Antecedentes
Nada es propiamente original; todo es una preexistencia de algo o de alguien. Por eso, buscar la originalidad es solo una metáfora de los supuestos originalistas. Lo que sí podemos hacer es renovar la tradición de algo que, muchos siglos antes, ya existía: la escritura y, con ella, su mayor desarrollo, la literatura.
No hace falta ser un historiador literario experto para descubrir que los inicios de las letras dominicanas comenzaron con una escritura de carácter impresionista y descriptivo, basada en el paisaje natural de la isla que maravilló a los conquistadores. Esto fue lo que conmovió a Cristóbal Colón (1451-1506) cuando pisó y colonizó el territorio de Quisqueya[1], habitado por indígenas ágrafos. Esas primeras impresiones fueron las que Colón describió y plasmó en una carta dirigida a los Reyes Católicos de España y a su amigo Luis de Santángel, enviada el 22 de marzo de 1493, tras su llegada a la tierra aborigen en 1492. Intelectuales y filólogos como Pedro Henríquez Ureña (1884-1946), uno de los más grandes y eminentes de las letras hispanoamericanas, en su breve ensayo «Literatura de Santo Domingo», contenido en el tomo II, titulado Estudios literarios, Obras completas (2003), explica:
«La literatura de idioma casteIlano comienza para Santo Domingo con el Diario del viaje de Colón, en el extracto del P. Las Casas, y con las cartas -a los Reyes Católicos y a Sánchez y Santángel- en que narra el Descubrimiento. Contienen descripciones vivaces. Entre 1493 y 1494, el médico andaluz Diego Álvarez Chanca, en carta al Cabildo de Sevilla, da las primeras descripciones de la fauna y flora de América, con intento de precisión científica; poco después el jerónimo catalán fray Ramón Pané recoge observaciones sobre creencias religiosas de los indios». (Pág. 145).
Max Henríquez Ureña, al igual que su hermano Pedro, consideró que la historia de nuestra literatura se inició con las descripciones de Cristóbal Colón. En sentido general, esto es reconocido por la mayoría de nuestros historiadores y humanistas, aunque hay quienes prefieren revalorizar algunas de las aportaciones culturales de nuestros aborígenes, como las danzas, los alimentos y una variedad de vocablos que luego fueron incorporados al castellano.
Cabe destacar que su incidencia no fue mayor en términos culturales porque nuestros aborígenes fueron cruelmente asesinados hasta llevarlos a su extinción definitiva como pueblo. No conformes con eso, comenzaron a traer africanos para esclavizarlos, de los cuales conservamos y preservamos más parentescos físicos y conductuales, así como instrumentos musicales, costumbres y elementos alimentarios. De ahí que la mayoría de nuestros historiadores afirme que somos un país producto del mestizaje de tres culturas: indígena, española y africana.
El nombre de taínos les fue dado por los españoles y significa "bueno" o "noble" en arahuaco; provenían del río Orinoco, en Venezuela, y eran descendientes de los indígenas arahuacos; los nuestros habitaban la isla desde el año 800 a. C. Muchos historiadores, escritores e intelectuales dominicanos han estado permeados por actitudes hispanófilas ante nuestro pasado indigenista y africano; solo quieren destacar nuestra herencia españolizante. No obstante, algunos reconocen y resarcen ciertas cualidades culturales vernáculas que, aunque no tuvieron la fuerza de las de otros países, sí poseían hábitos, costumbres y conductas propias; además contaban con una lengua embrionaria procedente del arahuaco que les permitía comunicarse entre sí. Incluso, palabras que todavía usamos son de origen indigenista: bohío, choza, hamaca, hacha, areíto (danza o celebración cultural), tabaco, entre muchas más.
Esto se comprobó en la trascendental obra Palabras indígenas, de don Emiliano Tejera (1841–1923), obra cumbre del indigenismo en Santo Domingo y referencia bibliográfica indispensable para los estudios sobre nuestros aborígenes; como dice el historiador Emilio Rodríguez Demorizi (1906–1986): «(…) es la incorporación de lo dominicano, de lo nuestro, a lo hispanoamericano, en los tiempos de nuestra identidad política bajo el signo de España».
En dicha obra, que en una ocasión fue prologada por Pedro Henríquez Ureña —quien también escribió un texto titulado Historia de los indigenismos—, podemos encontrar decenas de palabras y comestibles que todavía forman parte de la alimentación diaria del dominicano y que los indígenas cultivaban de forma agraria: yuca, batata, casabe, maíz, piña, maní, pimienta, etcétera. Hay un interesantísimo libro del historiador santiaguero José Miguel Soto Jiménez que, continuando la labor de Emiliano Tejera, publicó Memorial de la Guazábara (2010), donde se halla un amplio repertorio de vocablos pertenecientes a los hablantes indígenas. En ese mismo año, Rafael García de Bidó, de San Pedro de Macorís, escribió Voces de bohío. Vocabulario de la cultura taína. Lo anterior significa que, a pesar de su exterminio, nos dejaron algunos vestigios de su cultura, aunque fueran rudimentarios para los españoles.
Vivían en chozas y tenían una organización social dividida en cinco cacicazgos. No es de extrañar que los nativos tuvieran sus creencias religiosas, conformadas por sus propios dioses, vinculados a la naturaleza de su entorno, su realidad cultural, su espiritualidad y su mitología. No es producto del azar, entonces, que fray Ramón Pané encontrara «observaciones sobre creencias religiosas de los indios».
Frank Moya Pons, en su libro Historia colonial de Santo Domingo (1976), destaca la cultura de los aborígenes. Basándose en los cuatro períodos históricos clasificados por Irving Rouse, sobre el cuarto ciclo escribió:
Este último período registra también el desarrollo final de la cultura taína, especialmente de sus creencias religiosas. El origen sudamericano de los aborígenes de La Española encuentra más de una prueba en las similitudes lingüísticas, en el uso del tabaco, en la técnica de construcción de viviendas, en el cultivo del maíz y la yuca, en el uso de la hamaca y en la construcción y uso de canoas, además de las múltiples semejanzas entre los diferentes estilos cerámicos descubiertos desde hace tiempo y clasificados por sobresalientes arqueólogos. A medida que avanzan los estudios, las conclusiones en este sentido se afirman cada vez más. Sin embargo, los restos de asentamientos taínos explorados en el curso de más de un siglo arrojan también una serie de objetos que no tienen antecedentes aparentes entre las tribus sudamericanas, como, por ejemplo, las piedras tricornes o trigonolitos, utilizadas con fines religiosos, y los grandes aros de piedra de uso todavía desconocido. Además, las tradiciones culturales relativas al uso de naguas por parte de las mujeres, al tejido del algodón, al juego de pelota y al empleo de ciertas insignias por los caciques sugieren la posible influencia de otros pueblos relacionados o en contacto con los grupos yucatecos.
El economista, historiador e intelectual Bernardo Vega, en el libro Ensayos sobre cultura dominicana (1981), confirma la versión de Moya Pons, introduciendo la yuca como elemento combativo y de autodefensa de los nativos:
La necesidad del mismo llegó a extremos tales que exigían oro a los indios, como tributo, pero, frenando su avaricia por la necesidad de sobrevivir, a otros demandábanle casabe. Luego, cuando los indios buscan formas de derrotar a los españoles, optan por irse a vivir a las montañas para que nadie trabaje los montones de yuca y tratar así que los españoles mueran por falta de alimentos. Todos los barcos que salían de Santo Domingo a descubrir nuevas tierras llevaban casabe como alimento esencial para los tripulantes. Tirso de Molina, quien vivió entre nosotros, en su obra La Villana de Vallecas se refiere al Jabjao que era un casabe fino, reservado a los Caciques. (Págs. 14-15).
En la obra figuran como coautores Carlos Dobal, Carlos Esteban Deive, Rubén Silié, José del Castillo y Frank Moya Pons. El poderío imperial de los conquistadores fue inmediato y devastador: se apoderaron de los aborígenes, se apropiaron de sus tierras y fragmentaron el territorio de acuerdo con sus patrones europeizantes. Pedro Henríquez Ureña refiere:
«En diez años los españoles sojuzgaron con poco esfuerzo a los indios; para 1505 habían fundado diecisiete poblaciones de tipo europeo, sin contar las fortalezas. La Isla Española vino a ser el centro de la transplantada cultura occidental durante treinta años, y su principal ciudad, Santo Domingo —fundada en 1496— sería la capital del Mar Caribe hasta mediados del siglo XVII. Pronto se estableció allí el gobierno general de América: de 1509 a 1526 Diego Colón, hijo del Descubridor, fue virrey de las Indias con asiento en Santo Domingo; después de su muerte la corona de España suprimió el virreinato y dividió la administración de las nuevas tierras. Santo Domingo, con su Real Audiencia, ejerció jurisdicción sobre parte de las islas del Mar Caribe y parte de la costa septentrional de América del Sur. Jurisdicción semejante ejerció, en el orden eclesiástico (obispado en 1503; arzobispado en 1545), la primada de las Indias, y, en la cultura intelectual, su universidad de Santo Tomás de Aquino —el antiguo colegio de los frailes dominicos— que, desde 1538, adquirió categoría universitaria; junto a ella existió, con menor brillo, la de Santiago de la Paz, fundada en 1540. La ciudad se llamó «Atenas del Nuevo Mundo». (Pedro Henríquez Ureña, ob. cit., págs. 145–146).
La llegada de nuevos españoles no se detuvo; un grupo de escritores europeos se estableció y empezó a escribir sobre la tierra conquistada, produciendo una literatura histórica‑indigenista y naturalista:
«De los muchos escritores europeos que allí vivieron, los más unidos a la isla, los que más largamente escribieron sobre ella, fueron fray Bartolomé de las Casas (1474–1566), con su Historia de las Indias y su Apologética historia, y Gonzalo Fernández de Oviedo (1479–1557), con su Historia general y natural de las Indias y el Sumario que la precedió (526). Desde el siglo XVI la isla produjo escritores: los principales, fray Alonso de Espinosa, de quien sólo sabemos que comentó el salmo Eructavit cor meum…; el canónigo Cristóbal de Liendo (1527–1584), hijo del arquitecto montañés Rodrigo Gil de Liendo; el predicador fray Alonso Pacheco, provincial de los agustinos en el Perú; el mercedario erasmista fray Diego Ramírez; el P. Cristóbal de Llerena, de quien nos queda un agudo entremés que fue representado en la catedral (1588) y contiene acerbas críticas de la vida pública de la colonia; las más antiguas poetisas de América, doña Elvira de Mendoza y sor Leonor de Ovando (escribía desde antes de 1580; vivía aún en 1605), que sabía ascender hasta el más afinado conceptismo devoto: “Y sé que por mí sola padeciera / y a mí sola me hubiera redimido / si sola en este mundo me criara”». (Ob. cit., págs. 146–147).
El posicionamiento de los españoles en el territorio trajo como consecuencia no solo el apoderamiento de nuestras riquezas, como fue el oro; impusieron su religión católica en desmedro de las creencias de los indígenas, como ya vimos. Bajo el tabique de "ganar nuevas almas para Dios", para de los indígenas, supuestamente el "cuidado espiritual para eso el dominico Pedro de Córdoba escribió en 1520 su libro «Doctrina Cristiana». Sobre el tema, sugerimos la lectura de la obra La isla española, cuna de la evangelización de América [2011/ segunda edición de Juan Antonio Flores Santana (1927-2014), un eclesiástico y escritor santiaguero.
La crueldad y la barbarie de los «civilizados» conquistadores fue tan sangrienta que, en un tiempo récord eliminaron entre el 80 y el 90 por ciento de nuestros aborígenes en apenas un siglo de la conquista, a pesar de que la raza nativa era de naturaleza pacífica y laboriosa. Sucesivamente fueron muriendo por la exagerada explotación a que fueron sometidos y por las enfermedades traídas por los europeos; no se sabe con certeza cuántos fueron, por la controversia entre las estadísticas de los historiadores y los especialistas. Fray Bartolomé de las Casas (1484–1566) afirmó que en la isla había, antes de la llegada de Colón, un millón cien mil indios; en otra ocasión planteó que eran alrededor de tres millones de habitantes; esta última cifra es muy cuestionada porque al parecer resulta exagerada para la época. Según el reconocido historiador Frank Moya Pons, todo esto fue producto del sistema de encomiendas, que produjo las terribles devastaciones de los indígenas.
Todo esto se hizo en nombre de la «civilización» del Nuevo Mundo, usando como mampara la religión de un imperio ya en proceso de decadencia. Por ello se le proporcionó al Almirante un grupo de presidiarios y aventureros españoles para que continuara su carrera de conquista colonial por las nuevas tierras del Caribe, a bordo de tres carabelas llamadas Pinta, Niña y Santa María. Con los restos de esta última construyó en nuestro territorio su primer asentamiento en el Caribe, conocido como La Fuente de la Navidad, tras haber pisado tierra el 5 de diciembre de 1492; sin embargo, fue destruida por un grupo de indígenas encabezados por Caonabo. La brutalidad de la conquista fue tal que los caciques Managua, Caonabo y Enriquillo se rebelaron contra los conquistadores, mientras muchos aborígenes optaron por suicidarse en masa.
La conquista produjo que vinieran una serie de exploradores, conquistadores, obispos y arzobispos en nombre de la evangelización y la civilización. Esto vuelve a explicarlo Pedro Henríquez Ureña:
«Albergó, a veces por largo tiempo, a los grandes exploradores y conquistadores: Hernán Cortés (que fue escribano en la villa de Azua), Diego Velázquez de Cuéllar, Juan Ponce de León, Rodrigo de Bastidas, Alonso de Ojeda, Vasco Núñez de Balboa, Pedro de Alvarado, Francisco Pizarro y Álvar Núñez Cabeza de Vaca. Hubo allí eminentes obispos y arzobispos, desde el humanista italiano Alessandro Geraldini (1455–1524), a quien debemos los primeros versos en latín escritos en el Nuevo Mundo, hasta fray Fernando de Carvajal y Rivera (1633–1701), buen prosador conceptista. El convento de Predicadores tuvo vida gloriosa: dos de sus continuadores, fray Pedro de Córdoba y fray Antón de Montesinos, abrieron la campaña a favor de los indios; el episodio de los dos memorables sermones iniciales del P. Montesinos está contado en la Historia de las Indias del P. Las Casas. De allí salieron los fundadores de multitud de conventos en América: entre ellos, fray Domingo de Betanzos, fray Tomás Ortiz, fray Tomás de Torre, fray Tomás de San Martín, fray Tomás Berlanga y fray Pedro de Angulo. Allí se inicia en la predicación fray Alonso de Cabrera, uno de los grandes oradores del siglo XVI. Allí profesó fray Bartolomé de las Casas, quien recogió como herencia la campaña en favor de los fumadores. El convento de la Merced dio albergue al creador de Don Juan, Tirso de Molina, que allí ejerció de maestro cerca de tres años (1616–1618). Hubo también erasmistas, como Lázaro Bejarano, e incluso protestantes». (Ob. cit., pág. 146).
La mayoría de nuestros historiadores y humanistas siempre destacan a dos de ellos: el fraile Antón de Montesinos, quien en pleno proceso de colonización pronunció el célebre sermón el IV Domingo de Adviento de 1511, donde criticó y rechazó la opresión y la injusticia a que eran sometidos los nativos por parte de los conquistadores; y Bartolomé de las Casas (1484–1566), que, al ver la masacre cometida contra los aborígenes, emprendió una campaña en su favor.
De las Casas, con su Historia de las Indias, se convirtió en el primer medio de información sobre el primer viaje de Colón, además de ser una de las obras más consultadas para investigar el indigenismo en nuestro país, junto al Diario del viaje de Colón. Otro libro en que las Casas defendió a los indios fue la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552). Otro de los primeros cronistas fue Gonzalo Fernández de Oviedo (1535). Uno de los logros fundamentales de Bartolomé fue haber conseguido que los indígenas tuvieran algunos derechos, concedidos por la Corona española, únicamente para no perderlos como fuerza de trabajo; aun así, la raza nativa fue exterminada, lo que obligó a apresar, comprar y esclavizar a otra raza: la africana.
[1] Quesquea o Quisqueya. Vientre o madre de la tierra en su mitología; nombre antiguo de la isla. Pedro Mártir, pág. 384, tomo II: para Mártir significa en taína grandeza, anchura. Herrera, tomo I, págs. 7 y 84. Tejera, «Palabras indígenas», pág. 409. Citado de las págs. 11–12 del libro Memorial de la Guazábara (2010), de José Miguel Soto Jiménez. (La palabra «página» aparece escrita en singular cuando debería estar en plural, porque se hace referencia a dos páginas: la 7 y la 84). Sobre el término Quisqueya, el doctor Apolinar Tejera (1855–1922) plantea que realmente no es de origen indígena, sino que se debe a un error de Pedro Mártir de Anglería o del piloto Andrés Morales. ¿Qué dice Tejera sobre Quisqueya? Esto lo contiene en su libro Rectificaciones históricas (1976, segunda edición), págs. 60–66. Es un texto fundamental para esclarecer algunos acontecimientos esenciales para la historia de nuestro país.
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