Tengo entre mis manos un libro de poesía que es, en sí mismo, un poema, como suele decirse cuando algo, un objeto, un filme, un pas de deux, una expresión determinada, un paisaje, regocija nuestros sentidos y nos resultan inasibles de tanto que nos gratifica, pero no lo podemos definir del todo. Es, grosso modo, lo que me sucede con este libro, que sobrepasa el horizonte de lo sublime y nos lleva, inexorablemente, a disfrutar la hechura toda del volumen. Hay libros que deberíamos consumir con los cinco sentidos, o más bien, permitirnos ser consumidos, o consumados, por ellos, en los incontables sentidos en que lo pueda hacer un libro determinado; ese objeto trascendental que ha sobrevivido lo humano y lo divino. Todo libro debería ser venerado. Pero este es uno de esos ejemplares que bien podría prestigiar cualquier biblioteca. Es un libro de un exquisito cuidado de diseño, ilustración y contenido. Un abrazo entre el cuerpo formal y el del contenido. Una obra cuya temática erótica hacen, por demás, un guiño de complicidad con todo amante de la poesía escrita por mujer que se sabe Pitonisa, Venus, Artemisa o todas a la vez.
«El templo del deseo», de Mikenia Vargas, natural de la Cumbre Moca, República Dominicana, es uno de esos libros de los que les venía comentando. Un compendio de intenciones muy bien concebidas a todas luces. Un ejemplar que se gana al lector desde que lo tenemos delante; sólido, tapa dura, imagen de portada sugerente y tres puntos suspensivos. Detenerme en su portada es para mí, incluso como fotógrafo de arte, una parada obligatoria que les comentaré in extenso.

La portada de «El templo del deseo» es, a simple inspección, mucho más que el envoltorio gráfico de un libro, podría funcionar como el primer poema visual del volumen. Antes de que el lector acceda a un solo verso, la carta de presentación inicia desde la mismísima imagen de portada, constituyéndose en el primer uni-verso simbólico donde se desarrollará una poética del erotismo concebida como (pro)vocación motivada, entiéndase, estimado lector, que usted va a leer medio centenar de poemas en su inmensa mayoría desde la óptica de una mujer que expone la sensualidad como experiencia espiritual, corporal y estética con absoluta responsabilidad literaria, desenfado personal y, por qué no, vivencial.
La fotografía elude deliberadamente los códigos más previsibles de la literatura (y el arte) erótica. No hay cuerpos expuestos ni gestos de seducción explícita. La figura femenina aparece casi de espaldas, descalza, no sabemos a ciencia cierta si ascendiendo o descendiendo lentamente por una escalinata de piedra iluminada por decenas de velas, por cuyos peldaños aparece el transcurrir del tiempo con la parsimoniosa presencia que lo suele hacer la presencia de la hojarasca. Esa decisión compositiva desplaza el erotismo desde la exhibición del cuerpo hacia el territorio del enigma. ¿Qué mujer no es, en su plenitud, un conjurado enigma? De tal manera que el poder de sugerencia se va a ir adueñando del lector o lectora nada más tener en la mano este ejemplar. El deseo no se ofrece de plano como espectáculo carnal; se convierte más bien en un cortejo ritual de iniciación.
Un rito que va a movernos por el espacio útil de la imagen con sutileza compositiva. La modelo se desplaza en dirección contraria al sentido de la vida, me explico, los occidentales leemos, de izquierda a derecha, por lo general las leyes de la fotografía tienen su propio antojo, sin embargo, es el caso de una imagen cuya protagonista pareciera salir de la escena, de espalda al enunciado del título del poemario, rompiendo códigos tradicionales de composición, la semántica de la imagen pulsa con los códigos cinematográficos, y eso es ya de por sí perturbador, sensualmente perturbador, pero dejando muy despejado la imaginería del espectador. Y aún no hemos entrado al texto.
La elección de mostrarnos a la mujer medio de espaldas me resulta bastante afortunada. Notemos que la identidad de la modelo permanece velada, preservando así cierto halo de misterio y dejando el escalón de la imaginación para que cualquier espectador imagine el rostro de esa figura, y vaya templando su propia expectativa del deseo. Haciéndola su oportuno «credo poético» No observamos un personaje que podamos identificar de plano, pero es notable el arquetipo de alguien que emprende un viaje (interior) hacia el exterior de la «página». Notemos también cómo cada escalón parece conducirnos hacia otro espacio arquitectónico no definido del todo en la imagen, lo cual nos permite conjeturar un vieja otro hacia una zona desconocida de la conciencia y de la sensualidad que nos esperan detrás del umbral. Luz de una luz…
Y notemos más todavía…El vestido rojo del personaje constituye el eje cromático de la composición. No es un rojo estridente, es un carmesí cálido e intensamente simbólico. Y usted ya lo sabe, es el color de la sangre, de la pasión, del fuego y de la vida, pero también de la energía vital que impulsa el ascenso hacia una revelación íntima. El deseo. Mas, frente a los tonos grises de los peldaños graníticos, ese escarlata adquiere una fuerza visual extraordinaria que nos irá acompañando a todo lo largo y ancho de muchas páginas, ilustraciones, viñetas, breves textos a manera de aforismos o simples versos dejados a la vera de la contemplación quizás como «ofrendas» que la autora arranca de su cuerpo lírico. El cuerpo femenino promete, desde que abrimos este libro, convertirse en llama viva que asciende hacia el sentido litúrgico del erotismo. La autora trasmite, desde la cubierta misma, que el erotismo será una peregrinación hacia un acto de conocimiento, una forma de iluminación, dice Mikenia, donde cuerpo y espíritu participan de una misma ceremonia que es, cito, «vivencia, ofrenda y revelación.».
La composición visual de esta portada es un ejercicio cómplice entre diseño y poética que revela un notable equilibrio. La figura humana se desplaza hacia el tercio izquierdo como ya hemos señalado, mientras que el bloque tipográfico ocupa el derecho; en apariencia en dirección contraria uno del otro, pero sabemos que no es más que un subterfugio femenino delirantemente bien conceptualizado, que establecen por demás un diálogo armónico entre imagen y texto. Las líneas verticales —rojas por añadidura— que acompañan el título consiguen prolongar la visualidad de un extremo a otro en un movimiento ascendente de la escalinata y refuerzan la sensación de elevación espiritual. Todo obliga la mirada hacia arriba, lo mismo que hacia abajo, como si la intencionalidad implicara una búsqueda desde lo cimero hasta la profundidad de aquellos pasos por los que se atraviesa en la portada.
Sin embargo, desde el punto de vista editorial, el diseño de la portada de «El templo del deseo» exhibe sobriedad y elegancia. La tipografía evita cualquier exceso ornamental y permite que sea la fotografía la verdadera protagonista. Sin duda alguna esta portada transmite refinamiento sin renunciar a una poderosa carga emocional y simbólica como hemos visto, confirmando un trabajo gráfico detallada y cuidadosamente concebido. Por otra parte, la edición de un libro en tapa dura no constituye únicamente una decisión estética o económica; confiere al libro la presencia de un objeto destinado a perdurar. Y creo que, acaso, su contenido también justiprecie estas consideraciones. La calidad del diseño interior, impecable en su organización visual, convierte la lectura de la poesía de Mikenia Vargas en una experiencia placentera donde forma y contenido dialogan constantemente, o para decirlo a la manera el poeta español Antonio Machado en su texto «Proverbios y cantares (XXIX), "Golpe a golpe, …”», y que más tarde popularizara el cantautor Joan Manuel Serrat. El lector percibirá así, que cada detalle —desde la selección tipográfica hasta la distribución del espacio en estas páginas— responde a un criterio editorial de excelencia «… verso a verso.».
La portada de este libro sintetiza admirablemente la naturaleza del poemario. Ella anuncia una escritura que comprende el deseo del cuerpo femenino como una fascinación de goce mutuo y correspondido como esa energía creadora, placentera, capaz de fundir, —también en versos— pasión, belleza, misterio y trascendencia dentro de una imagen fotográfica. En este sentido debemos admitir que la portada cumple una de sus funciones más complejas del diseño editorial, no ilustra literalmente el contenido del libro, no lo regala, pero sí lo interpreta en espíritu y…deseo. Siéntanla como una in(c)vitación silenciosa para cruzar el umbral de un libro donde el erotismo deja de ser un mero tema más para convertirse en un territorio poético de revelación donde «el alma y la carne finalmente se reconocen». El lector comprenderá, incluso antes de abrir la primera página, que el «templo» al que será conducido no está construido con «guijarros monolíticos», sino con palabras preñadas de sensualidad; y que el «deseo», en la poética de Mikenia Vargas, se constituye en otra forma del conocimiento del ser, de liberación, de plenitud y de celebración henchida por la más sublime y voluptuosa condición humana.
Caramba, pero me he detenido en la portada y su imagen y diseño como si su impacto me impidiera alcanzar la «ofrenda» que contiene sus poco más de ciento diez páginas. Este libro tampoco me permitió leerlo de manera aleatoria como otros poemarios. Fui directo al primer texto. He compartido muchas en ocasiones que me gusta entrar lo menos contaminado posible a un libro de poesía. De manera que me salto siempre algunas páginas, aun cuando sean los «credos poéticos» que las definen. Sí, voy al encuentro prístino con la poesía, pero hago una cita de inmediato: «el fuego no se apaga de golpe». Y uno entiende ese verso como una señal ipso facto. Sobre todo, cuando en el reverso siguiente se abre de página en página al lector un texto como «Oráculo de la carne». Un texto dije, pero, en realidad, suena más a una sentencia. Leamos y dediquémosle alguna mirada más detenida a este poema:
Oráculo de la carne
No me supliques, amor, que si te beso,
te morderán los labios que me han besado.
En mí habitan bocas de otras lunas,
el secreto de las leguas en la sangre.
Si me rozas, escucharás el canto
de mis cuerpos,
el agua que amó antes del nombre.
Soy la vasija del tiempo,
guardián de resplandores.
Pero no me supliques,
porque al besarte no sabré detener el rito:
y se abrirá el círculo;
entre tus manos serán todas mis sombras,
los ecos,
la bruma de los cuerpos soñando con el tuyo;
despertarán las constelaciones,
la música que flota entre los mundos,
se abrirán las memorias,
y yo seré relicario encendido,
una llama que lleva todas las manos.
Si me tocas,
mis labios serán oráculo y condena,
la promesa del alma
que se reconoce en el espejo
de otra eternidad.
Se abrirá mi carne sobre la tuya,
y vendrá el fin del mundo.
Si me besas, no habrá retorno:
la noche beberá tu sombra,
te morderán mis labios y los otros
(esa diminuta boca que he perdido).
Despertarás los nombres de los que amé,
y sus lenguas volverán a arder entre las nuestras.
No me supliques, amor, que si te beso,
seré templo y condena,
altar donde el deseo oficia su rito.
Ningún tiempo nos traerá de vuelta;
seguiré con mi círculo abierto, y verás mis
fantasmas danzando con los tuyos.
Serás mi ofrenda y mi reflejo,
el dios que muere,
el despertar de los hombres que amé
en otras sombras.
Nos romperá el deseo y la muerte.
Y cuando todo cese,
escucharé un eco dentro.
No temeré…
será mi alma recordando lo que fuimos;
será el origen repitiéndose en mi carne;
será tu alma volviéndose a mi nombre,
porque aún en las cenizas
nos arderemos.
La poesía de temática erótica ha sido ampliamente tratada en la tradición lírica universal como una experiencia literaria con visos de experiencia personal “y también viceversa”; sin embargo, hay autores que han optado por la representación de su sed en ese sentido. «Oráculo de la carne», es un texto pertenece a una categoría más infrecuente, la de los escritos en versos que instauran una cosmovisión del deseo carnal propiamente dicho. Desde su título, el poema desplaza el cuerpo del ámbito biológico hacia el territorio de la revelación. La carne deja de ser materia perecedera para convertirse en un espacio profético donde confluyen el deseo, la memoria, el tiempo, la muerte, la identidad y tres puntos suspensivos. Nuestra autora no ha escrito un poema amoroso en sentido convencional; más bien se nos anuncia una liturgia del eros como (re)conocimiento del Ser. Digamos que un poema ardoroso entonces.
La voz poética va más allá de los posesos temblores, de febriles apetitos, por tanto, siento que no habla desde la psicología sino desde una conciencia arquetípica de la experiencia amatoria. El "yo" que enuncia ha dejado de ser individuo para convertirse en una entidad plural, casi mítica, depositaria de todas las experiencias amorosas anteriores. En ello radica una de las mayores virtudes del texto, justamente el erotismo deja de ser un acontecimiento privado para convertirse en experiencia ontológica. Para Mikenia Vargas el cuerpo deja de ser únicamente materia del deseo para convertirse en territorio de revelaciones.
El amor tampoco aparece reducido al encuentro entre dos individuos, ella, (la voz lírica o la autora, qué más da) lo vierten en la página como una vivencia en la que confluyen todas las vidas que habitan a quienes se aman. Cada beso contiene otros besos; cada cuerpo arrastra sus anteriores identidades; cada encuentro despierta una memoria que parece anterior incluso a la palabra. Y todo esto ocurre, dice la poeta, como «un eco dentro».
Otro de sus aciertos reside precisamente en la coherencia de su universo simbólico. Los labios, la boca y la lengua articulan una doble dimensión: son órganos del deseo, pero también instrumentos del lenguaje. De ahí la poderosa imagen de «las lenguas en la sangre», donde la lengua puede ser simultáneamente idioma y cuerpo, palabra y deseo. La sangre, sin dudas, deja de representar únicamente la herencia biológica para convertirse en memoria ancestral, en depósito de (otras) voces, genealogías y amores.
En ese constructo simbólico destaca también el agua, elemento originario de lo vital, asociada aquí a un tiempo anterior a lo nombrado y, por tanto, anterior a la cultura y a esas clasificaciones con las que intentamos ordenar nuestra existencia. Por eso siento la imagen de «el agua que amó antes del nombre» como ese ímpetu que nos devuelve el deseo a su condición primordial, es decir, antes de que el ser pudiera ser nombrado, ya existía la materia, ya existía cierto misterio. El misterio.
Semejante fuerza adquiere la metáfora de la vasija: «Soy la vasija del tiempo». El cuerpo femenino aparece entonces como recipiente de la memoria, del instante y de la transformación. No se trata de un cuerpo que simplemente atraviesa la historia, sino aquel que la contiene toda. En esta concepción, la carne adquiere una dimensión casi alquímica, en ella se conservan y se transforman las experiencias que constituyen al sujeto.
Por otro lado, el círculo abierto, las sombras, el espejo, el templo y el altar completan esta red de significaciones. El círculo remite al eterno retorno y a la continuidad del deseo; las sombras representan las vidas y los amores anteriores que permanecen acompañando al presente; el espejo ya no devuelve un rostro, sino la posibilidad de reconocerse en el otro. Y cuando el cuerpo se convierte en templo y altar, el poema desplaza la experiencia religiosa hacia el territorio de la conscupiscencia, entonces la trascendencia ya no está fuera del cuerpo, sino dentro de él. Esta dimensión, casi ritual, viene atravesando todo el poema. Oráculo, templo, altar, rito, ofrenda y condena pertenecen a un mismo campo semántico. El erotismo de Vargas adquiere así una naturaleza ceremoniosa. El deseo no explaya solamente como un impulso corporal, pareciera ser su forma de comprender y comprenderse a sí misma. El beso deja de ser una condición, un simple contacto para convertirse en un acontecimiento revelador; el encuentro amoroso podría significar la destrucción de una identidad anterior y, en consecuencia, el nacimiento de otra. Otra en su multiplicidad.
De ahí que una de las grandes metáforas estructurales del texto sea precisamente la del cuerpo como una especie de archivo del universo, donde convergen nombres, memorias, ánimas, músicas, constelaciones, ritos y danzas y tiempos y todas las manos y promesa y fuego y cenizas. Lo individual contiene lo universal. Porque para Mikenia la experiencia íntima se transforma en experiencia cósmica que deviene en reverberaciones sensoriales. La poeta consigue, así mirado, que la “biografía” corporal dialogue con una dimensión más amplia y universal del ser. Esta perspectiva conduce a una dimensión filosófica particularmente sugerente en la que nadie ama desde una individualidad abstracta y absoluta. Cada sujeto lleva consigo las experiencias que lo han construido. La identidad aparece fragmentada, múltiple, habitada por presencias anteriores que nos dejaron cada una su ADN oracular. Sin embargo, esta fragmentación aparente ella no la presenta como carencia, todo lo contrario, la sentencia como riqueza espiritual ardorosa. Para Mikenia Vargas, quiero pensarlo de esta manera, el Yo no es uno en los demás, es una suma de memorias, voces y cuerpos de los demás en nosotros.
En este sentido, el erotismo de «Oráculo de la carne» se distancia de la descripción meramente sensorial. Es un erotismo presagioso y metafísico. Los cuerpos cantan, sueñan, desean, pero también piensan; los labios besan, pero al mismo tiempo recuerdan; la carne siente, pero además interpreta. La memoria se abre y al mismo tiempo salvaguarda la experiencia amorosa. Cada aproximación corporal parece conducir hacia una pregunta esencial por el tiempo, la identidad, la evocación y el misterio de la existencia desde el acto mismo de copular. ¿O me equivoco?
Al final, «Oráculo de la carne» puede leerse como una celebración de la corporeidad entendida no como límite final, sino como esa posibilidad místico-carnal para el discernimiento de la naturaleza o la razón de ser humana. La carne habla porque recuerda; recuerda porque ha vivido; y vive porque conserva en sí misma las huellas de otros cuerpos, otros tiempos y otras experiencias que a su vez llevan sus propias reminiscencias. Y ahí, acaso ahí, «oficia su rito» la poeta. Mikenia Vargas convierte el erotismo en una vía hacia el misterio del ser. El beso se transforma en destino; el cuerpo, en memoria; la sangre, en historia; el deseo, en ceremonia; y la carne, por si fuera poco, en todo un lenguaje. En esa arquitectura reside la fuerza de un poema que aspira a fundar una metafísica del cuerpo: una poesía donde amar no significa únicamente encontrarse con otro, darse a otro, sino reconocerse, a través del otro, penetrarlo para atravesar sus luces y sus sombras en la interminable memoria de lo que fuimos en otros y otros en nosotros; en lo que somos y seremos como «la promesa del alma».
Y, hablando de promesas, les prometo tomar un aire y regresar sobre otros poemas de este “libro caracol”; sí, en él hay rumores, susurros, mareas de otras danzas vaporosas con las que me gustaría dialogar más adelante, de momento, amados lectores, suban los escalones de la lectura de este poemario, penetren el umbral de ese tempo de imágenes, metáforas, sed, apetitos y déjense llevar por los deseos de…Mikevia Vargas, una voz poética «del fuego y la forma» en la poesía erótica dominicana contemporánea.
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