“Alguien debió de haber calumniado a Joseph K., porque, sin haber hecho nada malo, fue arrestado una mañana.”

Pocas novelas comienzan con una frase que trastorna de inmediato el orden habitual del mundo. En El proceso, la acusación aparece antes que los hechos. No sabemos quién acusa ni qué ocurrió realmente. Lo único que se nos dice es que alguien ha sido señalado y que, sin haber hecho nada malo, fue arrestado una mañana. Kafka coloca ese arresto en la hora más ordinaria del día, como si la irrupción de lo absurdo no necesitara dramatismo. La acusación no llega envuelta en violencia ni en secreto; aparece con la naturalidad con que empieza cualquier jornada.

La frase está construida con una precisión inquietante. Primero surge una sospecha impersonal, “alguien debió de haber calumniado.” Luego aparece una afirmación que parecería absolver al personaje, “sin haber hecho nada malo,” formulación que introduce una ambigüedad moral significativa. Kafka no dice que Joseph K. no haya hecho nada; dice que no ha hecho nada malo. Finalmente llega el hecho consumado: el arresto. Ese orden altera la relación habitual entre culpa y castigo. En el universo de Kafka no se castiga porque exista un delito; el delito comienza a existir porque alguien ha sido castigado.

Kafka domina como pocos el territorio del relato psicológico. Sus personajes rara vez enfrentan enemigos visibles; lo que enfrentan es una presión que los envuelve y los sobrepasa. Joseph K. despierta una mañana y descubre que una historia sobre él ya ha comenzado a circular sin su intervención. A partir de ese momento todo lo que haga será interpretado dentro de una lógica que no controla. El individuo queda atrapado en una red de circunstancias que se expande más allá de su voluntad.

Cuando Kafka escribe El proceso, a comienzos del siglo XX, Europa vive la expansión de un aparato administrativo cada vez más complejo. Tribunales, oficinas y reglamentos prometen racionalidad y orden, pero también introducen una distancia creciente entre el individuo y las decisiones que afectan su destino. Kafka observa ese mundo con una mezcla de lucidez e ironía. La novela funciona como una sátira del sistema jurídico, no porque ridiculice sus procedimientos de manera abierta, sino porque muestra hasta qué punto esos procedimientos pueden volverse absurdos cuando se separan de la justicia que pretenden garantizar.

La acusación inicial contiene ya toda esa ironía. Nadie sabe quién acusa, nadie explica el motivo del arresto y, sin embargo, el proceso avanza. Joseph K. intenta comprender lo que ocurre, pero cada explicación abre nuevas zonas de opacidad. La maquinaria judicial parece sostenerse sobre su propia inercia. Cuanto más busca una respuesta, más profundamente queda inscrito dentro del mecanismo que lo juzga.

La primera vez que leí El proceso fue por recomendación de un profesor en la escuela de derecho. Entonces lo entendí como una advertencia sobre los peligros del formalismo jurídico. Con el tiempo he vuelto a esa primera frase y la he leído de otro modo. Kafka no se limita a satirizar los tribunales; muestra cómo el lenguaje mismo puede convertirse en instrumento de condena. Basta con que la acusación sea formulada dentro del procedimiento para que el individuo quede atrapado en una historia que ya no controla.

Kafka intuye algo que más tarde estudiarían los filósofos de la política y de la comunicación. Una acusación pronunciada en el marco de una institución no necesita ser verdadera para producir efectos; basta con que haya sido registrada. A partir de ese momento el individuo ya no discute un hecho, discute un expediente. Hannah Arendt advirtió que la verdad factual depende siempre de condiciones frágiles: testigos confiables, procedimientos verificables y un espacio público capaz de distinguir entre afirmación y prueba. Cuando esas condiciones se debilitan, el lenguaje deja de describir la realidad y comienza a fabricarla.

Quizá por eso el inicio de El proceso sigue resultando inquietante más de un siglo después. Kafka muestra un mundo en el que basta con que alguien formule una acusación para que el individuo quede atrapado en una historia que no controla. El peligro no reside únicamente en la injusticia del sistema, sino en la facilidad con que las palabras pueden adquirir autoridad antes de haber demostrado su verdad.

Desde esa primera frase, El proceso instala un mundo donde la acusación precede a la verdad y el procedimiento sustituye a la justicia. El lector entra en una historia donde demostrar la inocencia deja de ser el problema; lo inquietante es descubrir que el sistema parece necesitar un culpable.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

Ver más