El idioma español, como toda lengua, es dinámico; evoluciona de manera constante a medida que se nutre de lo oral y lo escrito. El idioma es como un niño: es preciso vigilarlo y educarlo, sin estancarlo ni mimarlo en exceso. Los escritores rupturistas lo enriquecen tanto o más que los buenos estilistas, y los hablantes —desde los más cultos hasta los más deficientes— lo mantienen vivo. La falta de lectura, sin embargo, lo empobrece; no porque los hablantes populares no aporten, sino porque el uso de un vocabulario limitado afea parcialmente la lengua, del mismo modo que el purismo extremo la ahoga. Pese a todo, el idioma es un ente tan poderoso que siempre avanza, a su propio ritmo, con el paso de las décadas. Jamás se detiene.

El idioma nunca es el mismo en cada región ni en cada país. No es lo mismo el español de Colombia o de México que el de Venezuela o República Dominicana. Las peculiaridades de cada región lo caracterizan, del mismo modo que varía en cada individuo. El escritor y el hablante amoldan la lengua a su estilo; de ahí que corregir el estilo de otro escritor sea casi siempre despersonalizarlo, así como corregir a un hablante con un español limitado constituye —salvo casos muy contados— una falta de respeto. Por ello, en ambos casos, es una superfluidad.

Hablar y escribir con el debido respeto al idioma sería lo ideal. Esto no siempre se cumple en la escritura, por supuesto, y mucho menos en la oralidad. En República Dominicana este fenómeno oral es notorio. Es un fenómeno bidireccional: no es exclusivo de los entornos rurales, como a veces se cree por error, sino también de las zonas urbanas del país, incluso de las más progresistas. El español oral dominicano es tan poderoso que, no obstante la masiva deficiencia que lo caracteriza, no pocos profesionales hablan y escriben con notoria precariedad. El dominicano es un ser eminentemente dicharachero, parlanchín y enemigo acérrimo de la lectura; de ahí el fuerte enraizamiento y la naturalidad de unos registros orales francamente precarios.

El problema no es hablar así en el barrio, sino cuando lo llevamos al papel, a pesar de ser términos más orales que escritos. Decimos aposentro en vez de aposento, puertón en vez de portón, enjuagar por enjaguar, o cinterna por cisterna. Lo vemos en los entornos de las labores agrícolas: cunuco por conuco, traitor por tractor, dir por ir, trompezar por tropezar, viejete por vejete, viejestorio por vejestorio, lamber por lamer, fundillo por fondillo, durmir en vez de dormir, y dormiendo en lugar de durmiendo. Estos malapropismos, ultracorrecciones y giros lambdacistas tienen lugar en la calle, el metro, la oficina, el estadio y demás entornos de la urbe: deligencia por diligencia, taixista por taxista, restaurant o restaurán por restaurante o restorán, sicla por sigla, claucoma por glaucoma, molumento por monumento, roboses por robots, diferiencia por diferencia, o enchufle por enchufe. Incluso cuando se pincha un globo o un neumático se suele utilizar el verbo pichar en lugar de pinchar —«se pinchó la goma», por poner un ejemplo correcto—, o cuando dicen juventuses en lugar del plural juventudes o, simplemente, juventud.

El problema se evidencia también en lo referente al reino animal. Así, al utilizar el diminutivo de bestia, suele emplearse la forma incorrecta bestiezuela en lugar de bestezuela. De igual manera, a quien cuida o labora con bueyes se le llama erróneamente bueyero en vez de boyero. En la crianza de cerdos, es habitual escuchar pocigla por pocilga, varraco por verraco —para referirse al padrote— y puerquero en lugar de porquero o porquerizo. Del mismo modo, en la alimentación y entorno de estos animales, se deforman términos como afrecho y bejuco, pronunciados erróneamente como aflecho y bujuco. Además, es común desfigurar el nombre de algunos reptiles —como la tendencia a decir alargarto en vez de lagarto— y el de aves como el faisán, que se le llama por error gaifán, y el ruiseñor y la codorniz, llamados popularmente rinseñor y coroní; asimismo, en plural se le dice rinseñores y coronises en lugar de ruiseñores y codornices.

Los nombres de algunas personas son tergiversados o desfigurados por fenómenos lingüísticos frecuentes como la aféresis, la metátesis y el apócope: Eusebio, Gabriel, Ignacio y Carlos, por ejemplo, suelen ser pronunciados como Usebio, Grabiel, Innacio y Calo, respectivamente. En lo referente a los alimentos se suele incurrir en iguales yerros: se utilizan plurales erróneos como ajises y manises en vez de ajíes y maníes; también se dice cajuí por cajuil —pluralizado como cajuises en vez de cajuiles—, y bayonesa por mayonesa. Sobre el cuerpo humano y otras minucias cotidianas ocurre igual: se oye tubillo en vez de tobillo, ejas por cejas, celebro por cerebro, reloses por relojes, polocheses por polocheres, o brasiel y brasieles en vez de brasier y brasieres. En lo referente a la boca suelen utilizar bocal en lugar de bucal, que en este caso un ejemplo válido sería decir: «El enjagüe bucal contribuye a una mejor limpieza bucal». Incluso, como confusión, se acostumbra a decir carabela —que es una embarcación antigua— en lugar de calavera, que se refiere a los huesos de la cabeza desprovistos de carne. Finalmente, en el terreno de las expresiones populares, sobre las mujeres ninfómanas o hipersexuales, se habla de fuego interino en lugar de fuego uterino, se llama cuernudo al cornudo y se tilda de mampiolo al maipiolo. Todo eso pasa porque oímos y hablamos más de lo que leemos.

Estas incorrecciones no son palabras propias de las zonas rurales. Son producto de la escasez de lectura. Hablamos mucho y leemos poco. Por eso nuestro idioma se tuerce, se estira y a veces se rompe en la boca antes de llegar al papel. Para hablar y escribir con propiedad no es necesario maltratar el idioma. Cada uno habla y escribe como quiere o puede, pero el respeto a las formas correctas del idioma sigue siendo lo adecuado. Tener el oído afinado es tan imprescindible como ser dueño de una mirada aguda, pero mientras sigamos oyendo las palabras más de lo que las leemos, seguiremos escribiendo como hablamos. Y el español no merece esa deuda.

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

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