A pocos pasos de Rulfo, sobre todo después de que este publicara Pedro Páramo en 1955, la obra de Carlos Fuentes (1928-2012) se sitúa entre la historia virreinal de México, los mitos ancestrales de la cultura azteca y el mestizaje. Escasos escritores como él han sabido poner en el ruedo la sutileza de una literatura (tanto novelas como ensayos y cuentos), al tiempo de valorar la complejidad de un discurso que abarca con propiedad el conocimiento de los principales símbolos que acompañan la vida cotidiana del México del siglo XX, incluyendo la vida política y la vida privada. Así es cómo la obra de Fuentes retrata con acierto la idiosincrasia del mexicano, desde la etnia, la antropología, la música, la poesía, la pintura, hasta concretizar los pormenores de la novela moderna cuando publicó La región más transparente en 1958, que luego ayudó a orientar en su enjundioso ensayo sobre La nueva novela hispanoamericana (1969).

La de Fuentes es una obra vasta e imperecedera, precisamente en los términos que implica la construcción de un pensamiento potente y original. Más bien, ayudó a forjar el espíritu y la visión que tenemos sobre la existencia de una novela singular en América Latina. Incluso llegó a pensar, tal vez con un sentido schopenhaueriano, que el destino del hombre latinoamericano está sujeto a los avatares de la historia y a las condiciones del arte. Su obra es significativamente abierta, ya que no hay en ella enredos posibles, sino siempre dispuesta a indagar en los meandros de la historia contemporánea, levantando la voz para que el pueblo escuche las secretas cuitas que los historiadores no se atreven a revelar, de forma tal que su literatura tuvo un tono desacralizante y frontal ante las fuentes ocultas del poder político, tanto de México como de los EE.UU.

Su método de escritura, digamos, no es celebratorio ni estuvo nunca en contubernio con el poder, sino que contiene los resquicios y la valentía del intelectual independiente, ético y orgánico que fue. Con una voz potente, con la que ganó más adeptos que detractores, se granjeó una autoridad para cuestionar y criticar los fueros de los poderes fácticos existentes en América Latina y el mundo. Con mucha razón, hasta llegó a abjurar de la Revolución cubana cuando entró en conflicto con las autoridades de ese país, por el caso Padilla, junto con Vargas Llosa, Jorge Edwards, entre otros.

En la memoria de una inmensa multitud de lectores está depositada la literatura de Carlos Fuentes, dispuesta a dialogar con los cerebros más exigentes del planeta. Dispuesta a establecer un marco de relaciones sobre nuestra cultura y para entrar sigilosamente en contacto con esa posibilidad oculta que a cada instante y en cada tramo de la vida deja abierta la realidad como un posible documento que analiza, cuestiona y avizora los escollos del presente contemporáneo. Así que su original obra se comporta como una realidad extraña y, al mismo tiempo, es un exquisito pastel que explica motivos diversos y referentes inagotables: en otras palabras, es un río de ensueños. Al afirmar esto, me atrevo a aventurar que su obra funciona como un manantial de intrigas y una instancia que abre a todas luces las posibilidades de interpretación histórica sobre el presente continuo.

Ixca Cienfuegos, Artemio Cruz, Aura, Consuelo Llorente y Felipe Montero son personajes que viven una latente búsqueda de sus identidades.

En los mitos estudiados y puestos en marcha por su empresa literaria, renace la esperanza de un continente. Pues su literatura se sostiene entre el sueño y la fantasía, entre la historia y el mito. En El espejo enterrado (1997), un magnífico ensayo histórico sobre el origen de las culturas en América, Fuentes analiza con propiedad los componentes básicos que ayudaron a forjar el espíritu poscolonial. Desde el nacimiento de las culturas indígenas más milenarias del altiplano mexicano hasta la meseta central en el llano de México. En definitiva, estudiar a Carlos Fuentes es ver cómo avanza una cultura y cómo evoluciona en el tiempo una civilización.

No es de extrañar que el efecto multiplicador de esta obra se concretice en los albores de un discurso histórico; en el mejor de los casos, una manera peculiar de ver en perspectivas un mundo completamente nuevo en la órbita cultural. No necesariamente desde la cultura milenaria y universal, sino desde la rama azteca, donde está el embrión y el origen del hombre mexicano. Leer a Carlos Fuentes es entrar en contacto con las raíces íntimas de la vida mexicana. Pues su obra no deja de sorprendernos en cada página; es una especie de reflexión honda y hermenéutica, muy valiosa por demás, en cuanto que expone los momentos axiales del quehacer literario hispanoamericano, cuando pone de relieve todo el bagaje que durante milenios había estado oculto en las manifestaciones más sinceras y emblemáticas de la literatura universal, como son el misterio de la muerte y las inclemencias del tiempo.

Lo más importante de este ejercicio en un escritor de la categoría de Carlos Fuentes fue darse cuenta primero del principio ético que debía orientar a esta literatura, frente al concierto de las demás literaturas, al reconocer y promover a escritores de su generación y compañeros de ejercicio como Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar y García Márquez. A todos los valoró en su justa dimensión, con acertados juicios y profesionalismo crítico. Vio en la Nueva novela latinoamericana una fuente inagotable de energías para poner en el tapete los problemas acuciantes del momento histórico que le tocó vivir y poner en juego la revalorización de la épica, la utopía y los mitos latinoamericanos.
La vitalidad con la que Fuentes analiza los valores de la cultura hispanoamericana es asombrosa. A la luz de los estudios de Giambattista Vico, al ser uno de los primeros en organizar el conocimiento sobre América Latina, Fuentes compara y nos introduce en el análisis de los mitos universales a partir de los mitos latinoamericanos, que son “la base de la vida social”. Es bueno reconocer que fue un escritor extremadamente alerta a las cuestiones de la cultura, a la historia y a los movimientos de las vanguardias artísticas dentro y fuera de México, lo que le permitió estar siempre atento al cine, al teatro, a la música, a las artes en sentido general.

Parte de la idea del mestizaje cultural tiene como epígrafe en la obra de Carlos Fuentes una preocupación latente por demostrar las condiciones del ser latinoamericano en el contexto de nuestra historiografía. Pues el autor critica en muchas de sus novelas y cuentos cómo los períodos históricos latinoamericanos han sido vilipendiados por el poder político, respecto de los vicios y trabas ideológicas presentes en la enseñanza de la historia, de manera que la mirada de la novela ha sido en buena medida mucho más importante y provechosa que las ciencias sociales, para emprender el camino correcto del conocimiento y para definir con fina conciencia los procesos históricos más recientes de nuestra historia cultural.

En suma, en la poética reflexiva de Fuentes, me refiero a la que subyace en el fondo de su pensamiento, hay una superestructura filosófica con la que el autor logra ampliar el horizonte de los lectores. Por otro lado, el objetivo histórico que él se ha trazado en el ala creativa claramente responde a intuiciones acerca de cómo deben funcionar los mecanismos de la novela frente a la historia, expuestos de manera magistral en su Geografía de la novela (1995), lo que convierte al autor en un intelectual comprometido con el tiempo y con la sociedad. Por esta razón, particularmente abunda más en Fuentes una teoría de la cultura que una estética de la palabra, cuya vocación responde a los mandatos y a los compromisos del intelectual apegado a una ética del conocimiento.

De este modo, su idea de cómo la novela participa e interviene en el mundo lo acerca bastante a Mijaíl Bajtín, cuando este indica “que el proceso de asimilación entre la novela y la historia pasa necesariamente por una definición del tiempo y del espacio”, a lo que el teórico ruso le llamó teoría del cronotopo.

Ixca Cienfuegos, Artemio Cruz, Aura, Consuelo Llorente y Felipe Montero son personajes que viven una latente búsqueda de sus identidades. Un signo que es análogo al proceso de transición en la conformación de las sociedades latinoamericanas cuando fueron definiendo su propio destino político y emancipatorio, en un período tan importante que va desde los inicios del Neoclasicismo a finales del siglo XVIII hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando ya casi estaban establecidas las repúblicas independientes y soberanas, y sobre el horizonte se alzaba un sol radiante y diáfano que anunciaba un nuevo porvenir para América.

Este trasfondo cultural que anuncia la búsqueda de una identidad política también anuncia el afianzamiento de la identidad cultural sobre la existencia de una nueva novela que inspiró los sueños de todo un continente. Estas ideas se reflejan de manera específica en textos como Aura, Cambio de piel, Cantar de ciegos y en última instancia El naranjo. Todos, pertenecientes al ciclo narrativo que el propio autor llegó a denominar “La edad del tiempo”; compuesto por una serie de relatos en primera persona, en las voces mestizas de los sucesores del México Imperial: los hijos de Cortés y Juana de Zúñiga. También estos relatos están ambientados en las voces de los hijos de “La Malinche”, la indígena que traicionó a la raza azteca durante la conquista. La indígena que “se convirtió en mi lengua” —dijo Cortés—. Pues se dice que el conquistador la hizo su amante e intérprete de la lengua que habría de guiarle a lo largo y alto del universo. A propósito de esto, en Geografía de la novela, apunta que “los narradores portadores de esas voces confluyen para crear un mestizaje lingüístico que corresponde al mestizaje racial que es el tema de la novela” (p. 67). Más adelante subraya algo mejor: “…la geografía de la novela es la historia de sus desplazamientos, y estos ocurren a veces en el bajel de mi mente, a veces en la carroza de un memorial, a veces en corcel de una épica, otras, en la alfombra voladora de una fábula” (p. 147), lo que implica que los territorios de la novela son tan vastos que también pueden ser la historia de sus desplazamientos imaginarios.

En ambos mundos (europeo y americano), contrapuestos por un destino histórico, se unieron raza y lenguaje para catapultar el origen del mito. Precisamente ese tipo de metáfora sobre el efecto fantástico de la muerte encarnada en Aura y en la memoria del general Llorente. En toda su obra, Carlos Fuentes no deja de reconocer que la historia de México es el resultado de un parto doloroso en el que una madre debió morir para dar nacimiento a una criatura, fruto del mestizaje cultural. Pues, como descendientes de indios, españoles y africanos, somos herederos legítimos de todos y cada uno de los aspectos de nuestra tradición cultural.

Así que la novela en Fuentes es una suerte de epifanía muy consustancial con el instinto que gobierna su espíritu imaginario. En Fuentes la ficción es un recurso de carácter preponderante. Su literatura es un abrevadero que inaugura terrenos inéditos de la imaginación, la cual funciona como una palanca invertida del tiempo: fundando un universo, cuestionando el mundo. Por lo tanto su poética se mueve en una dicotomía altamente significativa: historia y mito.

En cambio, El espejo enterrado, en el corazón de las alturas más infinitas de la altiplanicie mexicana, sirve pues para iluminar el camino de los muertos hasta su morada final. O mejor, el signo que anuncia la utopía con la esperanza de unificar tantas almas desvalidas en el contexto de unas tierras donde el dolor, la violencia, el amor y los rituales constituyen el aliento vital de lo que en esencia somos: sombras de otros, túneles, secretos laberintos donde se anida la vida. En otras circunstancias la metáfora del espejo enterrado pudo haber sido la visión ancestral, o el deseo de multiplicar la imaginación de los hombres, en procura por demostrar que en América también nos define el germen de la utopía, alimentada por los sueños y la fantasía.

Eugenio Camacho

Escritor y educador

Eugenio Camacho. Estudió educación y derecho en UTESA, además realizó una maestría en Educación Superior en la UASD, es escritor, cuentista y ensayista. Profesor universitario. En varias ocasiones ha dictado conferencias en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Por su labor como cuentista ha obtenido diversos premios en los concursos de cuentos de Casa de Teatro, Radio Santa María y La Alianza Cibaeña. Actualmente se desempeña como técnico de educación en el Distrito Educativo 06 -06 de la ciudad de Moca. Sus trabajos han aparecido en diversas antologías. Ha publicado: Melodías del Cuerpo Presente (CUENTOS), en el año 2007, Antología de la Literatura Contemporánea en Moca (2012) y Bestiario Mínimo (Minifcciones) 2022. silverio.cultura@gmail.com

Ver más