Lo que en este artículo me permito llamar Guerra Tibia (valga aclarar, esa denominación no es de mi autoría) no comienza con el estruendo de los misiles ni con el despliegue visible de portaviones; comienza más bien con palabras, con giros retóricos, con imágenes cuidadosamente calculadas. Desde la Cosmolingüística, teoría que concibe el lenguaje como universo de universos comunicativos y, en este contexto, como energía configuradora del orden humano y cósmico, la guerra es siempre un fenómeno discursivo antes de convertirse en fenómeno balístico.
El siglo XXI ha inaugurado una etapa histórica cuya temperatura geopolítica no puede describirse con las categorías clásicas de la Guerra Fría ni con la noción tradicional de guerra mundial. Lo que vivimos es una Guerra Tibia, es decir, una confrontación permanente de intensidad variable, sostenida por una retórica inflamable y por actos militares limitados, calculados, simbólicamente cargados.
En la Guerra Fría, el mundo se organizaba semánticamente en torno a oposiciones binarias claras. La disolución de la Unión Soviética no solo cerró un capítulo geopolítico; también desestructuró lo que pudiera llamarse "una gramática del conflicto".
Durante algunas décadas pareció consolidarse una hegemonía discursiva liderada por Estados Unidos, pero el ascenso de China, la rearticulación estratégica de Rusia y la afirmación de potencias regionales fueron reconfigurando el mapa semántico global. La multipolaridad no es solo un hecho militar o económico; es una pluralización de narrativas.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 inauguraron el léxico fundacional de la Guerra Tibia: “guerra contra el terrorismo”, “seguridad preventiva”, “amenaza asimétrica”, “operaciones quirúrgicas”, “daños colaterales”. Cada una de estas expresiones transformó la percepción pública del uso de la fuerza.
Como señala Noam Chomsky en Los guardianes de la libertad (1988), la fabricación del consenso se articula a través de marcos lingüísticos que naturalizan decisiones estratégicas. El conflicto contemporáneo no solo se ejecuta; se narra, se edita, se encuadra.
En la Guerra Tibia proliferan fórmulas discursivas que revelan su naturaleza ambigua: “líneas rojas”, “escalada controlada”, “respuesta proporcional”, “ataques selectivos”, “sanciones inteligentes”, “operación militar especial”, “defensa existencial”, “desacople estratégico”, “zona gris”, “guerra híbrida”, “disuasión ampliada”. Cada sintagma es un dispositivo semántico que modula la temperatura del conflicto. La tibieza no significa ausencia de violencia, sino administración calculada de su intensidad.
Las expresiones no verbales también configuran esta arquitectura bélica. Los ejercicios navales en el estrecho de Taiwán, los sobrevuelos de bombarderos estratégicos, los despliegues de sistemas antimisiles, las fotografías de líderes rodeados de uniformes militares, las imágenes satelitales difundidas en tiempo real, las cumbres diplomáticas escenificadas con gestos calculados, los silencios oficiales tras un ataque, los comunicados redactados con ambigüedad deliberada: todo ello forma parte de la semiótica de la Guerra Tibia. La guerra se comunica tanto con palabras como con posturas, mapas, banderas, uniformes y coreografías diplomáticas.
El conflicto en Ucrania constituye uno de los escenarios más evidentes de esta dinámica. La confrontación directa entre Rusia y Ucrania se inscribe en una red más amplia de apoyo militar, financiero y tecnológico por parte de potencias occidentales. El término “operación militar especial” empleado por Moscú es un ejemplo paradigmático de eufemismo estratégico; la expresión “defensa del orden internacional basado en reglas” utilizada por Occidente es, a su vez, una fórmula que condensa una cosmovisión normativa. En la Guerra Tibia, el nombre del conflicto es ya parte del conflicto.
En Medio Oriente, la tensión entre Irán, Israel y Estados Unidos se ha convertido en un laboratorio de escaladas contenidas. El asesinato del general Qasem Soleimani en 2020 evidenció la lógica del golpe preciso acompañado de un mensaje político global. Más recientemente, el asesinato del ayatolá Alí Jamenei —atribuido a fuerzas conjuntas israelíes y estadounidenses— ha elevado la intensidad simbólica del enfrentamiento. La eliminación del líder supremo no es únicamente un acto militar; es una declaración semiótica. El líder religioso encarna una narrativa de legitimidad teológica y soberanía nacional. Su muerte reconfigura el campo simbólico regional, incluso si las potencias procuran evitar una guerra abierta.

Yuval Noah Harari advierte en Homo Deus: Breve historia del mañana (2015) que el poder contemporáneo se fundamenta en la gestión de datos y relatos compartidos. La Guerra Tibia se desarrolla en esa intersección entre tecnología y mito. Los algoritmos amplifican discursos, las redes sociales viralizan amenazas, los ciberataques silenciosos pueden paralizar infraestructuras críticas sin que se dispare un solo proyectil visible. La confrontación ya no se limita al campo de batalla físico; habita en servidores, satélites y pantallas.
Desde la teoría del análisis crítico del discurso, Teun A. van Dijk sostiene en Discurso y poder (2008) que las élites controlan la cognición social mediante la definición de marcos interpretativos. La Guerra Tibia confirma esta tesis: quien define el acontecimiento define su legitimidad. El ataque puede presentarse como “represalia defensiva” o como “agresión unilateral”; la sanción económica puede narrarse como “medida de presión diplomática” o como “acto de guerra económica”. El léxico determina la temperatura moral del conflicto.
Byung-Chul Han, en La sociedad de la transparencia (2012), describe una era en la que la sobreexposición informativa produce una saturación que diluye la indignación. La Guerra Tibia se alimenta de esa saturación: la sucesión constante de crisis impide que una sola escale hasta la categoría de guerra mundial, pero mantiene al sistema internacional en estado de tensión permanente.
Las frases emblemáticas de esta etapa —“no buscamos la guerra, pero estamos preparados”, “todas las opciones están sobre la mesa”, “consecuencias severas”, “medidas adicionales”, “respuesta contundente”, “acciones defensivas”— forman un repertorio retórico que estabiliza la ambigüedad. Se amenaza sin declarar, se golpea sin ocupar, se sanciona sin invadir. La tibieza es una estrategia.
¿Puede esta dinámica derivar en una tercera guerra mundial? La respuesta exige ecuanimidad. La disuasión nuclear continúa operando como freno estructural. Sin embargo, la multiplicidad de focos —Europa oriental, el Indo-Pacífico, Medio Oriente— y la interdependencia tecnológica global aumentan la complejidad. Un incidente mal interpretado, un ciberataque atribuido erróneamente o una represalia desproporcionada podrían activar una reacción en cadena.
Desde la Cosmolingüística, el mayor riesgo radica en la consolidación de una narrativa de inevitabilidad. Cuando las potencias internalizan la idea de que el enfrentamiento total es cuestión de tiempo, el lenguaje prepara psicológicamente a las sociedades para aceptarlo. Pero el mismo lenguaje que legitima la guerra puede abrir espacios de negociación. Si la Guerra Tibia es una arquitectura semántica sostenida por palabras, imágenes y gestos, su transformación dependerá también de una reconfiguración del discurso.
El siglo XXI no es aún el escenario de una guerra mundial declarada, pero sí de una confrontación global de intensidad variable, tejida por expresiones, símbolos y actos calculados. Nombrarla Guerra Tibia es reconocer su temperatura específica: una tensión constante que arde sin incendiarlo todo, pero que contiene, latente, la posibilidad de combustión. Comprender su gramática es el primer paso para impedir que la tibieza estratégica se transforme en conflagración irreversible.
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