El próximo domingo 24 de mayo el calendario litúrgico católico celebra la solemnidad de Pentecostés o fiesta del Espíritu Santo, 50 días después del Domingo de Pascua, los católicos conmemoran por todo lo alto la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen María y los apóstoles, marcando el nacimiento de la Iglesia, además este día cierra el tiempo de Pascua y celebra la efusión del Espíritu como fuerza renovadora.
En la religiosidad popular dominicana es una fecha muy importante, ya que son muchas las cofradías existentes, algunas desde la época colonial que tienen como santo patrón al Espíritu Santo en las diferentes zonas del país. Es por esta razón que hoy dedicamos nuestra reflexión como investigador del tema, a una obra pionera, pero poco visibilizada, que aborda el tema desde una perspectiva etnológica, reconociendo los aportes de la autora y poniendo en el debate cultural la celebración dentro de los 25 años de la declaratoria por la UNESCO como Patrimonio Cultural de Humanidad la Cofradía de los Congos del Espíritu Santo de Villa Mella.
La obra "Remanentes negros del culto del Espíritu Santo en Villa Mella" de la escritora dominicana, Aída Cartagena Portalatín constituye uno de los trabajos pioneros más importantes para el estudio de las manifestaciones afrodominicanas, del sincretismo religioso y de la permanencia de matrices culturales africanas en la República Dominicana.
Publicada en el 1975 por ediciones Brigadas Dominicanas, dentro de la Colección Baluarte No. 16, en Santo Domingo, República Dominicana, esta investigación etnológica aparece en un contexto histórico marcado por fuertes silencios académicos y culturales alrededor de lo negro, de las religiosidades populares y de las expresiones culturales de matriz africana en el país.
La obra posee aproximadamente 71 páginas en la edición consultada y se estructura a partir de una introducción, varios apartados temáticos construidos desde el trabajo de campo, conclusiones analíticas y referencias comparativas históricas y antropológicas.
Más que una división convencional en capítulos académicos cerrados, como generalmente se estructuran estas textos, el libro desarrolla núcleos temáticos sucesivos dedicados al “Don del Espíritu Santo”, la “Aparición del Espíritu Santo”, la “Festividad del Espíritu Santo”, los “Poderes y Ensalmos”, las “Manifestaciones de devoción”, “Los instrumentos de los Congos”, “Baile”, “Imágenes populares”, “La procesión”, “Platos típicos”, “Otro tipo de comida”, así como una segunda parte centrada en nuevas visitas de investigación realizadas en 1974 y un amplio cuerpo de conclusiones etnológicas e históricas.
Es importante señalar que el verdadero valor de esta obra no reside en la descripción o mirada folklórica de la manifestación religiosa popular, como se acostumbra a escribir en el país, sino en la radicalidad intelectual de una autora que se interesó y decidió mirar hacia un universo cultural marginado por las élites políticas, religiosas y académicas dominicanas desde principio de los años 1960.
Aída Cartagena Portalatín inicia sus visitas de trabajo de investigación al enclave de Villa Mella en junio de 1963, acompañada de los etnomusicólogos venezolanos Luis Felipe Ramón y Rivera e Isabel Aretz. Ese dato es fundamental porque sitúa el origen de la investigación en la década de 1960, un período donde el estudio sistemático de la africanidad dominicana era muy reducido, fragmentario y muchas veces rechazado por discursos nacionalistas antihaitianos y por visiones hispanistas que negaban la profundidad del legado negro en la construcción cultural dominicana, ósea no hemos cambiado en nada en sociedad dominicana.
El solo hecho de que una intelectual dominicana de la categoría de la autora se desplazara hacia Villa Mella para estudiar tambores, cofradías, ritualidad funeraria, posesión espiritual, alimentación y sincretismo afrocatólico representaba ya un gesto intelectual de ruptura.
Desde mi perspectiva como investigador de las religiosidades populares y de las herencias afrodescendientes en la República Dominicana y la región, considero que este libro debe ser leído como una obra adelantada a su tiempo. Ya que, Aída Cartagena Portalatín no se limita a describir prácticas culturales; ella intenta demostrar históricamente la permanencia de remanentes africanos dentro del tejido espiritual dominicano. Por eso el término “remanentes negros” adquiere una dimensión profundamente política y epistemológica.
La autora está diciendo que la cultura negra sobrevivió, resistió y se transformó dentro de un contexto nacional que constantemente intentó invisibilizarla. En un país donde durante décadas ha predominado una narrativa oficial que privilegiaba lo hispánico y niega lo africano, Cartagena Portalatín dirige su mirada precisamente hacia los sectores populares negros de Villa Mella, observando en ellos la persistencia de memorias rituales, musicales y espirituales de raíz africana. Ese interés intelectual resulta extraordinario para la época.
La introducción del texto posee un valor etnográfico esencial porque desde las primeras páginas la autora ubica geográficamente a Villa Mella y describe las condiciones sociales y raciales de la comunidad. Allí se percibe una mirada profundamente observacional, marcada por el contacto directo con los sujetos investigados.
Aída no escribe desde la distancia elitista del archivo; escribe desde la experiencia de campo, desde el encuentro con Benigna Martínez, Vicente Miliano Pacheco, Juan Pío Brazobán, Sixto Minier y otros portadores de tradición y cofrades consagrados. El texto está atravesado por voces populares, testimonios orales, entrevistas, descripciones rituales y observaciones personales que convierten la obra en una etnografía testimonial afrodominicana.
Ese elemento es particularmente relevante porque muchas investigaciones de la época hablaban “sobre” los sectores populares, pero pocas hablaban “desde” la escucha directa de sus protagonistas. Por eso establezco como conocedor del tema que la obra es pionera.
Uno de los aspectos más importantes del libro es la manera en que Cartagena Portalatín analiza el sincretismo religioso. La autora observa cómo el culto católico al Espíritu Santo se mezcla con prácticas rituales de origen africano, espiritista y animista y lo aborda desde estas narrativas y categorías de estudios.
En sus páginas aparecen ceremonias de posesión, revelaciones espirituales, herencias rituales transmitidas familiarmente, ensalmos, toques de tambores, cantos responsoriales y celebraciones funerarias como el Banco y el Cabo de Año. Lo interesante es que la autora no ridiculiza ni exotiza esas prácticas; intenta comprenderlas desde una perspectiva antropológica e histórica. Cuando describe las revelaciones espirituales de Benigna Martínez o los toques rituales de los Congos, lo hace intentando vincular esas manifestaciones con tradiciones africanas sobrevivientes en el Caribe insular, haciendo ejercicios de análisis comparativos.
En su análisis comparativo la autora conecta a la Sabana del Espíritu Santo con África, con Haití, con Brasil, con Cuba y con otras expresiones afroamericanas, construyendo así una lectura transatlántica de la cultura afrodescendiente.
El capítulo dedicado a los rituales de los Congos de Villa Mella posee una importancia extraordinaria porque constituye uno de los primeros intentos sistemáticos de documentar etnográficamente estos conjuntos rituales. La autora describe los instrumentos, los ritmos, las funciones sociales de los tambores y las jerarquías internas de las cofradías. Particularmente revelador resulta su interés por identificar la procedencia africana de los tambores encorados y de ciertos cantos rituales en honor a Kalunga.
Cartagena Portalatín compara términos, ritmos y estructuras musicales con referencias afrobrasileñas, afrocubanas y afrouruguayas, buscando rastros lingüísticos y culturales que le permitieran comprender la profundidad histórica de estos remanentes africanos en territorio dominicano. Aunque algunas de sus hipótesis pueden hoy revisarse desde nuevas metodologías y categorías de estudios antropológicos, su esfuerzo comparativo demuestra una voluntad pionera de insertar la cultura dominicana dentro de la diáspora africana atlántica.
Otro elemento sumamente importante es que la autora logra identificar las tensiones entre religiosidad popular y poder eclesiástico. Ya que, como mismo establece en la obra, durante las visitas realizadas entre los años 1970 al 1974, Cartagena Portalatín documenta cómo sacerdotes católicos condenaban las prácticas sincréticas y llamaban a los fieles a abandonar las “supersticiones”, como le llamaban a la práctica religiosa de los devotos y cofrades.
Ese conflicto revela la persistencia de mecanismos históricos de exclusión cultural hacia las prácticas afroreligiosas dominicanas. Sin embargo, el pueblo de Villa Mella continuaba participando de los rituales de la cofradía, entre ellos, las velaciones y los toques.
La autora deja ver cómo las comunidades populares resistían simbólicamente mediante la continuidad de sus prácticas ancestrales. Y pienso que, ahí radica uno de los aportes más agudos del libro: demostrar que la cultura afrodominicana sobrevivió no únicamente como folklore, sino como espacio de resistencia espiritual, comunitaria y simbólica, incluso a la propia iglesia católica y sus lideres religiosos que la reprimían.
La investigación en cuestión también posee un enorme valor histórico porque conecta las prácticas rituales contemporáneas con la historia colonial de la esclavitud y de los ingenios azucareros. Cartagena Portalatín, por ejemplo, reconstruye y visibiliza la presencia de poblaciones africanas en regiones cercanas a Villa Mella y relaciona los asentamientos de esclavizados con la persistencia de tradiciones musicales y religiosas afrodescendientes y se refiere a la extensión de la cofradía a otras localidades dentro del territorio.
En ese sentido, el libro hace una reflexión histórica sobre la memoria africana en la nación dominicana, demostrando con fuentes que detrás de los tambores, de los cantos y de las ceremonias sobreviven siglos de historia negra silenciada.
Resulta significativo que esta obra haya sido poco discutida dentro de amplios sectores académicos dominicanos durante mucho tiempo. Posiblemente ello se deba a que el texto confrontaba imaginarios nacionales profundamente arraigados. Ya que, hablar de africanidad, de herencias bantúes, de ritualidad negra y de sincretismo en la década de 1950, 1960 y 1970 implicaba desafiar discursos oficiales que privilegiaban una identidad dominicana exclusivamente hispánica y católica.
Por eso hoy, en el contexto contemporáneo de revalorización de las culturas afrodescendientes y de los patrimonios inmateriales, la lectura de esta obra adquiere una vigencia extraordinaria. Más aún cuando las festividades del Espíritu Santo de Villa Mella y los Congos fueron posteriormente reconocidas y declaradas como patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO, confirmando la relevancia histórica de aquellas observaciones pioneras realizadas por Cartagena Portalatín décadas antes.
Al releer este libro en el contexto de las celebraciones del Espíritu Santo, considero imprescindible poner en valor el papel intelectual y humano de Aída Cartagena Portalatín como dominicana e intelectual investigadora adelantada a su tiempo. Ella supo mirar donde muchos no querían mirar y escuchar voces populares que la academia ignoraba.
Supo comprender que, en los tambores, la canoíta, los panderos y las maracas de Villa Mella sobrevivía una memoria histórica africana profundamente arraigada en la identidad dominicana, y su trabajo abrió caminos para posteriores investigaciones sobre religiosidad popular, música afrodominicana, cofradías, patrimonios culturales y estudios afrocaribeños, aunque ella no haya sido mencionada.
Hoy, cuando existe un interés mucho mayor por estudiar las herencias africanas en la República Dominicana, es necesario reconocer que obras como Remanentes negros del culto del Espíritu Santo en Villa Mella ayudaron a romper silencios históricos y a legitimar académicamente temas que durante décadas fueron considerados marginales o incómodos. El cierre de esta lectura obliga también a reflexionar críticamente sobre cuánto falta todavía por investigar y reconocer sobre las culturas afrodominicanas.
El libro de Cartagena Portalatín sigue interpelándonos porque evidencia que muchas de las prácticas culturales negras del país continúan siendo vistas desde el exotismo, el prejuicio o la folklorización superficial. Sin embargo, detrás de cada toque de Congo, de cada velación, de cada salve y cada celebración del Espíritu Santo existe una profunda memoria histórica de resistencia cultural.
Aída Cartagena Portalatín comprendió eso hace más de sesenta años. Y quizás allí reside la mayor grandeza de esta obra: en haber entendido, antes que muchos, que la historia cultural dominicana no podía narrarse sin reconocer plenamente la centralidad de África en la formación espiritual, musical y simbólica de la nación dominicana.
Al releer esta obra desde el presente, resulta imposible no establecer conexiones con otros trabajos fundamentales de mujeres intelectuales dominicanas que también decidieron mirar críticamente la presencia africana y afrodescendiente en la cultura nacional, como ocurre con El Turbante Blanco: muertos, santos y vivos en la lucha política, (1982), de Wendalina Rodríguez, texto sobre el cual próximamente desarrollaremos una reflexión más amplia.
Ambas obras, aunque distintas en enfoque y temporalidad, comparten una característica esencial: escritas e investigadas por mujeres que se atrevieron a abordar temas históricamente relegados por una historiografía dominicana profundamente atravesada por silencios raciales, elitismos culturales y visiones conservadoras de la identidad nacional.
Tanto Aída Cartagena Portalatín como Wendalina Rodríguez construyen miradas agudas sobre la memoria afrodominicana, sobre las prácticas culturales populares y sobre la permanencia de herencias africanas en Villa Mella que durante décadas fueron consideradas temas “menores”, folklóricos o incómodos para ciertos sectores académicos e intelectuales.
Resulta llamativo que trabajos de semejante profundidad epistemológica, metodológica y documental no hayan ocupado el lugar central que merecen dentro de los grandes debates historiográficos y antropológicos dominicanos. Y es válido preguntarse críticamente si parte de esa invisibilización no responde también a estructuras históricas de exclusión dentro de la propia intelectualidad dominicana.
La academia nacional, durante mucho tiempo, estuvo marcada por dinámicas profundamente patriarcales y masculinistas donde numerosas mujeres investigadoras, escritoras y pensadoras fueron minimizadas o leídas desde lugares secundarios, aun cuando sus aportes resultaban pioneros.
En el caso de Aída Cartagena Portalatín, no estamos frente únicamente a una escritora y poeta de relevancia literaria; fue una intelectual de nivel en su época, con formación de cuarto nivel en Francia en Estudios Culturales, estamos ante una investigadora que realizó trabajo etnográfico de campo en momentos donde muy pocos intelectuales dominicanos se interesaban seriamente por estudiar las religiosidades afrodominicanas, los Congos de Villa Mella, el sincretismo ritual o la memoria africana en la cultura popular. Sin embargo, muchas veces su dimensión como investigadora cultural ha quedado eclipsada dentro de ciertos relatos oficiales de la literatura y la intelectualidad nacional.
También habría que cuestionar si el relativo silencio alrededor de obras como Remanentes negros del culto del Espíritu Santo en Villa Mella responde únicamente a factores académicos o si existe además una incomodidad histórica frente a investigaciones que desmontan el mito de una dominicanidad exclusivamente hispánica y occidental.
Aída Cartagena Portalatín fue una de las pocas escritoras dominicanas de la primera mitad del siglo XX que logró levantar e imponer enérgicamente su voz en un medio literario predominantemente masculino, siendo la escritora dominicana más antologada y estudiada del siglo XX, falleciendo el 03 de junio del año 1994.
Tal vez por eso su obra no fue promovida con la misma fuerza que otros estudios culturales de su época, incluso algunos con menor profundidad analítica o menor trabajo etnográfico. La vigencia de esta investigación radica justamente en esa capacidad de incomodar las narrativas tradicionales y de obligarnos a repensar críticamente la historia cultural dominicana.
Aída Cartagena Portalatín desarrolló además otros trabajos vinculados al universo africano y afrocaribeño, confirmando que existía en ella una preocupación intelectual sostenida por comprender las raíces negras de la sociedad dominicana y antillana. Su obra ha sido revisitada y valorada por intelectuales contemporáneos como el Dr. Rey Andújar, quien ha reconocido la importancia de releer críticamente estos aportes dentro de los debates actuales sobre identidad, racialidad, memoria y cultura en la República Dominicana.
Hoy más que nunca se hace necesario rescatar estas voces pioneras, no solo como ejercicio de justicia historiográfica, sino también como una forma de reconstruir una genealogía intelectual afrodominicana donde las mujeres investigadoras ocupen el lugar central que históricamente se les ha negado.
Referencia
Cartagena Portalatín, A. (1975). Remanentes negros del culto del Espíritu Santo en Villa Mella. Santo Domingo. Ediciones Brigadas Dominicanas. Colección Baluarte No. 16.
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