Han decapitado a nuestro poeta nacional y nadie se inmuta. Resulta paradójico que Pedro Mir, quien consagró su vida y obra a interpretar la realidad nacional y a reivindicar la conciencia histórica y cultural dominicana, permanezca simbólicamente decapitado ante la indiferencia colectiva. La mutilación de su busto trasciende el daño material y constituye una metáfora inquietante del deterioro de nuestra memoria histórica y del debilitamiento de la identidad cultural. La ironía es estremecedora, al poeta que enseñó a la nación a pensarse a sí misma, hoy se le niega simbólicamente la cabeza presagiando silencios que condenan, indiferencias que mutilan y olvidos que decapitan.
Si Washington Irving hubiera sido dominicano y habitara estos tiempos, acaso encontraría en San Pedro de Macorís la inspiración para crear un nuevo personaje de ficción. Ya no escribiría La leyenda de Sleepy Hollow, sino La leyenda de Pedro Mir, el poeta decapitado. Pero habría una diferencia estremecedora, mientras el jinete sin cabeza de Irving pertenece al territorio de la fantasía, nuestro poeta decapitado pertenece al doloroso territorio de la realidad. Y aquí el verdadero fantasma no es el poeta sin cabeza, sino la conciencia ausente de quienes contemplan su mutilación sin indignarse.
Ante esta imagen perturbadora, vuelve a mi memoria el comienzo de La mancha indeleble, aquel extraordinario cuento de don Juan Bosch, cuya alegoría parece adquirir hoy una inquietante actualidad:
«Todos los que habían cruzado la puerta antes que yo habían entregado sus cabezas, y yo las veía colocadas en una larga hilera de vitrinas que estaban adosadas a la pared de enfrente. Seguramente en esas vitrinas no entraba aire contaminado, pues las cabezas se conservaban en forma admirable, casi como si estuvieran vivas, aunque les faltaba el flujo de la sangre bajo la piel».
¡Qué poderosa coincidencia simbólica! En el universo literario de Bosch, entregar la cabeza representa la renuncia al pensamiento propio, la claudicación de la conciencia y la sumisión de la inteligencia. Pedro Mir, en cambio, jamás entregó la suya. La mantuvo erguida frente a las injusticias, frente al poder y frente a los silencios cómplices de su tiempo. Su poesía fue pensamiento insumiso, palabra comprometida y conciencia de una patria que encontró en sus versos el espejo de sus heridas.
Quizás por eso, en esta amarga metáfora de nuestra realidad, su busto decapitado encierra un mensaje más profundo, como no pudieron hacerle entregar la cabeza mientras vivía, pareciera que decidieron arrebatársela después de muerto. Una venganza simbólica contra quien hizo de la libertad de pensamiento su territorio irrenunciable.
Pero lo verdaderamente inquietante no es que alguien haya decapitado un busto. Lo estremecedor es que una sociedad pueda contemplar la mutilación de uno de sus más altos símbolos culturales sin sentir que también le están cercenando una parte de su propia identidad.
Como una vez me dijera el escritor Manuel Mora Serrano en un encuentro dominical, «Cuando un pueblo pierde el respeto por sus poetas, comienza a quedarse sin palabras para nombrarse; cuando abandona sus símbolos, empieza a desconocer su historia»; y en este momento agrego, cuando permite que le decapiten la memoria, termina caminando, como los personajes de Bosch, con la apariencia de estar vivo, pero despojado de aquello que le permite pensar.

Pedro Mir no necesita una cabeza de cobre para seguir pensando. Es la sociedad dominicana la que necesita recuperar la suya para comprender lo que significa haberlo dejado decapitado.
Desde esa indignación, desde esa herida abierta en la memoria cultural de la nación, he querido imaginar que el poeta regresa del silencio y, al descubrir su busto mutilado, toma nuevamente la palabra. No para reclamar la restauración de su propia imagen, sino para exigir la restauración de nuestra conciencia.
Sé que un busto puede ser reparado; pero lo verdaderamente difícil será reconstruir la memoria de un pueblo que ha aprendido a convivir con sus símbolos decapitados, abrazando héroes de barro que danzan con los hombros en la 42, aplaudiendo como focas la estupidez en su máxima expresión.
Y así, desde la eternidad, imagino que Pedro Mir levanta su voz y nos dice:
«ME QUITARON LA CABEZA, NO LA VOZ»
Lamento de Pedro Mir ante la indiferencia de su pueblo
- LA VOZ DEL DECAPITADO
Escribo desde la memoria,
me han quitado la cabeza.
Dejaron mi cuerpo de cobre,
rostro desfigurado, dignidad nula,
los hombros sosteniendo el olvido,
herida negra donde florecía el pensamiento.
¡Ay, mi San Pedro de Macorís!
¡Ciudad de azúcar, de sudores y de sueños!
Guloya, Cocolo, identidad y memoria.
¿En qué esquina se extravió tu conciencia?
¿En qué mercado vendiste tu memoria?
¿Quién levantó su mano contra mi frente
y quién bajó los ojos para no verlo?
No me duele el busto mutilado,
ni el mármol que envejece bajo el cielo;
me duele el silencio de los vivos,
la indiferencia convertida en monumento,
la vergüenza de un pueblo que contempla
cómo le arrancan la cabeza a sus recuerdos.
- EL POETA RECLAMA
Yo, que le puse voz a los sin voz,
que hice del verso un surco y una bandera,
que escuché llorar la caña en los ingenios
y vi la patria desangrarse,
hoy no encuentro una mano que levante
la cabeza caída de mi busto.
Anuncié un país en este mundo,
un país de esperanza y de quebranto,
un país que cabía en una lágrima
y se agrandaba en el dolor de sus hermanos,
hoy pregunto desde el polvo de mi ausencia,
¿Dónde está ese país que tanto amaba?
¿Dónde sus hijos?
¿Dónde sus maestros?
¿Dónde sus hombres de cultura y pensamiento?
¿Dónde los que pronuncian mi nombre
cuando necesitan adornar un discurso?
¡Qué ironía tan amarga la del tiempo!
Me llaman poeta nacional
y me dejan decapitado en mi propia tierra.
Me levantan en las aulas,
me declaman en los actos,
me consagran en los libros,
¡pero abandonan mi cabeza entre las sombras!
III. LA PATRIA SIN MEMORIA
No es mi cabeza solamente
la que yace perdida entre las piedras.
Es la memoria de una patria
que se desangra por las grietas de la indiferencia.
Porque cuando se derriba a un poeta
no se derriba solamente una figura,
se hiere la palabra,
se humilla la cultura,
se mutila la historia
y se le arranca al porvenir una esperanza.
¡Pobre del pueblo que olvida a sus poetas!
¡Pobre del pueblo que desprecia sus símbolos!
Podrá levantar torres hasta el cielo,
podrá cubrir de oro sus avenidas,
podrá comprar el brillo de otros mundos,
pero será un gigante sin memoria,
un árbol sin raíces,
una bandera sin historias,
un cuerpo caminando sin cabeza.
Porque una nación que olvida lo que ha sido
termina por ignorar lo que es;
y aquella que desprecia su pasado
hipoteca el derecho a su futuro.

- MI CABEZA NO ERA DE PIEDRA
Mi cabeza no era de piedra ni de cobre,
aunque de cobre la hicieron.
En ella habitaban los cañaverales,
el sudor de los hombres sin tierra,
las manos del obrero,
el hambre de los niños,
la esperanza que nunca se resigna.
En ella florecían mariposas
sobre la sangre amarga de la historia;
en ella resonaba un contracanto
contra los poderosos de la tierra.
No escribí para los pedestales.
No levanté mis versos para el bronce.
Escribí para el hombre,
para el hombre de carne,
hambre, de sueños,
para el hombre que lucha
por conquistar su dignidad y su destino.
Y hoy, desde esta absurda mutilación,
descubro la más cruel de las paradojas,
¡Defendí la cabeza de mi pueblo
y mi pueblo no defiende la cabeza de mi estatua!
- EL SILENCIO TAMBIÉN DECAPITA
¿Quién fue el verdugo?
¿Quién empuñó la noche contra mi rostro?
¿Quién hizo de la barbarie su instrumento?
No sé su nombre.
No conozco sus razones.
Pero conozco a los otros,
a los que pasan y no miran,
a los que miran y no hablan,
a los que hablan y no actúan.
¡También ellos me decapitan!
Me decapita el funcionario indiferente,
me decapita la autoridad que calla,
me decapita la institución que olvida,
me decapita el ciudadano que contempla
la destrucción de su memoria
como si fuera un espectáculo sin importancia.
Porque el silencio tiene manos,
la indiferencia tiene filo
y el olvido es una espada
que corta lentamente
la cabeza de los pueblos.

- NO RECLAMO POR MI GLORIA
No reclamo por mi gloria.
La gloria es una sombra pasajera
que el viento de los siglos desordena.
No reclamo por mi nombre.
Mi nombre ya navega por los libros,
por las aulas,
por la conciencia de quienes han leído
la patria que sembré entre mis palabras.
Reclamo por los niños,
que mañana preguntarán por mi cabeza
y encontrarán por respuesta,
el vergonzoso silencio del adulto.
Reclamo por la escuela,
que enseña a venerar nuestros símbolos
mientras la calle enseña a destruirlos.
Reclamo por la patria,
por un pueblo que tolera la mutilación de su cultura
y comienza a mutilarse a sí mismo.
¡Que nadie confunda mi silencio con resignación!
¡Que nadie confunda mi muerte con ausencia!
Los poetas no morimos
cuando la tierra nos reclama,
morimos cuando el pueblo
deja de escuchar lo que dijimos.
VII. DEVUÉLVANME LA CABEZA
¡Devuélvanme la cabeza!
No para contemplar mi propio rostro,
sino para mirar de frente a mi pueblo.
¡Devuélvanme la cabeza!
No para coronarme de laureles,
sino para que un niño comprenda
que la cultura también es patria.
¡Devuélvanme la cabeza!
No por la vanidad de un monumento,
sino porque la historia no merece
caminar decapitada por las calles.
Y si no pueden devolverme aquel pedazo de cobre,
devuélvanle al país su dignidad.
Devuélvanle a la escuela su memoria.
Devuélvanle a la juventud sus referentes.
Devuélvanle a la cultura su respeto.
No quiero una estatua por costumbre,
ni una ofrenda floral sobre el olvido,
ni discursos que mueren con los aplausos.
¡Quiero una patria que recuerde!
¡Quiero una patria que se reconozca!
¡Quiero una patria que comprenda
que sus poetas son la voz de su conciencia!

VIII. EL ÚLTIMO RECLAMO
Hoy escribo desde la memoria,
pues me han quitado la cabeza.
Pero escuchen, señores del olvido,
¡No han conseguido silenciarme!
Porque mi voz no vive en ese busto,
ni mi pensamiento cabe en una estatua,
ni puede una mano miserable
decapitar la eternidad de la palabra.
Mi cabeza seguirá sobre los hombros
de cada joven que descubra mis poemas,
de cada maestro que defienda nuestra historia,
de cada ciudadano que comprenda
que la patria no es solamente tierra,
¡es memoria, es cultura, es dignidad y es conciencia!
Y desde el pedestal de mi vergüenza,
desde esta piedra herida por el tiempo,
desde mi San Pedro de Macorís amado,
levanto mi protesta hacia los cielos,
¡NO ES MI CABEZA LA QUE LE FALTA A LA ESTATUA!
¡ES LA CONCIENCIA LA QUE LE ESTÁ FALTANDO AL PUEBLO!
Y mientras nadie venga a restaurarme,
mientras mi rostro siga siendo ausencia,
seguiré preguntándole a la patria,
¿DE QUÉ SIRVE TENER POETAS INMORTALES
SI DEJAMOS MORIR AQUELLO QUE NOS HACE NACIÓN?
Porque un pueblo puede sobrevivir sin monumentos,
pero jamás sobrevivirá como nación
si permite que le decapiten la memoria.
Homenaje poético a Pedro Mir (1913-2000)
Poeta Nacional de la República Dominicana.
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