El Finetazo – La experiencia ya estaba en la calle

Leí con atención el artículo de Orlando Jorge Villegas, “Finetazo: la vida nocturna tiene quien le escriba”. Su planteamiento parte de una realidad que comparto: han cambiado los hábitos de consumo y, con ellos, la manera en que las personas quieren relacionarse con el entretenimiento, la cultura y la ciudad.

Ya no basta con ofrecer una mesa, una botella o una pista de baile. El público busca una experiencia completa: música, gastronomía, cultura, entretenimiento, identidad, una historia que contar y una comunidad con la cual identificarse. Esa es, en esencia, la tesis que Orlando desarrolla a partir de El Finetazo.

Coincido con él.

Pero mientras avanzaba en la lectura pensaba que esa transformación que hoy comienza a hacerse visible en la vida nocturna ya tiene, desde hace más de un año, una expresión concreta dentro de la política cultural dominicana.

Se llama Calle Cultura.

No se trata de afirmar que ambas iniciativas son iguales. No lo son. El Finetazo surge desde la industria privada del entretenimiento y responde a una dinámica comercial. Calle Cultura nace desde el Estado y persigue otros propósitos: descentralizar la cultura, ampliar su acceso, visibilizar a los creadores locales, recuperar el espacio público y convertirlo nuevamente en lugar de encuentro.

Pero ambas parten de una misma comprensión de estos tiempos: la gente ya no quiere solamente asistir; quiere participar, encontrarse, reconocerse y sentir que forma parte de algo.

La cultura no tiene quien le escriba

Calle Cultura fue lanzada en mayo de 2025, en San Francisco de Macorís, como una iniciativa orientada a transformar espacios urbanos en escenarios culturales, integrar artistas locales, fortalecer la economía creativa y vincular arte, turismo y vida comunitaria.

No estamos, por tanto, frente a una actividad aislada. Forma parte de una visión de esta administración del Ministerio de Cultura que ha colocado la descentralización y la presencia territorial entre sus líneas de trabajo.

Desde el Viceministerio para la Descentralización y Coordinación Territorial hemos entendido esa misión de una manera muy concreta: llevar la cultura allí donde vive la gente.

Y eso significa mucho más que trasladar una actividad producida en Santo Domingo hacia una provincia.

Descentralizar implica reconocer lo que existe en cada comunidad: sus artistas, sus gestores, sus artesanos, sus tradiciones y su identidad. Implica abrir espacios para que puedan expresarse y lograr que el ciudadano encuentre la cultura en su propio territorio.

Ese es el sentido de Calle Cultura.

Inicio en San Francisco de Macorís, y el programa ha continuado desarrollándose en otros territorios. Este septiembre, Villa Los Almácigos volvió a mostrar esa misma lógica: arte, artesanía, música, creatividad, identidad y familias ocupando un espacio común.

Por eso creo que la conversación planteada por Orlando puede llevarnos un poco más lejos.

Quizás no estamos solamente frente a una transformación de la vida nocturna.

Estamos frente a una transformación en la manera de consumir cultura, ocio y ciudad.

Durante mucho tiempo construimos buena parte de nuestra oferta cultural bajo una lógica bastante previsible: un espectáculo, un escenario, un público que observa y una programación que comienza y termina a determinada hora.

Ese modelo no desaparecerá.

Pero alrededor de él ha surgido otra necesidad.

El ciudadano quiere caminar, descubrir, escuchar música, encontrarse con un artesano, probar algo, bailar, conversar, fotografiarse y regresar a casa con la sensación de que no asistió simplemente a una actividad.

Vivió una experiencia.

Ahí el espacio público adquiere una importancia enorme.

Orlando destaca acertadamente el valor del Malecón Deportivo como escenario para El Finetazo y plantea que los actores públicos deberían facilitar y respaldar más iniciativas de esta naturaleza.

Y ahí agregaría algo: desde el sector público ya se está trabajando precisamente en esa dirección.

La diferencia es que nuestra responsabilidad va un poco más lejos.

Una gran experiencia cultural en Santo Domingo puede movilizar producción, gastronomía, transporte, técnicos, creadores y comercio.

Pero la política pública tiene que preguntarse también qué ocurre en Villa Los Almácigos.

¿Qué ocurre en Salcedo?

¿En San Francisco de Macorís?

¿En esos municipios y distritos municipales donde probablemente el mercado, por sí solo, nunca produciría una experiencia de esa escala?

Ahí es donde la descentralización deja de ser un concepto administrativo y comienza a adquirir verdadero sentido.

Porque descentralizar cultura no puede consistir únicamente en llevar una tarima desde la capital hasta una provincia.

Significa hacer visible lo que cada territorio ya posee.

Su música.

Sus artistas.

Sus artesanos.

Sus tradiciones.

Su gastronomía.

Su memoria.

Su identidad.

Y colocarlo todo en conversación con la comunidad.

Ahora bien, Calle Cultura tiene también un desafío que debemos reconocer.

Una política cultural se demuestra por lo que queda después de que se desmonta la tarima.

Y para que quede algo, su continuidad no puede depender exclusivamente de la acción directa del Ministerio de Cultura.

El Ministerio debe conservar la rectoría de la política pública: definir su orientación, garantizar sus principios, articular actores y acompañar su implementación.

Pero su preservación y fortalecimiento tienen que producirse en el territorio.

Los gobiernos locales están llamados a asumir un papel fundamental. Son ellos quienes pueden incorporar estos espacios a la dinámica cultural cotidiana de sus municipios, generar programación posterior y procurar que una calle activada culturalmente no vuelva al silencio después de concluida la jornada.

Ese propósito, de hecho, ya forma parte del marco de cooperación establecido entre el Ministerio de Cultura y la Federación Dominicana de Municipios. El acuerdo suscrito en 2025 contempla una Política Cultural Municipal, la implementación de Calle Cultura, ferias artesanales y gastronómicas, activación de espacios públicos y coordinación directa con los ayuntamientos.

La verdadera descentralización comienza precisamente ahí: cuando una política nacional mantiene su rectoría institucional, pero encuentra en cada territorio la capacidad de preservarla, adaptarla y hacerla crecer.

Y en ese proceso también existe una responsabilidad para el sector privado.

Tenemos una legislación de mecenazgo cultural que reconoce expresamente el apoyo a proyectos culturales comunitarios, municipales, provinciales y nacionales. Ese acompañamiento no debería concentrarse únicamente en los grandes espectáculos o en las actividades de mayor visibilidad.

El sector privado puede desempeñar un papel decisivo apoyando proyectos que fortalecen identidad, memoria, creación local y comunidad.

Porque Calle Cultura busca ir mucho más allá de un concierto.

Busca que cada municipio o distrito se mire a sí mismo y reconozca aquello que lo distingue.

Esa identidad no llega en un camión desde Santo Domingo.

Ya está allí.

La política pública debe ayudar a visibilizarla, organizarla y fortalecerla.

Por eso el modelo que necesitamos requiere tres actores trabajando en una misma dirección: un Ministerio que ejerza la rectoría y articule; gobiernos locales que preserven y fortalezcan; y un sector privado que comprenda que ejercer el mecenazgo cultural también es invertir en identidad y comunidad.

Quizás ahí pueden encontrarse ambas conversaciones.

La iniciativa privada tiene la capacidad de innovar, asumir riesgos y detectar rápidamente los cambios del consumidor.

El Estado tiene la responsabilidad de ampliar oportunidades, democratizar el acceso y procurar que esas transformaciones no se concentren únicamente allí donde existe capacidad económica para financiarlas.

No son caminos opuestos.  Pueden complementarse.

Por eso coincido con Orlando Jorge Villegas cuando plantea que estamos cambiando de modelo.

Solo agregaría una precisión.

Ese nuevo modelo no comienza necesariamente dentro de un establecimiento ni termina cuando cae la noche.

También ocurre a plena luz del día, en ciudades grandes y municipios pequeños, cuando una calle deja por unas horas de pertenecer a los vehículos y vuelve a pertenecer a las personas.

Quizás la vida nocturna encontró quién le escriba.

La cultura, mientras tanto, ya había comenzado a escribir su historia en la calle.

Rossina Guerrero Heredia

Escritora

Rossina Guerrero Heredia, escritora y analista cultural. Mi trabajo se desarrolla entre la reflexión crítica, la experiencia en la gestión pública y la escritura literaria. He publicado cuentos que exploran la memoria, el dolor, los vínculos y la fragilidad humana, una mirada que atraviesa también mi forma de pensar la política y la vida pública. Escribo desde una perspectiva ensayística que busca ir más allá de la coyuntura inmediata, para comprender cómo el poder, el cansancio colectivo y las emociones configuran nuestra experiencia política en la República Dominicana contemporánea.

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