Pedro Henríquez Ureña, uno de los grandes humanistas de Hispanoamérica.

Pedro Henríquez Ureña le concede un lugar muy especial al español, como vehículo fundamental de comunicación de los pueblos hispanoamericanos, que conforman una gran unidad lingüística, política y cultural, al ser conquistados, colonizados y dominados tanto de forma económica, política, cultural como ideológicamente por España, que, transcurridos más de tres siglos de lucha por su libertad y definición identitaria, lograron su independencia económica, política, cultural e ideológica.

  1. El idioma español, elemento clave de la cultura hispanoamericana

Henríquez Ureña, quien, junto al filólogo y lingüista español Amado Alonso, escribió la obra Gramática Castellana, concibe el idioma o lengua como “el sistema de expresiones con que se entiende una comunidad.”[1] En ese mismo contexto, ambos sostienen que:

La comunidad que habla un idioma puede formar una sola nación, como la húngara en Hungría, o parte de una nación como la bretona en Francia, o muchas naciones, como la castellana. El español se habla en España y sus posesiones de África, en la Argentina, el Uruguay, el Paraguay, Chile, Bolivia, el Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela (América del Sur), Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador y Guatemala (América Central), México, Cuba, Santo Domingo, la isla de Puerto Rico y, en Asia, parte de las Islas Filipinas.[2]

Como se puede observar, Pedro Henríquez Ureña y Amado Alonso conciben al idioma español o castellano como la fuente primigenia y esencial de la unidad política, cultural e ideológica de los pueblos hispanoamericanos. En ese mismo sentido es importante destacar lo que expresa el gran humanista español Altamira en torno a la necesidad que tiene el ser humano de oír la música de su romance, de sus sentimientos y de sus ideas de la espiritualidad en el idioma nativo. Altamira lo expresa de este modo:

No hay nada comparable al regalo de oír la música de nuestro romance, de expresar nuestros sentimientos y nuestras ideas en el idioma que encarna nuestra propia espiritualidad. La carencia de esa satisfacción es para mí el hambre más lacerante, la sed más agotadora. Recibo cada conversación en castellano—-o en valenciano, si la ocasión se tercia— como una bocanada de oxígeno que anima mi sangre. El día que la logro es como una desgarradura de luz a que se abren las honduras de mi alma y en que me siento vuelto otra vez a la comunidad de los míos. Porque en medio de la vida intensa de pensamiento y de acción que significa el residir y el trabajar en medios internacionales, lo que hay de más profundo y de más propio en nuestro patriotismo sufre continuamente la privación de exteriorizarse con el verbo que lo representa y que es su única exacta y completa forma de expresión. Ese sufrimiento es, a veces, muy doloroso. Nada tiene que ver con la facilidad mayor o menor de hablar otro idioma. Continúa sintiéndose, aunque se dominen otros; aunque la pobre vanidad de imponer con ellos nuestro pensamiento nos halague a ratos. Es cosa distinta de la ciencia o de la destreza de un lingüista, de la vanagloria de poderles hablar a los extraños en sus idiomas nacionales, y también de la protesta contra la humillación de no entenderlos. No es tampoco el sentimiento de orgullo con que algunos hombres consideran su lengua maternal como la superior o la única en el cuadro de valores expresivos, ni, menos aún, la impertinente vanidad con que otros se lanzan al mundo desdeñando los idiomas ajenos y como quien dice: "Si quieres algo conmigo, aprende mi habla”, aunque la mayoría de las veces sean ellos quienes necesiten de los demás y traten de explotarlos. No; ese sufrimiento a que me refiero toca a lo más sensible y desinteresado, a la fuente de emoción más poderosa que hay en el "nacionalismo”, entendiendo éste como el sentido íntimo de pertenecer espiritualmente a un pueblo.[3]

Altamira pone de manifiesto el sentimiento más íntimo que lleva todo ser humano en sus adentros del terruño en que nació, creció, asumió la cultura y adoptó la forma de expresión espiritual de un pueblo, mediante el idioma o la lengua nativa, la cual le permite expresar el dolor, la nostalgia, la alegría, la angustia, el placer y la felicidad, como ninguna otra se lo podría permitir, independientemente de que domine o hable perfectamente dos o más lenguas extranjeras, en las que normalmente se comunica. Al respecto, el humanista español agrega:

Soy hijo de una provincia bilingüe y en mi casa paterna se habló juntamente castellano y valenciano. Igual amor tengo a uno y otro decir; y aunque sea el castellano el que continuamente uso en mi vidia profesional, literaria y doméstica, siempre que vuelvo a mi tierra nativa, o me encuentro con un comprovinciano experimento un elevado placer espiritual en hablar el idioma regional, que evoca en mí recuerdos adorables y es el símbolo del trozo de España en que granó mi niñez y comenzó a desvelárseme el espectáculo del mundo. Pero todo esto, que tiene un valor sentimental enorme, digno de todo respeto y de todo cultivo, no tiene apenas cotización en la vida práctica, en el orden de relaciones en que se mueven nuestros intereses, nuestra representación social y nuestras vinculaciones universales. Es algo lírico y amable a que se acude como a la evocación de todos los recuerdos gratos de nuestra juventud: nuestros primeros amores, nuestras amistades infantiles, nuestros juegos, nuestros triunfos de colegial, sabiendo que todo ello es historia pasada, sin acción sobre la presente cuyo ritmo y orientación no tenemos derecho a detener un punto con el peso romántico de lo que ya tiene su función estética en la intimidad de nuestro espíritu.[4]

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Mapa que representa las variedades dialectales del idioma castellano en América Latina y el Caribe.

A propósito del influjo y la importancia que tiene el español o el castellano para los pueblos hispanoamericanos, Henríquez Ureña[5] en su texto El español en Santo Domingo plantea un conjunto de tesis sumamente novedosas sobre la presencia del español en América, el Caribe y en la República Dominicana a lo largo de sus páginas, las cuales se pueden sintetizar en los puntos siguientes:

  1. El idioma español se distribuye geográficamente en América en cinco zonas (la del Río de la Plata, la chilena, la andina, la mexicana- que incluye América Central y el sudoeste de los Estados Unidos de América- y la del Mar Caribe).
  1. La zona del Mar Caribe fue en el Nuevo Mundo la primera en que se asentaron los españoles, desde la cual extendieron sus dominios hacia tierra firme: América del Norte, América Central y América del Sur.
  1. Daba unidad a la zona del Mar Caribe la Real Audiencia de Santo Domingo, establecida en 1511, la cual ejercía jurisdicción sobre todas las Antillas de habla hispana.
  1. En el orden eclesiástico, la Arquidiócesis de Santo Domingo era la Sede Primada de las Indias, desde la cual se fueron conformando las diferentes arquidiócesis, diócesis, arzobispados, obispados y capellanías en el Caribe y en el resto de América.
  1. En el orden de la cultura, Santo Domingo fue el centro del Mar Caribe, con la Universidad de Santo Tomás de Aquino (1538) y su Universidad de Santiago de la Paz (1540), hasta que se fundaron, dos siglos después, la de Santa Rosa en Caracas, Venezuela, y la de San Jerónimo en La Habana, Cuba.
  1. Las divisiones que se produjeron en la zona del Mar Caribe desde fines del siglo XVIII no han impedido la comunicación frecuente entre los habitantes de esos territorios, ya que se han producido migraciones entre los diferentes países de la región por razones políticas, económicas, sociales y militares.
La inauguración de la Carretera Duarte en el paraje La Cumbre en 1922, la cual conectó la región Norte con Santo Domingo, capital de la República Dominicana.
  1. El territorio de la actual República Dominicana se divide, a su vez, en regiones con rasgos propios en el habla, donde han prevalecido fundamentalmente dos: la región Norte o Cibao y la región Sur. La primera es la más apegada a la forma tradicional del español antiguo. Hasta el momento en que el texto fue escrito, hacia el año 1940, la población dominicana era esencialmente rural. De un total de 1,5 millones de habitantes, solo había alrededor de 200 mil personas en las ciudades y 1,3 millones de personas en los campos.

Obsérvese lo que dice textualmente Pedro Henríquez Ureña sobre el uso del español en Santo Domingo o República Dominicana:

La lengua de las ciudades es uniforme en todo el país, como lo harían esperar los caracteres generales del habla culta. En el habla rural se señalan divisiones: la principal, la del norte y sur, dos regiones que hasta fines del siglo XIX estuvieron poco relacionadas; fuera de la comunicación por mar, sólo había caminos que se recorrían a caballo, con dificultades al cruzar la Cordillera Central. Las comunicaciones de ferrocarril solo existían en el norte, y datan de los últimos veinte años del siglo XIX; en el sur los únicos ferrocarriles son los de los ingenios de azúcar. Ahora, las excelentes carreteras de automóviles, y hasta el aeroplano, ponen en fácil contacto las principales regiones del país. En el norte, el Cibao, ´la gran Vega´ de los descubridores, constituye un conjunto homogéneo: región interior, entre la Cordillera Central y la Septentrional, sin puertos marítimos, pero con fáciles comunicaciones propias; a causa de su agricultura –la más rica del país- se ha bastado a sí misma y se ha creado fisonomía especial. Allí, junto a fuertes rasgos arcaicos, se advierten avances espontáneos de variación dialectal. El hecho fonético saliente es el paso de la r y la l a i al final de la sílaba (comer: comei, papel: papei). En el vocabulario hay singularidades de forma y de significado…En el sur, las únicas regiones que ofrecen rasgos peculiares son, al occidente, la frontera con Haití, y al oriente los campos del Seibo, que coinciden con el Cibao en la vocalización de la l y la r.[6]

  1. Santo Domingo, como toda la zona del Mar Caribe, se distingue por el sabor fuertemente castellano de su vocabulario y de su sintaxis, en combinación con una fonética que se asemeja más a la andaluza que a la castellana.
  1. Sobre el papel que tiene Santo Domingo en la historia lingüística de América, se puede afirmar que fue el campo de aclimatación donde empezó la lengua castellana a acomodarse a las nuevas necesidades, ya que en esta isla hacían escala y se formaban o reforzaban las expediciones sucesivas. Estas llevaban a cada lugar de arribo el caudal lingüístico acopiado, que, después, continuarían aumentando o acomodándose en los nuevos países conquistados.
  1. El carácter arcaico del vocabulario y de la sintaxis en Santo Domingo se muestra de modo claro en el uso de expresiones obsoletas u obsolescentes y está en el aire de toda el habla, la cual se atiene al fondo común tradicional del español.
  1. Hasta hace poco el sabor castellano del español de Santo Domingo tenía, en el habla culta, peculiar señorío, mezcla de gravedad y sencillez.
  1. Toda la Península Ibérica dio su contingente o aporte lingüístico a la población de América, pero con mayor predominio de Castilla, León, Extremadura y Andalucía. En torno al parentesco del español dominicano con las diferentes regiones de España, Henríquez Ureña expresa:
Facsímil del libro El español en Santo Domingo de Pedro Henríquez Ureña.

El vocabulario actual de Santo Domingo no revela especial parentesco con el vocabulario actual de ninguna región de España, hasta donde permiten juzgar los vocabularios regionales. De las cuatro mil palabras, y más, que contiene el Vocabulario andaluz de Alcalá Venceslada, solo he reconocido setenta y cinco (muy cerca del dos por ciento) como de uso en Santo Domingo, con significados pocas veces estrictamente idénticos, pero a lo menos semejantes, otras veces con semejanza de forma solamente, pero de forma rara, que permite suponer parentesco. Pero esas palabras en que hay coincidencias, raras veces son andalucismos: la mayor parte también se emplean en el norte de España; además, muchas son meras variaciones fonéticas. Si acudimos al Diccionario de voces aragonesas de Borao, descubrimos que de sus tres mil quinientas palabras –aproximadamente- hay setenta y cinco en uso en Santo Domingo: cerca del dos por ciento, como en el vocabulario andaluz. Y si examinamos el vocabulario de Salamanca, de Lamano, que pasa de cinco mil palabras, vemos que ellas se usan en Santo Domingo más de doscientas (cerca del cuatro por ciento). ¿Revelará esta comprobación que el español en Santo Domingo está a igual distancia del andaluz que del aragonés y cerca del habla castellanoleonesa de Salamanca? No: la mayor parte de palabras en que Santo Domingo coincide con Salamanca, o con Andalucía, o con Aragón, no son regionalismos; a veces no han sido recogidas en los diccionarios, pero pertenecen al español general, o como actuales, o como arcaicas, o bien pertenecen a diversas regiones a la vez.[7]

  1. Dadas las peculiaridades de la República Dominicana, el español en Santo Domingo tiene matiz antiguo en su vocabulario, ya que desde finales del siglo XIX hasta el presente, aun entre las gentes cultas se oían y en gran parte todavía se oyen, expresiones arcaicas o que se están convirtiendo en arcaicas dentro del español general. Muchas de éstas subsisten en diversas regiones de España o América, pero en ningún otro país podrá formarse un vocabulario de palabras obsoletas u obsolescentes del español que iguale en número al de Santo Domingo.

El idioma español, traído por Cristóbal Colón y los integrantes de las diferentes expediciones que se realizaron hacia La Española y al resto de América, tuvo un débil impacto en las poblaciones originarias entre los siglos XV, XVI y XVII, debido a una cierta tolerancia o indulgencia mostrada por los Reyes Católicos y los sucesivos reyes de la Casa de Austria hacia las distintas órdenes religiosas responsables del proceso de evangelización cristiana en el Nuevo Mundo, quienes podían llevar a cabo las catequesis en las lenguas amerindias o en las lenguas de los conquistadores. Sobre este particular, el lingüista español Santiago Muñoz Machado expresa lo siguiente:

Entre las muchas cavilaciones a las que tuvieron que entregarse los monarcas españoles y sus consejeros a causa del descubrimiento, conquista y colonización del Nuevo Mundo, estuvo muy en primera línea la cuestión del mantenimiento de las culturas y las lenguas indígenas o su desplazamiento forzoso, imponiendo la aculturación castellana de las poblaciones nativas. Desde muy pronto aparecieron, en la legislación dictada por los Reyes Católicos, órdenes e instrucciones de que se enseñara el castellano a los indios. Pero estas prescripciones siempre resultaban moduladas por la recomendación de que se respetaran las formas de vida y costumbres de los nativos, siempre que fueran compatibles con su evangelización. El equilibrio entre estas preceptivas llevó, en la práctica, a renunciar a la imposición forzosa de la lengua castellana. Los derechos de la monarquía castellana sobre las tierras americanas, basados inicialmente en el hecho mismo del descubrimiento y ocupación, se transformaron en una donación papal desde que el pontífice Alejandro VI dictó la bula Inter caetera y otras de 1493, que concedían aquellas tierras con la condición de que fueran llevados a la fe cristiana todos sus habitantes. Las moderadas políticas lingüísticas que se esbozaron en aquellos primeros años quedaron inmediatamente interferidas por la preeminencia otorgada a la evangelización. Los nativos fueron siempre una fuerza de trabajo imprescindible para los encomenderos, colonos, hacendados y dueños de explotaciones mineras, pero la aculturación fue asumida primordialmente por las órdenes religiosas que empezaron a establecerse en ultramar desde los primeros años del siglo XVI. La tarea evangelizadora de los religiosos hubo de resolver el dilema de si era más procedente enseñar los dogmas católicos usando la lengua castellana o hacerlo utilizando los idiomas amerindios. Se optó por esta segunda solución, a pesar de que muchos críticos en las Indias y en España, aseguraban que los idiomas locales carecían de los conceptos adecuados para explicar el Evangelio y la doctrina con claridad suficiente. Aunque no se abandonó nunca completamente la utilización del castellano por los misioneros, muchos de ellos prefirieron usar las lenguas generales nativas, a veces con la ayuda de intérpretes, pero también haciendo el esfuerzo de aprenderlas. La preferencia de la evangelización, por un lado, y el dominio por los frailes de las lenguas indias, por otro, colocaban a estos en una posición preeminente en las relaciones con los aborígenes, que condicionaba cualquier política cultural que la Corona acometiera.[8]

Escudo de la Casa de los Borbones.
Escudo de la Casa de Austria.

La Casa de Austria se encontró con muchas dificultades para ejercer un dominio eficaz, dadas las distancias insalvables que imponía la barrera natural del Océano Atlántico y otros factores vinculados a lo geográfico, lo económico, lo social y lo cultural. A esto se agregaban la fuerte tendencia autonómica de los gobiernos locales, la amplitud de los nuevos territorios coloniales y ciertos niveles de libertad de las autoridades de las zonas periféricas. Sin embargo, esto empieza a cambiar a partir del siglo XVIII, cuando toma el control del poder en España la Casa de los Borbones, la cual tomó la decisión de suspender las diferentes órdenes religiosas en América y obligó a los gobernadores y a todas las autoridades judiciales y eclesiales a utilizar la lengua española como la única lengua oficial en todas las tierras americanas. Muñoz Machado esboza esa situación en los siguientes términos:

La gobernación de América era muy difícil desde una corte tan lejana y hubo permanentemente problemas de conocimiento de aspectos esenciales de la realidad geográfica, económica y social de aquellos territorios. El cumplimiento de la legislación y las políticas de la monarquía era de complicada comprobación con un Atlántico de por medio y teniendo en cuenta la inmensidad de las nuevas posesiones. La organización del Estado asumida por los monarcas de la Casa de Austria favorecía una fuerte autonomía de los gobiernos territoriales, y dejaba holgado margen de independencia de las autoridades periféricas. Aunque hubo algunos intentos de corregir las peores consecuencias de esta situación, las indicadas circunstancias contribuyeron a que la castellanización de las poblaciones indias no hubiera avanzado casi nada durante los dos primeros siglos de la presencia española en aquellas lejanas tierras americanas. El cambio de dinastía generó también una transformación de las políticas. Los Borbones se empeñaron, con progresiva fuerza a lo largo del siglo XVIII, en renovar las formas de administrar las colonias americanas, fortaleciendo la centralización y el control. Este cambio de políticas afectó también al castellano. Los frailes empezaron a ser desplazados de sus tareas tradicionales, su influencia decreció, los jesuitas fueron expulsados y el aprendizaje del español se impuso como una obligación. Mudanzas tan severas afectaron los intereses de todos los grupos dominantes: los funcionarios y autoridades, que fueron compelidos a abandonar sus corruptelas; las órdenes mendicantes quedaron desautorizadas; los criollos que fueron también desplazados y sus intereses puestos en peligro. Esa amalgama de desencuentros, sumada a la invasión de la Península por las tropas napoleónicas y la renuncia al trono por parte de Carlos IV y Fernando VII, preparó el caldo de cultivo de las independencias americanas. España había hecho una labor formidable en América; incomparablemente superior a la cualquier otra nación colonizadora. Había creado ciudades sembradas de monumentos imponentes y llevado lo mejor de su cultura literaria y artística. Pero, en aquel momento del inicio de la separación, solo hablaban castellano tres millones de habitantes. Serán las nuevas naciones las que concluirán las políticas expansivas del castellano, desarrolladas con dos acciones diferentes: por un lado, forzando la incorporación final de las poblaciones indias a la civilización criolla o imponiendo, en caso contrario, su definitivo desplazamiento. Por otro lado, estableciendo programas de enseñanza que incluían la total implantación del castellano como lengua general.[9]

Sin duda alguna, la unidad lingüística de todos los pueblos que fueron conquistados y colonizados por España con base en el idioma castellano o español fue un factor clave en el proceso de conformación de la cultura hispanoamericana. El idioma español ha permitido la intercomunicación de todas las culturas nativas con la cultura española, las culturas criollas y las culturas afroamericanas, posibilitando de esta manera una adecuación de la lengua hispánica a las nuevas condiciones económicas, sociales, políticas, jurídicas, culturales e ideológicas del contexto americano.

El idioma español se ha enriquecido al beber de todos los manantiales de la cultura hispanoamericana, tanto de sus escritores más destacados como de la población sencilla, de sus expresiones cultas y cotidianas, de las diversas palabras provenientes de las múltiples lenguas nativas, afroamericanas y afrocaribeñas, así como de los giros lingüísticos y los neologismos que se generan con la amalgama de diferentes lenguas y culturas, todo ello como resultado de los continuos procesos migratorios que se han dado y dan entre los países.

Una crítica necesaria a Henríquez Ureña es el escaso rol que otorga al negro, al mestizo y a los pueblos originarios de América en la conformación de la cultura hispanoamericana y en la definición de los procesos identitarios de América Latina y el Caribe. Esto se refleja claramente en sus juicios categóricos en torno a que el pueblo dominicano hasta inicios del siglo XX estaba integrado por criollos descendientes de españoles y europeos, desconociendo con ello la hibridación cultural que hubo en la isla de Santo Domingo entre españoles, aborígenes y negros africanos desde finales del siglo XV y los primeros años del siglo XVI, debido al hecho de que muy pocas mujeres españolas se integraron al proceso de conquista y colonización llevado a cabo por los peninsulares. Ese sesgo se pone en evidencia en las siguientes palabras de Henríquez Ureña:

Los aportes de los negros de origen africano a la cultura hispanoamericana son de gran significación.

Elemento de perturbación para el vocabulario español podría haber sido los esclavos negros, que entran en la isla desde los comienzos del siglo XVI.  A Cuba, durante el siglo XIX, los africanos llevaron novedades lingüísticas, aunque no tantas como podría suponerse. En Santo Domingo, la influencia africana es muy escasa: no hay más africanismos de vocabulario que los que pertenecen al español general, como cachimba o cachimbo, can (reunión o tumulto), ñame (o yame), si no es morisca, mandinga, macaco, o muy extendidos en las Antillas, como baquiní (baquiné en Puerto Rico), bembe (como en Puerto Rico ; en Cuba bemba), féferes; a veces, llevados precisamente de Cuba, como bitongo o fuácata, o de Haití, como guanga y vodú o jodií (el vaudoux, baile ritual, en Santo Domingo se conoce sólo de fama) '. Arcaico: zambambé (en el siglo XVII se cantaba en España a Zambambé , morenica de Congo»). En los siglos XVI y XVII se usaban como apellidos los nombres de las tribus de donde procedían los negros: Angola o Biafara o Bran. Y es que allí sólo hubo importación sistemática de esclavos durante la primera mitad del siglo XVI; después no hubo recursos para traerlos en gran número; la gente adinerada adquiría uno que otro, o bien grupos para los ingenios de azúcar, pero en países vecinos donde ya se habían adaptado a la vida criolla. No hay noticia de que a la isla llegaran, durante los siglos XVII y XVIII, cargamentos de África como los que se llevaban a colonias prósperas. En el siglo XIX, mucho menos: la esclavitud desaparece en 1822. Y desde el principio, buena parte de los esclavos no venían directamente de África: consta que venían de España, donde habían sido comprados a los portugueses; estaban ya hispanizados. Caso curioso: los primeros esclavos no eran todos negros; se trajeron también esclavos blancos a América. De todos modos, lo que ha caracterizado a la población de origen africano de Santo Domingo es su completa hispanización.[10]

Algunas expresiones lingüísticas de origen africano en el español.

Como se puede apreciar, Henríquez Ureña considera como un elemento de perturbación al idioma español la presencia de negros esclavos procedentes de África desde los primeros años del siglo XVI. Esto quiere decir que Henríquez Ureña resalta muy escasamente el aporte que hacen los negros al enriquecimiento de la cultura e identidad de los pueblos hispanoamericanos y caribeños. Asimismo, en las ocasiones en que se refiere a ellos, lo hace con cierto desdén, contrario a lo que ocurre cuando habla de los aportes de los grupos étnicos de descendencia europea, a los que considera como entes pertenecientes a una cultura superior. Eso se pone de manifiesto en pasajes suyos, tales como este:

Estuve dos meses con mi padre en el Cabo,[11] en la casa de la familia Lauransón; y aquella ciudad extraña me interesó mucho: las correctas costumbres de sus habitantes cultos en contraste con el estado salvaje del bajo pueblo, que apenas si se viste; el buen gusto y las comodidades en el interior de sus casas y sus espléndidas quintas de recreo en contraste con sus calles sucias, sin alumbrado, y cuyo empedrado del siglo XVIII ha deshecho el tiempo, sin que nadie lo reponga.[12]

Es evidente que Henríquez Ureña asumió una postura clasista y racista en este texto de juventud, donde privilegiaba su vínculo con los sectores acomodados de Haití y desdeñaba al pueblo llano y pobre que había sido llevado al ostracismo y a la miseria por la oligarquía francesa en la época colonial y por la oligarquía haitiana o criolla en la época republicana. Pero no contento con esa apreciación en torno al pueblo haitiano, más adelante se refiere a los idiomas que habla “la gente culta” y “el bajo pueblo”, en los siguientes términos:

Pedro Henríquez Ureña sobre Haití afirma: “las correctas costumbres de sus habitantes cultos en contraste con el estado salvaje del bajo pueblo, que apenas si se viste”.

(Realicé…) traducciones, en prosa y en verso, del francés, idioma que desde tiempo atrás me había comenzado a enseñar mi padre y que ahora casi dominé, tanto por hallarme en Haití, donde la gente culta lo habla, aunque el bajo pueblo usa un patois paupérrimo, como por ser franceses en su mayoría los libros de la biblioteca de mi padre.[13]

Al referirse a esa visión clasista y racista de Henríquez Ureña, el investigador social Fernando Valerio-Holguín lo denomina “mulato poscolonial”, porque en lugar de defender sus raíces afrocaribeñas, mulatas y negras, se dedicó siempre a exaltar las bondades de la “Madre Patria”, España. De igual manera, Valerio-Holguín destaca que, si bien en su país de origen Henríquez Ureña era parte de la élite intelectual y política, en los Estados Unidos de inicios del siglo XX, donde vivió entre 1901 y 1904, él era considerado negro, sufriendo así fuertemente la discriminación racial, como consecuencia del apartheid racial o étnico que prevalecía para entonces en la potencia del Norte.  En ese orden, Valerio-Holguín sostiene:

La ideología de clase y raza del joven Pedro Henríquez Ureña, si bien atenuada en sus escritos con el correr del tiempo, no cambiaría en su programa de escritura de la madurez. En ninguna parte de sus textos se encuentran testimonios o referencias a lo que significó pasar de ser miembro de la élite en su país a vivir en los Estados Unidos, donde, debido a la polarización racial, era considerado negro y, precisamente, en el año de 1901, cuando predominaba todavía en ese país el apartheid racial.[14]

Es evidente que su predilección por España y por lo que consideraba culto, le llevó muchas veces a desdeñar los aportes realizados por los grupos étnicos afrodescendientes, como los “cocolos” y los haitianos, a la cultura mulata que mayoritariamente tiene el pueblo dominicano, resultado de la hibridación cultural proveniente de los tres grupos étnicos de que se deriva la cultura dominicana: los aborígenes taínos, los españoles y los negros esclavizados provenientes de África Occidental. A esto hay que integrar los diferentes grupos étnicos que en diferentes oleadas migratorias han llegado a la República Dominicana en su condición de trabajadores, de comerciantes o de inversionistas, como son los casos de personas provenientes de las islas inglesas, francesas y holandesas del Caribe insular, árabes, judíos, chinos, japoneses, puertorriqueños, cubanos, norteamericanos, italianos, franceses y de las diversas nacionalidades y procedencias de todo el mundo.

Una muestra del desdén mostrado por Henríquez Ureña hacia algunos de esos grupos étnicos, es su comentario relacionado con la migración haitiana y de las islas de las Antillas Menores a la República Dominicana, a partir de la creciente presencia de braceros haitianos y “cocolos” durante las primeras décadas del siglo XX. Veamos:

Los braceros haitianos fueron contratados para el corte de caña por diferentes gobiernos dominicanos y fueron hacinados en barrancones en los bateyes.

Ahora, desde hace veinte años, la fuerte invasión de braceros procedentes de la contigua Haití y de las vecinas colonias francesas e inglesas anuncia la posibilidad de que se tiña de extranjerismo el habla de las clases pobres, pero no con derivaciones de lenguas africanas, sino de inglés, francés y creóle o patois. Esta invasión pacífica resulta menos fácil de resistir que las antiguas invasiones violentas de los haitianos, de las cuales quedó escasísima huella en el lenguaje, porque no había mezcla de poblaciones. Esta invasión está ennegreciendo rápidamente el país: se calcula que hay más de doscientos mil inmigrantes de origen antillano ; la población total del país apenas alcanza a millón y medio de habitantes. La interesante novela de FRANCISCO EUGENIO MOSCOSO PUELLO, Cañas y bueyes, Santo Domingo, 1936, pinta aspectos de esta invasión…Ahora se ha extendido a Santo Domingo la reciente boga de la poesía de temas negros en las Antillas, que florece en Cuba y Puerto Rico con las obras de Luis Palés Matos, Ramón Guirao, José Zacarías Tallet, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Tomás Blanco, Emilio Ballagas, Marcelino Arozarena, Vicente Gómez Kemp. Produce los Doce poemas negros de Manuel Cabral, Santo Domingo, 1935: los negros de sus poemas son principalmente haitianos o cocolos de las islas inglesas, porque los nativos de Santo Domingo tienen costumbres menos pintorescas…Las viejas y deliciosas Criollas de Arturo Pellerano Castro, Santo Domingo,1907, son realmente criollas: hablan siempre de mujeres blancas y trigueñas. Hasta 1916, en Santo Domingo no predominaba la población negra, ni siquiera la mezclada de blanco y negro, aunque abundan, porque son muy débiles los prejuicios de raza, como en el Brasil. El negro de Santo Domingo raras veces era puro en el siglo XIX: caso semejante al de Puerto Rico. Si a fuera se creía muy africanizado el país, y muchas geografías así lo indican, es por la contigüidad de Haití, la antigua Saint-Domingue: confusión difícil de disipar.[15]

El rol jugado por los sectores criollos, por las comunidades nativas, por los grupos étnicos afroamericanos y afrocaribeños en la configuración de una independencia integral, en que confluyeron la independencia económica, social, cultural, espiritual e ideológica de los pueblos hispanoamericanos ante la dominación que durante más tres siglos y medio había ejercido España, fue un factor clave en el proceso de definición cultural e identitaria, sin que ello implique el desconocimiento de los grandes aportes recibidos desde la nación ibérica, donde el idioma español se constituyó en el eje articulador.

El teatro cocolo danzante Los Guloyas de San Pedro de Macorís fue declarado patrimonio oral e intangible de la humanidad el 25 de noviembre de 2005.

Ahora bien, querer minimizar los grandes aportes realizados por los aborígenes, los negros de origen africano, los españoles peninsulares, los criollos descendientes de los españoles y de los negros, de los mestizos y mulatos, así como de otros grupos étnicos que con el devenir de los años migraron y se integraron al crisol de la cultura dominicana, dejando sus huellas indelebles en el idioma español y en las distintas manifestaciones de la cultura material y espiritual, como la variada gastronomía, los múltiples ritmos musicales y las más diversas expresiones danzarias, como los congos, los palos o atabales, el fandango, la salve, la zarandunga, el son, el merengue, la bachata, la salsa, la rumba, el carabiné, el pri-pri, el gagá, el vodú, las velaciones, los Guloyas y los carnavales con sus infinitas modalidades de caretas y vestuarios, no puede ser visto como algo correcto. Esto equivaldría a negar nuestros orígenes disímiles y, en consecuencia, nos llevaría a desconocer los hilos multicolores que han permitido tejer el complejo tapiz de la identidad dominicana, caribeña, hispanoamericana, latinoamericana e iberoamericana.

  1. Independencia espiritual y expresión original

Los procesos de independencia política y cultural que vivió Hispanoamérica a partir de la primera década del siglo XIX estuvieron antecedidos y estimulados por una serie de factores exógenos y endógenos, tanto remotos como cercanos, que tuvieron un influjo decisivo en la configuración identitaria de los pueblos y naciones que surgirían tras producirse su autonomía con respecto a la metrópolis España.

Entre los factores que incidieron de forma directa e indirecta en los procesos independentistas hispanoamericanos destacan las ideas liberales de John Locke, la revolución inglesa del siglo XVII, las ideas populares y libertarias de la Ilustración, la independencia de los Estados Unidos en 1776, la revolución francesa de 1789 a 1799, la guerra hispano-francesa de 1793 a 1795, la revolución antiesclavista de 1791 en Saint Domingue, la proclamación de la independencia de Haití en 1804, la ocupación napoleónica de España en 1808, mediante la cual se obligó al rey Fernando VII a abdicar en Bayona y se impuso a José Bonaparte, hermano de Napoleón, como rey satélite del imperio francés.

Esta situación fue caldo de cultivo favorable para que se produjera la unión de España e Inglaterra para librar importantes batallas por la recuperación de los territorios ocupados por Francia en la península ibérica, para que se operaran cambios profundos en la sociedad española de inicios del siglo XIX, que desencadenarían una crisis de gobernabilidad y la falta de control de España sobre sus colonias en América, y para que emergieran movimientos independentistas en los diferentes virreinatos americanos, como fueron los casos de Río de la Plata, Perú, Nueva España y Nueva Granada, que tenían como propósito configurarse como naciones con su propia fisonomía económica, social, política, cultural, espiritual e ideológica.

Para comprender mejor el tránsito que vivieron los pueblos de América de la monarquía española en crisis en manos del rey Fernando VII al proceso autonomista y luego independentista, teniendo como referencia la Constitución de Cádiz y luego sus propias constituciones, el destacado investigador vasco José María Portillo Valdés traza algunas coordenadas de la complejidad de ese momento:

El Dr. José María Portillo Valdés es un estudioso de las relaciones entre España y América Latina entre los siglos XVIII y XIX.

Al evidenciarse la crisis de la monarquía con las cesiones de Bayona, los sujetos que asumen la tutela de la monarquía son los pueblos: conforman gobiernos de excepción a través de las juntas que organizan el poder y conducen la guerra contra el imperio francés. Son ellos, los pueblos, también quienes organizan y sustentan los primeros intentos de crear instituciones más complejas de gobierno, como la Junta Central, o los intentos de formar Cortes de la Nueva España o un gobierno central en Chuquisaca en 1809. Tanto en la Península como en América, en este momento de los pueblos, se produjo un hecho que no pasó desapercibido entonces para propios ni para extraños: la monarquía se estaba conformando en una suerte de federación de provincias. En efecto, los pueblos estaban generando juntas que extendían su gobierno a espacios provinciales. Fue en el tránsito de las juntas a los congresos, como antes se indicó, que aparecen esos nuevos sujetos políticos denominados naciones y que, mediante las constituciones, trataron de domesticar políticamente a los pueblos. Si todos los textos constitucionales de primera hora ofrecen tratamiento de las relaciones entre nación y pueblos-provincias, es porque están generadas en contextos en los que lo existente son los pueblos y lo que se pretende establecer es la nación como sujeto político superpuesto. El resultado fue, más o menos disimuladamente, el establecimiento de algún tipo de relación federal entre los pueblos y la nación. Es, dicho de otro modo, una solución alejada del principio de república «una e indivisible», que aparecerá posteriormente como respuesta a la experiencia del federalismo, sobre todo en el área de influencia bolivariana. Incluso en esos casos tan evidentes de deliberado «centralismo» desde 1816 se entendía como forma transitoria hasta que la virtud y la ilustración generalizadas permitieran consolidar el ideal del gobierno libre que seguía entendiéndose el federalismo.[16]

Portillo Valdés en una búsqueda explicativa de por qué los pueblos hispanoamericanos se desprendieron de España al producirse la invasión napoleónica, la aprobación de la Constitución de Cádiz en 1812 y la realización del Censo para otorgarles la ciudadanía a los españoles nacidos en tierras americanas, revela algunas posibles causas, pocas veces ventiladas por los historiadores estudiosos del período en cuestión:

Pero fue, sobre todo, América y su «cuestión» lo que sometió realmente a prueba al «sistema» —como Argüelles gustaba denominarlo— de 1812. Por un lado, porque el sistema no dio de sí lo suficiente como para satisfacer políticamente sus propias previsiones de igualdad y equidad en la representación. Como es bien sabido, fue a través de una decisión racista, la exclusión de la ciudadanía de los originarios de África y sus descendientes, y de sus implicaciones en el propio texto (artículos 22, 29 y 31) que el censo americano fue manipulado para evitar las consecuencias políticas de la igualdad representativa de españoles europeos y americanos. Por otro lado, porque el sistema promovió una concepción del autogobierno como parte medular del orden constitucional que tendrá amplia repercusión en la historia posterior de las repúblicas independientes americanas. Unida como condición a la libertad civil de los ciudadanos, la autonomía de los territorios pudo conducir bien al federalismo bien a un permanente debate sobre la relación entre territorios y nación en la historia constitucional. En cualquiera de los casos mostró cómo en el Atlántico hispano la eclosión de las naciones no implicó la aniquilación política de los pueblos, sino que estos siguieron disputando espacios de soberanía a las primeras.[17]

De su lado, Henríquez Ureña expresa que antes de completarse la independencia política en la América Hispánica, hacia el año 1823, Andrés Bello había proclamado la independencia espiritual a través de sus Silvas Americanas, donde instaba a los poetas y a la poesía a dejar como fuente de inspiración a Europa y a tomar las tierras vírgenes bañadas por el Océano Atlántico como su verdadera musa inspiradora, lo que, a su entender, tuvo en ese momento una intención revolucionaria, a pesar de estar expresada en un estilo clásico.

El gran intelectual venezolano Andrés Bello fue el precursor de la Independencia Espiritual de América Latina.

De igual manera, el intelectual dominicano destaca el aporte que hicieron Juan María Gutiérrez y José María Heredia a la construcción de una poética tocada por el espíritu profético y de rebeldía, tan necesarios en ese contexto histórico. En otros géneros literarios, así como en las campañas humanitarias y democráticas, destaca la ingente labor realizada por José Joaquín Fernández de Lizardi, Bartolomé Hidalgo, Esteban Echavarría, Domingo Faustino Sarmiento, Rubén Darío, Eugenio María de Hostos, José Martí y José Enrique Rodó, entre otros, quienes contribuyeron de forma genuina a la búsqueda de una verdadera expresión del espíritu americano. En ese orden, Henríquez Ureña destaca que la literatura hispanoamericana se nutrió anhelantemente de las aguas de todos los afluentes originarios en todas sus expresiones, torrentes y manifestaciones:

El mural El mercado de Tlatelolco del pintor mexicano Diego Rivera recupera todas las tradiciones del período prehispánico.

Nuestra literatura absorbió ávidamente agua de todos los ríos nativos: la naturaleza; la vida del campo, sedentaria y nómada; la tradición indígena; los recuerdos de la época colonial; las hazañas de los libertadores; la agitación política del momento… La inundación romántica duró mucho, demasiado; como bajo pretexto de inspiración, la espontaneidad protegió la pereza, ahogó muchos gérmenes que esperaba nutrir… Cuando las aguas comenzaron a bajar, no a los cuarenta días bíblicos, sino a los cuarenta años, dejaron tras sí tremendos herbazales, raros arbustos y dos copudos árboles, resistentes como ombúes: el Facundo y el Martín Fierro.[18]

Domingo Faustino Sarmiento, eminente escritor argentino y presidente de la República, que escribió la trascendental obra: “Facundo. Civilización o barbarie”.

Estas ideas planteadas por Henríquez Ureña, las cuales dan cuenta de la multiplicidad de motivos de que ha bebido la literatura hispanoamericana desde las diversas expresiones de la naturaleza pasando por la vida campesina, las tradiciones indígenas, las acciones viles desarrolladas por los colonizadores contra los pobladores nativos, las gestas gloriosas de los patriotas nacionales y regionales hasta dar cuenta de la vorágine de las luchas intestinas que como pira volcánica lo consume o lo devora todo, ya habían sido magistralmente esbozadas por el escritor argentino Domingo Faustino Sarmiento en el prólogo de su más destacada obra “Facundo. Civilización o barbarie”:

La República Argentina es hoy la sección hispano-americana, que, en sus manifestaciones exteriores, ha llamado preferentemente la atención de las naciones europeas, que no pocas veces se han visto envueltas en sus extravíos, o atraídas, como por una vorágine, a acercarse al centro en que remolinean elementos tan contrarios. La Francia estuvo a punto de ceder a esta atracción, y no sin grandes esfuerzos de remo y vela, no sin perder el gobernalle, logró alejarse y mantenerse a la distancia. Sus más hábiles políticos no han alcanzado a comprender nada de lo que sus ojos han visto al echar una mirada precipitada sobre el poder americano que desafiaba a la gran nación. Al ver las lavas ardientes que se revuelcan, se agitan, se chocan bramando en este gran foco de lucha intestina, los que por más avisados se tienen, han dicho: es un volcán subalterno, sin nombre de los muchos que aparecen en la América, pronto se extinguirá; y han vuelto a otra parte sus miradas, satisfechos de haber dado una solución tan fácil como exacta de los fenómenos sociales que solo han visto en grupo y superficialmente. A la América del sur en general, y a la República Argentina sobre todo, le ha hecho falta un Tocqueville, que presumido del conocimiento de las teorías sociales, como el viajero científico de barómetros, votantes y brújulas, viniera a penetrar en el interior de nuestra vida política, como en un campo vastísimo y aun no explorado ni descrito por la ciencia y revelase a la Europa, a la Francia, tan ávida de fases nuevas en la vida de las diversas porciones de la humanidad, este nuevo modo de ser que no tiene antecedentes bien marcados y conocidos. Hubiérase entonces explicado el misterio de la lucha obstinada que despedaza a aquella república; hubiéronse clasificado distintamente los elementos contrarios, invencibles, que se chocan; hubiérase asignado su parte a la configuración del terreno, y a los hábitos que ella engendra su parte a las tradiciones españolas, y a la conciencia nacional, íntima, plebeya que han dejado la Inquisición y el absolutismo hispano; su parte a la influencia de las ideas opuestas que han trastornado el mundo político; su parte a la barbarie indígena; su parte a la civilización europea; su parte, en fin, a la democracia consagrada por la Revolución de 1810, a la igualdad, cuyo dogma ha penetrado hasta las capas inferiores de la sociedad.[19]

Con este retrato de la realidad de Argentina, Sarmiento también estaba retratando la realidad de Hispanoamérica, respecto de la cual las grandes naciones europeas estaban siempre pendientes, pero sin llegar a comprender las verdaderas esencias y características de un territorio poco explorado por la ciencia. En este confluyen como un todo contradictorio las luchas intestinas, los hábitos que se derivan de las tradiciones españolas, la conciencia nacional hija ilegítima o bastarda de la Santa Inquisición y la dominación hispánica, la ‘barbarie indígena’, la ‘civilización europea’ y la democracia que surgió como resultado del proceso independentista impulsado por los criollos, integrados por una gran diversidad de sectores: los terratenientes, la clase media y las capas más pobres de la sociedad.  A este propósito, Sarmiento plantea la necesidad de que investigadores capaces hagan un estudio que permita la comprensión cabal de la complejidad que envuelve tanto a España como a los pueblos hispanoamericanos:

Las relaciones entre Europa y América Latina se han desenvuelto entre el conflicto, la colaboración y la integración.

Este estudio, que nosotros no estamos aún en estado de hacer, por nuestra falta de instrucción filosófica e histórica, hecho por observadores competentes, habría revelado a los ojos atónitos de la Europa un mundo nuevo en política, una lucha ingenua, franca y primitiva entre los últimos progresos del espíritu humano y los rudimentos de la vida salvaje, entre las ciudades populosas y los bosques sombríos. Entonces se habría podido aclarar un poco el problema de la España, esa rezagada de Europa que echada entre el Mediterráneo y el Océano, entre la Edad Media y el siglo XIX, unida a la Europa culta por un ancho Istmo, y separada del África bárbara por un angosto Estrecho, está balanceándose entre dos fuerzas opuestas, ya levantándose en la balanza de los pueblos libres, ya cayendo en la de los despotizados; ya impía, ya fanática; ora constitucionalista declarada, ora despótica impudente; maldiciendo sus cadenas rotas a veces, ya cruzando los brazos, y pidiendo a gritos que le impongan el yugo, que parece ser su condición y su modo de existir, iQué! ¿el problema de la España europea no podría resolverse examinando minuciosamente la España americana, como por la educación y hábitos de los hijos se rastrean las ideas y la moralidad de los padres? ¡Qué! ¿no significa nada para la historia ni la filosofía esta eterna lucha de los pueblos hispano-americanos, esa falta supina de capacidad política e industrial que los tiene inquietos y revolviéndose sin norte fijo, sin objeto preciso, sin que sepan por qué no pueden conseguir un día de reposo, ni qué mano enemiga los echa y empuja en el torbellino fatal que los arrastra mal de su grado y sin que les sea dado sustraerse a su maléfica influencia?[20]

Sarmiento ausculta que, en medio de una ostensible ausencia de ilustración filosófica e histórica, se presenta ante los ojos extrañados de Europa un universo nuevo en el ámbito de la política, en la lucha cándida que se libra entre los últimos avances alcanzados por la humanidad y lo tosco de la vida bárbara tanto en las agitadas urbes como en las más intrincadas selvas. Esto a su vez contribuiría a descifrar el problema de España, la que se ha balanceado siempre entre dos fuerzas extremas, que penden como una espada de Damocles sobre su cabeza, y que parecen ser su razón de ser y existir. Al mismo tiempo, se pregunta si esta situación por la que ha atravesado España siempre podría al mismo tiempo explicar el por qué los pueblos hispanoamericanos evidencian una falta de capacidad política y técnica que los arroja e incita al remolino inevitable de su pernicioso influjo.

Ante esta realidad indiscutible y ante la pertinaz e indetenible inmigración europea, Sarmiento llama a no rechazar la posibilidad de hacer realidad los sueños de desenvolvimiento, de poder y de gloria, tal como dicen los pronósticos que con envidia dirigen los que en Europa estudiaban las necesidades de la humanidad. En los siguientes términos se expresa el destacado escritor argentino:

¿Hemos de cerrar voluntariamente la puerta a la inmigración europea que llama con golpes repetidos para poblar nuestros desiertos, y hacernos a la sombra de nuestro pabellón, pueblo innumerable como las arenas del mar? ¿Hemos de dejar ilusorios y vanos los sueños de desenvolvimiento, de poder y de gloria, con que nos han mecido desde la infancia los pronósticos que con envidia nos dirigen los que en Europa estudian las necesidades de la humanidad? Después de la Europa ¿hay otro mundo cristiano civilizable y desierto que la América? ¿Hay en la América muchos pueblos que estén como el argentino, llamados por lo pronto a recibir la población europea que desborda como el líquido en un vaso? ¿No queréis, en fin, que vayamos a invocar la ciencia y la industria en nuestro auxilio, a llamarlas con todas nuestras fuerzas, para que vengan a sentarse en medio de nosotros, libre la una de toda traba puesta al pensamiento, segura la otra de toda violencia y de toda coacción? ¡Oh! ¡Este porvenir no se renuncia así no más! No se renuncia porque un ejército de 20.000 hombres guarde la entrada de la patria: los soldados mueren en los combates, desertan o cambian de bandera. No se renuncia porque la fortuna haya favorecido a un tirano durante largos y pesados años: la fortuna es ciega, y un día que no acierte a encontrar a su favorito entre el humo denso y la polvareda sofocante de los combates, ¡Adiós tirano! ¡Adiós tiranía! No se renuncia porque todas las brutales e ignorantes tradiciones coloniales hayan podido más en un momento de extravío en el ánimo de masas inexpertas; las convulsiones políticas traen también la experiencia y la luz, y es ley de la humanidad que los intereses nuevos, las ideas fecundas, el progreso, triunfen al fin de las tradiciones envejecidas, de los hábitos ignorantes, y de las preocupaciones estacionarias. No se renuncia porque en un pueblo haya millares de hombres candorosos que toman el bien por el mal; egoístas que sacan de él su provecho; indiferentes que lo ven sin interesarse; tímidos que no se atreven a combatirlo; corrompidos, en fin, que, conociéndolo, se entregan a él por inclinación al mal, por depravación; siempre ha habido en los pueblos todo esto, y nunca el mal ha triunfado definitivamente. No se renuncia, porque los demás pueblos americanos no puedan prestarnos su ayuda; porque los gobiernos no ven de lejos sino el brillo del poder organizado, y no distinguen en la oscuridad humilde y desamparada de las revoluciones, los elementos grandes que están forcejando por desenvolverse; porque la oposición pretendida liberal abjure de sus principios, imponga silencio a su conciencia, y por aplastar bajo su pie un insecto que importuna, huelle la noble planta a que ese insecto se apagaba. No se renuncia porque los pueblos en masa nos den la espalda a causa de que nuestras miserias y nuestras grandezas están demasiado lejos de su vista para que alcancen a conmoverlos. ¡No! No se renuncia a un porvenir tan inmenso, a una misión tan elevada, por ese cúmulo de contradicciones y dificultades. ¡Las dificultades se vencen, las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas![21]

Sarmiento llama a no renunciar a la lucha contra la tiranía y a mantenerse firmes contra las brutales e ignorantes tradiciones coloniales, ya que las agitaciones políticas siempre traen consigo experiencia y luz. En ese orden, plantea que constituye una ley de la humanidad el que los nuevos intereses, las ideas productivas y el avance de los nuevos paradigmas triunfen ante las tradiciones arcaicas y las costumbres ignaras, como resultado de los desvelos y acciones constantes de los pueblos.

La intelección de ese proceso de negación de lo hispánico y de reafirmación de lo nacional o criollo lo expresa con meridiana claridad el investigador Castro-Gómez cuando sostiene la idea de que una serie de pensadores latinoamericanos sometieron a un análisis crítico el pasado colonial español, tratando de buscar las causas que impidieron el desarrollo integral de América Latina, al tiempo de plantearse la emancipación política y mental con respecto a la Metrópolis Ibérica. En los siguientes términos se refiere Castro-Gómez a la nueva situación:

A finales del período colonial, gracias a la recepción del pensamiento ilustrado francés, comienza a generarse en el seno de la burguesía criolla un sentimiento americanista que conduciría finalmente a la emancipación política de España. Rotos los vínculos con la Metrópoli y atraídos por el gran desarrollo que comenzaban a tener países como los Estados Unidos, muchos intelectuales latinoamericanos comenzaron a valorar críticamente el pasado colonial, buscando en él la verdadera razón del atraso industrial en las nuevas naciones. Pensadores como Sarmiento, Alberdi, Bilbao, Lastarria, Echeverría, Montalvo, Samper y Mora, coinciden en señalar al autoritarismo, la superstición y la censura, propios de la cultura hispánica, como frenos que impiden en América la realización de la libertad. Era preciso, entonces, no sólo una emancipación política sino, más aún, una emancipación mental con respecto al pasado hispánico. Como bien lo ha mostrado Arturo Andrés Roig, es en esta generación donde América Latina adquiere por primera vez conciencia de sí, generándose de este modo un discurso propiamente americanista. El positivismo, aún dividido en sus dos escuelas, aparece como la doctrina idónea para romper con la "barbarie" del pasado ibérico y lanzar definitivamente a América Latina por los cauces de la "civilización". Frente a la concepción escolástica, metafísica y católica de la monarquía española, la filosofía positivista anglosajona constituía un elemento idóneo de lucha.[22]

Henríquez Ureña estima que, si bien es una necesidad que los pueblos hispanoamericanos avancen hacia su independencia espiritual, es igualmente importante no perder de vista que todo intento de aislamiento es ilusorio. Recuerda que nuestros grandes orientadores primigenios estuvieron aguijoneados por un afán europeizante y sería extremadamente absurdo no aprovechar todos los beneficios que nos ofrece la cultura occidental. En ese orden entiende que en el ámbito literario Europa estará presente, cuando menos, en el arrastre histórico del idioma, que en el caso de Hispanoamérica es el idioma español o castellano. No obstante, es del parecer que el idioma compartido no nos obliga a perdernos en la masa de un coro de voces uniformes, cuya dirección no esté bajo nuestro control, sino que ello, por el contrario, nos obliga a acentuar nuestra nota expresiva, a buscar el acento original e inconfundible.

El acento original al idioma español en Hispanoamérica lo han puesto nuestros grandes poetas, novelistas, cuentistas y ensayistas durante la segunda mitad del siglo XIX, todo el siglo XX y lo que va del siglo XXI, el cual se expresa de forma avasalladora en la prolífica y trascendente producción de figuras hispanoamericanas[23], que han pasado a ser referentes trascendentes e indispensables de la Lengua Española.

Dos intelectuales que desarrollaron un gran esfuerzo por lograr la fijación de una gramática común para toda el área hispanohablante fueron los colombianos Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo con su original obra Gramática de la Lengua Latina para el uso de los que hablan castellano, publicada en Bogotá en 1867, cuando apenas tenían 24 y 23 años, respectivamente. En el prólogo a la primera edición, Caro y Cuervo dan una explicación bastante precisa de cuál fue su propósito al escribir esta gramática:

Tenemos la satisfacción de presentar al público una gramática latina destinada privativamente al uso de los que hablan castellano. En su elaboración, si por una parte hemos procurado que armonice con el vuelo que ha tomado últimamente la ciencia filológica, para lo cual hemos tenido presentes las obras más acreditadas, por otra nos hemos propuesto allanarla al alcance de las inteligencias incultas. Ha sido nuestro designio que no carezca de enseñanzas gramaticales preliminares a la de latinidad propiamente dicha, ni tampoco de doctrinas más vastas y recónditas.[24]

Como se puede visualizar, se trata de un atrevimiento poco usual y único hasta entonces, el querer articular de manera armónica las enseñanzas gramaticales de la latinidad clásica con los avances más recientes de la filología, pero todo dirigido a las personas de habla castellana, tanto cultas como incultas. Más adelante, Caro y Cuervo proporcionan detalles en torno a la novedad y a los referentes fundamentales de los cuales han bebido para estructurar su gramática latina orientada al público hispanohablante:

No pocas observaciones originales contiene esta gramática: los más de los ejemplos justificativos que la acompañan se han sacado directamente de la mina de los clásicos; y cuestiones hay que tratamos de una manera nueva y con mayor amplitud de lo que acostumbra el común de los gramáticos. Esto manifestamos porque no se confunda lo propio con lo ajeno en una obra como la presente, en cuya formación es permitido en general, ni debe escrupulizarse, en ciertos departamentos, recibir los materiales de segunda mano. Especial esmero hemos puesto en el cotejo del giro latino con el castellano; a ello nos obliga el título mismo de la obra. Consagramos principalmente a este objeto el segundo curso y las notas que aparecen al pie de las páginas. Cualquiera concepto que haya de formarse sobre el éxito de esta parte de nuestra tarea merece la indulgencia debida a los primeros ensayos: en efecto, no conocemos predecesor en el desempeño de tan importante comparación. Para mayor abundamiento, cuidamos de acotar constantemente, por vía de notas, lugares de obras que ofrecen en cada caso dado oportunas ampliaciones. En las referencias hechas con ocasión de construcciones castellanas, citamos preferentemente la Gramática de Bello; esto en atención a su elevado mérito, como también a la circunstancia de que la opinión ilustrada la va introduciendo con creciente aceptación en los colegios de Hispano-América. Así, nuestra gramática puede decirse que contiene un índice razonado de esa obra clásica.[25]

El gran aporte que Caro y Cuervo destacan que hicieron con esta obra fue cotejar el giro latino con el giro castellano, para lo cual se valen de los clásicos latinos y de los estudiosos de la lengua latina, al tiempo que consultaron a diferentes gramáticos de la lengua castellana, pero tratando de una manera nueva y amplia muchos aspectos que ellos abordan.

En los estudios que se han hecho en torno a los principales referentes tomados por Caro y Cuervo para el estudio del latín se citan el Método para estudiar la lengua latina del lingüista, filólogo y latinista francés Jean-Louis Burnouf y Una Gramática Latina del erudito clásico inglés Thomas Hewitt Key, mientras que el referente básico para la incorporación de la gramática al estudio de la lengua castellana lo fue la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, del gran erudito, lingüista y escritor venezolano Andrés Bello.

Del gran aporte que hizo Bello a su gramática, lo expresan claramente Caro y Cuervo cuando toman por epígrafe de su texto la frase del erudito americano “Dada una lengua, no debe ser una misma su gramática para los extranjeros de diversas naciones”, lo que, en la cuarta edición de la obra, publicada en el año 1886, desarrollan ampliamente, cuando expresan:

El epígrafe tomado de Bello y estampado en la portada de este libro anuncia que los autores han puesto especial esmero en el cotejo del giro latino con el castellano. Si el estudio de un idioma, cuando se hace aisladamente, viene a ser estéril por falta de ambiente y horizonte, ninguna comparación es, al contrario, tan fecunda como la de la lengua nativa con la lengua madre. La castellana, como todas las romances, es legítima hija del latín: verdad comprobadísima que sirve de fundamento a estudios comparativos como los de Diez y otras modernas lumbreras de la filología. De la descomposición del latín surgieron como nuevos organismos las lenguas romances; o, de otro modo, para no desconocer el aspecto progresivo de los hechos, el latín, con la descomposición de la sociedad antigua, se transformó en las diversas lenguas que se hablan en el mediodía de Europa y en la América española, las que, a pesar de nuevas modificaciones, conservan el sello original y señales claras de inmediato e innegable parentesco; por manera que quien quiera estudiar bien el castellano necesita empezar por el principio, que es el latín. En esta comparación entre la lengua patria y sus inmediatos orígenes, tan interesante cuanto, descuidada por los propios, no hemos excusado extendernos ya en observaciones adicionales o ya en notas, mayormente en algunos puntos de sintaxis erróneamente tratados en las gramáticas castellanas.[26]

Con ese aporte Caro y Cuervo ponen de relieve la deuda que tenía el castellano, en tanto lengua nativa o patria, con el latín como lengua madre, en cuanto a cotejar o relacionar el giro del latín con el giro del castellano. Este asunto hasta entonces había sido poco estudiado, razón por la cual se puede afirmar que ambos autores fueron pioneros tanto en España como en Hispanoamérica en su estudio y aplicación práctica. Esto se revela con mayor claridad cuando el Secretario de la Real Academia Española, Manuel Tamayo y Baus, en un dictamen que emitió en el año 1882 en torno a la Gramática latina escrita por D. Francisco Jiménez Lomas, a petición de la Dirección General de Instrucción Pública de España, hizo la siguiente referencia y recomendación de la obra de Caro y Cuervo:

Perdone la Academia si me he alejado, aunque solo en apariencia, del libro del señor Lomas. Este libro tiene para mí un defecto no leve, el de ser ecléctico en demasía, empeñándose el autor, quizá por no venir tan de frente con la costumbre reinante, en conciliar dos métodos a toda luz antagónicos, y muchas veces ni siquiera los concilia: se limita a poner el uno al lado del otro, como para que el discípulo elija… Aparte de este que yo tengo por lunar de la obra, aunque puedan alegarse circunstancias atenuantes, la Gramática del señor Lomas me parece un buen resumen de las mejores y más recientes que en Francia y en Italia han visto la luz pública. Quizá hubiera sido muy útil que el autor consultase la muy excelente de nuestros doctos académicos correspondientes D. Miguel Antonio Caro y D. Rufino José Cuervo, impresa años hace en Bogotá; obra magistral y la mejor de su género en nuestro idioma.[27]

La ponderación que hace Tamayo Baus en torno a la obra de Caro y Cuervo Gramática de la Lengua Latina para el uso de los que hablan castellano pone de manifiesto la excelente calidad del contenido que en ella se trata, donde se aplica de forma original y creativa el método comparativo, que parte de la premisa de que el conocimiento de la gramática latina es indispensable para quien estudie el castellano, por dos razones fundamentales: 1º. Porque el estudio comparado de dos lenguas es lo verdaderamente fecundo en esta investigación; y 2º. Porque el castellano es una lengua romance hija del latín.

La idea que sugiere la acción desarrollada por Caro y Cuervo de comparar el giro latino con el castellano, nacida de las necesidades prácticas de la enseñanza, adquiere así un fundamento científico sumamente válido, por cuanto conduce, en última instancia, de nuevo a la gramática histórica. Pero esta vez no a la historia de la gramática del latín, sino a la del castellano, cuyos fenómenos se explican a la luz de las estructuras latinas que les precedieron. Pero no se trata de una gramática histórica en sentido estricto, o sea, del examen de los pasos continuos que conducen desde el latín hasta el español, como una serie evolutiva de actos de lengua, vista en función de una cronología. Se trata solo de contrastar, cada vez que sea útil, el estado lingüístico que representa el latín clásico con el representado por el español. De este proceso se deriva lo siguiente: al tiempo que ilumina al latín como prehistoria del castellano, también irradia a este como posthistoria. Es importante destacar que el enfoque bajo el cual se establecen tales comparaciones es más bien de carácter literario que lingüístico, puesto que el interés principal está en revelar la diferencia de recursos, especialmente sintácticos, del latín y el español; con todo lo cual se pone en evidencia la diferencia formal de ambos sistemas.

La trascendencia de ese postulado, relacionado con el “principio de comparabilidad” o “método comparativo”, es inmensa. Este postulado pone de manifiesto la originalidad de la Gramática de la Lengua Latina para el uso de los que hablan castellano. Ese principio o método comparativo está tan prudentemente aplicado que en ninguna forma va en detrimento de la descripción gramatical del latín. Por el contrario, contribuye a su mayor precisión y forma un puente racional entre la gramática como expresión de los hechos lingüísticos latinos y la gramática como instrumento para aprender el latín. Esto les permitió a los autores corregir puntos de sintaxis indebidamente abordados en las gramáticas castellanas de aquel período.

Rufino José Cuervo es uno de los grandes humanista, filólogo y lingüista de América Latina.

Al ponderar los aportes de Rufino José Cuervo y Andrés Bello a la gramática y a la filología, Henríquez explica cómo se produjo ese proceso, donde Cuervo fue un gramático que se convirtió en filólogo, mientras que Bello fue un filólogo que se vio obligado a escribir ampliamente sobre gramática. Sus palabras textuales son las siguientes:

La historia intelectual de Rufino José Cuervo es caso único en la América de su tiempo: fue un gramático que se convirtió en filólogo. Es muy distinto al caso de Bello -él y Cuervo, nadie puede ignorarlo, son las dos figuras egregias en el estudio de nuestro idioma durante el siglo XIX-: Bello fue esencialmente un filólogo, pero se vio obligado a escribir extensamente sobre gramática. Cuando emprende, antes de 1810, su primer trabajo sobre el castellano -el análisis de los tiempos verbales-, lo que se propone es un estudio de lingüística sincrónica, como diríamos hoy. Cuando trabaja hasta el final de su vida en la reconstitución del Cid, hace filología. Y lo que da inconmovible superioridad a su Gramática es la amplitud de visión, de doctrina lingüística y de erudición filológica. Cuervo, al revés de Bello, comenzó como gramático: escribió sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano con el fin de corregir errores del habla en su ciudad natal, aspirante siempre al premio del bien hablar. Obedecía, pues, a imperativos de la sociedad en que vivía. Desde luego, para corregir había que mostrar el buen uso, mediante citas de autoridades. Y Cuervo era ya entonces gran lector y gran observador. Pero a cada edición nueva, de las seis que hubo, desde la príncipe de 1867 hasta la póstuma de 1914, el libro se iba alejando de su propósito didáctico -aunque nunca perdió su estructura de origen- y convirtiéndose en una historia de formas y de giros. Y la historia le jugaba malas pasadas al gramático: a veces las autoridades discordaban y a las formas antes censuradas se les descubrían antecedentes ilustres.[28]

En esta reseña comparativa que hace el gran humanista dominicano Henríquez Ureña en torno a estas “dos egregias figuras” en el estudio del idioma español o castellano durante el siglo XIX, Andrés Bello y Rufino José Cuervo, destaca que Bello inició su incursión en el mundo de la filología desde antes de iniciarse el proceso independentista de Hispanoamérica en 1810 con el estudio de los tiempos verbales, con lo cual se proponía realizar un estudio de lingüística sincrónica, hasta el final de sus días, en 1865, cuando se encontraba trabajando en la reconstitución del Cid Campeador. De igual manera, Henríquez Ureña destaca que la gran superioridad de la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos de Bello está determinada por su amplitud de visión, de doctrina lingüística y de erudición filológica.

De Rufino José Cuervo, el crítico dominicano, destacó que inició su labor intelectual como gramático con su importante trabajo relacionado con la búsqueda de la corrección en el uso del lenguaje de los habitantes de la ciudad de Bogotá, para responder a los imperativos de la sociedad en que vivía. De Cuervo refiere: “nadie, ni siquiera Bello, había conocido como él, hasta entonces ni en América, la historia de nuestro idioma, la historia de cada palabra y de cada giro.”[29] De igual manera, destacó su gran contribución al estudio de la lengua latina y su relación con el idioma castellano, junto al gran lingüista Miguel Antonio Caro, con la edición de la obra conjunta Gramática de la Lengua Latina para el uso de los que hablan castellano, la que pondera como la mejor en su género. Refirió como su obra maestra el Diccionario de construcción y régimen de la lengua castellana, que al momento de su fallecimiento en Francia el 17 de julio 1911, tan sólo había publicado los tomos I y II con las letras A-B-C-D, de lo cual se lamentó amargamente en varias ocasiones, pero que fue publicada póstumamente en ocho tomos desde la A hasta la Z.[30]

Miguel Antonio Caro fue latinista, gramático y presidente de Colombia.

En tanto que, del gran latinista y presidente de la República de Colombia en varias ocasiones, Miguel Antonio Caro, el destacado intelectual dominicano refiere que cultivó la filosofía clásica humanista y fue “autor, en colaboración con Cuervo, de la mejor gramática latina que existe en español, y traductor magistral de la Eneida y de las Geórgicas”, al tiempo que refiere que “hizo versiones de poemas breves de las lenguas clásicas y modernas.”[31] No obstante, de su gestión de gobierno al frente de Colombia y la de sus compatriotas Rafael Núñez y José Manuel Marroquín, a los que califica de “hombres de cultura vastísima y metódica”, dice que “han sido precisamente los creadores de la ruina de su país”. Para, de inmediato agregar: “Bien es verdad que estas tres inteligencias eminentes habían sido formadas en doctrinarismo estrecho, que reducía la filosofía a concepciones teológicas y la literatura a conceptos gramaticales; pero, aun así, cuán monstruosamente inexplicable resulta su deformidad moral.”[32]

Como se observa, los destacados intelectuales hispanoamericanos Bello, Cuervo y Caro, así como posteriormente Henríquez Ureña, fueron del parecer de que era necesario recurrir a los clásicos grecolatinos para buscar los orígenes de nuestro idioma, para estar en condiciones de hacer nuevos aportes a la luz de la realidad de los pueblos que constituyen la región de Hispanoamérica. En este sentido, Henríquez Ureña expresa que el gran secreto para el logro de una auténtica expresión del espíritu hispanoamericano es trabajar honda y tesoneramente en procura de una expresión propia y distintiva, pero teniendo como referencia obligada la expresión del arquetipo, la norma universal y perfecta, que estima, son Grecia y Roma, de quienes afirma: son el “arca de todos los secretos.[33]

Henríquez Ureña, de igual modo, aconseja bajar a la raíz de las cosas que queremos decir, dotando de contenido profundo y forma de expresión sencilla y elegante todo lo que deseemos comunicar a través del arte, de la literatura, la ciencia y la filosofía. En ese orden, sostiene que todo esto debe ser afinado y definido, teniendo siempre presente -cual brújula orientadora en alta mar- el ansia de perfección del espíritu, donde en cada intuición artística de expresión firme vaya implícito no sólo el sentido universal, sino también la esencia del espíritu que la poseyó y el sabor del lar nativo de que procede. Veamos lo que nos dice Henríquez Ureña al respecto:

Llegamos al término de nuestro viaje por el palacio confuso, por el fatigoso laberinto de nuestras aspiraciones literarias, en busca de nuestra expresión original y genuina. Y a la salida creo volver con el hilo oculto que me sirvió de guía. Mi hilo conductor ha sido el pensar que no hay secreto de expresión sino uno: trabajarla hondamente, esforzarse en hacerla pura, bajando hasta la raíz de las cosas que queremos decir; afinar, definir, con ansia de perfección. El ansia de perfección es la única norma. Contentándonos con usar el ajeno hallazgo, del extranjero o del compatriota, nunca comunicaremos la revelación íntima; contentándonos con la tibia y confusa enunciación de nuestras intuiciones, las desvirtuaremos ante el oyente y le parecerán cosa vulgar. Pero cuando se ha alcanzado la expresión firme de una intuición artística, va en ella, no sólo el sentido universal, sino la esencia del espíritu que la poseyó y el sabor de la tierra de que se ha nutrido…Cada grande obra de arte crea medios propios y peculiares de expresión; aprovecha las experiencias anteriores, pero las rehace, porque no es una suma, sino una síntesis, una invención.[34]

La convicción profunda de Henríquez Ureña de que sólo es posible obtener una expresión original y auténtica cuando se busca con amor y denuedo en el suelo nativo, es lo que permite comprender más claramente el por qué nuestro gran humanista hurgó tanto en las raíces históricas y culturales de su propio país, República Dominicana, que en muchos de sus escritos aparece como Santo Domingo -por ser más conocido de esa manera tanto en América como en Europa-, a pesar de haber tenido que residir la mayor parte de su tiempo vital e intelectual fuera de él.

[1] Henríquez Ureña, Pedro. Gramática Castellana. Buenos Aires: Editorial Losada, 1967, p. 11.

[2] Ibidem.

[3] Altamira y Crevea, Rafael (1929).Obras Completas, Tomo XI: Escritos patrióticos, Madrid: Compañía Ibero-Americana de Publicaciones, S.A., 1929, pp. 13-14.

[4] Ibidem, p. 14.

[5] Henríquez Ureña, Pedro. El español en Santo Domingo. Buenos Aires: Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, Volumen VI., 1940, pp. 30-56.

[6] Ibidem, pp. 37-39.

[7] Ibidem, pp. 52-54.

[8] Muñoz Machado, Santiago. Hablamos la misma lengua. Historia política del español en América, desde la Conquista a las Independencias. Barcelona: Editorial Crítica, 2017, pp. 9-10.

[9] Ibidem, pp. 11-12.

[10] Henríquez Ureña, Pedro. El español en Santo Domingo. Buenos Aires: Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, Volumen VI., 1940, pp. 130-133.

[11] Se refiere a la ciudad de Cabo Haitiano, situada en la parte noroeste de la República de Haití, nación con la cual la República Dominicana comparte la isla de Santo Domingo.

[12] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 3:1899-1910, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, p. 25.

[13] Ibidem, p. 29.

[14] Valerio-Holguín, Fernando. Pedro Henríquez Ureña: el intelectual mulato poscolonial. CELEHIS–Revista del Centro de Letras Hispanoamericanas, Año 22 – No. 25 – Mar del Plata, Argentina, 2013, p. 113.

[15] Henríquez Ureña, Pedro. El español en Santo Domingo. Buenos Aires: Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana, Volumen VI., 1940, pp. 133-134.

[16] Portillo Valdés, José María. “La Constitución en el Atlántico Hispano, 1808-1824”. Fundamentos: Cuadernos monográficos de teoría del estado, derecho público e historia constitucional, Nº 6. Coord. por Ignacio Fernández Sarasola, Joaquín Varela Suanzes-Carpegna)., 2010, pp. 176-177.

[17] Portillo Valdés, José María. “Pueblos y Naciones: los sujetos de la independencia”. Alcores: Revista de Historia Contemporánea No. 5, 2008, pp. 68-69. Dialnet-PueblosYNaciones-2776830.pdf.

[18] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 7:1921-1928, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, p. 142.

[19] Sarmiento, Domingo Faustino. Obras de Domingo Faustino Sarmiento, Tomo VII: Civilización y Barbarie. Buenos Aires: Imprenta y Litografía “Mariano Moreno”, 1896, pp. 8-9.

[20] Ibidem, pp. 9-10.

[21] Ibidem, pp. 9-10.

[22] Castro-Gómez, Santiago. Filosofía e identidad latinoamericana. Exposición y crítica de una problemática. Universitas Philosophica, 17-18, dic. 1991- junio 1992, Bogotá, 199, p. 155.

[23] Tales como: Francisco de Miranda, Andrés Bello, Andrés López de Medrano, Domingo Faustino Sarmiento, José Joaquín Pérez, Salomé Ureña, Manuel de Jesús Galván, César Nicolás Penson, Tulio Manuel Cestero, José Martí, Eustacio Rivera, Rómulo Gallegos, Eugenio María de Hostos, Rufino José Cuervo, Miguel Antonio Caro, Gastón Fernando Deligne, Federico García Godoy, Pedro Henríquez Ureña, Max Henríquez Ureña, José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, César Boy Casares, Augusto Roa Bastos, Ernesto Sábato, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, César Vallejo, Juan Bosch, Ramón Marrero Aristy, Manuel del Cabral, Pedro Mir, Domingo Moreno Jiménez, Andrés Avelino, Nicolás Guillén, Franklin Mieses Burgos, Horacio Quiroga, Alejo Carpentier, Joaquín Balaguer, Mariano Azuela, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Miguel Ángel Asturias, Carlos Fuentes, Juan Isidro Jimenes-Grullón, Roberto Fernández Retamar, José Lezama Lima, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, José Donoso, Juan Carlos Onetti, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Arturo Uslar Pietri, Virgilio Díaz Grullón, Marcio Veloz Maggiolo, Manuel Mora Serrano, Manuel Matos Moquete y Andrés L. Mateo, entre otros/as.

[24] Caro, Miguel Antonio y Cuervo, Rufino José Cuervo. Gramática de la Lengua Latina para el uso de los que hablan castellano, Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 2019, p. 7.

[25] Ibidem, p. 8.

[26] Ibidem, pp. 19-20.

[27] Ibidem, p. 24.

[28] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 14:1941-1946, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, p. 233.

[29] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 13:1941-1946, Vol. I. (Miguel D. Mena). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, pp. 356.

[30] Ibidem, pp. 356-357.

[31] Ibidem, 357.

[32] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 3:1899-1910, Vol. II. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2015, pp. 232, 233 y 357.

[33] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 7:1921-1928, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, 2013, p. 144.

[34] Henríquez Ureña, Pedro. Obras Completas, 7:1921-1928, Vol. I. (Miguel D. Mena, Compilador y Editor). Santo Domingo: Ministerio de Cultura de la República Dominicana, pp. 152-153.

Juan De la Cruz

Historiador y profesor universitario

Juan de la Cruz. Doctor en Historia Contemporánea y Máster Universitario en Filosofía en el Mundo Global, Universidad del País Vasco, España. Doctorado en Ciencias de la Educación, Universidad de Ciencias Pedagógicas “Enrique José Varona” de Cuba y Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Maestría en Educación Superior, Universidad Iberoamericana (UNIBE). Licenciado en Historia, Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Docente de la Escuela de Historia y Antropología de la UASD. Comunicador Social. Premio Anual de Historia 2017 “José Gabriel García”, Ministerio de Cultura de la República Dominicana. Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Autor de más de una docena obras de Historia, Ciencias Sociales y Filosofía. delacruzjuan508@gmail.com

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