“El sentido de un texto no pertenece a quien lo escribe, sino a quien lo lee.” (Roland Barthes) 

Reflexionar sobre el lenguaje poético implica asumir, desde el inicio, que nos encontramos ante una de las formas más complejas y menos domesticables del discurso humano. La poesía no es un sistema cerrado de significaciones ni un artefacto diseñado para transmitir verdades unívocas, plenamente controlables por la conciencia que las produce.  

A lo largo de la historia de la literatura y de la crítica, han coexistido múltiples intentos por fijar el sentido del poema, determinar con precisión su estética dominante o identificar de manera inequívoca la ideología que supuestamente lo sustenta. Sin embargo, tales esfuerzos suelen tropezar con una resistencia fundamental: el texto literario se rehúsa a ser clausurado, se resiste a toda lectura definitiva y se abre, de manera incesante, a nuevas posibilidades interpretativas. 

La poesía, en tanto manifestación privilegiada del lenguaje artístico, no funciona como un espejo transparente de la realidad ni como un vehículo neutro de ideas previamente elaboradas. Su carácter simbólico, metafórico y sugerente introduce zonas de ambigüedad que desbaratan cualquier pretensión de certeza absoluta. Allí donde se busca una significación estable, el poema propone desplazamientos; donde se exige claridad conceptual, ofrece resonancias, silencios y tensiones. Esta indeterminación no constituye una falla del lenguaje poético, sino, por el contrario, una de las fuentes principales de su potencia estética. 

Persisten, no obstante, concepciones que entienden el poema como un objeto plenamente descifrable, como si el lenguaje literario funcionara a la manera de un cristal que permite ver, sin distorsión alguna, una realidad ya dada. Desde esta óptica, el poema sería una suma ordenada de significados fijos y el acto de lectura una simple operación de desciframiento. Tal postura ignora que la literatura no reproduce el mundo, sino que lo interroga, lo subvierte y lo resignifica, convirtiéndolo en una experiencia simbólica abierta, refractaria a toda clausura definitiva del sentido. 

Una de las causas fundamentales de esta incomprensión radica en la concepción del lenguaje como una entidad puramente representativa, capaz de reflejar con exactitud la experiencia interior o exterior del sujeto. Bajo este supuesto, las palabras funcionarían como vehículos transparentes de una realidad ya constituida. Sin embargo, como advirtió con lucidez Octavio Paz, “el lenguaje no refleja al mundo: lo crea”. En esa creación intervienen fuerzas históricas, culturales y simbólicas que hacen del poema un espacio de ambigüedad productiva, donde el sentido no se fija, sino que se desplaza y se multiplica. 

Manuel del Cabral.

De esta concepción reduccionista del lenguaje se desprende la creencia de que es posible determinar, con plena certeza, la valencia estética e ideológica de un poema, como si dichas dimensiones se desprendieran de él de manera directa y casi mecánica. No obstante, la experiencia estética demuestra lo contrario: cada lectura activa zonas distintas del texto, ilumina sentidos latentes y desplaza otros que parecían evidentes. El poema no se agota en una sola interpretación ni se deja reducir a una explicación final; su riqueza radica precisamente en esa inagotabilidad. 

Aún más problemática resulta la idea de que el autor, por el solo hecho de haber creado el texto, posea la prerrogativa exclusiva de interpretarlo. Esta concepción confunde la intención de escritura con el sentido efectivo de la obra, como si ambos coincidieran plenamente. Sin embargo, como señaló con agudeza Jorge Luis Borges, “un libro es más que su autor: es el encuentro entre un texto y un lector”. Una vez escrito, el poema se emancipa de su creador y entra en una circulación simbólica donde ya no le pertenece únicamente a quien lo concibió, sino a la pluralidad de lecturas que lo actualizan. 

El lenguaje literario es, por naturaleza, subjetivo, ambiguo y profundamente polisémico. En él confluyen ecos culturales, memorias históricas, pulsiones afectivas y configuraciones simbólicas que exceden cualquier intención autoral consciente. Pretender fijar un significado definitivo equivale a negar la condición viva del texto. En este sentido, Paul Ricoeur sostiene que “el texto dice siempre más de lo que el autor quiso decir”, recordándonos que la interpretación no es un acto de sumisión a la voluntad del autor, sino un ejercicio hermenéutico abierto, dinámico y siempre inacabado. 

Cuando el discurso crítico aspira a imponer una lectura única, corre el riesgo de clausurar el diálogo que la obra debería suscitar. La literatura no es un monólogo autoritario ni una imposición de sentidos, sino un espacio de encuentro entre conciencias diversas. Cada lector aporta su horizonte de expectativas, su experiencia vital, su bagaje cultural y su sensibilidad estética; elementos que no empobrecen el texto, sino que lo enriquecen y lo transforman. En ese intercambio reside una de las razones fundamentales de la perdurabilidad de la obra literaria. 

Reducir la poesía a un objeto de significado controlado, jerarquizado y cerrado empobrece su potencia simbólica. El poema no es un acertijo con una única solución, sino un campo de tensiones donde conviven múltiples lecturas posibles. La grandeza de obras como Los huéspedes secretos (1950) de Manuel del Cabral no radica en una intención metafísica declarada ni en un gesto autoral explícito, sino en la capacidad del lenguaje poético para generar sentidos que exceden toda explicación previa y continúan interpelando al lector a través del tiempo, más allá de modas, escuelas o pretensiones de novedad. La literatura —y de manera especial la poesía— no admite interpretaciones absolutas ni llaves mágicas que pretendan abrir, de una vez y para siempre, el cofre de sus significados.  

En conclusión, el lenguaje poético no reproduce la realidad: la fractura, la reconfigura y la problematiza. Cada poema es una invitación al diálogo, a la duda y a la relectura constante. La intención del autor constituye apenas uno de los múltiples hilos que conforman la trama del sentido, pero nunca su totalidad. Reconocer esta apertura es asumir la literatura como un arte vivo, en permanente transformación, donde el lector deja de ser un receptor pasivo para convertirse en un co-creador del significado. Como afirmó Umberto Eco, “la obra de arte es esencialmente abierta, y su riqueza consiste en la pluralidad de interpretaciones que admite sin agotarse jamás”. 

Pedro Ovalles

Escritor y gestor cultural

Pedro Ovalles (Moca, 1957). Escritor, educador y gestor cultural. Cuenta con más de cuarenta años de trayectoria en la docencia y la literatura. Licenciado en Educación, Mención Letras, por la UFHEC —donde fue Decano de la Facultad de Letras— y con Maestría y Posgrado en Gestión de Centros Educativos por la PUCMM, ha publicado trece poemarios y varios ensayos, y sus textos figuran en numerosas antologías nacionales y extranjeras. Ha recibido reconocimientos de instituciones como la Academia Dominicana de la Lengua, el Ayuntamiento de Moca, el Ministerio de Cultura, entre otras. Es coordinador del taller literario Triple Llama de Moca.

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