Escenificación de juego de Cañas y baile de Calenda en Santo Domingo, en la época colonial. Fuente IA

La puesta en valor de las manifestaciones lúdicas que cimentaron la identidad colonial en la isla de Santo Domingo es una tarea impostergable para la historiografía contemporánea. Por eso desde este espacio nos proponemos poner en valor el "juego de caña", una práctica que, aunque de raíces distantes, se integró profundamente en el tejido social y recreativo de nuestra nación durante los siglos de formación colonial. Al analizar este fenómeno, no solo observamos una destreza hípica, sino un vehículo de transferencia cultural que moldeó las jerarquías y las formas de ocio en la isla de Santo Domingo.

Este ejercicio de memoria histórica busca reivindicar la importancia de los juegos tradicionales como pilares de la cultura popular dominicana. El juego de caña no fue simplemente un entretenimiento de élites; su evolución y permanencia en el imaginario colectivo reflejan la capacidad de adaptación de nuestra sociedad frente a las costumbres impuestas. A través de este análisis, se pretende conectar el pasado ecuestre con las expresiones actuales de regocijo callejero que aún persisten en diversas provincias del país, otorgándoles el rigor académico que su trascendencia amerita.

Finalmente, este artículo se erige como una invitación a mirar más allá de la superficie del espectáculo. Al explorar las dimensiones técnicas, sociales y hasta religiosas del juego de caña, buscando ofrecer una visión integral de cómo una táctica de guerra y un simulacro de batalla se transformaron en una seña de identidad local. Es, en esencia, un esfuerzo por documentar la riqueza de nuestra herencia lúdica y asegurar que el conocimiento sobre estas prácticas caballerescas, que una vez dominaron nuestras plazas y conventos, se conserve para las futuras generaciones de dominicanos.

Génesis y evolución del juego de caña: De la táctica militar al espectáculo urbano

El juego de caña se define como una práctica hípica de gran relevancia celebrada en España fundamentalmente entre los siglos XVI y XVIII, teniendo como escenario principal las Plazas Mayores. Sus orígenes son remotos y complejos; se remontan a los antiguos romanos, pero su introducción formal en la Península Ibérica fue responsabilidad de los musulmanes. Autores clásicos como Juan de Mariana describieron esta actividad como un ejercicio del cuerpo ejecutado "a la manera de los moros", subrayando su carácter de simulacro bélico.

En este sentido, el juego servía como un entrenamiento peligroso pero necesario, funcionando como un simulacro de batalla entre caballeros donde se empleaban cañas cortas, similares a flechas, lanzadas con una precisión comparable a la de una ballesta o lombarda mientras se galopaba.

La transición de esta práctica hacia contextos urbanos y festivos es notable. Rodrigo Caro destaca que, junto a las corridas de toros, las cañas constituían las fiestas más frecuentes en España. Un hito importante en su documentación técnica se encuentra en la obra de Alonso de Palencia, quien relata el uso del juego de cañas como una táctica específica durante una justa en Jerez en honor a los Reyes Católicos, evidenciando su prestigio en la corte. Con el tiempo, la literatura especializada, como el Tratado de la caballería de la jineta de Fernando Chacón (1551), comenzó a registrar la transformación de estos juegos, los cuales pasaron de ser torneos en campo abierto a sofisticados eventos urbanos donde la equitación y la esgrima se daban la mano.

Trasplante y arraigo en la colonia de Santo Domingo

La llegada de los españoles a la isla de Santo Domingo supuso la llegada de su sistema de valores y entretenimientos, entre los cuales el juego de caña ocupó un lugar preeminente. El historiador Manuel Hernández Vázquez confirma que este juego fue introducido en América por los colonizadores de la misma forma que se llevaron las corridas de toros y caballos. Su presencia en la vida lúdica colonial fue tan temprana que Fray Bartolomé de las Casas registra que, para el otoño de 1503, durante la conquista del cacicazgo de Jaragua por parte de Nicolás de Ovando, los pocos caballos y yeguas existentes traídos a la isla ya eran utilizados tanto para la pelea como para el juego de cañas.

La institucionalización de este ocio se vio reforzada por las ordenanzas de Ovando, quien obligaba a los residentes de los campos a acudir a los pueblos en días de fiesta. Esta medida no solo aumentó la demanda y el precio de los equinos, sino que fomentó un endeudamiento entre quienes buscaban adquirir bestias para participar en estas diversiones. Según Justo del Río Moreno (1992), por primera vez en América se generalizó un "culto al ocio" que intentaba plagiar el ideal de vida caballeresco español, donde el juego de cañas y anillos se convirtió en un símbolo de estatus y disponibilidad económica.

Juego de cañas en el siglo XVI, plaza Mayor de Madrid. Fuente: Google.

Figuras destacadas y conflictos sociales en torno al juego

Dentro de la sociedad colonial de Santo Domingo, surgieron figuras cuya destreza en el juego de caña quedó grabada en las crónicas de la época. Refiere Amadeo Julián (2013), Diego López de Salcedo, alcaide de la fortaleza de Santo Domingo y sobrino de Ovando, fueron de los jugadores más reconocidos. No obstante, el caso más emblemático fue el de Rodrigo de Bastidas, también alcaide de la fortaleza y fundador de Bayajá, considerado el mejor y más diestro jugador.

Las crónicas de la época refieren que Bastidas era tan potente que sus lanzamientos atravesaban la adarga (escudo), a pesar de que las cañas no estaban aguzadas, lo que llevó a que fuera excluido de los juegos para evitar daños mayores, convirtiéndose su habilidad en un hecho de "perpetua memoria".

Sin embargo, el juego también fue fuente de tensiones sociales y morales. En 1509, el gobernador Diego Colón informó al rey sobre la "disolución moral" de algunos clérigos, entre ellos sacerdotes y hasta religiosas, quienes se mostraban más interesados en el juego de caña que en sus deberes eclesiásticos, como la celebración de misas hasta los domingos, utilizando incluso estas actividades como excusa para descuidar sus iglesias.

Estas quejas provocaron la emisión de una Real Cédula en 1510 para regular la conducta de los religiosos que pasaban a la isla. Incluso en el siglo XVII, el juego seguía causando controversias.

En el año 1627 se llevó a cabo juego de caña como lo recoge Emilio Rodríguez Demorizi en, Enciclopedia Dominicana del Caballo (1960), refiriendo: "A los toros y canas públicamente en presencia de toda esta ciudad y tratando con los fieles, cosa que escandalizo notablemente a todo género de personas y en particular a este testigo y a sus frayles por ver el poco respeto que se tenía a nuestra Santa Madre Iglesia de tal manera que este testigo mando serrar (sic) las puertas de su convento y echar los seglares que avian entrado para ver los dichos toros y canas que se jugaron en esta ocasión en la plaseta del dicho Convento".

Otro lugar donde se puso muy de moda el juego de la caña fueron las iglesias de la ciudad de Santo Domingo, ya que, en sus ceremonias religiosas, se celebraban funciones profanas, por las que tiran los jinetes jabalinas, en medio de una vistosa variedad de movimientos y evoluciones con los caballos acompañados del baile erótico y cadencioso de los negros africanos, llamado calenda (Moreno, Alonso 1998).

Expansión, diversidad y terminología internacional

A medida que avanzaron los siglos XVI, XVII y XVIII, el juego de caña alcanzó un auge extraordinario en todas las Indias. Lo que inicialmente era un privilegio de las familias nobles terminó por democratizarse, siendo adoptado incluso por los negros esclavizados.

Esta expansión no fue solo social, sino también geográfica y terminológica. Mientras que en España y Santo Domingo se mantuvo como "juego de cañas", en otros contextos hispanoamericanos y europeos recibió denominaciones diversas. En Italia, por ejemplo, en nuestras investigaciones documental hemos encontrados variaciones del juego conocidas como giuoco delle canne, y en el mundo árabe, su raíz original se vincula al jerid o jereed, donde se lanzaban varas de palma de forma similar.

En la actualidad, aunque el juego de caña como tal se ha transformado en los centros urbanos, su esencia se ha transformado en diversas disciplinas ecuestres y festividades regionales. En países como México, evolucionó hacia elementos de la charrería, mientras que, en España, algunas de sus técnicas de manejo de lanza y caballo influyeron en el rejoneo moderno. En la República Dominicana, su herencia es visible aun en las fiestas patronales de los pueblos a través de las corridas de sortijas y otras demostraciones de destreza hípica que centralizan la atención de las comunidades, manteniendo vivo el espíritu de la agilidad y el galope que caracterizó al juego original.

Legado cultural y persistencia en la identidad dominicana

El juego de caña no fue un evento aislado, sino que formó parte de un ecosistema lúdico que incluía corridas de toros, mascaradas, bailes de fandango, calenda y serenatas. Marcio Veloz Maggiolo y Flérida de Nolasco subrayan que estas expresiones formaban parte integral de la vida cotidiana desde las primeras épocas de la colonia. Incluso las ceremonias religiosas y las celebraciones de las cofradías se incorporaban estas funciones profanas, donde los jinetes ejecutaban jabalinas y movimientos vistosos con sus caballos en un despliegue de estética y fuerza.

Hoy en día, en una sociedad donde el caballo era trascendente, estas habilidades centralizaban la admiración colectiva. Aunque las formas puras del juego de caña se han diluido, sus remanentes sobreviven en las "carreras de macutos" en Paya, Baní, y en las exhibiciones de caballos en Bayaguana y Monte Plata. La importancia de este juego radica en su capacidad de haber servido como puente entre la tradición caballeresca europea y la cultura popular dominicana, dejando una huella imborrable en la manera en que celebramos nuestras festividades y entendemos nuestra relación con el mundo ecuestre.

El análisis del juego de caña nos permite comprender que el ocio nunca es neutro; es un espejo de las estructuras de poder y de los procesos de hibridación cultural. Lo que comenzó como una táctica de guerra musulmana y un ejercicio de la nobleza castellana, terminó por filtrarse en los estratos más profundos de la sociedad dominicana, desafiando incluso la autoridad de la Iglesia y las jerarquías de clase.

Su transformación formal de las plazas públicas no debe leerse como una extinción, sino como una metamorfosis. Al observar las corridas de sortijas en San Juan de la Maguana o las destrezas de los jinetes en nuestras fiestas patronales, vemos el eco de aquellas cañas lanzadas hace quinientos años. Reconocer esta práctica es, en última instancia, otorgarle su justo lugar a la cultura caballeresca como uno de los cimientos, a veces ignorado por su origen colonial, pero innegablemente vital, de nuestra identidad popular.

Referencias

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Caro, R. (1978). Días Geniales y Lúdicros (J.-P. Etienvre, Ed.). Espasa Calpe. (Obra original publicada en 1626).

De las Casas, B. (1994). Obras Completas: Historia de las Indias (Vol. 4). Alianza Editorial.

De Mariana, J. (1950). Obras: Tratado contra los Juegos Públicos del Rey y de la Institución Real (Tomo II). Biblioteca de Autores Españoles.

De Nolasco, F. (1974). Vibraciones en el tiempo. Editora del Caribe.

De Palencia, A. (1998). Anales de la Guerra de Granada. Universidad de Granada.

Hernández Vázquez, M. (1987). El juego de cañas en la España medieval y moderna. Museo del juego.

Julián, A. (2013). Diversiones públicas en Santo Domingo. Las corridas de toros y los juegos de canas en los siglos XVI y XVII. Revista CLIO, (186), 82.

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Moreno Alonso, M. (1998). La obsesión de España. Edición Alfar.

Del Río Moreno, J. L. (1992). Caballos y equidos españoles en la conquista y colonización de América (siglo XVI). Gráficas del Guadalquivir.

Rodríguez Demorizi, E. (1960). Enciclopedia Dominicana del Caballo. Montalvo.

Ugalde, J. F. C. (1987). Relación de juegos de cañas, que fueron cosa muy de ver. 1517-1815 en Nueva España. Boletín del Instituto de Investigaciones Bibliográficas.

Veloz Maggiolo, M. (2012). Historia de la cultura dominicana: momentos formativos. Editorial UNIBE.

Jonathan De Oleo Ramos

Antropólogo Social, Investigador, Gestor Cultural

MSc. Jonathan De Oleo Ramos: Antropólogo, docente-investigador y consultor en patrimonio cultural y políticas culturales. Doctorante en Humanidades y Patrimonio Cultural enfocado en la Investigación. Maestro en Gestión del Patrimonio Cultural, con especialización en antropología de la alimentación, estudios afrolatinoamericanos, derechos humanos y políticas culturales. Becario Mellon (DSI, City College of New York) 2024. Docente en FLACSO-RD y UNIBE. Miembro de la Sociedad Dominicana de Antropología; World Anthropological Union; Instituto Panamericano de Geografía e Historia; Federación Mundial de Estudios Culturales y Consejo Mundial de Académicos e Investigadores Universitarios. Autor de Antropología del Plátano y Cofradías Dominicanas del Espíritu. jonathan.deoleoramos@gmail.com

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