Broad- madhouse-way
…Quizás la calle Broadway no lo sabe
ni el maniquí detrás de la vitrina
ni el ojo amarillento del semáforo
que da paso a los autos que transitan
quizás no lo registre
el último examen de conciencia
pero aquí
después de las diez muere la vida…
Esta calle que comienza en un recodo cualquiera de este pueblo y que termina en el abismo de un prójimo fraterno. En alguien que perdió las llaves de su vida, en la encrucijada de la desesperanza de no encontrar la salida hacia el mundo del otro, del que busca entre sus venas la luz al final de un túnel que conduce hacia ninguna parte, del que busca en las rutas de las sombras el motivo para seguir viviendo.
Es desde aquí que parten muchos sueños y quimeras, de estos puertos deshechos por los que han perdido la ubicuidad, es desde aquí que parten naves que una vez fueron goletas de esperanzas, pero que ahora zozobran en los mares sin nombres de la amargura cotidiana, en las costas de los falsos delirios en donde se despeñan las últimas sonrisas.
…Entonces es fácil tildarle de vulgar
la ropa pegada
el maquillaje
la frase perspicaz
la insinuación
la puritana castidad de su mentira…
Pero el día despierta y con ella la Broadway y el Restaurant La Tambora recrea desde sus platos, el litoral nagüero de un pescado con coco y el mangú disfrazado de mofongo para alagar el paladar criollo.
Más abajo la funeraria gringa oficia su obituario inglés sin sospechar que la muerte huele a ron y a lavanda barata con pintalabios comprados en Family Dollar.
…aquí a diario hay hecatombes
de muertes interiores presentidas
y el amor cruza veloz como a dos cuadras
por no morir de vergüenza en las esquinas
aquí la emoción se descuartiza
para vender ausente de ilusión
el éxtasis falseado y las caricias…
Es la hora del aquelarre y la vendimia, de la consumación del dolor y la ignominia, de la marcha hacia atrás con los ojos vendados para no mirar el barranco por donde se despedazan los rasgos humanos que nos quedan.
Aquí vimos bailar entre risas y angustias al nuevo “Elvis Presley,” imitación burlesca que derrumbaba el alma. Que con su guitarra rota y sus cuerdas destempladas se animaba a cantar desde la calle Lowell, después de despacharse unas cervezas. Hoy atravesamos la hora indecible en donde un travesti se inventa un nuevo camuflaje, para seducir un incauto de New Hampshire, porque los de aquí ya lo conocen.
Desde la luz del semáforo de la calle Essex hasta la frontera angelical de la ruta 28:
…Bolerizan de ausencia sus ojos que se han ido
y la noche es un ángel perdido en la cintura
las manos se le escapan
la nostalgia la invade
mientras pasa de largo el diablo en su sonrisa
el delirio es un ave que se posa en su boca
cuando se deletrea un bolero de Granda
hoy la vida es un cuervo que presagia inclemencia
sobre un mundo que cierra por siempre sus ventanas.
Una tienda de suplementos para salones y barberías ofrece las pelucas de Madonna y Janet Jackson, las trenzas de Steve Wonder y la “pasa” de Bob Marley, para los que quieren intentar el “ crossover” hacia el otro mundo negro, que no es el del Mandinga, el de los negros ladinos y la esclavitud haitiana.
Y así entre los policías que saben lo que hay y lo que habrá y las maripositas de la Broadway que ven pasar su vida en sentido contrario, porque nadie les dijo que la vida ya no se construye a favor sino en contra, aparece el verdadero poeta de la noche. Un ser enigmático que se esconde detrás de las gafas negras o de la Polaroid instantánea, para dejar grabado en la magia del celuloide, las huellas de un tiempo que se irá de todos modos. Llega el improbable Aridio, el fuera de onda Ari, Ari Neruda, Ari Pedro Mir, Ari García Lorca, Ari el diamante caminando por sobre el fango y la desidia de esta angustia.
Comienza ahora el verdadero vía crucis de la noche interminable, la venta del cuerpo porque el alma ya no le pertenece, el pacto arreglado con el rubio del Honda Accord que dice que tiene 30 dólares y que ella se hubiese ido por 15, el boricua que recoge unas botellas para ligar el otro Bacardí, el oficial que se disfraza de paisano para esconder que es parte de la carnestolendas y la comparsa, el cibaeño que pide un pasaje para irse para Haverhill y que todos sabemos que realmente va para el infierno, el “tíguere” de Miches, que esgrime que vino en doble A, en un “vuelo” náutico desde Higüey hasta Aguadilla.
Es ahora cuando la vida es una trampa, cuando descubrimos que las drogas y ellos están hechos el uno para el otro, pues ellos tienen la piel blanda y las drogas los dientes afilados, es ahora cuando quisieran que no existiesen estos patios malditos y estas callejuelas clandestinas. Porque mañana abre la bodega “Vecina Meat Market” y los chinos – que ya hablan español- venderán sus pollos con brócolis a las nueve, la rubia de farmacia de Centro Comercial Merengue fiará pasajes para volver a la isla, dos cuadras más abajo un tenarense cambiará cheques y venderá celulares, mientras Zoa Méndez nos alegrará la vida vendiendo sus flores amarillas.
Mañana la vida despierta y con ella la Broadway. Pero sólo ellos, los duendes del submundo y el engaño, sólo ellos, los soldados de una batalla ya perdida, mañana mirarán la vida pasar en sentido contrario, mientras nosotros veremos los nuevos transeúntes que darán vida a un gran dolor, a seis esquinas y a una calle: La Broadway, con sus maripositas y sus negocios, con sus claudicaciones en los últimos refugios de la noche, tras el rastro quemante del delirio, de esa puerta que se pierde en las escaramuzas que nos niegan el camino del regreso; porque definitivamente ellos y nosotros, hemos perdido las claves de volver.
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