Hasta aquí hemos hablado de la importancia de la lectura, de la comprensión lectora, de los desafíos que enfrentan nuestros niños y jóvenes y de la responsabilidad que tenemos como sociedad.
Pero existe una pregunta que tarde o temprano tenemos que formular:
¿Cómo sabemos si la Feria Internacional del Libro está contribuyendo realmente a cambiar esta realidad?
Lector.
Responderla exige cambiar la manera en que acostumbramos evaluar uno de los acontecimientos culturales más importantes del país.
Cada año, cuando concluye la Feria, aparecen cifras.
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El problema aparece cuando convertimos los indicadores de actividad en indicadores de impacto.
No es lo mismo decir:
“Participaron cien mil estudiantes”.
que poder afirmar:
“De esos estudiantes, una parte significativa continuó leyendo las obras trabajadas durante la Feria y mostró avances verificables en comprensión lectora”.
La segunda comienza a hablarnos de transformación.
Y esa diferencia es fundamental.
Una actividad puede tener diez mil asistentes y producir poco.
Otra puede reunir a cincuenta estudiantes y generar una experiencia capaz de acompañarlos durante años.
Por eso necesitamos distinguir entre:
actividad, resultado e impacto.
La actividad responde:
¿Qué hicimos?
El resultado pregunta:
¿Qué conseguimos?
Y el impacto plantea la pregunta más difícil:
¿Qué cambió?
Del visitante al lector
Quizás ha llegado el momento de crear una nueva unidad de medida para la Feria.
No propongo eliminar el número de visitantes.
Propongo dejar de considerarlo el principal indicador de éxito.
Necesitamos comenzar a contar lectores.
Pero incluso eso requiere precisión.
Un niño que recibe un libro no necesariamente se convierte en lector.
Un joven que compra una novela no necesariamente la termina.
Un estudiante que participa en un taller no necesariamente desarrolla un hábito.
Por eso el seguimiento resulta indispensable.
Podríamos preguntarnos:
¿Cuántos libros fueron entregados?
¿Cuántos fueron realmente leídos?
¿Cuántos estudiantes participaron en clubes de lectura?
¿Cuántos clubes continuaron funcionando seis meses después?
¿Cuántas escuelas mantuvieron los programas iniciados durante la Feria?
¿Cuántos niños regresaron a una biblioteca?
¿Cuántos jóvenes incorporaron nuevas lecturas a sus hábitos?
¿Qué evolución tuvo la comprensión lectora de los participantes?
Estas preguntas podrían comenzar a construir una verdadera cultura de evaluación.
El informe que nos hace falta
Por eso propongo una iniciativa concreta:
un Informe Anual de Impacto Lector de la Feria Internacional del Libro.
Debería ser público.
Debería presentarse después de cada edición.
Y debería permitir comparar resultados de un año con el siguiente.
No tendría que ser un documento elaborado para justificar una gestión.
Debería servir precisamente para lo contrario:
para saber qué funcionó, qué no funcionó y qué debemos cambiar.
Podría medir, entre otros aspectos:
nuevos lectores incorporados;
libros distribuidos y efectivamente leídos;
participación y permanencia en clubes de lectura;
continuidad de programas escolares;
uso de bibliotecas públicas y escolares;
participación de las familias;
circulación de literatura dominicana;
programas desarrollados antes y después de la Feria;
evolución de la comprensión lectora en los programas vinculados al acontecimiento;
continuidad de las iniciativas iniciadas durante la Feria.
No todos estos resultados pueden medirse inmediatamente.
Algunos necesitarán meses.
Otros, incluso años.
Y eso está bien.
Porque formar lectores no es una operación de corto plazo.
La Feria antes, durante y después
Una de las transformaciones más importantes sería dejar de pensar la Feria como un acontecimiento limitado a los días en que permanece abierta.
La Feria debería comenzar mucho antes.
Meses antes podrían seleccionarse determinados libros para ser trabajados en las escuelas.
Los maestros recibirían materiales y orientaciones.
Los estudiantes tendrían tiempo para leer.
Podrían surgir clubes de lectura.
Las bibliotecas podrían preparar programas.
Las familias podrían incorporarse.
Entonces, cuando llegara la Feria, los estudiantes no serían simples visitantes.
Llegarían como lectores.
Y tendrían algo que preguntar.
Algo que comentar.
Algo que discutir.
El encuentro con un escritor tendría entonces una dimensión completamente diferente.
Pero la Feria tampoco debería terminar cuando cierren sus puertas.
Ahí comenzaría la segunda etapa.
¿Qué hicieron los estudiantes con lo que leyeron?
¿Continuaron leyendo?
¿Regresaron a la biblioteca?
¿Leyeron otro libro?
El verdadero éxito estaría precisamente allí:
en conseguir que un libro conduzca a otro.
Un libro puede ser una puerta
Cuando un niño descubre un libro que realmente le interesa, no hemos conseguido solamente que lea una obra.
Hemos abierto una puerta.
Puede querer conocer otro libro del mismo autor.
Puede buscar una historia semejante.
Puede preguntar quién escribió aquel cuento.
Puede comenzar a conversar sobre literatura.
Puede descubrir una biblioteca.
Puede pedir otro libro.
La formación de lectores funciona muchas veces de esa manera:
un libro lleva a otro;
una pregunta conduce a otra;
una lectura despierta otra lectura.
Por eso el impacto de una Feria no debería medirse únicamente en lo que ocurre dentro de sus instalaciones.
Debería medirse también por las cadenas de lectura que consigue generar.
La comprensión: el indicador más difícil
Pero existe un desafío todavía mayor.
Leer más no garantiza necesariamente comprender mejor.
Podemos conseguir que un estudiante lea cinco libros y que, sin embargo, tenga dificultades para identificar la idea central de un texto, relacionar información, interpretar una posición o formular una conclusión.
Por eso la promoción de la lectura debe caminar junto a la promoción de la comprensión.
La Feria podría convertirse en un extraordinario laboratorio para ello.
No mediante exámenes tradicionales.
Sino mediante conversación.
Debate.
Interpretación.
Juego.
Creación.
Preguntas.
Porque leer no significa únicamente pasar los ojos por una página.
Leer es entrar en diálogo con lo que está escrito.
La responsabilidad de dos ministerios
Todo esto requiere una articulación institucional.
El Ministerio de Cultura tiene la responsabilidad de concebir y conducir la Feria como gran acontecimiento cultural.
El Ministerio de Educación tiene la responsabilidad de formar lectores desde el sistema educativo.
Pero sus responsabilidades no deberían caminar separadas.
La Feria puede ser uno de los grandes puntos de encuentro entre ambas políticas públicas.
Cultura aporta el libro, los escritores, las editoriales, los espacios, la programación y la experiencia cultural.
Educación aporta las escuelas, los maestros, los estudiantes y la continuidad pedagógica.
Si ambos ministerios trabajan juntos, podríamos comenzar a construir algo mucho más importante que una gran celebración anual:
una política nacional de formación de lectores.
Y esa política debería incorporar también a las universidades, bibliotecas, editoriales, centros culturales, organizaciones comunitarias y familias.
Medir para mejorar, no para castigar
Hay quienes podrían sentir temor ante una evaluación más rigurosa.
Como si medir significara cuestionar el trabajo de quienes organizan la Feria.
No debería ser así.
Una institución que acepta ser evaluada demuestra fortaleza.
Y una política cultural que reconoce sus errores tiene mayores posibilidades de mejorar.
No necesitamos utilizar la evaluación como instrumento de confrontación.
Necesitamos convertirla en una herramienta de aprendizaje.
Si un programa no funciona, cambiémoslo.
Si una actividad tiene poco impacto, revisémosla.
Si una experiencia produce resultados extraordinarios, repliquémosla.
Si una escuela consigue formar lectores, aprendamos de ella.
La evaluación no debería producir miedo.
Debería producir conocimiento.
Porque una Feria puede ser un gran acontecimiento.
Pero solo podremos saber si se está convirtiendo en una gran política de lectura cuando aprendamos a mirar lo que ocurre después de que termina.
Continuará mañana.
Porque medir lo que hacemos no significa quitarle alma a la cultura; significa preguntarnos, con honestidad, si aquello que soñamos está realmente cambiando la vida de alguien.
Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.