“La poesía de Paz está enamorada del tiempo”. Juan Malpartida

La poesía niega la historia: se revela en conciencia del tiempo; es, más bien, experiencia temporal del lenguaje y batalla contra el tiempo. Deviene en disipación de la gravedad; es pues representación espiritual de la percepción del ser. Se escribe contra las ideologías y contra la historia. No contra la filosofía, su hija bastarda, con quien libró una querella histórica, que deparó en relación de atracción y repulsión. El poeta busca un estado de gracia, un estado psíquico que no siempre encuentra, y que es su propia voz interior, esa otra voz que nace de la orilla de la temporalidad y del vacío.

Uno de los temas que más espacio de reflexión ocupó en el mundo intelectual y filosófico de Octavio Paz fue el tiempo. Y de ahí que expresó, tanto en su obra poética como en algunos de sus ensayos, su concepción circular, no lineal, del tiempo. Así pues, el tiempo como categoría filosófica, aparece en su “poética del instante”[1], y en no pocos de sus poemas, por lo que conforma una especie de motor técnico e imaginario, que dinamizó su sensibilidad escrita, y constituyó su centro de gravedad estética.

La poética surrealista habría de signar, desde luego, su imaginación y constituir la piedra de toque de la técnica del simultaneismo, procedimiento en que Paz presenta a la vez dos imágenes paralelas, que ponen en crisis el tiempo del poema, como se observa en estos versos, de su libro La estación violenta:

“Este instante soy yo. Salí de pronto de mí mismo,

No tengo nombre ni rostro,

Yo está aquí, echado a mis pies, mirándome

Mirándose mirarme mirado” (Paz 14, 1990:323).

Este recurso poético del simultaneismo, inventado por los poetas franceses, en especial por Guillerme Apollinaire y Blais Cendras y los surrealistas -luego asimilado por Pound y Eliot-, fue aprovechado con gran rentabilidad estética y técnica por Paz, en gran parte de sus poemas, constituye una exploración en la temporalidad y la espacialidad poéticas. Obsérvese este célebre y fascinante poema titulado Aquí, de Días Hábiles (1958-61:

Mis pasos en esta calle

Resuenan

En otra calle

Donde

Oigo mis pasos

Pasar en esta calle

Donde

Solo es real la niebla (Paz 25, 1997:269).

Otro procedimiento poético usado por Paz fue el del doble, tan caro a Fernando Pessoa, Valery Larbaud y Antonio Machado, y que también fue peculiar a la estética de los surrealistas. La exploración en la dualidad de la conciencia humana y su expresión en el otro yo poético constituye un recurso de gran rentabilidad expresiva. Tal y como apunta Rachel Phillips en su libro Las estaciones poéticas de Octavio Paz: “La concepción paciana del doble es esencial para su visión poética, y sus escritos en prosa repiten este hecho una y otra vez” (Phillips, 1976:117). Phillips divide las estaciones poéticas del mundo de Octavio Paz en varios modos: modo mítico, modo surrealista, modo semiótico y modo en armonía. De esa técnica se deriva en Paz el tema de la otredad, que tiene sus antecedentes reflexivos en El laberinto de la soledad, en donde el yo poético transfigura al yo biográfico. Dice el Nobel mexicano: “La poesía no dice: yo soy tú; dice: mi yo eres tú. La imagen poética es la otredad” (Paz 6, 1998:261).

La figura del doble en él participa como correlato de sus angustias y ansiedades existenciales. Su obra es, en efecto, un permanente diálogo con el otro, una conversación con su yo interior. Su doble poético encarna la experiencia testimonial de sus dudas vitales, que actúan a la vez como un espejo en la búsqueda de su sentido ontológico, tras su alter ego. La pugna entre el yo interior y el yo exterior le confiere, a su empresa poética, una dialéctica laberíntica que transfigura su personalidad, en su batalla contra el tiempo real, entre la sombra y la luz, la ausencia y la presencia, la máscara y la identidad. La obsesión con el uso del doble como motivo de creación lo condujo a la búsqueda trascendente de verdades ontológicas y espirituales, y a reconciliarse con el tiempo material, como cuando dice:

“Vuelvo el rostro: no soy sino la estela

de mí mismo, la ausencia que deserto,

el eco del silencio de mi grito” (Paz, 1990:132).

O cuando juega con la introspección y la trascendencia, con la mismidad y la otredad, rasgos tan reiterativos en su estrategia poética y en la creación de su mundo verbal:

“De una máscara a otra

Hay siempre un yo penúltimo que pide.

Y me hundo en mí mismo y no me toco” (Paz, 1990:122).

Con Árbol adentro, de 1987 -acaso el último libro unitario de poesía de Paz-, vuelve a tocar el tema del tiempo y del cuerpo, en claves líricas, en versos frescos y de honda sabiduría, y que representa un texto de madurez creativa y gravedad poética. El amor y la muerte; afirmaciones, interrogaciones, meditaciones, soliloquios y conversaciones, monólogos y sentencias poéticas, en este libro antológico y de circunstancia, Paz vuelve a reflexionar además sobre la poesía al decir:

“La poesía

Siembra ojos en la página,

Siembra palabras en los ojos.

Los ojos hablan,

Las palabras miran,

Las miradas piensan.

Oír

Los pensamientos,

Ver

Lo que decimos,

Tocar

El cuerpo de la idea.

Los ojos

Se cierran,

Las palabras se abren” (Paz 1, 1987:12-13).

El crítico uruguayo Hugo Verani -editor del libro de entrevistas a Paz, titulado Pasión crítica, y autor de la célebre Bibliografía sobre Octavio Paz-, observa algunos rasgos característicos en la poesía de Paz, tales como: “fragmentarismo, simultaneísmo, autorreferencialidad, pluralidad de tiempos y espacios, supresión de nexos sintácticos, lenguaje urbano, versificación irregular rítmica” (Verani, 2013:20).

Concepción del presente: El mono gramático

Su concepción del presente como un estado perpetuo del tiempo lo transfirió a la poesía, pero también, la inclusión del espacio y del fluir verbal del ritmo poético. Su experimento con el tiempo y el espacio poéticos le confieren al poema una combinación de recursos vanguardistas, desde el punto de vista técnico, como también se observa en su libro El mono gramático, un extenso poema en prosa, en el que convergen el ensayo filosófico, el relato surrealista, la poesía, el pensamiento y el ritmo vertiginoso de la prosa en movimiento: prosa poética dinámica y cíclica, en la que la corriente del pensamiento se funde con el torrente verbal, y donde la sintaxis se revela en círculos laberínticos.

En este texto experimental, Paz pone en crisis el tiempo poético, mediante el fluir del pensamiento, que hace estallar el sentido de la frase, en una revolución de la puntuación. Tránsito y fijeza, movimiento y duración, esta obra de aliento poético, se lee como una poética de la escritura surrealista, con la que Paz funda un mundo de signos y símbolos que representan el ritmo del cuerpo y su erotismo. Filosofía del lenguaje poético, el texto El mono gramático se presenta como una apuesta discursiva, que es a su vez una estética de la palabra: fluctúa entre metáforas y analogías, el silencio y la realidad verbal. La búsqueda del sentido poético opera aquí como tensión dialéctica entre la fijeza y el movimiento.

De ahí la frase tautológica, que funciona como leitmotiv, en la que postula una serie de paradojas: “La fijeza es siempre momentánea”[2]. Así pues, el movimiento del ritmo verbal le confiere un contrasentido al sentido sintáctico. Fijeza y cambio, movimiento e inmovilidad, azar onírico y cálculo intuitivo, el mundo de sentidos metafóricos que crea Paz con esta escritura –heredera de la técnica del “automatismo psíquico” bretoniano, pero vigilada por la razón estética–, nos sumerge en una experiencia sensual de la palabra poética que nos sorprende y seduce, atrapa y angustia. Bajo el influjo del “monólogo interior” y el “fluir de la conciencia” joyceanos[3], este libro es, a un tiempo, celebración de la imaginación y fiesta de la contemplación, pasión de la prosodia y desafío a la sintaxis. La escritura funciona aquí como camino, tránsito de la reflexión y la mirada, en la que la tensión de la identidad estalla entre el yo y el otro, el ser y el no-ser, en un juego de identidades, entre la persona y el mundo, la palabra y los objetos.

En ese sentido, dice Paz en El mono gramático:

“Pues bien, el camino de la escritura poética se resuelve en la abolición de la escritura: al final nos enfrenta a una realidad indecible. La realidad que revela la poesía y que aparece detrás del lenguaje –esa realidad visible solo por la anulación del lenguaje en que consiste la operación poética –es literalmente insoportable y enloquecedora. Al mismo tiempo, sin la visión de esa realidad ni el hombre es hombre ni el lenguaje es lenguaje. La poesía nos alimenta y nos aniquila, nos da la palabra y nos condena al silencio” (Paz 9, 1996:113).

Con esta obra, intenta disipar el sentido real del funcionamiento de la escritura poética, en un decir contra el silencio y el tiempo. El estilo de esta prosa constituye una tentativa estética que persigue disolver la escritura misma en el acto de la lectura. En tal sentido, Hugo Verani afirma que: “La escritura de Paz suele ser autorreflexiva: la poesía habla de sí misma, el yo revela su diáfana sensibilidad” (Verani, 2013:156). En el poeta mexicano confluye una poesía hímnica, como en Piedra de sol, pero en oposición expresiva; también la poesía serena, limpia, espontánea, siempre iluminada por el amor como contrapunto o centro de gravedad, que actúa como una de sus obsesiones creativas que atraviesa el eje de su mundo verbal, como dice en un verso en Piedra de sol: “Amar es combatir” (Paz 14, 1990:346). O cuando dice:}

“Tal vez amar es aprender

A caminar por este mundo.

Aprender a quedarnos quietos

Como el tilo y la encina de la fábula.

Aprender a mirar.

Tu mirada es sembradora.

Planto un árbol.

Yo hablo

Porque tu meces los follajes(Paz 1, 1987:173-174).

En la obra poética de Paz siempre opera, como centro de tensión estética, la visión de la poesía como religión, en la que lo sagrado y lo poético se consustancializan, como dijera él mismo: “la tentación religiosa y la tentación política, la magia y la revolución. Frente al cristianismo la poesía moderna se presenta como otra religión” (Paz 22, 1986:33). Al mismo tiempo, esa poética, fundamentada en el tiempo verbal, se alimenta de la memoria, en la que predomina el imperio del presente. Así pues, el presente se constituye en presencia, en el centro que impulsa la poesía como técnica de exploración del mundo por el territorio de la memoria y la contemplación, que subvierte el tiempo del discurso poético en su decir, y al decirse, canta y se desdice, como en una espiral sonora de ritmos y palabras en movimiento, como cuando dice al final de su poema Pasado en claro:

“Estoy donde estuve:

Voy detrás del murmullo,

pasos dentro de mí, oídos con los ojos,

el murmullo es mental, yo soy mis pasos,

oigo las voces que yo pienso,

las voces que me piensan al pensarlas.

Soy las sombras que arrojan mis palabras” (Paz 15, 1990:43-44).

La poética de Paz se lee como una erótica. En ella ha estado siempre presente -o en su esencia- un latir erótico que le da vida, movimiento y temperatura emocional. Siempre están, además, la amistad, la memoria alimentada de contemplación y el amor, en su estado erótico, desde su primer poemario Raíz del hombre hasta Árbol adentro, que, junto a Vuelta, son los dos últimos libros de poesía con los que Paz cierra su ciclo vital como poeta.

Durante su estadía diplomática en la India, Paz escribió su poemario Ladera este (1962-68), en el que incluye la sección Hacia el comienzo, donde está su poema Viento entero, cuyo leitmotiv dice “El presente es perpetuo”[4]. Este verso funciona como técnica que le da sentido temporal al ritmo poético: revela la inserción de la temporalidad, igual como acontece en El Mono gramático, en el que la frase “La fijeza es siempre momentánea”, es otro leitmotiv, que participa como recurso de tensión estratégica, y que postula un fluir temporal, en el que la sucesividad cede su espacio a la simultaneidad, procedimiento surrealista tan caro a los poetas cubistas. Si bien tuvo gran influencia del surrealismo –por su amistad con Breton en Francia y de otros surrealistas–, el poeta mexicano no practicó de manera sostenida la escritura automática, con la excepción, en gran parte de su libro de poemas en prosa ¿Águila o sol? asumió, eso sí, el espíritu surrealista, mas no su técnica ni su escuela, sino su estado estético. En los poemas de largo aliento, como Piedra de sol, Blanco y Pasado en claro, Paz refleja una conciencia del tiempo poético, que participa de una tensión entre fijeza y movimiento: la fijación del instante o el movimiento perpetuo de los signos poéticos.

Así pues, la poética del instante de los poemas breves entra en vínculos de tensión con la poética de la circularidad de los poemas extensos. La lectura instantánea de los haikus, por ejemplo, postula una oposición con la lectura elíptica de los poemas extensos. “La esencia de lo poético, en ambos casos, consiste en inmovilizar una fracción de lo vivido ante la propia percepción”, dice Pere Gimferrer, en su libro Lecturas de Octavio Paz –VIII Premio Anagrama de Ensayo (33). Los poemas extensos suponen un itinerario que representan una lectura circular, en oposición a los poemas breves, que demandan una lectura instantánea.

“En último término –apunta Gimferrer- cualquier poema se encamina a suscitar este instante de revelación, que solo existe porque existe el poema; la lectura de cualquier poema es un itinerario hacia el instante de la fijeza, en la que la conciencia se ve a sí misma al ver el instante” (Gimferrer, 1980:34).

Desde la plenitud del instante hasta la consagración del movimiento, la fijeza es relativa y la duración, absoluta, con respecto al tiempo del poema. El movimiento del tiempo verbal persigue abolir el espacio de su representación textual. Así pues, la revelación poética transcurre en un instante eterno que fluye en la temporalidad de la presencia. El instante poético alcanza, entonces, su plenitud en la contemplación de lo absoluto y en la fijeza de lo relativo. La poética de la circularidad se convierte, así, en una búsqueda de totalidad, como se expresa en el poema cíclico de largo aliento por excelencia, Piedra de sol, cuyos cuatro versos iniciales -como ya se sabe- se repiten al final, y que no concluye, pues el poema no se cierra con un punto final, sino que se abre en dos puntos. En efecto, Piedra de sol encarna la representación de un viaje, el peregrinaje de una voz poética que canta y narra; es, asimismo, una epifanía poética que invoca y convoca la fundación de un mundo erótico de palabras, una búsqueda que persigue el encuentro amoroso, en un periplo de memoria e historia, mito y deseo.

Presente, historia y progreso

En Octavio Paz la búsqueda de la historia siempre fue una forma de buscar el presente. Esa constante búsqueda suya del presente se define en una comprensión de la modernidad. Así, su crítica a la modernidad fue una crítica a la idea del progreso temporal capitalista y también a la utopía socialista: crítica al pasado y al futuro, desde un presente en perpetuo movimiento. Para Paz el presente es una búsqueda contante. De ahí que vea en el futuro un ocaso y un fracaso. Esa concepción del tiempo histórico representa una visión pesimista, o más bien, nihilista, que acaso tenga una deuda con Nietzsche. “Y ante el fracaso de las filosofías del futuro, Paz propone y anuncia la posibilidad de desarrollar una filosofía del presente” (Ruy-Sánchez, 2013:142). “Si pensar el hoy significa, ante todo, recobrar la mirada crítica”, (Ruy-Sánchez, 2913:142) como dice Paz, entonces habría que colegir que el pensamiento funciona como mecanismo que reivindica la crítica de la realidad y de la historia.

Para Paz, el presente es una presencia constante, en tanto que el pasado y el futuro representan la ausencia. El presente simboliza, en efecto, la idea de la presencia del instante y de su fugacidad. Esa idea de la simultaneidad temporal, que acompañó su poesía y sus ensayos, representa conflictos temporales de relaciones, donde el concepto modernidad-antigüedad simboliza los opuestos binarios: lo dentro-afuera, el aquí-allá, el hoy-mañana y el instante-eternidad –o lo que los latinos llamaban el “hic et nunc” (el aquí-ahora).

La tesis del tiempo poético e histórico de Octavio Paz se fundamenta en una crítica a la modernidad, y a la idea cristiana de la eternidad, que se basa a su vez en el tiempo lineal, no cíclico -como el tiempo arquetípico del budismo zen y demás filosofías orientales. Para el mundo cristiano, nacimiento, vida, muerte y resurrección representan el círculo temporal a que se reduce el mundo. La visión cristiana del génesis y el apocalipsis, del nacimiento y el Juicio Final, de que el mundo, como empezó, también un día tendrá su fin, su teleología, en la vida eterna; esta idea representa el curso lineal del tiempo histórico, contrario al tiempo mítico helenístico, que es circular y, al mismo tiempo, el budista, que también es circular y cuya representación es el karma de la vida, y donde no hay un fin de la vida sino un estado eterno llamado satori. Para esta filosofía no hay pecado ni purgatorio, ni paraíso ni infierno, ni pena, sino una búsqueda de placer que reside en un estado de la contemplación, donde se consagra la vida terrenal. Así pues, la idea de la vida eterna en Paz es el instante, no la eternidad, y de ahí que no haya una teleología sino un fin en sí mismo; una representación no de un éxtasis místico, que conduce a la liberación del alma eterna, sino, antes bien, una liberación del cuerpo, en su “consagración del instante”[5]. Para esta corriente filosófica no hay vida eterna sino vida instantánea.

Estas reflexiones acaso constituyen el centro de gravedad en que reside –o descansa– la esencia de la oposición binaria entre tradición y ruptura, lo que queda y permanece y lo que se fuga, es decir, entre la revolución, que encarna la ruptura y el orden: representa la tradición en el mundo del arte y las letras, la poesía y el pensamiento estético. El tiempo mítico (circular), contra el tiempo místico-cristiano (lineal), entre el mito y la historia, la poesía y la religión, lo sagrado y lo profano, transcurre la imagen artística y el movimiento que motoriza la acción de la vida, de la naturaleza y del cosmos.

La concepción paciana del tiempo sucesivo encarna en la idea de ruptura como fuerza motriz que permite la transformación del arte, no del progreso -pues en el arte no hay progreso sino metamorfosis, cambios y evoluciones. Progreso existe en la ciencia, no así en las esferas de la creación artística. El progreso solo existe en las técnicas artísticas, no en la esencia y el resultado de la obra de arte.

La escritura poética es pues negación contra la tradición, en su búsqueda de trascendencia como estilo artístico. Los dibujos rupestres de las cuevas de Altamira y Lascaux no son inferiores a la pintura mural del Palacio de Bellas Artes de los muralistas mexicanos, como tampoco Picasso es superior a Leonardo porque uno es un artista del siglo XX y el otro del Renacimiento.

En Octavio Paz, el tiempo permea su concepción del poema, como hecho histórico del lenguaje. Es la materia de la que está hecho el poema. En ese sentido, dice Carlos Fuentes:

“La obra literaria de Paz es una constante encarnación del tiempo, pero no del tiempo que marcan los relojes antes de que disparen contra ellos, sino de ese triple tiempo humano que, al ´arreter le jour´, se instala en el presente sólo para recordar el origen del ser e imaginarlo en la meta” (Fuentes, 1970:152).

Así pues, la poesía de Paz deviene visión temporal del mundo, a través de su denominada “poética del instante”, que funciona como eje de mediación -o motor- en que pendula su búsqueda de eternidad por la imagen poética y la “consagración del instante” de la escritura. Memoria y presente pugnan en el poema para perpetuarse, como encarnaciones del tiempo poético: diacronía y sincronía delimitan el poema. Tránsito y fijeza se expresan en el espacio y tiempo del poema en la página escrita. En el espacio textual el poema se hace tiempo, y en el tiempo, el poema. En efecto, el tiempo es el centro de la poética del instante de Paz, como lo dice en El mono gramático: “Todo es centro”. O más bien: “Todo está en todo” (Paz 9, 1996:133).

En la página, el poema conforma un campo magnético de signos en el espacio, que rotan, circulan y se expanden rítmicamente, similares a la propia poética paciana de los “signos en rotación”[6].

[1] Concepto referido a la escritura del poema breve, circular y de orientación oriental, que Paz cultivó y del cual teorizó, en oposición al poema extenso o de largo aliento.

[2] Frase que se reitera en el Mono gramático (1974) y que le da fluidez y movimiento al poema en prosa, misma que funciona como leitmotiv, pues se repite, dándole al texto un ritmo sostenido, y donde se fusionan la narración, el ensayo y la reflexión filosófica.

[3] Técnicas narrativas introducidas en la novelística contemporánea por James Joyce (1882-1941) con su novela Ulysses (1922), y que provienen de la psicología de William James (1842-1910). El fluir de la conciencia es una variante del monólogo interior, donde el inconsciente se manifiesta, fundiendo imágenes y pensamientos, sensaciones y recuerdos, tal y como fluyen en la conciencia del individuo.

[4] Es un verso que actúa como definición del tiempo, y que Paz usa en su poema Viento entero de su libro Ladera este (1962-68), de modo reiterativo.

[5] El concepto de consagración del instante aparece enunciado como un capítulo en El arco y la lira (1956) de Octavio Paz, el cual anunciará su reflexión sobre la poética del instante, que predominará en sus poemas breves.

[6] Apéndice del libro El arco y la lira (1956), que luego Paz editará como un libro independiente, con prólogo y selección de Carlos Fuentes (1928-2012) , Alianza Editorial, Madrid, 1971, bajo el título Los signos en rotación y otros ensayos (1971).

Basilio Belliard

Poeta, crítico

Poeta, ensayista y crítico literario. Doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco. Es miembro correspondiente de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Poesía, 2002. Tiene más de una docena de libros publicados y más de 20 años como profesor de la UASD. En 2015 fue profesor invitado por la Universidad de Orleans, Francia, donde le fue publicada en edición bilingüe la antología poética Revés insulaires. Fue director-fundador de la revista País Cultural, director del Libro y la Lectura y de Gestión Literaria del Ministerio de Cultura, y director del Centro Cultural de las Telecomunicaciones.

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