El vacío que ocupó el espectáculo
Cuando los referentes tradicionales pierden presencia, no desaparece la necesidad humana de tener referentes.
Simplemente aparecen otros.
Vivimos en una sociedad donde la atención se ha convertido en una forma de poder. Las redes sociales, las plataformas digitales y los nuevos medios compiten permanentemente por nuestra mirada.
Y en esa competencia existe una dificultad fundamental:
lo que más llama la atención no siempre es lo que más valor tiene.
Durante mucho tiempo, el reconocimiento social estuvo asociado principalmente con la obra, el conocimiento, la trayectoria, el talento o el servicio a los demás.
Hoy existe otro mecanismo de legitimación: lo viral
Cualquier persona puede alcanzar una influencia extraordinaria por su capacidad de generar controversias, provocar emociones, exhibir su intimidad o producir contenidos capaces de mantener a millones de personas conectadas.
El populismo se ha convertido en poder.
Pero popularidad y mérito no son necesariamente la misma cosa.
De la sociedad del mérito a la sociedad banal
Una de las transformaciones culturales más importantes de nuestro tiempo es precisamente esa.
El joven puede terminar preguntándose menos:
“¿Qué ha construido esta persona?”
y más: “¿Cuántos seguidores tiene?”
La audiencia comienza a funcionar como certificado de autoridad.
La exposición sustituye a la trayectoria.
El “like” se convierte en aprobación.
Y la notoriedad puede terminar teniendo más valor que la obra.
Esto no significa que toda persona popular carezca de mérito ni que todo contenido digital sea negativo.
Significa que estamos ante un cambio en los criterios con los cuales una parte de la sociedad determina quién merece ser escuchado.
La vulgaridad convertida en espectáculo
Ya había advertido en un artículo anterior sobre la presencia de la vulgaridad en determinados espacios de comunicación.
Ahora la pregunta es más profunda:
¿Qué ocurre cuando la vulgaridad deja de ser una excepción y comienza a convertirse en modelo de éxito?
Cuando insultar produce audiencia.
Cuando provocar genera contratos.
Cuando el conflicto produce más atención que el diálogo.
Cuando la exposición de la intimidad se transforma en mercancía.
Cuando la grosería obtiene más visibilidad que la reflexión.
Entonces el problema deja de ser exclusivamente el contenido.
Se convierte en un fenómeno cultural.
La llamada “Casa de Alofoke” puede ser observada como uno de los símbolos más visibles de esta transformación. Pero sería simplista atribuirle a una plataforma o a una persona la responsabilidad de todos nuestros males y degradación humana.
La alofokización no comenzó con el populista Alofoke.
Es más bien la expresión visible de un proceso social mucho más amplio.
El desafío de Internet
Aquí adquiere especial vigencia el pensamiento de Umberto Eco, filósofo y escritor italiano.
El gran problema de la era digital no es que nos falte información. Es que tenemos demasiada.
El Internet pone millones de datos al alcance de cualquier persona, pero tener información disponible no significa poseer conocimiento.
Por eso la educación contemporánea tiene que enseñar a buscar, seleccionar, comparar, verificar y cuestionar.
El profesor ya no puede limitarse a transmitir datos que el estudiante puede encontrar en segundos en una pantalla. Tiene que convertirse en guía y mediador crítico.
Y aquí aparece una pregunta fundamental:
¿Quién está enseñando a nuestros jóvenes a distinguir entre información y conocimiento, entre opinión y argumento, entre popularidad y autoridad?
Enseñar a dudar no significa enseñar a desconfiar de todo.
Significa enseñar a no creerlo todo.
El algoritmo y la atención
Las plataformas digitales funcionan en buena medida alrededor de aquello que consigue captar y retener la atención.
La indignación funciona.
La controversia funciona.
El escándalo funciona.
La provocación funciona.
La reflexión profunda suele requerir más tiempo.
Por eso no vamos a recuperar a nuestros jóvenes diciéndoles simplemente que abandonen las redes.
Tenemos que aprender a hablarles en los lenguajes de su tiempo.
Si la vulgaridad utiliza las plataformas para conquistar atención, la cultura también debe aprender a utilizarlas.
Si la historia no encuentra audiencia, debemos encontrar nuevas formas de contarla.
Si los museos están vacíos, debemos preguntarnos cómo llevar sus historias a las pantallas.
El problema no es la tecnología.
El problema es dejar la tecnología únicamente en manos de quienes saben utilizarla para producir atención, pero no necesariamente conocimiento.
La política también se ha convertido en espectáculo
El fenómeno tampoco se limita al entretenimiento.
La política corre el riesgo de entrar en la misma lógica.
Un político puede recibir más atención por una frase provocadora que por un proyecto de ley; por una confrontación que por una propuesta; por una actuación para las redes que por una visión de Estado.
Cuando la política se convierte en espectáculo, el ciudadano deja de ser protagonista y se convierte en espectador.
Y los partidos políticos tienen aquí una responsabilidad.
No pueden reclamar ciudadanos críticos mientras no desarrollen suficientemente la formación política, histórica y ética de sus propias juventudes.
La democracia también se educa.
El patrocinio también comunica
Tampoco podemos excluir al sector empresarial.
Cuando una empresa decide dónde coloca su publicidad, contribuye a determinar qué contenidos reciben recursos para crecer.
No se trata de censurar.
Se trata de preguntarnos:
¿Qué sociedad ayudamos a construir con nuestras decisiones?
Una empresa puede financiar entretenimiento, pero también puede financiar teatro, cine, literatura, investigación, patrimonio, educación y contenidos culturales.
El patrocinio también puede ser una forma de responsabilidad social.
El Estado no puede mirar desde la grada
El Estado tampoco puede permanecer indiferente, como uno más.
No para censurar.
No para imponer una moral oficial.
No para limitar la libertad de expresión.
Sino para crear condiciones que permitan que existan alternativas culturales, educativas y formativas capaces de competir por la atención de la ciudadanía.
Los Ministerios de Educación, de Cultura, universidades, centros culturales, las iglesias, bibliotecas, museos, teatros y organizaciones comunitarias tienen un papel fundamental.
Porque si dejamos que el mercado de la atención sea el único que decida qué influye sobre nuestros jóvenes, no podemos sorprendernos de los resultados.
La alofokización es un síntoma
Por eso utilizo el término alofokización como una expresión para describir un fenómeno cultural: la normalización de códigos basados en la provocación, la ostentación, la exhibición , la vulgaridad, la degradación, el conflicto y la notoriedad como mecanismos de reconocimiento.
Pero debemos entender algo: la alofokización no es la enfermedad; es uno de sus síntomas.
La enfermedad más profunda puede encontrarse en el vacío.
Vacío de referentes.
Vacío de educación.
Vacío de pensamiento crítico.
Vacío de propuestas culturales contemporáneas.
Vacío de conversación familiar.
Vacío de liderazgo intelectual.
Y quizá, sobre todo, vacío de una visión cultural de nación.
No podemos responsabilizar a una generación por los referentes que encuentra disponibles.
Los jóvenes no crearon las condiciones.
Nosotros las construimos.
Por eso la pregunta ya no debe ser solamente cómo llegamos hasta aquí.
La verdadera pregunta es:
¿Qué estamos dispuestos a hacer para salir de aquí?
La respuesta exige pasar de la denuncia a la acción.
Continuará en la Parte 3: RECUPERAR LA DOMINICANIDAD
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