Dijimos anteriormente que lo verosímil establecido por Aristóteles en su Arte Poética arrastra ambigüedad de acepciones y la propia mezcla ideológica de su concepción literaria, lo cual dejó posibilidades de que se diluyera la oposición jerárquica verosímil/inverosímil, y lo cual favoreció la propia trascendencia de su teoría literaria. Anfibiología trascendental del arte poético. Pero igualmente dos hechos fundamentales favorecen la vocación unitaria-homogeneizante hegemónica contra lo heterogéneo y la dispersión de la otredad literaria, que es el ejercicio teórico como elección separación-exclusión de El Arte Poética y su sentido ideológico primario:
a) La permanencia de la ideología de entonces (aristocracia, plutocracia, religión, autoridad intelectual, etc.) cuyos valores se han reproducido, en mayor o menor grado, a través de los aparatos ideológicos del Estado, sea este esclavista, capitalista, socialista. De donde se infiere que el Estado constituye camisa de fuerza operada siempre por una ideología determinada que establece su propio verosímil (e inverosímil) como política de ideologización para su propia sobrevivencia o permanencia.
b) El hecho de la existencia del Mal de archivo, como lo llama Derrida. Los “clásicos” que configuran al canon. Este mal de archivo favorece la reproducción de lo verosímil. La escritura vuelve a los textos canónicos de hito en hito, y hace que se reproduzca la semejanza con tales textos, a través de una reconfiguración o reinyección de los gestos verosímiles de la máscara de la historia.
La ambigüedad dio pie a un esfuerzo histórico de disiparla a la vez en la propia teoría de El Arte Poética (paradoja) junto a la polisemia que establece el propio sistema de semejanza de esa verosimilitud. Así se constituye Aristóteles en una especie de tronco común de donde se erigen un conjunto, un abanico amplio de verosímiles e inverosímiles manipulables en todo sistema de ideologías. Porque toda ideología, para validarse, necesita articular su propio verosímil y su propio inverosímil, su propia relación verosímil/inverosímil, jerárquica o no, para establecer y validar su lógica, su razón, su posible…. o su antilógica, su lógica paradójica, su imposible posible, su utopía distopía, etc.
Todas las causas anteriores se motorizan en la naturaleza misma del ser humano, en los instintos básicos, en el id, el cual ha derrotado históricamente al superego, los ideales más grandiosos del ser, por lo cual se ha configurado un yo atropellado, arrollado por la homobestia sadomasoquista que hemos visto permanecer en la historia de la humanidad. Toda ideología es el resultado de las luchas del id y el superego; “La representación de la relación imaginaria (relación subjetiva, diría yo) de los individuos con sus condiciones reales de existencia” (Althusser). En tal sentido, creo que la dicotomía verosímil-inverosímil según la tradición aristotélica podría ser superada por la vía deconstructiva de la indecibilidad: del indecidible pansímil. Estéticamente hablando no se podría decidir entre verosímil e inverosímil. Lo uno y lo otro están ligados en todo destino literario, en todo discurso ficcional, a lo largo y ancho de toda la historia de la literatura.
A través de la lengua se justifica la ideología, para cuya hegemonía y permanencia esta construye su propio verosímil. Pero igualmente a través de la lengua se desarticula, se deconstruye el discurso de la hegemonía, su política de ideologización, de la reproducción de su ideología. Para enfrentar y desarticular al discurso mismizante de la ideología hegemónica de lo verosímil literario, no basta con que la crítica produzca sentidos como lo plantea Roland Barthes. Es necesario que la ideología anti-hegemónica, del contrapoder ejerza, asuma una crítica en el sentido Foucault–Asensi, y con ello se llegue a crear un escenario donde la manipulación ideológica de la oposición jerárquica verosímil/inverosímil pierda fuerza para someter, sojuzgar, alienar, controlar la existencia de los demás. Michel Foucault asume la crítica “como juicio, condena y desobediencia”. Dice Foucault en Crítica y Aukflarung (1969) que dicha “actitud crítica es el arte de no ser gobernado o incluso el arte de no ser gobernado de esa forma y a ese precio” (p. 8, citado por Asensi). Esta asunción de la crítica es heredada y recreada por Manuel Asensi con el nombre de “Crítica como sabotaje”, la cual, frente a los tipos de lector propugnados por la estética de la recepción, propone la figura del lector desobediente. El mismo Manuel Asensi define la “Crítica como sabotaje”:
“Es la acción llevada a cabo por un lector o lectora desobediente, consistente en sabotear (hacer que funcionen mal, que no rindan) aquellas máquinas textuales lineales o no lineales (literarias, filosóficas, políticas, fílmicas, etc.) que presentan una composición silogística entimemática como algo natural, transparente o mimética. O bien la práctica de una cartografía de aquellos textos que funcionan como un sabotaje de un determinado modelo de mundo” (La noción de crítica, Asensi, 2015).
Me parece fundamental el hecho de que esta concepción de crítica de Manuel Asensi se enfoque en la estética de la recepción, en el lector, ya que, si todo discurso es poder, se constituye en tal por la existencia de lector. En el lector es en quien ancla la política de ideologización del discurso. El lector es quien da destino final, reproductivo o no, de tal política, del sentido del discurso. Sin lector no hay reproducción de la ideología que establece el verosímil del discurso; por eso Asensi nos sugiere descontinuar con desobediencia esa política de ideologización del discurso que opera la ideología de quien quiere someternos a la obediencia de leer y reproducir tal lectura a imagen y semejanza de su autoridad, de su sentido u orientación ideológica. Así el verosímil de tales textos sería la “composición silogística entimemática como algo natural, transparente y mimética” que opera la ideología de sometimiento, “para modelizar la subjetividad de los sujetos”. Con un lector desobediente se lograría desarticular al verosímil del discurso de la mismidad, y emergería un sujeto-lector-escritor de la otredad cuya subjetividad iría más allá de la resistencia epistémica: pasaría de ser un agente pasivo de ese verosímil de “composición silogística entimemática” a convertirse en agente de su propia liberación como sujeto pensador. Atopía desarticuladora, antimáscara. Entonces podría decir: “Pienso por mí mismo; al fin he adquirido la estatura de mi propia subjetividad”.
¿Cómo entonces llevar a cabo una crítica como juicio, condena y desobediencia y como sabotaje contra la lectura-escritura de lo verosímil crítico de tradición aristotélica? Haciendo lo que han hecho otros escritores de la otredad histórica, de la resistencia epistémica de la historia, negadores del verosímil aristotélico, atopías de la historia: como hizo Arquíloco, loco mayor de la literatura a quien pese Aristóteles aplicar violencia epistémica, no logró enterrar en el olvido y el silencio. Como hizo Shakespeare en Otelo, poniendo una mujer blanca a amar a un moro más allá del color de la piel en el siglo XVI. Como hizo Cervantes poniendo a un loco a razonar mejor que cualquier cuerdo o cualquier filósofo (lo cual enfadó a Aristóteles en su tumba y le hizo resucitar para instaurar la Inquisición de lo verosímil crítico). Como hizo Rabelais al usar la incesante hipérbole como inverosímil para cagarse en lo verosímil aristotélico. Como hicieron Virginia Woolf y Julia Kristeva. Como hicieron James Joyce y Sigmund Freud y demás psicoanalistas. Como hicieron Barthes y Derrida. Como hicieron muchos más. Y aún más: como hemos de hacer otros (tarea insoslayable) al transgredir la relación jerárquica verosímil/inverosímil de la mismidad, dándole a dicha transgresión el sello de nuestra subjetividad más radical posible, que sería el pansímil que indique el grado de nuestra fe literaria, de nuestro sueño escritural, de nuestra razón de ser, proser y maser.
He aquí un posible Arte Poética de dicha fórmula:
Ser Arquíloco del tiempo,
soñar los engendros subjetivos de la historia,
escribir la historia de nuestra imaginación redimida,
desimismada de nosotros mismos, a desimagen
y desemejanza de nuestro propio antisueño.
Ser, proser y maser. Ser el pansímil de la historia.
Lo verosímil seguirá existiendo como lógica del discurso que busca justificar su propia razón de ser, cuyo sentido se consolida tanto por la misma razón de ser de la ideología que lo sustenta como por la misma existencia de lo inverosímil que igualmente produce el sujeto. La historia de lo verosímil (y de lo inverosímil) es la historia de la ideología, la historia de las subjetividades. Es la misma historia de la escritura, del discurso, de la literatura.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ALTHUSSER, LOUIS. (1974). Aparatos ideológicos del Estado. Seg. Ed. Buenos Aires.
ARISTÓTELES (1948). El Arte Poética. Buenos Aires.
ASENSI, Manuel (2015) “Crítica como sabotaje”.
ASENSI, Manuel (2015). ¿Qué es la deconstrucción de Jacques Derrida?
ASENSI, Manuel (2015) “La subalternidad borrosa”.
BARTHES, Roland (1976). Crítica y verdad. Siglo XXI editores.
DE TRACY, Destutt (1830). “Elementos de ideología”.
JAKOBSON, Roman (1976). Sobre el realismo artístico. Teoría de la Literatura de los formalistas rusos. Buenos aires. Siglo XXI editores.
LUGONES, María (2015). Pureza, impureza y separación.
TODOROV, Zvetan (1970). Lo verosímil. Communications, No. 11. Editorial Tiempo Contemporáneo.
SPIVAK, Gayatri Chakravorty……. (2015). “¿Puede hablar el subalterno?”
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