Con la colaboración de María Isabel Echavaría, Bielka Tejada, Luz Dellaba Ramírez Mora, Cristian Luis Salvador, Anyara Segura, Bismerlin Lapaix, Arlin Jiménez y Wanda de los Santos
Presentamos a continuación la segunda entrega del ejercicio de escritura creativa, partiendo de la lectura de “Acerca de las antigüedades de los indios” de Fray Ramón Pané. En este segundo experimento confirmamos que el ejercicio ha trascendido la simple recreación de los mitos taínos para convertirse en un auténtico laboratorio de imaginación literaria. Si en la primera experiencia predominaba el descubrimiento de un universo simbólico, ahora se percibe una apropiación más consciente de sus claves narrativas y poéticas. Los estudiantes ya no se limitan a recontar los episodios recogidos por Pané, sino que dialogan con ellos, los expanden y los resignifican desde sensibilidades contemporáneas, tal como lo hizo en su turno Eduardo Galeano, Monterroso y otros.
En estos textos, la piedra, la luz, el mar, los cemíes, las cuevas y la memoria dejan de ser únicamente motivos míticos para convertirse en metáforas de la identidad, el amor, el miedo, la culpa y la permanencia cultural. También resulta evidente un mayor cuidado por la economía expresiva, la atmósfera y la construcción de imágenes. Más que un ejercicio académico, esta muestra revela un proceso formativo donde la lectura crítica alimenta la creación y donde la tradición deja de ser una reliquia del pasado para afirmarse como una fuente viva capaz de inspirar nuevas voces literarias. Desde la Universidad Autónoma de Santo Domingo seguiremos provocando la creación como forma auténtica de encontrarnos.
El que miró la luz
(María Isabel Echavarría Montero)
Microrrelato inspirado en los capítulos I y II de “Relación acerca de las antigüedades de los indios” de fray Ramón Pané
El sol no perdona a los que se demoran en la maravilla.
Mácocael debía vigilar la entrada de la cueva Cacibajagua, asegurar que todos volvieran antes de que el alba incendiara la tierra. Pero aquella mañana, el cielo se tiñó de un naranja que él no conocía. Se quedó un segundo de más, hipnotizado por el nacimiento de la luz.
Bastó ese instante.
Sintió cómo la sangre se le volvía cuarzo, cómo los pies se le hundían en la tierra, hasta no poder moverse más.
No murió, se quedó.
Ahora es piedra.
Ahora es el guardián eterno de un umbral que ya nadie cruza. Y cada vez que alguien toca una roca fría en el monte, no está tocando materia inerte: está tocando el asombro de un hombre que eligió la luz al refugio..
El trazo del Inriri
Éramos seres de agua y niebla, sin la marca que divide el deseo. Nos deslizábamos entre las ramas de los higos, ágiles como anguilas, huyendo de las manos ásperas de aquellos hombres que nos perseguían con sus redes de caracol. No teníamos rostro ni destino. Pero el destino tiene pico de madera.
Cuando el Inriri se posó sobre nuestros cuerpos quietos, no dudó y nos tomó por troncos. No buscaba el rastro de la carcoma, sino el cauce de la vida. Con cada golpe fue trazando en la carne un surco que no estaba. El espacio del encuentro dibujó con cada repique.
No fue herida: fue otra cosa.
Fue un despertar, el momento en que dejamos de ser sombra para ser mujer. Ahora, cuando escuchamos al Inriri golpear los árboles en la selva, recordamos que nuestra identidad nació de un pico que confundió nuestra piel con la madera.
Recordamos que no nacimos: nos hicieron.
María Isabel Echavarría Montero (San Juan, República Dominicana, 2002) es escritora, articulista y estudiante de la Licenciatura en Letras puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Recientemente galardonada con el Primer lugar en la categoría de Ensayo del Primer Concurso Literario Universitario de la Región Sur (2026) por su ensayo: «Escribir sin escribir: inteligencia artificial y simulación del talento». Colabora en medios de difusión nacional como elCaribe, Acento y Listín Diario y la revista Plenamar, donde aborda temas relacionados con la literatura, la cultura y la sociedad.
Desde temprana edad ha mantenido una estrecha vinculación con la enseñanza, desempeñándose como docente y colaborando en procesos formativos incluso antes de iniciar sus estudios superiores. Su experiencia educativa se complementa con su interés por la crítica literaria, el análisis de los clásicos y la reflexión sobre la vigencia de la literatura en el mundo contemporáneo. Su trabajo intelectual busca tender puentes entre la palabra, la identidad y la realidad social.
El susurro del río
(Vielka Tejada)
Dicen que antes de existir los caminos, el río hablaba.
No con palabras, sino con recuerdos.
Quien se acercaba a beber escuchaba voces antiguas,
como si el agua guardara la memoria del mundo.
Un día, un hombre quiso atrapar ese secreto.
Metió sus manos en la corriente y trató de retenerla.
Pero el río se volvió silencio.
Desde entonces, el agua sigue corriendo,
pero ya no cuenta historias a quienes quieren poseerla,
solo a quienes saben escuchar sin tocar.
La sombra que aprendió a volar
Había una sombra que no estaba conforme con seguir a su dueño.
Cansada de imitar pasos ajenos, decidió despegarse.
Esperó el mediodía, cuando el sol la hacía pequeña,
y escapó sin hacer ruido.
Al principio tropezaba, porque no sabía ser libre.
Pero poco a poco aprendió a deslizarse por las paredes,
a esconderse en la noche
y a bailar con la luz de la luna.
Dicen que todavía anda suelta,
y que a veces, cuando alguien camina solo,
siente que su sombra no le pertenece del todo.
Bielka Tejada es una joven dominicana dedicada al estudio de las letras, cuya trayectoria académica refleja compromiso, excelencia y pasión por el conocimiento. Nació el 24 de octubre de 2003 en San Francisco de Macorís, República Dominicana, en un entorno que contribuyó a despertar su interés por la lectura, la escritura y el análisis del lenguaje.
Realizó sus estudios secundarios en el Politécnico Maria Paulino Vda. Pérez, donde se destacó por su disciplina y dedicación, alcanzando el reconocimiento de máxima excelencia nacional en el año 2021. Este logro no solo evidencia su alto rendimiento académico, sino también su constancia y responsabilidad en cada una de sus metas educativas. Si
Actualmente, Bielka Tejada es estudiante de la carrera de Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), donde continúa fortaleciendo sus habilidades en el análisis literario, la redacción y la comprensión crítica de textos. Su formación está orientada al estudio profundo del lenguaje, la literatura y la común.
La Luna
(Luz Delalba Ramírez Mora)
Itani tuvo una mañana como cualquier otra. Despertó en su conuco con el canto de las
aves y el sonido del mar. Más tarde, yaraca sobre ella, buscaba peces en el río junto a
su amigo kitai cuando la luna se posó sobre ella. Alertó a Kitai, algo estaba sucediendo. El joven la sacó del río y la sentó sobre una roca.
– ¿Qué sientes Itani?
– Siento que… estoy cambiando. Kitai pensó que Atabey estaba molesta con ella por estar en el río con un muchacho sin la supervisión de un adulto.
De pronto, Itani sintió que algo humedecía la roca. Gritó de miedo, Kitai tocó el
liquido ya que Itani no se atrevió y le dijo…
– Atabey te ha bendecido, sangrarás con cada luna y cada luna te hará más fuerte, más
hermosa, más fértil, más deseada. Serás la perdición de todo hombre que pose sus
ojos sobre ti y yo soy uno de ellos.
En la oscuridad
No sabía la diferencia entre el día y la noche. Opiyel, guardián leal de la oscuridad. Recibe las almas pérdidas y las que eligen ese lugar. Siempre estuvo a gusto con su
trabajo, podía observar tanto a los vivos como a los muertos; todo cambió cuando su
único amor no llegó a la oscuridad y caminó hacia la luz.
¡Oh Yucahú, en nombre de la sagrada yuca, permíteme ver a mi amada por última vez!
Exclamó Opiyel. Los días pasaron y respuesta no recibió. Exclamó de nuevo y nada
pasó; empezó a preguntarse si dios se preocupaba o siquiera le importaban las almas
oscuras. Envuelto en sus pensamientos una luz apareció, era tanto el resplandor que
no pudo abrir sus ojos.
– ¿Yucahú, eres tú?
– Hijo mío, he escuchado tu clamor. Tu amada no desea vivir en la oscuridad, dime si
quieres unirte a ella en la luz.
– Deseo estar con ella en esta tierra y todas las posibles, en la oscuridad o en la luz; en la vida o en la muerte; como humano, inmortal o cosa, pero siempre a su lado.
Al dios lo enternecieron estas palabras, así que los convirtió en una zarza ardiente, un
fuego inmortal que danza mientras exista vida en el planeta; en él, si miras muy de
cerca puedes ver lo amantes consumidos por el fuego del amor.
Luz Delalba Ramírez Mora nació el 2 de enero del año 2000 en Santo Domingo Este, República Dominicana. Es estudiante de la carrera de Letras Puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), donde ha fortalecido su formación en el ámbito literario y lingüístico. Desde temprana edad ha manifestado un profundo interés por la lectura y la escritura, pasiones que han orientado su desarrollo académico y creativo.
Ha publicado tres ensayos en el periódico digital Acento, entre ellos Federico García Lorca y su dolor hecho elegía, publicado en junio de 2025. Además, cuenta con un escrito cultural publicado en la revista digital Culturencias.com y próximamente publicará otro texto en dicho medio. Su producción escrita se enfoca en la literatura, la cultura y el análisis crítico, destacándose por una voz reflexiva y sensible ante las manifestaciones artísticas y sociales.
Aspira a consolidarse como una escritora reconocida en la República Dominicana y mantiene un firme interés en colaborar con revistas, periódicos, plataformas culturales y otros espacios dedicados a la difusión de la escritura y el pensamiento literario. Actualmente continúa desarrollando proyectos de investigación, ensayo y creación literaria, con el propósito de aportar al enriquecimiento cultural y académico de su país.
La cueva
(Cristian Luis Salvador)
Angustiado le pregunto a la cueva Iguana Boina a dónde llegaré en este paisaje rudo y repleto de silencio, donde su sombra me cubre y me hace desaparecer al caer la noche.
No hay nada más atemorizante que una sombra que termina con el sol en este camino cerrado.
Ojalá pudiera decir que el miedo no existe, que esta angustia terminará.
Pero sé que los cemíes tampoco me ayudarán.
Porque aquí dentro el sol se desvanece y me abraza la oscuridad.
La muerte
Le temo a la muerte sin saber qué es.
Dicen que los muertos no se van. Que solo caminan hacia Coaybay, esperando una mejor vida al otro lado de la isla, donde mora Maquetaurie Guayaba, señor de la casa de los muertos.
No sé si creerles; la incertidumbre me hace reflexionar sobre si existirá ese plano espiritual. Aunque a veces quisiera aferrarme a la eternidad, algo en mí se niega a aceptar que ese sea mi trágico final.
Pero hoy, al buscar mi ombligo en el vientre, mis dedos solo han encontrado una piel lisa y fría.
Comprendo ahora: “mi trágico final ya ha comenzado”.
Cristian Luis Salvador Colas (San Juan de la Maguana, República Dominicana 2001). Es estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).
Desde temprana edad mostró interés por la lectura y la literatura, desarrollando además una inclinación por la escritura como forma de expresión y reflexión personal. En 2026 publicó el artículo «La literatura como espejo y voz de la sociedad» en el periódico El Caribe. Su artículo ¿El fin justifica los medios?, la deshumanización en 'Lukio Santo Domingo', fue publicado en ACENTO.
Durante su trayectoria universitaria ha sido reconocido con el Premio al Mérito Estudiantil de la UASD Recinto San Juan por su destacado desempeño académico.
Aspira a convertirse en un literato dominicano reconocido por sus aportes a la cultura del país.
El cemí que susurra
(Anyara Segura)
En el yucayeque dicen que los cemíes no están quietos.
Solo esperan.
Mi abuela soplaba cohoba y hablaba con uno de piedra.
Yo pensaba que era un juego.
Una noche me acerqué.
El cemí me miró.
No tenía ojos…
pero me miró.
Desde entonces entendí:
los cemíes no hablan con la boca,
hablan con el miedo…
y con la memoria de los que aún somos taínos sin saberlo.
Hijos de la isla
Nos enseñaron que ya no existimos.
Que los taínos se fueron con el viento.
Pero mi abuela no dice eso.
Dice que estamos en la yuca,
en el casabe caliente,
en el tambor que suena sin pedir permiso.
Dice que cada uno de nosotros
lleva un pedazo de isla en la sangre,
aunque no lo nombre.
A veces, cuando camino descalza,
la tierra me reconoce primero que yo a ella.
Y entonces entiendo:
no desaparecimos.
Solo aprendimos
a vivir de otra forma.
Anyara Yamilex Segura del Rosario (San Juan de la Maguana, República Dominicana, 2002). Es estudiante de la Licenciatura en Letras Puras, área en la que ha desarrollado un profundo interés por la literatura, la lectura crítica y la producción escrita.
Apasionada por la lectura, la escritura y la interpretación de obras literarias, considera las letras una herramienta fundamental para el análisis, la reflexión y la expresión de ideas.
Durante su carrera universitaria, ha sido reconocida con el premio al Mérito Estudiantil debido a su rendimiento académico en la UASD (Recinto San Juan).
Su formación académica y su interés por la creación literaria la motivan a seguir fortaleciendo sus conocimientos y aportando al desarrollo cultural e intelectual de su entorno.
El castigo del Sol
(Arlin Jiménez)
Dicen que antes de que los caminos existieran y de que los hombres aprendieran a nombrar el mundo, la vida dormía dentro de dos cuevas: Cacibajagua y Amayaúna. Allí, en la oscuridad tibia de la tierra, la gente esperaba sin saber que el tiempo ya caminaba afuera.
Cada noche, Mácocael vigilaba la entrada. No era el más fuerte ni el más sabio, pero sí el único que miraba hacia la luz. Le habían encomendado una tarea sencilla: no dejar que el día los sorprendiera.
Pero una madrugada, el silencio lo distrajo.
Quizás fue el canto de algo desconocido o el deseo de ver más allá de la cueva. Mácocael se alejó unos pasos… y luego otros. Cuando quiso regresar, el Sol ya había salido.
No fue un castigo inmediato, sino una mirada larga, ardiente, imposible de sostener. El Sol lo tocó sin tocarlo, y en ese instante su cuerpo olvidó cómo moverse. Se endureció, se volvió pesado, eterno. Cuando los demás cerraron la cueva, Mácocael ya no era hombre: era piedra, condenado a vigilar para siempre lo que una vez descuidó.
Los otros aprendieron rápido. Algunos, por curiosidad o hambre, salieron también. Pero el Sol no perdonaba dos veces. A unos los transformó en árboles de raíces profundas, obligados a mirar el cielo sin poder alcanzarlo.
Desde entonces, dicen que cada piedra cerca de la entrada recuerda un error, y cada árbol guarda el eco de un nombre olvidado. Y que la luz, aunque hermosa, siempre exige algo a cambio.
Un mar de culpa
Un día, mientras Yaya recordaba con gran pesar a su hijo Yayael, sintió una inquietud que le quemaba por dentro; quiso ver los huesos que guardaba en una calabaza, como si al mirarlos pudiera aliviar su culpa.
Le confesó su deseo a su esposa, madre de Yayael; pero ella, indignada, no pudo aceptar que quien había causado la muerte de su hijo ahora buscará consuelo en sus restos; así, en la noche, tomó la calabaza en silencio y la dejó abandonada en una zanja del conuco.
Al amanecer, Yaya caminaba distraído entre los sembrados, perdido en sus pensamientos; sin darse cuenta, cayó en la zanja y su cuerpo golpeó la calabaza, que se rompió con un sonido seco.
Entonces ocurrió lo imposible; de su interior no salieron huesos, sino agua; un torrente inmenso, desbordado, acompañado de peces, comenzó a cubrir la tierra.
El agua creció sin detenerse; llenó los campos, borró los caminos y se convirtió en un mar profundo; Yaya intentó levantarse, pero fue inútil, pues el agua lo rodeó y lo atrapó para siempre.
Desde entonces, dicen que el mar guarda en su fondo el peso de la culpa; y que cada ola recuerda que hay dolores que, al romperse, ya no pueden contenerse.
Arlin Banessa Jiménez Nació el 12 de noviembre del año 2003 en el hospital del municipio de castillo, República Dominicana. Realizó sus estudios primarios en la escuela las Malvinas segunda en Santo Domingo y los secundarios en el liceo técnico Agustín Bonilla, (provincia Duarte) donde se destacó por su disciplina y dedicación, participando siempre en actividades recreativas y olimpiadas. Actualmente, Arlin Banessa Jiménez es estudiante de la carrera de Letras puras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), donde continúa fortaleciendo sus habilidades en el análisis literario, la redacción y la comprensión crítica de textos. Banessa se caracteriza por tener una visión enfocada en su crecimiento intelectual y profesional.
El origen del Sol y la Luna
(Bismerlin Lapaix)
Antes de que existiera el día, el mundo era una larga noche sin descanso. Los hombres caminaban a tientas, tocando los árboles como si fueran sombras.
Dicen que el sol y la luna vivían encerrados en una cueva, guardados como secretos. Un día, alguien se atrevió a abrirla.
La luz salió corriendo.
El sol subió tan alto que nadie pudo alcanzarlo. La luna, más tímida, se quedó mirando desde lejos. Desde entonces, el día y la noche se persiguen sin encontrarse.
Y nosotros vivimos en medio, como si siempre estuviéramos llegando tarde a algo. Fin!
El cemí que hablaba en silencio
Había un cemí que no hablaba. Los otros dioses daban órdenes, pedían ofrendas, exigían respeto. Este no.
Lo dejaron olvidado en un rincón, cubierto de polvo y de tiempo. Nadie le pedía nada, nadie le temía. Pero una niña comenzó a visitarlo.
Se sentaba frente a él y le contaba sus secretos: el miedo a la noche, el ruido del viento, los sueños que no entendía.
El cemí no respondió nunca.
Sin embargo, la niña creció sin miedo.
Y dicen que ese fue el único dios que cumplió todo lo que prometía.
Bismerlin Lapaix nació en San Juan de la Maguana, República Dominicana, como la segunda hija de su familia. Desde temprana edad mostró una gran sensibilidad hacia las palabras y la imaginación, lo que la llevó a desarrollar un profundo amor por la literatura. Actualmente es estudiante de Letras, dedicando su tiempo al estudio de la lengua y la narrativa, y cultivando su pasión por la lectura y la escritura. Su vida y su formación reflejan un compromiso constante con el mundo de las ideas y las historias, buscando siempre explorar la riqueza de la palabra escrita.
La preciada calabaza de Yaya
(Wanda de los Santos Vallejo)
Hubo un hombre llamado Yaya, su hijo se llamaba Yayael, que quiere decir hijo de Yaya. Yayael queriendo matar a su padre, Yaya lo desterró y después lo mató.
Yaya no lloró cuando mató a su hijo.
Lo guardó.
–Quiero verlo– dijo un día.
Su mujer bajó una calabaza que estaba colgada en el techo con mucho cuidado, como si hubiera un tesoro dentro.
Allí estaban los restos de su hijo, pero no había huesos, en ella había peces.
Esa noche comieron peces y de esa manera acabaron con lo poco que quedaba de su hijo…
La mujer, después de haber hecho esto, lloró hasta más no poder, en su cabeza resonaba una voz que decía: “Yaya mató a su hijo una vez, pero hoy lo mataron los dos”.
Lo que llamamos “mar”
Un día Yaya se dirigía a sus conucos, de repente llegaron cuatro hijos de una mujer, que se llamaba Itiba Cahubaba, todos de un vientre y gemelos, la mujer murió en el parto. La abrieron y le sacaron los cuatro hijos, el primero se llamó Caracaracol (Deminán), los otros no tenían nombre.
Llegaron a la casa de Yaya, ninguno de los hermanos se atrevió a tocar la calabaza, excepto Caracaracol y todos comieron peces hasta que no podían más.
Al sentir que Yaya llegaba, quisieron colgar la calabaza, no la colgaron bien y ésta cayó y se rompió.
Fue tanta el agua que cayó, que llenó toda la tierra y con ella salieron infinidad de peces.
El agua salió como si siempre hubiera estado esperando ese momento, llenó todos los huecos y borró todos los caminos.
Desde entonces, conocemos el mar.
Se escuchan rumores de que cada ola representa el golpe de aquella calabaza cayendo…
Wanda de los Santos Vallejo, nació el 11 de agosto del 2002, en la provincia de San Juan. Es una estudiante de la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Conocida por la reciente publicación de su artículo: “Los inmigrantes: memoria, identidad y dignidad en la poesía de Norberto James Rawlings”, en la revista cultural de El Caribe.
Desde temprana edad mostró gran interés por la literatura, esto la llevó a desarrollar artículos y ensayos enfocados en la crítica literaria.
Apasionada por la lectura y fiel creyente de que incentivarla es crear un mundo lleno de oportunidades en todos los ámbitos.
La versión del Inriri Cahubabayael, o pájaro carpintero, sobre cómo ayudó a los hombres a encontrar el remedio para que las taínas fueran mujeres
(Valentín Amaro)
La verdad es que aquella mañana yo no tenía mucho que hacer. Había decidido abrir un nuevo hueco en una palma para llevar allí a una carpintera de la que estaba perdidamente enamorado. Ya saben cómo somos los pájaros: primero el hogar y después el romance.
En eso llegaron unos hombres. Uno de ellos, que era amigo mío, me habló muy serio:
—Inriri, necesitamos que nos hagas un favor. Tienes que picar a una taína para convertirla en una mujer de verdad. Resulta que no tiene sexo.
Confieso que me quedé con el pico abierto.
Los veía tan desorientados, tan dundos, pasando los días sin pareja, sin alegrías y caminando por el bosque con la misma cara de quienes han perdido el camino, que terminé apiadándome de ellos.
Está bien —les dije—. Aunque les advierto que yo estoy acostumbrado a abrir agujeros en los árboles, no en las personas.
Pero insistieron tanto, y hasta mencionaron a la carpintera de la que les hablé, como si quisieran ablandarme el corazón, que acepté el encargo.
Piqué y piqué con toda la paciencia del mundo.
Y ocurrió el milagro.
Las taínas comenzaron a convertirse en mujeres y, desde entonces, los hombres dejaron de vagar como sonámbulos por el bosque. Recuperaron la sonrisa, el sueño… y, por lo que cuentan, también las ganas de volver temprano a casa.
Así que, si alguien les dice que los pájaros carpinteros solo sabemos abrir huecos en los árboles, no le crean. En el pasado propiciamos uno de los milagros más hermoso de la historia de la humanidad.
Valentín Amaro (Gaspar Hernández, provincia Espaillat, 1969) es educador, poeta, narrador y gestor cultural dominicano. Es miembro fundador del Taller Literario Narradores de Santo Domingo. Obtuvo el Primer Premio en el XXVIII Concurso de Cuentos de Radio Santa María (2020) con la obra Melba; el Segundo Premio en la XIX edición del mismo certamen (2012) con el cuento Mariposas negras; y el primer y segundo lugar en poesía en el IV Certamen Literario para Docentes de la Universidad Iberoamericana (UNIBE). Su narrativa también ha sido reconocida en varias ediciones de los Premios Juan Bosch de la Fundación Global Democracia y Desarrollo (FUNGLODE). Realizó estudios superiores en Lengua y Literatura y posee maestrías en Educación Superior, por la Universidad Católica Santo Domingo, y en Literatura, por la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Ha publicado los libros En el temblor de las visiones (2006), Mariposas negras (2013), El ave rasga su memoria (2014), Charcos de furia (2014), Cantar de amapolas (2025) y Escrituras en el umbral (2026). Durante catorce años fue docente de la Universidad Iberoamericana (UNIBE). Entre 2012 y 2016 se desempeñó como director general del Libro y la Lectura del Ministerio de Cultura y director general de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. En la actualidad es coordinador del Plan Dominicana Lee, adscrito al Departamento de Cultura del Ministerio de Educación, y profesor de Lengua y Literatura en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM) y el Instituto Superior de Formación Docente Salomé Ureña (ISFODOSU). Mantiene las columnas «Espejo de tinta», en el periódico El Caribe, y «Libertad bajo palabra», en el periódico Acento, espacios desde los cuales promueve la difusión de escritores del Caribe y de otras regiones del mundo.
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