La España que invadió la isla de Santo Domingo y demás territorios de América a partir del siglo XV, era un país que recién había logrado su unificación política con el matrimonio de los monarcas de los reinos de Castilla y Aragón, Isabel I y Fernando II, mejor conocidos como los Reyes Católicos.
España estuvo sometida al dominio árabe durante ocho siglos, hecho que motivó la Guerra de la Reconquista de los reinos españoles contra los árabes y el grupo étnico de los judíos, quienes aprovecharon que la península ibérica era la región más avanzada de la Europa mediterránea y, por tanto, muy favorable a sus empresas mercantiles, financieras y artesanales. Los judíos aprovecharon también que en España durante la dominación árabe había tolerancia religiosa, lo que le sirvió para evadir las constantes persecuciones de que eran víctimas por parte de diferentes reyes y señores feudales de los restantes territorios europeos, con el fin de despojarlos de las riquezas acumuladas vía el comercio y la usura.
El último reducto árabe-judío en España fue eliminado en abril de 1492 con la toma del reino de Granada, tan sólo unos meses antes de producirse la invasión y conquista del continente americano. Este hecho al mismo tiempo significó la supresión de toda posibilidad de que España se constituyera en una de las naciones capitalistas más poderosas de Europa y el mundo, ya que la industria, la artesanía, el comercio y el área financiera recibieron un golpe demoledor, al instaurarse el fanatismo religioso de los Reyes Católicos, lo que trajo consigo la persecución tenaz de todas personas que no fueran cristianas católicas o que no estuvieran dispuestas a convertirse al cristianismo profesado por la Iglesia Católica. Esto contribuyó al fortalecimiento del sistema feudal y al predominio absoluto de la religión Católica, Apostólica y Romana.
El escritor uruguayo Eduardo Galeano retrata con bastante claridad la situación por la cual atravesaba España a la hora de producirse el mal llamado ¨descubrimiento de América¨, cuando expresa:
“Moros llamaban los españoles cristianos a los españoles de cultura islámica, que llevan aquí ocho siglos. Miles y miles de españoles de cultura judía han sido ya condenados al destierro. A los moros también se les dará a elegir entre el bautismo y el exilio; y para los falsos conversos arden las hogueras de la Inquisición. La Unidad de España, esta España que ha descubierto América, no será el resultado de la suma de sus partes. Por orden del arzobispo Cisneros, marchan a prisión los sabios musulmanes de Granada. Altas llamas devoran los libros islámicos, religión y poesía, filosofía y ciencia, ejemplares únicos que guardaban la palabra de una cultura que ha regado estas tierras y en ellas ha florecido. Desde lo alto, los labrados palacios de la Alhambra son testigos mudos del avasallamiento, mientras las fuentes no cesan de dar agua a los jardines.”[1]
Tras la unificación política de los reinos de Castilla y Aragón se produjo el triunfo de los cristianos ante los árabes y judíos, tomando así el reino de Granada. Antes de capitular y entregar la ciudad de Alhambra y otras fortalezas, los árabes negociaron un pacto de 67 artículos, en los cuales se consignaron las siguientes conquistas: seguridad de personas y bienes; libertad de continuar viviendo los moros en sus lugares y domicilios; mantenimiento del culto musulmán, conservando las mezquitas y los bienes de éstas, y la ley religiosa en cuanto a los juicios; que ningún cristiano entraría en casa de los musulmanes ni ejercería coacción sobre ellos; que sus gobernadores serían musulmanes o judíos, de los que con anterioridad hubiesen ejercido cargos públicos; libertad de todos los cautivos hechos en la guerra; limitación de los tributos al azaque y el diezmo; que todo moro pudiese dejar a su arbitrio la ciudad, vendiendo sus bienes sin traba alguna y que el que quisiera pasar al África pudiese también enajenar su hacienda y llevar consigo sus alhajas, haciendo el viaje en naves del rey sin pagar flete; “que no se forzaría al que hubiese abrazado el islamismo, a hacerse nuevamente cristiano, y que si algún musulmán se hubiese cristianizado, se le darían algunos días de plazo para que lo meditase y, transcurridos que fueran, comparecería ante un juez musulmán y otro cristiano, y si se negara a volver al islamismo sería mantenido en su resolución”[2]; que los moros podrían discurrir libremente por tierra de cristianos con seguridad de sus personas y bienes; que no se les impondrían señales en el traje como se hacía con los judíos y mudéjares; que se les respetaría el almuédano y todas las prácticas religiosas, y que el rey cristiano garantizaría con su firma la capitulación.
Sin embargo, el destacado historiador e intelectual español Rafael Altamira relata que muy pronto cambiaron la política quienes asumieron el control del poder y se dedicaron a perseguir a los moros y judíos, tratando de obligarles a convertirse al cristianismo:
“Bien pronto los vencedores cambiaron de política. Olvidando los artículos de la capitulación, vejaron a los musulmanes, ya con limitaciones de su libertad, ya con nuevos tributos y, por último, con la coacción, más o menos velada en la forma, para que abrazasen el cristianismo. Dirigida en un principio la propaganda por el arzobispo fray Hernando de Talavera, el conde de Tendilla y Hernando de Zafra, en términos prudentes y por medio de la predicación, habíanse obtenido bastantes conversiones. Pero el celo excesivo de otros personajes de la corte, entre ellos el confesor de la reina y arzobispo de Toledo Ximénez de Cisneros, mudó tales procedimientos por otros de fuerza, pues no sólo importunaban para lograr la apuración, sino que, según dice un cronista castellano, “a los que no se querían convertir echábalos en la cárcel y trabajaba con ellos por todos los medios posibles, que se convirtiesen. Pareció que esto tocaba a muchos moros y se escandalizaban de ello”. Quejáronse en efecto, a los reyes, de aquella infracción de las capitulaciones, y por último se sublevaron los del Albaicín, a consecuencia de haber querido, dos criados de Cisneros, arrebatar a una joven mora, para convertirla. Sólo merced a la voz y prestigio de fray Hernando de Talavera y a la intervención del conde de Tendilla, pudo apaciguarse la sublevación. Don Femando y Doña Isabel desaprobaron en un principio la conducta de Cisneros, pero luego se dejaron vencer por la opinión de éste, quien, entre otras cosas, alegaba que, habiéndose sublevado los moros del citado barrio, quedaban derogadas las capitulaciones.”[3]
Altamira destaca que en el momento en que los Reyes Católicos ensanchaban el territorio castellano con todo lo perteneciente al reino de Granada, el genio, la perseverancia y la suerte de un marino extranjero, de origen genovés, de nombre Cristóbal Colón, incorporaba a la Corona un continente desconocido hasta entonces y muy superior en extensión y en recursos naturales a toda Europa, que recibió, años después, el nombre de América.[4]
En ese contexto, y teniendo como precedentes inmediatos la colonización española de las islas Canarias y la penetración comercial de España en algunos puntos de África, principalmente en las costas atlánticas del Sahara, se pone en marcha el proyecto colonizador de los Reyes Católicos y Cristóbal Colón, el cual se concretizó mediante la firma de las Capitulaciones de Santa Fe. En este acuerdo se le otorgaba al navegante genovés un 10% de todos los beneficios que se obtuvieran después de cubrir los costos de la empresa colonizadora, se le concedió el título nobiliario de Virrey y Gobernador de todas las tierras que descubriese, así como el de Almirante de todos los mares y océanos que encontrase.
Es más que evidente que el navegante Colón tenía conocimientos actualizados en torno a la esfericidad de la tierra, conocía en detalle las narraciones extraordinarias de Marco Polo y de otros viajeros habían llegado a Oriente. De igual manera, hay evidencia de que el marino genovés tradujo del latín al español la carta que el astrónomo y cartógrafo florentino Paolo Toscanelli le había enviado a su amigo portugués Fernando Martíns de Roriz en junio de 1474 -la cual consiguió a través del mercader Lorenzo Berardi-, en la que se infería que la distancia existente para llegar desde la península Ibérica hasta Asia por el occidente era de 29 mil kilómetros, cuando la realidad comprobada en la actualidad es de 40 mil kilómetros. Probablemente ese error de cálculo fue lo que le hizo creer a Colón que llegó a las Indias, cuando en realidad tan sólo había llegado a las islas del Caribe o de las Antillas, que eran partes de un continente totalmente nuevo, que posteriormente recibiría el nombre de América, como tributo al descubrimiento cartográfico realizado por el cartógrafo florentino Américo Vespucio. Por esa razón, el cartógrafo alemán Martín Waldseemüller en su mapa Universalis Cosmographia de 1507 acuñó con el nombre de América al nuevo continente o Nuevo Mundo, en honor de Américo Vespucio.
El proyecto colombino fue concebido como una empresa mixta: con un carácter comercial (establecimiento de factorías que comercializaran con los nativos y las grandes dinastías asiáticas), por un lado, y con un carácter colonizador (dominio directo sobre nuevos territorios para la explotación de sus riquezas naturales y de sus habitantes, así como promover la migración de naturales españoles, que sirvieran de base a la constitución de un imperio colonial hispánico), por el otro lado. Todo esto contó con el apoyo financiero de algunos sectores poderosos ligados al comercio y de la alta burocracia cortesana enriquecida convertida al cristianismo, como fue caso del tesorero de la reina Isabel, Luis de Santangel, de quien se dice aportó un millón de maravedíes de los dos millones que costaba el financiamiento total de la empresa colonizadora. Los Reyes Católicos realizaron un aporte significativo con el establecimiento de un impuesto a los habitantes de los pueblos involucrados en la expedición marítima, Santa Fe y Puerto de Palos de Fronteras. El aporte de Colón estuvo orientado a comprometer a duchos navegantes para involucrarlos en la empresa colonizadora, en la cual aportaran sus respectivas embarcaciones, logrando incorporar al navegante Juan de la Cosa, dueño de la nao Marigalante o La Gallega, rebautizada con el nombre de Santa María y que sería capitaneada por el propio Cristóbal Colón, y a los hermanos Vicente Yáñez Pinzón y Martín Alonso Pinzón, quienes aportarían las carabelas La Niña y La Pinta, respectivamente, de las que serían sus capitanes.
La firma de las Capitulaciones de Santa Fe entre los Reyes Católicos y Cristóbal revela que la llegada de los conquistadores españoles a la isla de Santo Domingo y al resto del continente americano no fue un descubrimiento, sino una invasión planificada, donde previamente hicieron un reparto de las ganancias, de los territorios conquistados y de las posiciones políticas a ostentar. Esto hizo que Colón pasara de ser un navegante de segunda o tercera categoría a convertirse en Virrey y Gobernador de vastos territorios, con lo cual pasó a ser parte de la nobleza española.
La España que invadió la isla de Santo Domingo y conquistó gran parte de América, era una sociedad marcada por las tendencias más atrasadas en los ámbitos económico, social, político, científico, cultural e ideológico, muy a pesar de ser una de las potencias político-militares más importantes de la Europa de finales del siglo XV y todo el siglo XVI. Con esa lógica, llegan los españoles a la isla de Santo Domingo, muy a pesar de que en su Diario de Navegación Cristóbal Colón hace un derroche de elogios a sus habitantes nativos, entre los cuales destacan los siguientes:
“Crean Vuestras Altezas que en el mundo todo no puede haber mejor gente, ni más mansa. Deben tomar Vuestras Altezas grande alegría porque luego los harán cristianos y los habrán enseñado en buenas costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser, y la gente y la tierra en tanta cantidad que yo no sé ya cómo lo escriba; porque yo he hablado en superlativo grado la gente y la tierra de la Juana, a que ellos llaman Cuba; más hay tanta diferencia de ellos y de ella a ésta en todo como del día a la noche, ni creo que otro ninguno que esto hubiese visto hubiese hecho ni dijese menos de lo que yo tengo dicho, y digo que es verdad que es maravilla las cosas de acá y los pueblos grandes de esta isla Española, que así la llamé y ellos la llaman Bohío, y todos de muy singularísimo trato amoroso y habla dulce, no como los otros que parece cuando hablan que amenazan, y de buena estatura hombres y mujeres y no negro. Verdad es que todos se tiñen, algunos de negro y otros de otro color, y los más de colorado. He sabido que lo hacen por el sol, que no les haga tanto mal, y las casas y lugares tan hermosos, y con señorío en todos como juez o señor de ellos, y todos le obedecen que es maravilla, y todos estos señores son de pocas palabras y muy lindas costumbres, y su mando es lo más con hacer señas con la mano, y luego es entendido que es maravilla.”[5]
Es más que evidente el contraste que había entre los pobladores nativos y los conquistadores españoles, en costumbres, modales y forma de ser, tal como lo describe el propio Almirante Cristóbal Colón, de los cuales expresa que no existía mejor gente ni más mansa en el mundo. Sin embargo, los conquistadores españoles evidenciaron ser personas malvadas, con gran odio hacia el prójimo, que codiciaban lo ajeno, con gran inclinación por el morbo, la traición, la simulación y la mentira. Estas actitudes negativas se pusieron de manifiesto en todo el trayecto del proceso de conquista y colonización llevada a cabo por el propio Cristóbal Colón, su gente y los demás continuadores de su empresa colonizadora contra una población aborigen laboriosa, inocente y amorosa, que fue sometida a los más crueles trabajos, castigos y tormentos, vía el coto minero o factoría colombina, los repartimientos, el sistema de encomiendas y múltiples sistemas productivos más.
En una carta fechada el 4 de junio de 1516, firmada por más de catorce sacerdotes de las órdenes religiosas de Santo Domingo y San Francisco, residentes en la isla La Española, dirigida a Mr. de Xevres, ponen al desnudo el conjunto de crueldades e injusticias a que los aborígenes fueron sometidos por los conquistadores españoles:
“En el principio, como he dicho, los indios recibieron a los cristianos con mucho amor, dándoles todo lo que tenían y buenamente podían; pero ellos no contentos de esto, metíanse entre ellos, robándolos o desposeyéndolos de cuanto tenían, tomándoles sus propias mujeres e hijas, e matando de ellos cuantos querían, no para más de probar sus espadas.
Acaeció que trayendo ciertos castellanos trece o catorce indios consigo, no sé qué enojo le hizo uno de los indios, por el cual enojo determinaron lo de ahorcar; y aquel ahorcado, mandaron a otro que quitase aquel lazo y se colgase él; lo cual hizo, y así al tercero, etc. Finalmente, por esta forma lo ahorcaron a todos trece. Estos oyeron dos religiosos de Santo Domingo a uno de los mismos que fue en ello, que lo contaba como alabándose de ello. De aquel, M.I.S., noté la gran malicia de los cristianos a la gran simplicidad de los indios.
Item, yendo ciertos cristianos, vieron una india que tenía un niño en los brazos, que criaba, y porque un perro que ellos llevaban consigo tenía hambre, tomaron el niño vivo de los brazos de la madre, echáronlo al perro, y así lo despedazó en presencia de su madre.
Viéndose los indios por estas maneras afligidos de los castellanos, quisiéronlos echar de la isla, e tomaron por medio no sembrar para comer, porque faltando los mantenimientos, ellos tuviesen por bien que irse; pero los castellanos gastaron las labranzas que ellos tenían para sí, comiendo y destruyendo, de forma que les fue forzado a los indios a morir de hambre, de la cual murieron tantos, que no había quien anduviese por los campos de hedor…
Vistas estas e semejantes obras, que los de nuestra nación hacían a los indios, puede V.M.I.S. considerar si los indios con razón y justicia se debieron apartar de los cristianos y alzarse y resistirles, pues el derecho natural a ellos les obligaba principalmente que en ningún tiempo dejaron de tratar los cristianos a los indios peor que brutos animales. Y, por tanto, decían los indios entre sí, que, si allá tomaban al Comendador mayor, que era aquí el gobernador, que lo habían de matar. Sabiendo esto el Comendador, fue allá, no con pensamiento de amansarlos, que muy fácilmente pudiera, más con gana que tenía de destruirlos, y llevó consigo toda la gente que pudo, que fueron hasta sesenta de a caballo e muchos peones que pudo, que era gente no solo para amansarlos, sino para tomar tres islas como esta, cuando estaba en su prosperidad, según es la mansedumbre de la gente; y mandó a llamar a todos los caciques de aquella comarca a la provincia de Xaragua, donde está una gran señora que se llamaba Anacaona, a la cual todos hacían acatamiento; he llamado sobre seguro, ellos todos vinieron pacífica e seguramente, e mucha multitud de ellos, porque son gentes que se creen de ligero, e fácilmente los engañan; y trajeron muchos presentes al Comendador, que se llama Nicolás de Ovando, y él mandó a entrar todos los principales en un bohío, y él metióse con ellos; y aun lleva puesto un gumin en los pechos muy grande, que es una joya de oro, que los indios tienen acá por muy preciada cosa, diciendo que le había de dar a Anacaona, y desque los tuvo dentro, salióse dejándolos a todos dentro; y tomáronles la puerta la gente del Comendador mayor, que para esto estaba aparejado para que no hiciesen y mandó a atar sesenta caciques a otros tantos palos de bohío o casa donde los tenía encerrados, entre las cuales había alguno que no llegaba a la edad de diez años, y mandó poner fuego al bohío y quemóslo a todos dentro, y mandó hacer una horca y ahorcar aquella gran señora, que se llamaba Anacaona, y los demás mandándolos a dar por esclavos.”[6]
Todas esas crueldades y muchas otras, no se producían de forma aislada, sino que formaban parte de un sistema de explotación impuesto por los conquistadores y colonizadores españoles a la población aborigen, conocido como sistema de encomiendas, mediante el cual los nativos tenían que pagar tributos excesivos a sus encomenderos, quienes actuaban como dueños absolutos de todo lo existente.
[1] Eduardo Galeano. Memorias del Fuego I. Los Nacimientos. España: Siglo XXI Editores, 1991, p. 52.
[2] Altamira y Crevea, Rafael (1902), Historia de España y de la Civilización Española, Tomo II. Barcelona: Herederos de Juan Gili, Editores, 1902, pp. 275-377.
[3] Ibidem, pp. 377-378.
[4] Ibidem, p. 380.
[5] Colón, Cristóbal. Diario de Navegación y otros escritos. Santo Domingo: Fundación Corripio, 1994, p. 181.
[6] Padres de la Orden de Santo Domingo. Carta que escribieron los Padres de la Orden de Santo Domingo, residentes en la Isla Española, a Mr. Xevres. 4 de junio de 1516, CODOIN, tomo VII, pp. 397-430.
Compartir esta nota