La orquesta que pertenece a un país
De Enrique Casal Chapí y Carlos Piantini a quienes hoy mantienen viva la música
Una orquesta nacional no vive únicamente de las partituras que interpreta. Vive también de una idea, de una historia y de la voluntad de varias generaciones que han asumido la responsabilidad de mantenerla viva.
La historia de la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana tiene una fecha fundamental: el 5 de agosto de 1941. Sin embargo, sus raíces se remontan a los primeros esfuerzos por establecer una tradición de música de concierto en el país, cuando todavía era necesario abrir espacios, reunir músicos y crear las condiciones para que la música sinfónica pudiera formar parte de nuestra vida cultural.
En noviembre de 1904 se fundó el Octeto del Casino de la Juventud, dirigido por el maestro dominicano José de Jesús Ravelo. Aquella agrupación fue ampliándose hasta convertirse en una pequeña orquesta. En 1932 surgieron nuevas iniciativas, entre ellas la Sociedad de Conciertos y la Orquesta Sinfónica de Santo Domingo, antecedentes de una aspiración que encontraría una expresión institucional más sólida pocos años después.
El 5 de agosto de 1941 se fundó oficialmente la Orquesta Sinfónica Nacional. Su primer director fue el músico y compositor español Enrique Casal Chapí, quien llegó a la República Dominicana en el contexto de la Guerra Civil española. El compositor dominicano Enrique Mejía Arredondo fue nombrado subdirector.
La nueva institución se formó con músicos dominicanos y españoles, y recibió integrantes procedentes de agrupaciones que ya desarrollaban una labor musical en el país. No nació, por tanto, de la nada: fue el resultado de una tradición que venía construyéndose y de la voluntad de convertir aquella aspiración en una institución al servicio de la cultura nacional.
Enrique Casal Chapí tuvo la responsabilidad de organizar la orquesta, reunir a sus integrantes y establecer una programación que contribuyera a consolidar su trabajo. Durante sus primeros años, los conciertos se celebraron en distintos escenarios de Santo Domingo, cuando todavía no existían las instalaciones culturales que posteriormente servirían de marco a la vida artística nacional.
La institución tuvo que abrirse camino con los recursos y las posibilidades de su época. Antes de contar con una trayectoria consolidada, tuvo que construirla concierto a concierto.
Recordar a Casal Chapí es reconocer ese comienzo. Recordar a Enrique Mejía Arredondo es reconocer, asimismo, la participación de los músicos dominicanos en la construcción de aquella primera etapa. Las instituciones culturales tienen fundadores, pero también necesitan colaboradores que conviertan una idea inicial en una realidad capaz de perdurar.
Después de Casal Chapí, la dirección pasó por las manos de Abel Eisenberg, entre 1946 y 1951, y Roberto Caggiano, entre 1951 y 1959. Ambos contribuyeron al desarrollo de la orquesta durante sus primeras décadas. Caggiano, en particular, trabajó en el fortalecimiento de sus secciones y en la ampliación de su repertorio, procurando elevar progresivamente las exigencias musicales.
En 1959 llegó un momento significativo: Manuel Simó se convirtió en el primer dominicano en ocupar la dirección titular de la Orquesta Sinfónica Nacional. Permaneció en el cargo hasta 1980, en una etapa prolongada que forma parte esencial de la historia de la institución.
Le sucedió Jacinto Gimbernard, director entre 1980 y 1984, quien impulsó el desarrollo de la plantilla orquestal y contribuyó a fortalecer su dimensión profesional. Su labor musical y educativa se extendió también a otros ámbitos de la vida cultural dominicana.
En 1984 asumió la dirección Carlos Piantini, una de las figuras más importantes de esta historia. Su relación con la orquesta venía de mucho antes: había formado parte de ella como violinista cuando todavía era adolescente. Más tarde desarrolló una reconocida carrera internacional, se integró a la Filarmónica de Nueva York y estudió dirección orquestal en Viena.
Su regreso a la dirección titular marcó una etapa de particular dinamismo. Durante su gestión se regularizaron las temporadas sinfónicas, se amplió el número de instrumentistas y se impulsaron iniciativas para fortalecer la institución. Entre ellas estuvo la creación de Fundación Sinfonía, establecida en 1986 con el propósito de respaldar y promover a la Orquesta Sinfónica Nacional.
La historia de ambas instituciones quedó así estrechamente vinculada. Una aportaba el trabajo artístico de sus músicos; la otra contribuía a crear condiciones para sostenerlo y ampliar sus posibilidades.
Carlos Piantini también dejó una enseñanza que merece ser recordada: una orquesta de excelencia no debe permanecer distante de la sociedad a la que representa. El rigor artístico y la cercanía con el público no son objetivos contradictorios. Por el contrario, la verdadera proyección cultural de una institución depende, en buena medida, de su capacidad para llegar a públicos cada vez más amplios.
No se trata de rebajar las exigencias de la música clásica para hacerla accesible. Se trata de abrir oportunidades para que más personas puedan descubrirla.
Una orquesta que se presenta ante públicos nuevos, que despierta la curiosidad de los jóvenes y que procura acercar su repertorio a quienes no han tenido la oportunidad de escucharla cumple una función que va más allá del concierto. Contribuye a formar sensibilidad, a estimular vocaciones y a ampliar los horizontes culturales de la sociedad.
Después de Piantini, la dirección titular pasó a Rafael Villanueva, entre 1994 y 1995. Su trayectoria quedó truncada por su fallecimiento prematuro, pero su preparación y su dedicación dejaron una huella que merece formar parte de esta memoria.

Le sucedió Julio De Windt, quien dirigió la orquesta entre 1995 y 2001 y fue reconocido posteriormente como director emérito. Más adelante, el maestro ecuatoriano Álvaro Manzano ocupó la dirección musical entre 2001 y 2004 y regresó al frente de la institución entre 2007 y 2009.
Carlos Piantini volvió a dirigir la orquesta entre 2004 y 2007, después de haber sido distinguido como director titular laureado. Su trayectoria resume, de alguna manera, la relación profunda que puede establecerse entre un músico y una institución: una historia que comienza en los atriles, se desarrolla mediante el estudio y la experiencia, y regresa para contribuir al crecimiento de la propia orquesta.
Desde 2009, la dirección titular está a cargo del maestro dominicano José Antonio Molina, quien ha asumido la responsabilidad de conducir la institución en una nueva etapa de su trayectoria artística.
Su presencia al frente de la orquesta durante tantos años representa continuidad, pero también el desafío permanente de renovar el repertorio, mantener la calidad interpretativa y responder a las expectativas de un público que merece una vida musical cada vez más rica.
La historia de la Sinfónica, sin embargo, no puede contarse solamente mediante la sucesión de sus directores titulares. También han contribuido a ella los directores invitados y asistentes, los solistas nacionales e internacionales, los músicos de cada sección y los profesionales que trabajan detrás del escenario.
Directores invitados como Luis Delgadillo, Adriano La Rosa, Pierino Gamba, Jacques Singer, Helmuth Thierfelder y Leslie Hodge forman parte de ese recorrido. A ellos se suman los artistas que han compartido escenario con la orquesta, así como los músicos extranjeros que se incorporaron a sus filas para fortalecer su plantilla y enriquecer su experiencia interpretativa.
Cada uno, desde su función y en su momento, contribuyó a construir una historia colectiva.
Por eso, cuando hablamos de una orquesta, no hablamos únicamente del nombre que aparece en el podio. Hablamos de los músicos que estudian durante años para dominar sus instrumentos, de los ensayos que exigen concentración y disciplina, de la coordinación entre las distintas secciones y de la capacidad de escuchar a los demás sin perder la propia voz.
El director orienta, pero la música nace del trabajo compartido. Ningún instrumento puede sustituir al conjunto; ninguna sección puede desentenderse de las demás. El resultado depende de que cada integrante comprenda su responsabilidad y contribuya a una interpretación común.
En una orquesta, la armonía no elimina las diferencias. Las organiza.
Esta realidad adquiere una dimensión especial cuando pensamos en las condiciones que necesita una institución de esta naturaleza para cumplir su misión. La historia de la Orquesta Sinfónica Nacional también ha estado marcada por dificultades materiales y por necesidades que han requerido respuestas sostenidas.
En 2011, cuando se conmemoró su septuagésimo aniversario, un artículo publicado en el periódico Hoy señalaba una deuda institucional importante: la ausencia de un espacio exclusivo para los ensayos. Aquel señalamiento recordaba que la entrega de los músicos, por extraordinaria que sea, no puede sustituir las condiciones adecuadas de trabajo.
Es un antecedente que invita a reflexionar sobre la responsabilidad de las autoridades y sobre la necesidad de garantizar que nuestras instituciones culturales dispongan de los recursos y la infraestructura que necesitan para desarrollarse. Antes de afirmar que aquella situación persiste, corresponde verificar cuál es la realidad actual; pero la pregunta de fondo conserva su importancia: ¿estamos ofreciendo a nuestros músicos las condiciones que exige una institución de esta categoría?
La cultura no puede depender exclusivamente del entusiasmo de quienes la sostienen. Necesita políticas públicas, planificación, recursos y una visión que reconozca su valor en el desarrollo nacional.
En ese esfuerzo, Fundación Sinfonía ha desempeñado un papel importante durante cuatro décadas. Su trabajo de apoyo, promoción y formación forma parte de la historia reciente de la música clásica dominicana. Como hemos señalado en la primera entrega de esta serie, su trayectoria no se limita a lo que hizo en el pasado: también se expresa en sus iniciativas presentes y en su compromiso con las nuevas generaciones.
La celebración de los 85 años de la Orquesta Sinfónica Nacional y los 40 años de Fundación Sinfonía nos invita, por tanto, a mirar más allá de los aniversarios. Nos recuerda que las instituciones culturales no permanecen vivas únicamente porque acumulen años de historia.
Necesitan músicos que las dignifiquen, directores que las orienten, organizaciones que las respalden, autoridades que asuman sus responsabilidades y ciudadanos que encuentren razones para acercarse a ellas.
Enrique Casal Chapí abrió un camino. Enrique Mejía Arredondo y los primeros músicos contribuyeron a darle forma. Abel Eisenberg y Roberto Caggiano trabajaron en su consolidación. Manuel Simó, Jacinto Gimbernard, Carlos Piantini, Rafael Villanueva, Julio De Windt, Álvaro Manzano y José Antonio Molina asumieron, en diferentes momentos, la responsabilidad de conducirla. Junto a ellos, numerosas generaciones de intérpretes, maestros invitados y colaboradores han aportado su talento y su trabajo.
No todos hicieron lo mismo. No todos enfrentaron los mismos desafíos. Pero sus nombres forman parte de una historia que merece ser reconocida en toda su dimensión.
Porque una institución no vive solamente de su pasado: vive de quienes asumen la responsabilidad de continuarla.
Y quizá ahí encontremos una de las resonancias más profundas de la obra que escucharemos el próximo 4 de noviembre. La Segunda Sinfonía de Gustav Mahler, Resurrección, atraviesa la angustia, la pérdida y las preguntas sobre la existencia antes de llegar a una afirmación de esperanza.
En el contexto de este aniversario, esa palabra adquiere un significado que trasciende la música. También nos invita a pensar en la capacidad de una institución para renovar su compromiso, en la necesidad de transmitir una tradición a las nuevas generaciones y en la responsabilidad de una sociedad que desea preservar lo mejor de su patrimonio cultural.
Resucitar, en este sentido, no significa regresar intactos al pasado. Significa encontrar nuevas razones para continuar.
Ochenta y cinco años después de su fundación, la Orquesta Sinfónica Nacional sigue teniendo una tarea por delante: hacer que la música continúe encontrando su lugar en la vida dominicana, que llegue a nuevos públicos y que siga ofreciendo a nuestros músicos la oportunidad de desarrollar su talento.
La historia ya está escrita en buena parte. El futuro, en cambio, continúa dependiendo de nuestras decisiones.
Porque una orquesta pertenece a un país no solamente por llevar su nombre, sino porque ese país reconoce en ella una parte de su historia, de su identidad y de sus aspiraciones.
Y mantenerla viva es una responsabilidad que nos concierne a todos.
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