Hay obras que no se leen; se atraviesan como un umbral. Apuntes en libros usados pertenece a esa rara estirpe de textos que comprenden que el teatro no es únicamente representación, sino desdoblamiento ontológico. Es decir, no es una pieza teatral en el sentido convencional; es más bien una cámara de ecos donde la vejez, la enfermedad y la literatura conversan en voz baja mientras alguien, quizá nosotros mismos, ordena libros que nunca volverán a ocupar el mismo lugar. Desde las primeras escenas, esa silueta verde que cruza el escenario —Perséfone sin decir su nombre, o diciéndolo todo— nos advierte que estamos en territorio fronterizo: mitad biblioteca, mitad inframundo.

'Apuntes en libros usados', de Giovanny Cruz Durán

Giovanny Cruz Durán construye un artefacto escénico que parece sencillo —dos hombres, una biblioteca, un bastón, una máquina de escribir— pero que pronto revela su verdadera arquitectura: un laberinto emanando una metafísica del desgaste, donde cada objeto tiene memoria y cada memoria, a su vez, se defiende del olvido. El Primer Hombre y el Segundo Hombre no dialogan; se espejan. No discuten; se desdoblan. Como si el autor hubiese decidido abrir el cráneo del personaje y colocar sobre la mesa sus hemisferios para que se revelen delante de nosotros. En Cruz Durán, esta metacognición no es un simple recurso de alter ego; estamos más bien ante la dramatización del pensamiento en su estado más sórdido y vulnerable, en donde el teatro se vive como como pasaje a otra dimensión donde el yo se fractura con naturalidad, como quien cambia de cuarto en cuarto en una casa de sombras antiguas.

En Apuntes en libros usados hay una gravedad, una conciencia del desgaste. El deterioro, la enfermedad y la lucha contra el cáncer es más que un tema central, un dispositivo de lucidez. Así, la quimioterapia no es solo tratamiento médico, sino una metáfora del tiempo. Cada infusión parece borrar una palabra, y cada palabra borrada es una derrota contra el olvido. El escritor enfermo, sitiado por el deterioro, defiende su biblioteca con la obstinación de quien resguarda el último territorio habitable: no lucha contra la muerte —empresa inútil—, sino contra el desorden que amenaza con desarticular su Ser. Y, sin embargo, la obra rehúye de cualquier solemnidad funeraria: en su lugar instala una ironía de alta precisión, un humor negro que no trivializa el dolor, sino que lo domestica. El protagonista que se suministra su propia “quimio” mientras reflexiona sobre la retórica, la técnica y la dignidad de la literatura produce un efecto inquietante: el cuerpo se desmorona mientras la inteligencia se niega a abdicar. Esa tensión entre deterioro físico y lucidez verbal dota al texto de una energía dramática inusual, casi feroz.

Uno de los méritos mayores de la obra es su diálogo con la tradición literaria sin servilismos. Borges, Dostoievski, Tolstói, Camus, Ovidio: todos desfilan como sombras familiares que no pesan, sino que acompañan. No se trata de erudición exhibida, sino de la constatación de que un escritor está hecho de las páginas que ha amado. Y cuando ese escritor teme olvidar lo leído, lo que realmente teme es dejar de ser quien es. Pocas veces he visto dramatizado con tanta lucidez ese pánico íntimo del creador ante la posible evaporación de su memoria. Es así, cómo la lucha del protagonista por su supervivencia se vuelve aquí en una defensa del oficio mismo como un acto de resistencia.

 Apuntes en libros usados Carlos Manuel Abaunza
Carlos Manuel Abaunza, autor de este ensayo sobre la obra de Giovanny Cruz Durán.

El juicio del protagonista introduce un plano casi kafkiano, pero sin la opacidad desesperante del absurdo puro. Aquí el delirio es inteligible. El espectador no duda de la fractura mental del personaje, pero tampoco puede negarle coherencia. Si mover los libros es mover el orden del mundo, entonces el crimen —real o imaginado— se convierte en defensa metafísica. Y en ese punto la obra toca una verdad incómoda: todos somos sistemas frágiles, en un equilibrio tan precario que la más leve fluctuación pone en riesgo nuestra identidad.

Apuntes en libros usados nos recuerda que escribir —y leer— es una forma de demorar el final, de mantener encendida una lámpara de biblioteca que nos permite discernir los numerosos tomos del recuerdo. Quien lea esta obra con atención advertirá que no se trata solo de una obra sobre la muerte, sino sobre la obstinación de seguir siendo hasta el final. Al salir de ella, uno no queda intacto. Queda, más bien, ligeramente desplazado, como un libro que alguien movió de sitio. Y esa leve incomodidad es, quizá, el mayor logro de la pieza.

Carlos Manuel Abaunza

Académico e investigador

Carlos Manuel Abaunza ha realizado estudios en la Universidad de Costa Rica, Boston College, Harvard y la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es cadedrático de Facultad de Ciencias y Humanidades en la Universidad Nazarbáyev (Kasajistán). abaunzak@gmail.com

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