‘’Más allá del fin del mundo hay un espacio donde el vacío y la sustancia se superponen armoniosamente’’ Haruki Murakami

Hay vacíos que nacen de la ausencia y otros que nacen de la plenitud, que se parecen a una herida, a una habitación abandonada, también a una noche sin estrellas; pero también existen vacíos que son umbrales, espacios abiertos donde algo nuevo puede acontecer. ‘’Reminiscencias del vacío’’ (2026), de Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz, se instala precisamente en esa paradoja: el vacío no es solamente aquello que nos falta, sino aquello que puede disponernos para encontrar lo que todavía no sabemos nombrar. Desde esta perspectiva, el poemario puede leerse como un itinerario espiritual y filosófico en el que el ser humano atraviesa el despojamiento de sí mismo para descubrir, en lo más profundo de su interior, la posibilidad de una Presencia.

El libro comienza en una experiencia de deshabitación. El sujeto poético se encuentra rodeado de abismos: delante hay un túnel, detrás un precipicio, a los lados barrancos y, finalmente, dentro de sí mismo, el vacío. No se trata únicamente de una crisis exterior; el verdadero paisaje del poema es el interior humano. La persona descubre que puede recorrer el mundo entero y, sin embargo, permanecer lejos de sí misma. Puede cruzar océanos, penetrar las profundidades de la tierra o contemplar el espacio sideral, pero ninguna distancia exterior resuelve la pregunta fundamental: ¿quién soy cuando desaparecen mis seguridades?

La respuesta del poemario no consiste en huir del vacío, sino en atravesarlo. Allí aparece una de sus intuiciones más profundas: el camino hacia lo trascendente comienza hacia dentro. El viaje espiritual no es principalmente geográfico. No requiere recorrer miles de kilómetros, sino descender a las regiones más hondas del propio ser. El poeta invita a abandonar la prisa, la dispersión y la superficialidad para navegar hacia el fondo de uno mismo.

Y quizá ahí radique una de las grandes paradojas de la existencia: buscamos constantemente fuera aquello que solamente puede ser reconocido dentro. Acumulamos experiencias, conocimientos, objetos, relaciones y proyectos para llenar un espacio interior que, sin embargo, continúa reclamando algo más. La sociedad contemporánea suele enseñarnos a llenar inmediatamente cualquier vacío. Si estamos solos, buscamos compañía; si sentimos tristeza, buscamos entretenimiento; si aparece la inseguridad, buscamos dinero, reconocimiento o poder. El poemario propone exactamente lo contrario: no llenar apresuradamente el vacío, sino aprender a habitarlo.

Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz.

‘’Vacíame de toda avidez y voracidad, y cólmame con tus sagrados alimentos así no me dañaré a mí mismo ni a otros dominado por los caprichos de mi gula’’ (página 25)

No busques más allá de las estrellas lo que tiembla dentro de tu pecho. Hay caminos que no tienen huellas, puertas que se abren hacia adentro.

Detente.
Deja que el silencio pronuncie tu nombre sin palabras.
Deja que el vacío te desnude de aquello que creías ser.
Quizá cuando ya no quede nada,
cuando se apaguen tus mapas,
descubras que el camino siempre estuvo esperándote en el centro de tu alma.

El vacío, entonces, se convierte en una experiencia de despojamiento. El sujeto poético pide ser podado, limpiado, transformado. No quiere simplemente adquirir nuevas cosas; quiere desprenderse de aquello que le impide recibir. Esta imagen es esencial: para que una vasija pueda contener agua debe tener espacio; para que una tierra pueda recibir una semilla necesita estar abierta; para que una persona pueda entregarse al amor necesita desprenderse de la obsesión por poseerse completamente a sí misma.

‘’Purifica mis actitudes con la brisa serena de tu presencia callada’’ (página 15)

Esta idea conecta con la noción de “descreación” que aparece en el poemario a través de Simone Weil: la transformación espiritual exige una cierta renuncia del ego. El yo no desaparece porque deje de existir, sino porque deja de considerarse el centro absoluto de la realidad. La persona se vuelve capaz de decir: no soy todo, no lo controlo todo, no comprendo todo, no puedo sostenerme únicamente desde mí mismo.

Desde una perspectiva filosófica, esto cuestiona una concepción excesivamente autosuficiente del sujeto. El ser humano moderno ha aprendido a pensarse como dueño de su destino, constructor de su identidad y administrador de su propia existencia. Pero el poemario introduce una pregunta incómoda: ¿Qué sucede cuando dejamos de controlar? ¿Qué queda cuando nuestras categorías, nuestras explicaciones y nuestras seguridades ya no alcanzan?

La respuesta aparece en la experiencia del misterio.

El misterio no es simplemente aquello que todavía no conocemos. Es aquello que, incluso cuando intentamos conocerlo, permanece mayor que nuestra capacidad de comprender. En ‘’Reminiscencias del vacío’’, Dios aparece precisamente bajo esta condición: como lo invisible, lo inaudible, lo inasible, lo inefable y lo ininteligible. Los sentidos humanos funcionan como ventanas hacia el mundo, pero se encuentran frente a una presencia que los supera.

El vacío que se llena de infinito: una poética del despojamiento y de la presencia

‘’Trascendida toda idea y percepción me abismo en ti, el inconcebible e innombrable. En ti que sin ser de alguien a nadie ni a nada posees’’ (página 33)

Por eso el silencio adquiere una importancia fundamental. Cuando las palabras ya no alcanzan, el silencio no significa necesariamente ausencia. Puede convertirse en una forma diferente de conocimiento. El poeta descubre que hay verdades que no pueden ser encerradas en conceptos. Hay experiencias que solamente pueden ser aproximadas mediante símbolos, metáforas, paradojas y poesía.

El lenguaje poético se convierte así en una especie de puente entre lo visible y lo invisible.
Dije tu nombre y el nombre se quedó pequeño.
Te busqué en los libros, y las páginas se volvieron silencio.
Te busqué en las imágenes, y los rostros desaparecieron.
Te busqué en mis preguntas, y mis preguntas se hicieron noche.
Entonces dejé de buscarte.
Y en aquel instante en que mi voz se apagó, el silencio comenzó a respirar.
No dijiste nada.
Pero todo estaba diciendo tu nombre.

La paradoja constituye uno de los recursos filosóficos más importantes del poemario. El texto afirma que se puede ser más pleno cuanto más vacío, más libre cuanto más dependiente, más rico cuanto más pobre y más uno mismo cuanto más entregado.

Estas afirmaciones parecen contradictorias porque desafían la lógica habitual. Sin embargo, tienen sentido dentro de una concepción espiritual del ser. Si el ego se entiende como aquello que quiere poseerlo todo, dominarlo todo y retenerlo todo, entonces desprenderse puede convertirse en una forma de libertad. Si la plenitud se entiende como acumulación, el vacío es fracaso; pero si la plenitud se entiende como apertura, el vacío se convierte en posibilidad.

La gran paradoja del poemario puede resumirse así: vaciarse no significa quedarse sin nada; significa dejar espacio para aquello que no puede entrar donde todo está ocupado.

Por eso el vacío aparece como una especie de matriz, no como una tumba definitiva, más bien como un vientre. No es únicamente abismo, sino posibilidad. El poemario lo presenta como humus fecundo, vientre oceánico y silencio del cielo en el que la presencia divina puede cristalizar en el alma.

Aquí la dimensión filosófica se encuentra con una dimensión profundamente existencial. Todos experimentamos momentos de vacío: pérdidas, soledad, incertidumbre, preguntas sin respuesta, rupturas, cambios, silencios. En esas experiencias puede parecer que la vida ha perdido su sentido. El poema ‘’Sin Ti’’ representa precisamente un mundo que pierde sus colores, sus sabores y su capacidad de significar: todo se vuelve gris, insípido e incompleto.

Pero el poemario no se queda en esa desesperanza. La convierte en pregunta. ¿Y si el vacío no fuera el final? ¿Y si la ausencia también pudiera ser una forma misteriosa de presencia?

‘’Acepta mi vida en holocausto como vitrina que se consume totalmente en tu presencia’’ (página 21)

Esta es una de las ideas más bellas de la obra: Dios puede estar presente precisamente cuando parece ausente. El poeta afirma que la partida puede partirlo, pero también descubre que la presencia puede manifestarse en la ausencia.

Te fuiste, y quedó tu silencio.
Pensé que el silencio era vacío, pero tenía tu forma.
Pensé que la noche era ausencia, pero respiraba tu memoria.
Pensé que estaba solo, y entonces descubrí que hay presencias
que solamente pueden sentirse cuando los ojos ya no encuentran.
Desde entonces, cuando no te encuentro, no digo que te has ido.
Digo que has aprendido a esconderte dentro de mi silencio.

En esta experiencia aparece también la memoria. El título ‘’Reminiscencias del vacío’’ resulta revelador porque el vacío no es simplemente una experiencia presente: está lleno de recuerdos, huellas y resonancias. El sujeto poético recuerda lo que fue, lo que es y lo que espera ser. El pasado, el presente y el futuro se encuentran en una misma experiencia espiritual.

La memoria se convierte entonces en una forma de trascendencia. Recordar significa afirmar que aquello que ocurrió no desapareció completamente. Algo permanece. Una persona puede ausentarse, una etapa puede terminar, un cuerpo puede morir, pero las huellas continúan. La memoria es una resistencia contra la nada absoluta.

El vacío que se llena de infinito: una poética del despojamiento y de la presencia

Sin embargo, el poemario va todavía más lejos. No pretende únicamente conservar el pasado, sino transformarlo. El dolor, las heridas y las ausencias pueden convertirse en materia poética. En ‘’Desbordando el vacío’’, el poeta no intenta cerrarlo ni ocultarlo: recoge sus fragmentos, besa sus heridas y convierte la página en blanco en espacio para la revelación.

Aquí aparece una concepción muy poderosa de la poesía: poetizar es darle forma a lo que duele sin destruir su misterio. La poesía no elimina necesariamente el absurdo; lo contempla, lo atraviesa y lo convierte en palabra.

No cerré la herida.
La dejé abierta para que entrara el amanecer.
No escondí mis ruinas.
Las puse una junto a otra como quien arma lentamente el rostro de una plegaria.
Mi dolor no desapareció.
Aprendió a escribir.
Y cada lágrima que cayó sobre la página abrió una puerta.
Por ella entró la luz.

La última dimensión del recorrido es la transformación. El vacío comienza como desolación, se convierte en búsqueda, luego en despojamiento, después en misterio y finalmente en apertura. La persona ya no desea llenarse de objetos, prestigio, proyectos o seguridades. Descubre que ninguna de esas cosas puede responder a la pregunta última por el sentido. En el poema “Dios mío y todas las cosas”, el sujeto reconoce que había intentado llenar su pequeñez con prestigio, placer, dinero, honores y posesiones, hasta descubrir en Dios su alimento, su plenitud y su todo.

Esta transformación también implica una ética. El encuentro con Dios no queda encerrado en una experiencia individual. El sujeto quiere convertirse en espejo, imagen, modelo, símbolo e icono para que otros puedan encontrar en él una señal de aquello que contempla. La espiritualidad del vacío, por tanto, no es una fuga del mundo. Al contrario, cuanto más se vacía el sujeto de sí mismo, más espacio puede ofrecer a los demás.

‘’Empápame con el rocío de tu aurora, nútreme con el agua de tu frente, endúlzame con la miel de tus labios, embriágame con el vino de tu sangre y sáciame con la leche de tus pechos’’ (página 16)

El vacío se convierte así en don.
Ya no quiero llenarme.
Quiero ser hoja.
Una hoja limpia, sin el peso de mi nombre,
sin la arrogancia de mis certezas,
sin la jaula de mis deseos.
Que escriba en mí el silencio.
Que dibuje el viento lo que yo no sé decir.
Que el amor deje su huella como una semilla invisible.
Y cuando ya no quede nada mío,
cuando mi último trazo desaparezca,
quizá entonces comprenda:
no era vacío lo que habitaba en mí.
Era espacio.
Espacio para ti.

El recorrido culmina en ‘’Tábula rasa’’, donde el poeta se imagina como una hoja inmaculada. Ya no es el escritor que pretende dominar el poema, sino el poema mismo que acontece. Esta imagen resume toda la obra: el verdadero vaciamiento no es aniquilación, sino disponibilidad.

La hoja en blanco puede parecer nada, pero contiene todas las posibilidades. El silencio puede parecer ausencia, pero contiene todas las palabras que todavía no han sido pronunciadas. El vacío puede parecer muerte, pero puede ser también el lugar donde comienza una nueva forma de existencia.

Quizá esa sea la enseñanza filosófica más profunda de ‘’Reminiscencias del vacío’’: no todo vacío necesita ser llenado. Algunos vacíos necesitan ser contemplados, atravesados y acogidos. Hay espacios interiores que solamente pueden convertirse en plenitud cuando dejamos de luchar contra ellos.

El ser humano, en última instancia, es un ser abierto. Nunca está completamente terminado. Siempre existe una distancia entre lo que es y lo que puede llegar a ser. En esa distancia aparece el deseo, y en el deseo aparece la posibilidad de trascendencia. El vacío es justamente esa apertura: la grieta por donde puede entrar lo inesperado.

Por eso el vacío tiene dos rostros. Uno mira hacia la nada, hacia la pérdida, la soledad, la herida y el absurdo. El otro mira hacia la posibilidad, la presencia, la comunión, la transformación y el misterio. El poemario reconoce ambos rostros y no intenta eliminar la contradicción. Al contrario, la abraza.

El vacío duele, pero también abre.
La ausencia hiere, pero también revela.
El silencio desconcierta, pero también escucha.
La muerte despoja, pero también puede convertirse en tránsito.

Y el yo, cuando finalmente renuncia a ser el centro de todas las cosas, descubre algo inesperado: que perderse puede ser otra manera de encontrarse.

Fray Jit Manuel Castillo de la Cruz.

En esa última paradoja reside la belleza de ‘’Reminiscencias del vacío’’. El poeta comienza buscando a Dios en medio del abismo y termina descubriendo que el abismo mismo puede ser un lugar de encuentro. Comienza sintiéndose deshabitado y termina convertido en morada. Comienza intentando llenar su vacío y termina comprendiendo que debe vaciarse para recibir. Comienza queriendo escribir y termina convirtiéndose en hoja.

Quizá el verdadero vacío no sea la ausencia de Dios, sino la ausencia de aquello que nos impide reconocerlo.

Y quizá la plenitud no consista en poseerlo todo, sino en llegar a ser tan transparentes que ya nada nos impida contemplar la luz.

Al final, queda solamente la hoja blanca, abierta, silenciosa.

Y en ella, sin que la mano del poeta la fuerce, comienza a acontecer el poema.

Evelyn Ramos Miranda

Poeta y narradora

Evelyn Ramos Miranda. Nació en Santo Domingo un 9 de febrero. Obtuvo una licenciatura en Educación Inicial y una maestría en Administración y Supervisión de Programas de Educación Inicial en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Catedrática de Educación en varias universidades. Ha sido funcionaria en diversas instituciones públicas como coordinadora de Educación en (MINERD, CONANI, IDSS y subdirectora de la Estancia Infantil de la UASD). Es Gestora Cultural. Labora como Coordinadora en la Casa de la Rectoría de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. -Miembro del Ateneo insular Interiorista. -Libros: 1, 2, 3 lindas poesías para ti ( 2024), Odette y las mariquitas de papel (2025), El Charamico Mágico de la Navidad( 2025), y Voces de mi patria(2026). Sus poemas han sido publicados en revistas culturales y periódicos e incluidos en varias antologías, destacando Al filo del Agua, del Taller Literario César Vallejo de la UASD; Sororidad, Poesía y Narrativa (2020). Y Antología: Colección Poética Lacuhe (2022), Antología (poesía y narrativa) Detrás de las máscaras (2023). Tiene dos libros publicados: Al filo del vuelo (2023) y El País de los Dulces (2023). Ha participado en diversas Ferias Internacionales del Libro en Santo Domingo, New York, Colombia y Venezuela, como conferencista y poeta. También en diferentes tertulias y recitales del país y Puerto Rico. Es miembro del grupo poético Mujeres de Roca y Tinta. Egresada del Taller Literario César Vallejo de la UASD.

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