«En la novela negra, el crimen no interrumpe el orden. Lo revela».
—Raymond Chandler: «El simple acto de matar», 1944.
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La novela negra está conectada, como un siamés, al detective histórico de la saga policial, exaltado y mitificado en el héroe del hard-boiled que surgió en los años veinte, tal como el personaje Three-Gun Terry Mack, creado por Carroll John Daly (John D. Carroll) en el relato «Knights of the Open Palm», publicado en la revista Black Mask en 1923, sustituido luego por el implacable Race Williams, a quien Daly hizo colocar en la puerta de su agencia un letrero que rezaba: «Hay mucha gente que tiene sus manías. La mía es empuñar una pistola cargada mientras duermo; porque hay que recordar que si no se pica carne, no hay hamburguesas».
La revista Black Mask fue lanzada en papel barato —o pulp— en 1920 por Henry Louis Mencken y George Jean Nathan, quienes provenían de sectores sociales acomodados: Mencken era hijo de un industrial tabacalero de Baltimore y Nathan era graduado de la Universidad de Cornell, uno de cuyos premios lleva hoy su nombre. La creación de la revista se originó con la idea de salvar la publicación literaria The Smart Set, de la que Mencken era crítico desde 1908. Así, tras recuperar la inversión de quinientos dólares que habían efectuado en 1920, Mencken y Nathan la vendieron a Eltinge Warner y Eugene Crow por doce mil quinientos dólares, luego de editar ocho números.
En 1926, la dirección de Black Mask se fortaleció al asumirla Joseph T. Shaw (alias Cap), quien lanzó ese año el editorial que definió el rumbo del relato policial negro. En uno de sus párrafos, Shaw escribió: «La ficción detectivesca, tal como la vemos, tan solo ha comenzado a desarrollarse. Todos los demás campos han sido ya trabajados y sobreexplotados, pero la ficción detectivesca apenas se ha tocado».
Cap Shaw había intuido que el detective privado podía desplazar —con un halo de caballero andante— a la fuerza pública del orden, sumida para entonces en la más profunda corrupción. Durante su gestión en Black Mask, de 1926 a 1936, la novela policial se elevó dentro de la actividad literaria norteamericana, y surgieron escritores como Samuel Dashiell Hammett, creador del detective Sam Spade; Raymond Chandler, creador del detective Philip Marlowe; Ross Macdonald, quien creó al investigador privado Lew Archer; Erle Stanley Gardner, creador del abogado-detective Perry Mason; Cornell George Hopley-Woolrich, quien usaba el seudónimo de William Irish y a quien todos recuerdan por su famosa novela de 1940, La novia vestía de negro, que François Truffaut llevó al cine en 1968; James M. Cain, cuya novela de 1934, El cartero siempre llama dos veces, se convirtió en la puerta de entrada del neorrealismo cinematográfico italiano de la mano de Luchino Visconti en Ossessione, su ópera prima; Mickey Spillane, creador del detective Mike Hammer; Chester Himes, el escritor afroamericano que creó a los detectives negros Ataúd Ed Johnson y Sepulturero Jones; y Patricia Highsmith, cuyo personaje Tom Ripley representa la antítesis del detective de la novela negra, entre otros.
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Desde luego, para arribar a este prototipo de investigador, la novela policial tuvo que emerger desde Edgar Allan Poe, quien publicó en 1841 «Los crímenes de la calle Morgue» (The Murders in the Rue Morgue), un relato que se desarrolla en París, en el que el escritor norteamericano crea al detective Chevalier Auguste Dupin, primer investigador privado de la literatura mundial. Dupin también aparece en los otros dos relatos que Poe organizó alrededor de la pesquisa policial: «El misterio de Marie Rogêt», de 1842, y «La carta robada», de 1844, que sirvió de prototipo a Arthur Conan Doyle para crear a Sherlock Holmes en 1887.
La influencia de la novela policial inundó rápidamente Europa y América Latina, creando, a finales del siglo XIX, dos escuelas: la inglesa y la francesa. Surgieron del Reino Unido Conan Doyle, G. K. Chesterton y Agatha Christie como cabezas visibles; y de la francesa, Émile Gaboriau, Maurice Leblanc, Gaston Leroux y Georges Simenon. En el resto del mundo aparecieron docenas de escritores dedicados al subgénero, entre los que se destacan los argentinos Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Rodolfo Walsh y Mempo Giardinelli; el suizo Friedrich Dürrenmatt; el nicaragüense Arquímedes González, quien revivió a Sherlock Holmes en una supuesta búsqueda de Jack el Destripador en Nicaragua, en su novela La muerte de Acuario; el escocés Philip Kerr, autor de la serie Berlin Noir; el italiano Andrea Camilleri, creador del inspector Montalbano, en homenaje al escritor español Manuel Vázquez Montalbán, inventor del detective Pepe Carvalho; el puertorriqueño Luis López Nieves, quien combina en El corazón de Voltaire los fundamentos de la novela negra y de la novela histórica a través de correos electrónicos; así como otros cientos de escritores.
Aunque muchos de los novelistas dominicanos huyen, a priori, de la escritura policial —a excepción de Roberto Marcallé Abreu, quien ha escrito novelas insertas en el subgénero negro, y del periodista Néstor Medrano, quien escribió ¿Dónde está Johnny Lupano?, en 2012—, en el fondo se agita siempre esa estructura, porque nuestra historia, que es la historia de la vida dominicana y, por lo tanto, el anillo nutricional de todas nuestras narraciones épicas y líricas, se mueve siempre desde una intriga, tal como ha sido la historia misma del país.
De ahí que será muy difícil, pero no imposible, sacudir de nuestra narratología el espectro de Trujillo, debido a que ese fantasma arrojó sobre el alma nacional no solo treinta y un años de amarguras, sangre y frustraciones, sino también una conciencia y un estilo de vida que han continuado a través de Balaguer y de los gobernantes que lo han sucedido, sean estos de izquierda o de derecha.
En la narratología negra se sigue un patrón conductual similar, porque es desde el poder-saber que se organiza la trama en ese subgénero, algo que Keith Hoskin, en «Foucault a examen» (2001), explica al dedillo. Dice Hoskin: «Para Foucault la clave del poder-saber puede ser descubierta por cualquier comentarista-detective, tras examinar el corpus delicti y escoger un extracto plausible para construir con él un caso». Apunta Hoskin que esto es lo que han hecho el inspector de Scotland Yard Lestrade, creado por Arthur Conan Doyle, y, antes que él, Monsieur G., el prefecto de policía de París, de Edgar Allan Poe. También Foucault, en Vigilar y castigar: Nacimiento de la prisión (1975) y en su libro de no ficción y análisis histórico Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano…, retoma esa relación entre crimen, investigación y saber.
Desde Del asesinato considerado como una de las bellas artes, de Thomas De Quincey (1827), hasta El castillo de Otranto, de Horace Walpole (1764), «hay toda una reescritura estética del crimen, que es también la apropiación de la criminalidad bajo formas admisibles… [tratándose] en apariencia del descubrimiento de la belleza y la grandeza del crimen; [que] de hecho testifican que la grandeza tiene derecho al crimen y llega a ser, incluso, el privilegio exclusivo de lo realmente grande, [afirmando] que es la lucha entre dos puras inteligencias: la del asesino y la del detective», enuncia Foucault.
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Y aquí es esencial recurrir a Tzvetan Todorov, quien en Tipología de la novela policial, ofrece acertadas pistas sobre su estructura, de las cuales señalo dos: a) la construcción de la trama sobre dos muertes; y b) la superposición de dos series temporales: el tiempo de la investigación, que comienza después del crimen, y el tiempo del drama, que conduce a él.
En El susurro del lenguaje (1984), Roland Barthes pregunta al lector: «¿Nunca te ha sucedido, leyendo un libro, que te has ido deteniendo continuamente a lo largo de la lectura, y no por desinterés, sino, al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? ¿No te ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza?».
Al lector le podría, indiscutiblemente, suceder esto porque la magia de la narratología negra reposa, como todo texto novelado, en la intertextualidad, ese conector inconsciente del escritor que liga lo que escribe con referentes leídos, trasvasando estos a su escritura y, por medio de ella, al lector.
En la épica, la acción descansa en la bravura, en la proeza legendaria, siempre relacionadas con la intrepidez del héroe. La novela negra, aunque organiza el relato a través de la investigación de uno o más crímenes por parte de un individuo al que se denomina detective, se abre a variables arropadas por las corruptelas policiales, políticas y empresariales, o por problemáticas que tocan sentimientos como el amor, el odio, la pena y la envidia.
De ahí que la intertextualidad en las narraciones negras —esa absorción, digestión y transformación de textos que Mijaíl Mijaílovich Bajtín (1895-1975) introdujo como materia de estudio en la teoría literaria y que la búlgara Julia Kristeva reivindicó para ampliar los espacios de la crítica literaria y la lingüística— ocupe ya un lugar obligado como referente en el peritaje investigativo que se desarrolla en este subgénero.
Esa misma intertextualidad, con el constante retorno de palabras que conducen a múltiples acciones dentro de la trama, en la novela negra opera como una escalera que sube y baja incesantemente para confundir, desviar, apostar y renegar de los hilos conductores que se encadenan y desencadenan en la mente del lector.
(Escrito en 2012)
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