La inteligencia artificial es un tema demasiado amplio para pretender agotarlo en unas cuantas líneas. Sin embargo, hay algo que particularmente me llama la atención: el prejuicio que empieza a generarse contra quienes utilizan la IA como herramienta para escribir.
Pareciera que, desde el momento en que alguien admite haber recurrido a ella, algunos dan por sentado que cuanto ha escrito carece de mérito, como si la inteligencia artificial hubiese sustituido por completo su capacidad de pensar, crear y expresarse.
Pero ¿es realmente así?
Creo que la respuesta depende, fundamentalmente, de cómo se utiliza la herramienta y de cuánto interviene el autor en aquello que, finalmente, escribe.
No podemos negar que la inteligencia artificial representa una evolución tecnológica extraordinaria y que puede ayudarnos a trabajar con mayor rapidez. Puede servirnos para organizar ideas, revisar un texto, encontrar una palabra, detectar errores, cuestionar una estructura o mostrarnos posibilidades que quizá no habíamos considerado.
Pero una cosa es utilizarla como herramienta y otra muy distinta es permitir que «piense» y escriba por nosotros.
Porque escribir no es simplemente colocar palabras unas detrás de otras de manera mecánica. Es decir, lo que llevas dentro, analizar y determinar lo que realmente sientes. Es tener una intención y buscar la forma más adecuada de expresarla.
Por eso me parece injusto afirmar que todo aquel que utiliza inteligencia artificial para escribir está haciendo algo incorrecto o poco ético. Sería como sostener que un escritor deja de serlo porque consulta un diccionario, utiliza un corrector o recurre a un editor para revisar aquello que ha escrito.
Y aquí encuentro una comparación que considero interesante.
¿Cuántos escritores recurren a un editor para que revise y edite sus obras?
El editor puede sugerir cambios, eliminar aquello que sobra, señalar una contradicción, recomendar otra palabra o incluso proponer una modificación importante. Sin embargo, nadie entiende por ello que el editor se haya convertido automáticamente en el autor de la obra.
¿Por qué tendría que ser diferente cuando la herramienta utilizada es una inteligencia artificial?
La diferencia, a mi juicio, no está en utilizarla o no utilizarla, sino en el grado de dependencia que tengamos de ella.
Si entregamos nuestras ideas, nuestro pensamiento y nuestra capacidad creadora para que la máquina haga todo el trabajo, entonces sí deberíamos preguntarnos dónde queda nuestra autoría.
Pero si la utilizamos para confrontar nuestras ideas, mejorar aquello que hemos escrito, descubrir errores o explorar nuevas posibilidades, seguimos siendo nosotros quienes tomamos las decisiones.
La IA propone. El escritor dispone.
Y aquí estamos, precisamente, ante la cuestión ética.
No considero ético presentar como completamente propio un texto que una inteligencia artificial ha creado prácticamente en su totalidad, especialmente si existe una expectativa de autoría personal. Pero tampoco considero justo descalificar una obra simplemente porque su autor utilizó una herramienta tecnológica durante el proceso creativo.
Porque, al final, la pregunta no debería ser únicamente: ¿Utilizaste inteligencia artificial? Si no, ¿Qué hiciste tú con lo que la inteligencia artificial te ofreció?
Ahí comienza, para mí, la verdadera discusión.
Realmente la inteligencia artificial, como yo la asimilo, es como un gran diccionario moderno, una manera diferente de buscar y confrontar conocimientos, y que nos ayuda a identificar casi todo lo que ya se ha escrito sobre un tema, y así tener nosotros la oportunidad de decirlo de manera diferente.
Como escritores de esta era digital debemos aprender a usarla, con nuestra inteligencia humana, sin permitirle que atrofie nuestra creatividad, no debemos creer ciegamente en ella, porque también podemos encontrar mucha desinformación; sólo si sabes lo que estás haciendo, y conoces tu tema, podrás darte cuenta cuando ella está inventando, es por eso que solo debemos usarla como herramienta, no para sustituir nuestros conocimientos. Debemos usarla como fuente de inspiración que despierte nuestra creatividad, pues esta jamás podrá lograr originalidad, carece de alma, de toque personal, de autenticidad. Tener conocimientos y el control adecuado sobre lo que podemos hacer y lo que no debemos hacer con la IA, es la clave para usarla sin temor a perder nuestras facultades para crear, sabiendo que ella no es más que una herramienta para ayudarnos a tener un pensamiento crítico más desarrollado de lo que sea que pretendamos escribir.
Trabajar con la inteligencia artificial usándola como interlocutor, corrector, o taller literario, no me parece éticamente reprochable, si no la usamos para aparentar ser un/una escritor/a que no eres, más bien queriendo ser uno mismo, mientras aprovechamos una nueva herramienta, hay aquí una enorme diferencia, no es lo mismo utilizarla como herramienta para corregir lo que has creado, que presentar como tu creación algo generado por la IA. Igualmente, no es lo mismo que una persona que nunca haya escrito nada, que además no tiene ninguna preparación académica y que nunca había escrito nada, de buenas a primer empiece presentando como suyos magníficos textos, ahí realmente podría radicar la diferencia y la falta de ética, no sucede lo mismo con alguien que se dedica a escribir, a aprender sobre este arte; es lógico que en sus inicios escriba de manera mucho más torpe que cuando ya ha ido escalando peldaños, cuando se ha dedicado a aprender y a realizar cuantos cursos haya podido para mejorar lo que hace, pero eso no es algo que se logra de la noche a la mañana.
Volvemos a repetir, la inteligencia artificial es, sin duda, una gran fuente de inspiración, te aportará siempre infinidad de ideas sobre lo que estás escribiendo, te facilitará datos, detalles sobre cualquier tema en que estés trabajando. «No hay nada nuevo bajo el sol», sin embargo, cada día puedes encontrar nuevas ideas sobre un mismo tema.
No tengo temor de apoyarme en la IA, solo aprendo a usarla siempre a mi favor y no en mi contra, sin permitir jamás que su uso termine atrofiando mi propia inteligencia y creatividad. Hoy, uno de los grandes dilemas éticos es usarla a ella, no que ella nos use a nosotros.
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