“Todos los aprendizajes más importantes de la vida se hacen jugando.” — Francesco Tonucci
Avelino Stanley, notable escritor dominicano, en su cuento “el topao”, publicado por Cocolo Editorial en enero de 2017, con ilustraciones de Juan Pablo Féliz, nos conduce a una retrospectiva luminosa hacia aquellos años en que jugábamos sin cansancio. En cualquier calle de la República Dominicana, cuando la tarde comenzaba a dorarse como pan recién salido del horno, siempre una voz rompía el aire: ¡vamos a jugar al topao! Y de pronto, el barrio entero latía.
El relato es una invitación abierta a reencontrarnos con nuestras raíces identitarias, a revivir este juego con la niñez y reanimarlo, porque el topao no necesita pilas, pantallas ni permisos especiales. Solo requiere un grupo de niños, una pared que funcione como “casa” y el deseo irrefrenable de correr.
Uno cuenta con los ojos cerrados y la frente apoyada en el muro. Los demás desaparecen como palomas asustadas: detrás de un carro, bajo una escalera, pegados a una puerta que parece tragárselos. El silencio se alarga. Entonces comienza la aventura.

Quien busca avanza con cautela, como un detective tropical. Observa sombras, escucha risitas que estallan como burbujas y, cuando descubre a alguien, corre como si el viento impulsara sus talones. Si logra tocarlo antes de que llegue a la base, grita victorioso: ¡topao! Y ese grito no es solo una palabra: es una chispa, un tambor invisible que convoca a todos a moverse, reír y empezar de nuevo.
Pero el topao es más que entretenimiento. Es escuela sin pizarrón, gimnasio sin techo, teatro sin escenario. Allí se aprende estrategia: ‘’¿Me escondo arriba o abajo?’’, valentía: ‘’¡Sal corriendo aunque te hayan visto!’’, compañerismo: susurrar “Por ahí viene” y justicia, porque cada quien espera su turno.
En el topao no importa quién tenga los tenis más nuevos ni quién viva en la casa más grande. Importa atreverse, correr y reír. Ha atravesado generaciones: los abuelos lo jugaron descalzos sobre la tierra caliente; los padres también lo disfrutaron antes de la era digital; y hoy, aunque existan videojuegos deslumbrantes, el topao reaparece como un clásico que nunca caduca.

Su trascendencia radica en que une: une calles, enlaza edades, teje memorias. Cada partida deja una huella invisible en la historia del barrio. Es una manera de decir: estamos juntos, estamos vivos, estamos jugando. Y cuando cae la noche y las madres llaman desde las puertas, el juego se suspende, pero no concluye: se guarda en los bolsillos del corazón, listo para reaparecer al día siguiente, cuando en cualquier rincón dominicano vuelva a escucharse: ¡topao!
Desde una perspectiva psicológica, el elemento central del relato es la respuesta de miedo de Joselo. Su reacción constituye un ejemplo claro del mecanismo conocido como Respuesta de lucha o huida (Fight or Flight). Cuando percibe a Polín, su corazón se acelera, siente un vacío helado en el estómago, se le seca la boca y su pensamiento adopta un tono catastrófico. Estos síntomas evidencian una activación intensa del sistema de alarma cerebral, propia de la ansiedad aguda.

Lo significativo es que su temor no surge de un peligro real e inmediato, sino de una interpretación mental. Joselo no le teme a Polín por experiencia directa, sino por esquemas cognitivos aprendidos. En psicología, un esquema es una estructura mental que organiza la manera en que interpretamos la realidad. Él ha interiorizado la idea de que “Los locos son peligrosos” y que no se puede confiar en ellos. Estas creencias provienen de su madre. Por eso, cuando ve a Polín, su mente activa automáticamente un esquema de amenaza, aun sin evidencia objetiva.
Durante la persecución se observan distorsiones cognitivas típicas de la ansiedad:
Catastrofización: piensa “Estoy perdido”, “Me pasará algo terrible”.
Lectura de mente: asume que Polín tiene malas intenciones sin comprobarlo.
Generalización: aplica la idea social de que “Los locos son peligrosos” a este caso particular.
Esto demuestra cómo la mente ansiosa llena los vacíos de información con interpretaciones negativas.
Desde la psicología social, Polín puede analizarse como una figura de exclusión y estigmatización. Sufre rechazo, burlas, aislamiento y carencias asociadas a la pobreza. Estas condiciones generan lo que se denomina conducta reactiva al entorno. El texto muestra que cuando recibe afecto responde con serenidad; cuando recibe agresión, reacciona con ira. Esto coincide con la teoría de que el comportamiento humano está profundamente influido por el ambiente social.
Polín no es inherentemente agresivo; su conducta depende del trato recibido. Una clave fundamental del relato es que él solo quería jugar. Esto revela una necesidad humana básica: la afiliación y el sentido de pertenencia. Todos necesitamos sentirnos incluidos; el rechazo produce un sufrimiento emocional profundo. Polín persigue a Joselo no por hostilidad, sino por soledad y deseo de conexión.
Al final ocurre una transformación cognitiva, proceso conocido como reestructuración cognitiva. Joselo parte de la creencia inicial: “Es peligroso”. Luego observa evidencia contradictoria (La sonrisa de Polín) y modifica su interpretación: “Solo quería jugar”. Este cambio reduce su ansiedad y posibilita una nueva conducta: en lugar de huir, decide acercarse.
Cuando Joselo percibe el cansancio de Polín, su sudor, su respiración agitada, se activa la empatía, entendida como la capacidad de comprender el estado emocional del otro. La empatía disminuye el miedo porque humaniza a quien antes era percibido como amenaza. Por eso su emoción se transforma de temor en alegría.

El cuento revela varias verdades psicológicas esenciales:
El miedo muchas veces nace de creencias aprendidas.
Los prejuicios distorsionan la percepción.
El rechazo social influye en la conducta humana.
La empatía puede convertir el temor en comprensión.
La necesidad de pertenencia es universal.
El mensaje psicológico del relato es claro: no tememos a las personas, sino a las ideas que construimos sobre ellas. Y el contacto directo, junto con la empatía, constituye el mejor antídoto contra el prejuicio.
Corría
como si el viento le susurrara
que el miedo también tiene pies.
El parque se volvía infinito,
la tarde descendía como un suspiro exhausto,
y el sol parecía advertirle:
Nadie puede huir eternamente.
Detrás avanzaba una sombra,
no de rabia,
sino de incomprensión.
Y el corazón,
ese pequeño tambor del pecho,
golpeaba como si quisiera escapar primero.
Hasta que el cuerpo cayó,
y entonces entendió:
a veces lo que nos persigue
no desea atraparnos,
solo anhela que dejemos de correr.
La carrera entre Joselo y Polín no es solo un juego ni un simple sobresalto: funciona como una metáfora de la experiencia humana. Correr simboliza el intento de escapar de lo desconocido, la lucha contra los propios temores y la resistencia a enfrentar ciertas realidades. Joselo huye sin detenerse porque, en sentido figurado, representa al ser humano que prefiere escapar antes que comprender. La vida, como Polín, lo persigue hasta obligarlo a detenerse.
Polín encarna aquello que la sociedad considera extraño, incomprensible o inquietante. Simbólicamente representa lo diferente, lo marginal, lo que se teme sin conocer. Por eso los niños lo llaman “loco”: el lenguaje social tiende a etiquetar aquello que no logra explicar. En este sentido, Polín se convierte en una metáfora de todo lo que rechazamos por miedo y no por su verdadera naturaleza.
El temor de Joselo no nace de un peligro real; surge de suposiciones, recuerdos colectivos e ideas heredadas. En términos simbólicos, el miedo representa la ignorancia que deforma la realidad. Joselo no ve a Polín como persona, sino como una idea: “El loco peligroso”. Así se evidencia cómo los prejuicios construyen barreras invisibles.
Cuando Joselo cae exhausto, el relato alcanza un momento de gran fuerza simbólica. La caída representa el fin del control, la rendición del orgullo, el instante en que la verdad se revela. Solo cuando el ser humano deja de huir puede enfrentar la realidad. La caída permite el encuentro.
La amplia sonrisa de Polín funciona como un símbolo central: expresa la inocencia oculta tras la apariencia, la bondad que la sociedad no percibe, la auténtica intención del “otro”. Joselo descubre que aquello que parecía una amenaza era, en realidad, una necesidad de afecto. La sonrisa desmantela la figura imaginaria del monstruo.
El topao simboliza algo mucho más profundo que un juego infantil: representa la dinámica social, la interacción humana y la búsqueda de pertenencia. Todos pueden ser “topaos”; todos pueden perseguir o ser perseguidos. En la vida, todos somos vulnerables y todos necesitamos a los demás.
Cuando el texto compara a Polín con las horas del mar y afirma que reacciona según el viento, introduce otra metáfora significativa: cambia según el trato que recibe. Esto expresa una verdad social profunda: las personas no nacen violentas; muchas veces se vuelven, así como consecuencia del rechazo. Polín representa a cualquier ser humano marginado por la comunidad.
En conjunto, el cuento funciona como una gran metáfora sobre el miedo a lo diferente, el poder destructivo del prejuicio y la posibilidad de transformar la realidad mediante la comprensión. Su mensaje simbólico podría resumirse así: muchas veces huimos de aquello que, en el fondo, solo desea acercarse. Lo que parece amenazante desde lejos puede revelarse profundamente humano cuando se observa de cerca.
Tenía los dientes grandes,
como si la alegría
no cupiera dentro de su boca.
Caminaba con la soledad
colgada de los hombros,
como una camisa que nadie lava.
Le llamaban loco,
porque el mundo teme
a quien no sabe nombrar.
Pero su corazón
era una puerta abierta
esperando pasos.
Y cuando alguien le ofrecía bondad,
su sonrisa crecía
como un amanecer inesperado.
“Echado en la grama, Joselo estaba dominado por el cansancio. Se moría del susto. Así, tendido en el suelo, vio como nunca antes a Polín totalmente cerca de él. Observó sus cabellos negros salpicados de canas blancas. Vio el sudor corriéndole por el rostro. Sintió que a Polín también le galopaba el corazón.” (p. 26)
Uno de los ejes filosóficos centrales del relato es que el miedo de Joselo no nace de un peligro real, sino de una interpretación previa. Huye porque ha interiorizado el discurso social: “con los locos uno nunca sabe”. Recuerda episodios pasados de violencia colectiva hacia Polín y proyecta imaginariamente un daño que nunca ocurre.
El texto refleja una idea profundamente filosófica: el miedo muchas veces no surge de la realidad, sino de nuestras representaciones mentales. Se presenta como anticipación del mal y no como experiencia directa. Asimismo, evidencia cómo la sociedad condiciona aquello que consideramos peligroso. Joselo no teme a Polín como individuo, sino a la construcción social del “loco”.
Polín representa filosóficamente la figura del otro: el diferente, el excluido, el incomprendido. La comunidad lo define por su apariencia, su pobreza, su conducta distinta y un apodo deshumanizante. El relato revela una verdad incómoda: la sociedad crea “monstruos” simbólicos para justificar su rechazo.
Polín no es violento por naturaleza; su comportamiento depende del trato recibido: amabilidad genera dulzura; burla provoca agresividad. Esto sugiere una idea ética fundamental: el ser humano no es inherentemente malo, sino profundamente influido por su entorno.
La metáfora de Polín como el mar (que reacciona según el viento) expresa filosóficamente que la moral es relacional y no una esencia fija. La identidad humana es dinámica; el comportamiento refleja el trato recibido. En otras palabras, tratamos a los demás según lo que creemos que son y, al hacerlo, terminamos moldeándolos.
El texto denuncia un círculo ético preocupante: la sociedad teme al diferente, lo excluye, y esa exclusión provoca reacciones que refuerzan el miedo inicial.
La revelación ocurre cuando Joselo descubre la verdad: Polín no quería hacer daño; solo deseaba pertenecer.
“-Polín, ¿y qué es lo que quieres conmigo?
Polín tuvo otra explosión de risa. Luego respondió con voz lenta y ahogada entre los dientes:
—¿Yo? Vi que estabas jugando al topao. Y yo también quería jugar. Ahora el topao vas a ser tú. Y tendrás que caerme atrás a ver si me puedes atrapar.” (p. 30)
Este momento constituye una epifanía moral: el miedo se disuelve cuando aparece la comprensión. El “enemigo” se revela vulnerable; el otro se convierte en semejante. El relato muestra una enseñanza profunda: el desconocimiento genera temor; el encuentro produce empatía.
Polín no es un villano, sino un ser radicalmente solo. Su mayor deseo no es agredir, sino ser visto y aceptado. Filosóficamente, el texto sugiere que la mayor violencia social no es el daño físico, sino la exclusión. La verdadera tragedia de Polín no es su supuesta locura, sino su aislamiento.
El final propone una idea ética esencial: Joselo decide correr detrás de Polín para convertirse en su amigo. Ese gesto simboliza la superación del prejuicio, el reconocimiento del otro como igual y el nacimiento de una ética basada en la empatía.
La humanidad comienza cuando dejamos de temer al diferente y empezamos a comprenderlo.
En su conjunto, el texto es una reflexión sobre el miedo como construcción social, la marginación del distinto, la necesidad humana de pertenecer y la posibilidad de transformar la realidad mediante la empatía.
Su mensaje filosófico podría resumirse así: lo que más tememos en los otros suele ser aquello que aún no nos hemos atrevido a comprender.
En el patio resuena un grito:
¡Uno, dos y tres… ahí voy yo!
Corre el viento entre risitas,
¡ya comenzó el juego del topao!
Manos listas, pies inquietos,
corazones ¡pum, pum, pum!
Uno busca con ojos atentos,
los demás se esconden… ¡zum!
Detrás del árbol se oye un soplo,
bajo la mesa hay un temblor,
la pared guarda secretos
y el silencio huele a sol.
¡Topao!
grita el más veloz,
tocando una espalda sorprendida,
y entre saltos y carcajadas
la tarde despierta encendida.
En la esquina del colmado,
en el patio de la abuela,
corre el juego por el barrio
como cometa sin espuela.
Si te topan, no te enfades,
ríe fuerte y vuelve a empezar,
que en la isla el topao enseña
a correr y a compartir.
Bajo el cielo azul y amplio,
cuando el día empieza a bostezar,
queda un eco de risitas:
¡Yupi!
¡Mañana volvemos a jugar!
En síntesis, el relato demuestra que el miedo no siempre surge de la realidad objetiva, sino de construcciones sociales y esquemas mentales interiorizados. La transformación de Joselo evidencia que el contacto directo y la empatía tienen la capacidad de desarticular el prejuicio y resignificar la alteridad. De este modo, el cuento plantea una reflexión ética fundamental: comprender al otro es el primer paso para desmantelar el temor y reconstruir el tejido humano desde la inclusión y la dignidad.
Compartir esta nota