El regreso de la memoria
Hay amistades que sobreviven al tiempo porque nacieron en un lugar donde la vida todavía estaba por descubrirse.
Con Iris Peynado compartí una de esas etapas irrepetibles. Éramos apenas adolescentes cuando coincidimos en el Teatro Estudiantil del Colegio De La Salle, a principios de los años setenta. El país atravesaba tiempos complejos y nosotros buscábamos, quizá sin saberlo, respuestas a través del teatro.
No era solamente actuar.
Era intentar comprender el mundo.
Muchos llegaban buscando una actividad artística. Otros buscaban compañía, rebeldía o identidad. Iris buscaba algo más profundo.
"Yo necesitaba una razón social que acompañara mi vida", me dice hoy desde la distancia de los años.
La recuerda como una necesidad casi vital.
Mientras muchas jóvenes de su entorno encontraban sentido en los espacios sociales tradicionales de la época, ella sentía que algo faltaba.
"Yo era una muchacha inquieta, pensante. Necesitaba un grupo de personas que quisiera algo más."
Ese grupo apareció una mañana cualquiera en el patio del Colegio Santa Teresita.
Allí observó a un hombre realizando ejercicios teatrales poco convencionales con un grupo de jóvenes.
Aquel hombre era Rómulo Rivas.
Todavía no sabía quién era Stanislavski ni entendía las teorías del actor moderno. Pero algo ocurrió.
Cuando terminaron los ejercicios se acercó y preguntó qué debía hacer para formar parte.
Pocos días después llegaba al Teatro Estudiantil de La Salle.
Recuerda aquella primera noche con una sonrisa.
"Yo llegué vestida muy moderna para los años setenta, muy sofisticada. Y lo primero que me pidieron fue tirarme al piso para interpretar un animal."
Salió feliz.
Extrañamente feliz.
Sin saberlo, acababa de encontrar el lugar que cambiaría su vida.
Una generación que buscaba algo más
Cuando Iris recuerda aquellos años no habla primero del teatro.
Habla de las personas.
De jóvenes provenientes de distintos sectores sociales, unidos por el deseo de entender mejor el país que les había tocado vivir.
"Queríamos hacer algo. Sentíamos que había posibilidades. Que las cosas podían ser mejores."
Aquellas experiencias no solo la acercaron al arte.
También despertaron una conciencia social que marcaría toda su existencia.
"Comencé a desarrollar mi conciencia personal. A descubrir quién era realmente."
Y en ese proceso encontró algo aún más importante: su propia identidad.
Una identidad que años después se convertiría en una bandera personal y artística.
La actriz dominicana que conquistaría escenarios europeos nunca olvidó aquella muchacha que buscaba su lugar dentro de una sociedad donde muchas veces no se veía representada.
"Siempre he querido representar a esas mujeres dominicanas orgullosas de ser una mezcla donde la sangre africana está presente."
Esa afirmación atraviesa toda su vida.
Mucho antes de que la diversidad y la identidad afrodescendiente ocuparan espacios de discusión pública, Iris ya había hecho de esa realidad una causa íntima.
"No sé si soy una de las mejores actrices del mundo. No he ganado un Oscar. Quizá no hice la película que soñaba. Pero hay algo que nunca abandoné: representar a esa muchacha dominicana que me acompaña desde que comencé."
Y mientras habla resulta evidente que no se refiere únicamente a sí misma.
Habla también de un país.
Sin imaginar aún la dimensión del viaje que emprendía, aquella joven inquieta que descubrió el teatro en la adolescencia llevaba consigo la curiosidad, la sensibilidad y la determinación que más tarde la convertirían en una reconocida actriz internacional.
La muchacha que se fue
A los dieciocho años tomó una decisión que cambiaría su destino.
Se marchó.
Primero a Londres. Después a Italia.
Lo hizo en una época en que emigrar no era tan frecuente ni tan sencillo como hoy. No existían las videollamadas, ni las redes sociales, ni la comunicación inmediata que ahora reduce las distancias.
Quien se iba, se iba de verdad.
Y sin embargo, aquella joven dominicana llevaba consigo herramientas invisibles que había adquirido mucho antes de abordar un avión: curiosidad, disciplina, sensibilidad social y una profunda necesidad de comprender al ser humano.
Europa la enfrentó a nuevos idiomas, nuevas costumbres y nuevas formas de mirar el mundo.
Pero también la obligó a mirarse a sí misma.
"La emigración me permitió descubrir quién era."
No lo dice como una frase hecha.
Lo dice desde la experiencia de una mujer que tuvo que reconstruirse en otra lengua y otra cultura sin perder la memoria de donde venía.
Con los años desarrolló una sólida carrera en el cine, el teatro y la televisión italiana. Participó en producciones internacionales, trabajó con directores importantes y construyó un nombre propio.
Pero hay una confesión que todavía la conmueve.
Si pudiera conversar con aquella joven que llegó a Londres, le daría un consejo:
"Detente. Entra en una gran escuela inglesa de actuación. No sabía que podía hacerlo. No sabía que tenía esa posibilidad."
La emoción aparece todavía en su voz cuando habla de ello.
No es arrepentimiento.
Es la conciencia de los caminos que la vida deja abiertos y que solo logramos ver muchos años después.
La actriz afrocaribeña
Hay una parte especialmente reveladora de nuestra conversación.
No habla de premios.
No habla de fama.
No habla de personajes.
Habla de identidad.
Desde muy joven comprendió que una parte importante de su misión personal consistía en representar una realidad frecuentemente invisibilizada.
"Siempre he querido defender la mujer dominicana que lleva dentro de sí sangre negra, sangre blanca y sangre taína."
Lo dice con serenidad.
Pero también con convicción.
Para Iris, la identidad dominicana no es una teoría académica.
Es un rostro.
Es una mezcla.
Es una memoria.
Es una historia que todavía necesita ser contada con mayor honestidad.
Hoy se define orgullosamente como una actriz afrodescendiente del Caribe.
Y observa con atención quiénes aparecen en las portadas, quiénes representan a los países, quiénes ocupan los espacios visibles de la sociedad.
Porque para ella la cultura también es representación.
Y la representación también es justicia.
"No he abandonado nunca aquello que represento."
Quizás esa sea una de las frases que mejor resumen toda su trayectoria.
La familia, los maestros, los amigos y la memoria agradecida
A medida que transcurre la conversación, aparece una palabra una y otra vez.
Gratitud.
Gratitud hacia los maestros.
Hacia los amigos.
Hacia la familia.
Hacia las experiencias que la formaron.
Porque si algo ha aprendido Iris Peynado después de una vida vivida entre escenarios, países, idiomas y culturas distintas, es que ninguna existencia se construye sola.
Detrás de cada logro, de cada decisión importante y de cada momento de crecimiento, siempre aparecen personas que ayudan a encontrar el camino.
Habla con especial cariño de las hermanas Rosalía y Clara Elena Ramírez, dos mujeres que ocuparon un lugar importante en su formación durante los años de adolescencia. En ellas encontró no solo maestras, sino modelos de sensibilidad, cultura y compromiso humano. Clara Elena la acercó a la danza, a la música clásica y a la disciplina artística; ambas le enseñaron que el arte no era únicamente una expresión de belleza, sino también una forma de crecimiento interior.
Habla también de Ita Roque, figura fundamental en su crecimiento humano y emocional. Una mujer de extraordinaria sensibilidad, cuya influencia permanece viva en su memoria. Al evocarla, no habla únicamente de enseñanzas, sino de acompañamiento, afecto y orientación en una etapa decisiva de su juventud.
Y habla, por supuesto, de Rómulo Rivas.
Porque Rómulo fue mucho más que un profesor de teatro.
Fue uno de esos maestros que dejan una huella permanente en la vida de sus alumnos.
Desde el Teatro Estudiantil ayudó a despertar en un grupo de adolescentes algo más profundo que una vocación artística: una conciencia.
A través del teatro aprendieron a observar la realidad, a cuestionarla y a dialogar con ella.
Sin proponérselo, sembró sensibilidad, pensamiento crítico y compromiso humano en una generación que todavía hoy reconoce su influencia.
La memoria la devuelve inevitablemente a aquellos años luminosos del Teatro Estudiantil.
A los ensayos.
A las conversaciones interminables.
A las lecturas compartidas.
A los sueños de juventud.
A la ilusión de que el arte podía contribuir a construir una sociedad mejor.
En ese recuerdo aparecen nombres que siguen ocupando un lugar entrañable en su historia afectiva: Arlette Fernández, Olga Bucarelli, Teófilo Terrero, Mario Lebrón, Miguel Bucarelli, Manuel Chapuseaux, Danilo Ginebra y muchos otros compañeros que encontraron en el teatro una manera de entender la vida y de comprometerse con su tiempo.
Veníamos de distintos sectores sociales, de distintas familias y realidades. Sin embargo, compartíamos algo esencial: el deseo de aprender, de expresarnos y de buscar respuestas a las preguntas que comenzaban a surgir en una época compleja de la vida nacional.
El teatro nos unió.
Pero más importante aún, nos enseñó a escuchar.
Nos enseñó a dialogar.
Nos enseñó a convivir.
Cinco décadas después, aquellos nombres siguen habitando no solo la memoria de Iris, sino también una parte importante de la historia cultural dominicana.
La conversación avanza y la gratitud continúa ampliando sus círculos.
Habla de sus hijas con una ternura imposible de ocultar. En ellas reconoce algunas de las lecciones más profundas de su existencia.
Habla también de su esposo y compañero de vida, presencia fundamental en buena parte de su recorrido humano y profesional. Lo recuerda como apoyo, complicidad y compañía en los momentos luminosos y también en los desafíos que inevitablemente acompañan una vida dedicada al arte y a la emigración.
Habla de sus amigos de infancia, muchos de los cuales siguen acompañándola después de medio siglo.
Habla de la familia Peinado.
Habla de los Luperón de Barahona, también de los Roque.
Habla de las mujeres extraordinarias que contribuyeron a forjar su carácter, su conciencia y su sensibilidad.
Y habla también de una búsqueda espiritual que durante décadas ha enriquecido su mirada sobre la existencia. Una búsqueda que la condujo al budismo y que le permitió encontrar nuevas formas de serenidad, reflexión y comprensión del ser humano.
Todo parece conducir a una misma conclusión.
La vida vale por los vínculos que logramos construir.
La verdadera riqueza no son los premios.
No son los reconocimientos.
No son los aplausos.
La verdadera riqueza son las personas que nos ayudan a convertirnos en quienes somos.
Quizás por eso, cuando le pregunto cómo le gustaría ser recordada, no menciona personajes, películas ni éxitos profesionales.
Ni siquiera responde de inmediato.
Reflexiona.
Piensa.
Y finalmente responde con una sencillez que resume toda una filosofía de vida:
"Lo que realmente me interesa son los seres humanos."
El arte como diálogo
Cuando le pregunto qué ha significado realmente el arte en su vida, comprendo que para Iris nunca fue solamente una profesión.
El arte fue una manera de relacionarse con el mundo.
Una forma de escuchar y de ser escuchada.
Una herramienta para comprender a los demás y comprenderse a sí misma.
Quizás por eso afirma que cree profundamente en el diálogo.
No en la confrontación.
No en la guerra.
No en los discursos que separan.
"Estoy contra las guerras. Estoy contra la pena de muerte. Estoy a favor del diálogo."
La frase surge con la misma naturalidad con que habla de teatro o de cine.
Porque para ella cultura no significa únicamente información o entretenimiento.
La cultura es educación.
Es memoria.
Es convivencia.
Es la posibilidad de reconocernos en los demás.
Y tal vez esa convicción comenzó mucho antes de Italia, mucho antes del cine, mucho antes del reconocimiento internacional.
Comenzó en aquellos escenarios improvisados del Teatro Estudiantil donde un grupo de jóvenes descubría que el arte podía ayudar a construir una sociedad mejor.
La muchacha sigue ahí
Al final de la conversación regreso a la pregunta que había estado esperando.
Aquella muchacha que conocimos en el Teatro Estudiantil de La Salle.
La joven inquieta.
La que buscaba una razón para entender el mundo.
La que se lanzó al suelo para interpretar un animal en su primera clase.
La que años después se marchó sola a Europa.
La actriz.
La madre.
La mujer.
¿Sigue viviendo dentro de ella?
La respuesta llega sin vacilación.
"Sí. Esa niña sigue conmigo todos los días."
Y mientras la escucho comprendo que quizás esa sea la verdadera victoria del tiempo.
No conservar la juventud.
No acumular éxitos.
No alcanzar reconocimiento.
Sino preservar intacta la razón por la cual emprendimos el viaje.
Esa muchacha sigue recordándole por qué escogió el arte.
Por qué cree en el diálogo y no en la guerra.
Por qué sigue defendiendo la cultura como espacio de encuentro.
Por qué continúa creyendo en la educación, en la memoria y en la convivencia humana.
Al concluir nuestra conversación siento que no he entrevistado únicamente a una actriz dominicana que construyó una importante carrera internacional.
He conversado con una mujer que nunca rompió el puente con sus orígenes.
Con una amiga que, después de cincuenta años de distancia y de escenarios, sigue siendo fiel a aquella adolescente que buscaba respuestas en el teatro.
Y quizás por eso su historia resulta tan conmovedora.
Porque nos recuerda que la verdadera patria no siempre es un territorio.
A veces es una memoria.
A veces es un grupo de amigos.
A veces es una sala de ensayos.
Y a veces es aquella muchacha que un día fuimos y que, afortunadamente, todavía nos acompaña.
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