estos momentos festivos como situaciones de “anti-estructura”, donde las normas sociales se suspenden temporalmente y la comunidad experimenta formas alternativas de relación (Turner, 1969). El carnaval sería, en este sentido, un laboratorio simbólico de libertad.
Sin embargo, la relación entre carnaval y poder es compleja. Algunos críticos culturales han señalado que estas fiestas también pueden funcionar como mecanismos de regulación social. El hecho de que la transgresión esté limitada a un período específico puede convertirla en una forma de control simbólico.
Terry Eagleton ha sugerido que muchas formas carnavalescas son toleradas por el poder precisamente porque su carácter transgresor es ritual y temporal (Eagleton, 1981). Desde esta perspectiva, el carnaval no destruiría el orden social, sino que lo reafirmaría al permitir una breve liberación de tensiones.
El carnaval dominicano como archivo cultural
Más allá de estas tensiones teóricas, el carnaval dominicano posee una dimensión cultural profundamente significativa. Sus personajes, máscaras y comparsas funcionan como un archivo vivo de la historia popular.
En las calles de La Vega o Santiago conviven tradiciones centenarias con reinterpretaciones contemporáneas. Las comparsas incorporan referencias políticas, sátiras sociales e incluso elementos de la cultura global.
Esto demuestra que el carnaval no es una tradición estática. Es un proceso creativo permanente.
Desde la perspectiva de la gestión cultural, esta característica resulta fundamental. El carnaval no debe ser entendido únicamente como espectáculo turístico, sino como equipamiento cultural simbólico, un espacio donde se produce, se transmite y se transforma la cultura popular.
En otras palabras, el carnaval es también una institución cultural informal.
Entre la subversión y la celebración
Foto:Maximo Laureano
El pensamiento de Bajtín sigue siendo relevante porque nos permite comprender el carnaval como algo más que una fiesta. Nos invita a verlo como una forma de conocimiento cultural, donde la sociedad reflexiona sobre sí misma a través de la risa.
Sin embargo, el caso caribeño también revela que el carnaval no es únicamente subversión. Es, al mismo tiempo, celebración, memoria y espectáculo.
En el carnaval dominicano, la burla convive con el orgullo identitario. Las máscaras grotescas no solo ridiculizan el orden social; también celebran la creatividad popular y la capacidad de la cultura para reinventarse constantemente.
Quizás esa sea la verdadera fuerza del carnaval: su capacidad de recordarnos que toda estructura social es provisional. Durante unos días, la ciudad se convierte en escenario de una comedia colectiva donde nadie ocupa exactamente el lugar que tenía antes.
Y cuando la fiesta termina, algo de ese desorden simbólico permanece en la memoria.
La risa, después de todo, nunca desaparece del todo.
La teoría de Bajtín sobre la cultura carnavalesca ofrece una herramienta poderosa para interpretar el carnaval dominicano dentro de una tradición cultural más amplia. Su idea de la risa popular como forma de crítica y renovación simbólica permite entender el carnaval caribeño como un fenómeno complejo donde se entrelazan historia, identidad y creatividad colectiva.
Al mismo tiempo, el análisis contemporáneo muestra que el carnaval no es simplemente una fuerza revolucionaria ni una simple fiesta folclórica. Es un espacio ambiguo donde conviven subversión y control, crítica y celebración.
En esa ambigüedad reside precisamente su riqueza cultural.
El carnaval dominicano, con sus diablos cojuelos y sus máscaras desmesuradas, continúa recordándonos que la cultura popular posee una extraordinaria capacidad para reinventar el mundo, aunque sea por unos días al año.
Y en esos días, como diría Bajtín, el pueblo vuelve a experimentar su segunda vida.
Referencias
Bajtín, M. (1987). La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento: El contexto de François Rabelais. Alianza Editorial.
Burke, P. (1978). Popular culture in early modern Europe. Harper & Row.
Eagleton, T. (1981). Walter Benjamin or towards a revolutionary criticism. Verso.
Tejeda, D. (2008). El carnaval dominicano: historia y tradición. Editora Búho.
Turner, V. (1969). The ritual process: Structure and anti-structure. Aldine.
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