Estimado Danilo,
He leído tu artículo “La cultura como derecho y destino común” con una mezcla de emoción y preocupación. Emoción, porque tus planteamientos conectan profundamente con mi propia experiencia de vida; preocupación, porque describen con claridad una realidad que conozco desde dentro.
Durante once años dirigí el entonces Comisionado Dominicano de Cultura en los Estados Unidos, con asiento en Nueva York. Aquella institución que fue concebida por el Dr. Franklin Gutierrez, el Lic. José Rafael Lantigua y Dr. Leonel Fernández, no como una oficina local para una ciudad específica, sino como una instancia con visión nacional, orientada a toda la diáspora dominicana dispersa en el territorio estadounidense y Puerto Rico.
El cambio de nombre posterior —de Comisionado Dominicano de Cultura en Estados Unidos a Oficina de Cultura en Nueva York, en esta gestión— no fue un simple ajuste administrativo. Reducir el alcance simbólico e institucional de una entidad nacional a una denominación local expresa una concepción distinta de política cultural. Y el problema no es el cambio de nombre en sí; el problema es la visión que lo acompaña.
La cultura, como tú bien señalas, no puede depender de improvisaciones ni de administraciones episódicas. Exige sistema.
En el Comisionado desarrollamos programas estructurales: promoción de la dramaturgia dominicana, ediciones institucionales para escritores, fortalecimiento de las publicaciones literarias, ampliación de los premios Letras de Ultramar a seis géneros (poesía, cuento, novela, literatura infantil, teatro y ensayo), creación del Festival de Teatro Hispano para conectar nuestra producción con grupos latinoamericanos, y el programa Teatro en Familia, donde familias dominicanas montaban piezas breves para denunciar sus propias realidades comunitarias —vivienda, gentrificación, barreras del idioma, drogas, exclusión— convirtiendo la cultura en herramienta de conciencia ciudadana, además la expansión de contenido de La Feria del Libro Dominicano en Nueva York, entre otros. Eso no era calendario. Era gestión cultural.
Nada de eso fue perfecto. Siempre el presupuesto debió ser mayor. Pero había una idea clara: convertir la institución en plataforma de creación, no en simple escenario de actos.
Quiero también ser justo: el actual responsable de la Oficina de Cultura, el escritor Reynold Emmanuel Andújar, es un joven autor de talento y compromiso. Sé que ha hecho esfuerzos importantes en condiciones complejas. Sin embargo, cuando el presupuesto disminuye, cuando se reduce el espacio físico —incluyendo la pérdida del teatro que existía— y cuando se debilita el respaldo institucional, la capacidad de gestión se limita inevitablemente.
En los discursos oficiales se presentan cifras amplias de actividades realizadas. Pero muchas de esas actividades corresponden a iniciativas propias de la comunidad dominicana que utiliza el espacio para sus proyectos. La comunidad crea, organiza y produce. El Estado, en ocasiones, simplemente presta el local. Y luego, en el balance público, todo aparece como gestión gubernamental. Esto no es una acusación; es una distinción necesaria.
Porque el punto central no es quién administra hoy la oficina, sino qué modelo de política cultural se está construyendo. Si reducimos la cultura a suma de eventos, aunque sean numerosos, no estamos construyendo sistema. Estamos administrando presencia.
Tu artículo insiste en algo esencial: descentralización real, transferencia de poder cultural, profesionalización, participación efectiva y sostenibilidad. Esa es la conversación que el país necesita.
La cultura dominicana no carece de talento. Carece de estructura coherente y continuidad estratégica.
Por eso te escribo públicamente. Porque tus palabras no suenan a confrontación personal, sino a propuesta de país. Porque hablar de cultura como derecho es recordar que no es un favor del gobierno de turno, sino una responsabilidad permanente del Estado frente a la ciudadanía.
Ojalá tus escritos continúen y que se pueda producir, apartir de ellos, un debate con altura. La cultura no necesita aplausos pasajeros; necesita arquitectura institucional.
Recibe mi abrazo y mi respeto intelectual.
Carlos Sánchez
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