En 1776, el escocés Adam Smith publicó "Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones" que no sólo explicó la economía, sino que la transformó.
Fue un éxito instantáneo, cambió la forma en que entendemos la prosperidad, y se convirtió en la piedra angular de la literatura económica moderna.
Abreviado a "La riqueza de las naciones", el libro desató debates que aún siguen acalorados, y moldean desde el comercio global hasta cuánto ganas.
Políticos de todas las tendencias han reivindicado partes del legado de Smith.
La ex primera ministra Margaret Thatcher, ícono de la derecha británica, supuestamente llevaba un ejemplar de la obra en su bolso. Más tarde, el primer ministro laborista Gordon Brown también lo elogió.
Los miembros de la administración republicana de Ronald Reagan en Estados Unidos se ponían corbatas con la imagen de Adam Smith como una declaración de principios.
Años después, el demócrata Barack Obama lo citó.
"Fue Adam Smith, el padre de la economía de libre mercado, quien dijo en una ocasión: 'Quienes alimentan, visten y dan alojamiento a toda la sociedad deberían recibir una parte del fruto de su propio trabajo que les permita estar razonablemente bien alimentados, vestidos y alojados'.
"Y para quienes no están familiarizados con ese inglés antiguo [sic], permítanme traducirlo: significa que, si trabajas duro, deberías poder vivir decentemente".
Quizás esa sea la marca de un clásico: una obra que sigue siendo fértil para quienes la invocan a lo largo de las épocas, a pesar de las diferencias de perspectivas y entornos.
Dos siglos y medio después, "La riqueza de las naciones" no ha sido relegado a los estantes de Historia: se sigue leyendo, citando y, sobre todo, disputando.
La pregunta es por qué.
Riqueza
"La riqueza de las naciones" es uno de esos clásicos que muchos conocen o citan, pero no tantos han leído.
Sin embargo, en sus páginas Adam Smith introdujo conceptos que no sólo suenan familiares sino que siguen marcando la economía moderna.
Empieza, por ejemplo, con la división del trabajo, algo que ilustra famosamente con "una manufactura muy insignificante", dice: "el oficio de fabricante de alfileres".
Había observado que "un obrero no educado en este oficio (…) difícilmente podría, quizás, con su máxima diligencia, hacer un alfiler en un día".
"Pero en la forma en que se lleva a cabo este negocio ahora (…) la importante tarea de fabricar un alfiler se divide en unas 18 operaciones distintas" y, según cuenta, había visto fábricas en las que aunque sólo trabajaban 10 personas e incluso si la maquinaria era deficiente, podían fabricar "entre todas más de 48.000 alfileres al día".
Y nota algo valioso: "Una gran parte de las máquinas utilizadas en aquellas industrias donde el trabajo está más subdividido, fueron originalmente inventos de obreros comunes".
La innovación surge a menudo de la creatividad de la gente que está directamente en contacto con el problema.
Smith lo ilustra con un ejemplo que parece sacado de un cuento: con las primeras máquinas de vapor, un niño era empleado para abrir y cerrar constantemente la válvula que conectaba la caldera con el cilindro; su única tarea, todo el día.
Aburrido, ató una cuerda a la válvula para que se abriera y cerrara sola, y se fue a jugar con sus amigos. Smith lo llamó uno de los mayores avances de la máquina desde su invención.
La división del trabajo no es la única idea que aún resuena: el líbro habla también de la importancia del libre comercio, aunque con límites para proteger la equidad.
Smith no inventó literalmente la expresión "libre comercio", pero sí fue uno de los primeros en sistematizar la teoría económica que la sustenta.
La frase como política concreta y término general se popularizaría después, especialmente en el siglo XIX, con los debates sobre aranceles en Reino Unido y Estados Unidos.
Sin embargo, en su libro, defendió la eliminación de restricciones comerciales y el beneficio del comercio entre naciones, para permitir que cada nación produzca lo que mejor sabe hacer y acceda a lo que no produce.
También advirtió sobre los peligros de la concentración de riqueza y los monopolios.
Y dejó esa imagen que cautivó a generaciones: 'la mano invisible', la idea de que quien busca su propio beneficio puede, sin proponérselo, contribuir al bien común.
Curiosamente, aunque esa metáfora se ha mencionado innumerables veces en los últimos dos siglos y medio, Smith la usó una sola vez, y su contexto original era mucho más matizado que el de hoy.
Argumenta que los comerciantes, al preferir invertir cerca de casa, benefician a su país sin pretenderlo. Y, en ese mismo pasaje, deja ver su escepticismo hacia quienes invocan el bien común como justificación: "Nunca he sabido que quienes dicen comerciar por el bien público hayan hecho mucho bien".
Fue el siglo XX quien tomó esa metáfora modesta y la convirtió en una ley.
Por supuesto, dice mucho más. La épica de casi mil páginas de Smith no es fácil de resumir, pero sus ideas clave siguen resonando hoy en día.
Pero no podemos dejar fuera una que puede parecer simple pero es radical: para él, la riqueza de una nación no residía en el oro que tiene en sus arcas, ni en la fortuna de unos pocos privilegiados, sino en el nivel de vida de su población.
Era 1776, y ya articulaba lo que el mundo tardaría un siglo en intentar construir: el bienestar social.
Radical
"Creo que sus ideas son radicales para la época, y creo que él estaba consciente de ello", declaró Craig Smith, profesor de Historia del Pensamiento Político en la Universidad de Glasgow, la misma universidad que Adam Smith dirigió.
Desde ese edificio que lleva el nombre del famoso escocés, Smith el moderno lleva décadas estudiando a Smith el clásico.
"Calificó el libro como un ataque muy violento a todo el sistema comercial británico. Y si lo piensas, eso es más o menos lo que hizo", añadió, en conversación con Rob Young en el programa de la BBC Business Daily.
La obra, explica, criticaba a las grandes corporaciones comerciales, como la Compañía de las Indias Orientales, por ser perjudiciales para Reino Unido.
Cuestionaba la expansión imperial y las colonias cuando venían acompañadas de monopolios comerciales. Arremetía contra la Iglesia, contra las universidades, contra prácticamente cada elemento del orden establecido en su época.
¿Por qué entonces no se le recuerda como un pensador radical?
"Parece haber logrado algo bastante raro en la historia de las ideas: presentar una serie de argumentos muy radicales de una manera tan cuidadosa y respaldada por evidencia empírica, que no le parece al lector tan radical como realmente es".
Una vez publicado el libro, se volvió famoso de inmediato, y muchos políticos empezaron a citarlo y a declararse seguidores de Smith.
Pero, señaló el historiador, las políticas respecto a muchas de las cosas que Smith criticaba con dureza simplemente continuaron como antes.
"Fue solo entrado el siglo XIX cuando el libre comercio comenzó a ganar terreno como agenda política concreta".
A Adam Smith a menudo se le llama el padre de la economía o el padre del capitalismo pero, ¿se le puede asignar la responsabilidad por la economía globalizada de hoy en día?
"Es una pregunta difícil", respondió Craig Smith.
Lo que Smith hizo, aclaró, fue proveer herramientas analíticas para entender cómo funciona una sociedad comercial.
"Una vez que tienes esas herramientas, puedes desarrollar mejor los tipos de estrategias para las empresas y las diferentes políticas para los gobiernos.
"Pero no creo que viera 'La riqueza de las naciones' como una especie de plan para el capitalismo global".
De hecho, el término "capitalismo" tardaría décadas en aparecer y sólo se popularizaría a principios del siglo XX.
"Creo que Smith esperaba que su libro proporcionara una comprensión más clara, una comprensión científica de cómo funciona la economía política y que, como resultado, la gente no fuera sujeta a teorías falsas ni se dejara persuadir por los argumentos interesados de ciertos actores económicos poderosos", señaló el profesor.
Esa esperanza sigue siendo, en gran medida, una aspiración.
"Disfrutarás leyéndolo"
Adam Smith se autodescribía como un filósofo moral.
Su obra, aunque escrita para un público interesado, no era para uno especializado: no tiene jerga incomprensible sino relatos de lo que observó y constancia de lo que pensó y analizó sobre el mundo que le rodeaba.
Ese mundo estaba en plena ebullición.
Como señala el economista Robert Reich, el antiguo orden de la Iglesia y la prerrogativa real estaba cediendo terreno a una idea completamente nueva: que las sociedades existían para las personas que las integraban.
No es casualidad que el libro apareciera en 1776, el mismo año en que los estadounidenses se declararon independientes con derecho natural a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Los grandes pensadores de la Ilustración daban por sentado que los individuos se esforzarían por mejorar sus vidas, no por egoísmo, sino porque esa es la motivación fundamental de todo ser humano. Una buena sociedad, entonces, era aquella que lo permitía.
Las ideas de Smith encajaban a la perfección con esa nueva concepción.
Lo que él observó fue un capitalismo industrial apenas naciente. No podía prever la magnitud de la transformación que ese sistema experimentaría en los siglos siguientes.
El tiempo, sin embargo, no lo ha archivado.
En 2023, la economista Gita Gopinath -entonces subdirectora del FMI (Fondo Monetario Internacional), hoy de regreso en Harvard- dio una conferencia en la Universidad de Glasgow comparando la inteligencia artificial con la Revolución Industrial que Smith presenció en vida.
Resaltó que la IA "podría cambiar nuestras vidas de maneras espectaculares, y posiblemente existenciales. Podría incluso redefinir lo que significa ser humano".
Añadió que Smith, dado su interés en una economía que beneficiara a todos, probablemente también habría tenido sus reservas: "La mano invisible sola puede no ser suficiente para garantizar beneficios amplios para la sociedad".
Apropiadamente, Gopinath tituló su conferencia "El poder y los peligros de la mano artificial".
Un hombre del siglo XVIII que nunca usó la palabra capitalismo, que se consideraba filósofo y no economista, que escribió sobre fabricantes de alfileres y un niño aburrido junto a una máquina de vapor, sigue siendo la referencia obligada cuando la humanidad enfrenta sus mayores transformaciones.
Esa, quizás, es la mejor definición de un clásico.
Así que probablemente vale la pena seguir el consejo que Craig Smith dio en un video de la Universidad de Glasgow con motivo del 250 aniversario del libro:
"Toma ese ejemplar polvoriento de 'La riqueza de las naciones' que ha estado en tu estante desde que eras estudiante universitario… léelo… disfrutarás leyéndolo".
* Entre las fuentes consultadas:
"The book that built the modern economy" de BBC World Service Business Daily
"The 250th Anniversary of Adam Smith’s Revolutionary Text", de Robert Reich
"An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations" de Adam Smith
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