¿Cómo habitar la tierra de forma más armoniosa? ¿Debe el mundo occidental reconectarse con la naturaleza para acabar con la crisis ecológica y climática y ambiental? A estas preguntas apremiantes en tiempos de cambio climático y de crisis de la biodiversidad, el antropólogo de la naturaleza, filósofo y profesor emérito del Collège de France, el Colegio de Francia, Philippe Descola (París, 1949), propone varias respuestas inspiradoras para la ecología política.
En entrevista exclusiva con Radio Francia Internacional, el filósofo habló también de las resistencias ecologistas actuales, de cómo sus años de vida con el pueblo achuar en Ecuador cambiaron su vida y de la dominación masculina en numerosas sociedades.
RFI: Su libro ‘Más allá de naturaleza y cultura’, en el que usted teoriza y compara las diferentes formas que tienen los seres humanos de relacionarse con el medioambiente y los seres vivos, es una referencia. Últimamente ha publicado dos libros de entrevistas en los que afirma que para resolver la crisis ecológica Occidente tendría que alejarse de esta visión que usted llama ‘naturalista’ que plantea que los seres humanos somos superiores o distintos de lo vivo. ¿Es esta visión binaria entre, por una parte, los humanos y, por otra parte, los no humanos, responsable de la triple crisis ecológica que vivimos actualmente, el cambio climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad?
Philippe Descola: En gran parte, sí. Mi proposición es que desde el siglo XVII, cuando se estableció la odontología que llamo naturalista, es decir, esa idea de que los humanos son excepcionales entre los elementos del mundo porque tienen facultades cognitivas y morales especiales, esta idea vino enfatizándose a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Entonces, ¿qué pasó? Los no humanos se convirtieron en cosas que podían ser el objeto de una mercantilización. Entonces, fue eso una condición que, creo, fue fundamental para la emergencia del capitalismo industrial en el siglo XIX. Y entonces no se puede separar la ontología naturalista de este movimiento que llevó a considerar ríos, animales y plantas como cosas para explotar y no como interlocutores.
Escuche el audio completo de la entrevista:
RFI: Su último libro se titula ‘Nous sommes les hôtes de la Terre’. En francés, la palabra ‘hôtes’, tiene dos sentidos, puede significar ‘huéspedes’ o ‘anfitriones’. ¿Los seres humanos, los huéspedes de la tierra o los anfitriones de la Tierra?
Philippe Descola: La palabra se refiere a la palabra “huésped”. Esta proposición sale de mi discusión de todos esos procesos recientes en los cuales medios de vida han sido convertidos en sujetos políticos a través de la atribución de una personalidad jurídica. Estamos como humanos acogidos en este medio de vida y somos huéspedes. Entonces es una buena manera de concebir que no somos los dueños y poseedores de la naturaleza según la famosa fórmula de Descartes, sino que somos huéspedes, es decir, que es nuestra pertenencia medio de vida que fundamenta nuestra existencia social y no el hecho de apropiarse este mundo.
RFI: Efectivamente es una pequeña revolución jurídica que se está viviendo en muchos países, desde Nueva Zelanda, pasando por Colombia, Ecuador e incluso en Francia o España donde ríos o lagunas están recibiendo una personalidad jurídica. Se les otorga derechos jurídicos para defenderlos mejor. ¿Cómo analiza usted esta evolución en el mundo occidental?
Philippe Descola: En Nueva Zelanda, en Colombia, con el río Atrato, por ejemplo, el medio de vida llega a ser dueño de sí mismo, llega a ser un sujeto político. Un sujeto político obviamente representado por humanos, porque el río Atrato no habla por sí mismo, sino a través de los portavoces que se escogen para representarlo.
La otra posibilidad es el ejemplo que nos dan las comunidades indígenas en todo el mundo y en particular en esa parte del mundo que conozco un poco mejor, que es América Latina, donde estas comunidades, enfrentadas a la voracidad del capitalismo y en particular del capitalismo extractivista, idean nuevas formas de relacionarse en relación a un territorio que están basadas en parte en la concepción tradicional del territorio, no como un pedazo de tierra de uso exclusivo, sino como un lugar en donde se mezclan diferentes formas de apropiación de humanos y no humanos.
Quiero enfatizar en este caso, que hay una diferencia entre reconocer una personalidad jurídica a un medio de vida y reconocer derechos a la naturaleza, como lo hicieron Ecuador y también Bolivia. Reconocer derechos a la naturaleza es reconocer derechos a una abstracción, porque la naturaleza, aun si se la llama Pachamama, es una abstracción, mientras que reconocer derechos a un medio de vida es reconocer derechos a un medio biofísico con sus habitantes, que es más fácil de delimitar y de definir con precisión.
Y entonces lo que he podido constatar es que, tanto en Bolivia como en Ecuador, que conozco bastante bien por haber vivido varios años allá, este reconocimiento no ha tenido consecuencias mayores en términos de protección del medioambiente. No ha habido cambios fundamentales para las poblaciones indígenas en relación con el capitalismo extractivista.
RFI: Usted ha trabajado en Latinoamérica, y también se ha acercado a las resistencias políticas que ocurren en Europa, como en Francia, donde ha apoyado las “zonas a defender”, las “ZAD”, unos movimientos locales muy fuertes que han surgido contra megaproyectos de desarrollo como aeropuertos, autopistas o megaembalses. ¿Por qué representan estas resistencias, según usted, una posible respuesta a la crisis ecológica?
Philippe Descola: Me parecieron muy interesantes porque si uno compara esos procesos con lo que sucede con las poblaciones indígenas, los militantes de esas zonas a defender, de estos territorios alternativos, no fueron educados en comunidades indígenas. Entonces todas esas ideas de relación estrecha, íntima, armoniosa, con el medio ambiente, no las recibieron así a través de la educación, sino que inventaron formas específicas de relacionarse con un territorio, primero para defenderlo contra megaproyectos destructivos y después para habitar este territorio en una forma no destructiva y a través de una profunda identificación con los no humanos del territorio.
Todos esos jóvenes y menos jóvenes han descubierto por sí mismos formas distintas de habitar un territorio en donde rechazan la propiedad privada, rechazan la explotación, la destrucción del medio ambiente y han desarrollado formas de trabajo en común, de producción no mercantil, de democracia participativa intensa. Y me parece que es una forma de ejemplaridad y una buena noticia para el futuro.
RFI: También fue discípulo de Claude Lévi-Strauss. Y ha dicho en varias ocasiones que ha quedado impactado por sus años de trabajo etnográfico en Suramérica. Vivió tres años con el pueblo achuar en la Amazonía ecuatoriana. ¿Por qué esta experiencia fue un punto de inflexión en su trabajo de antropólogo, en su filosofía?
Philippe Descola: Visité a los achuar para estudiar la forma en que ellos “socializan con la naturaleza”, así lo formulaba.
Me di cuenta cuando empecé a entender y hablar un poco el idioma achuar, que este concepto de “naturaleza” no tenía ninguna vigencia para los achuar. Ellos concebían a las plantas, a los animales, a los espíritus como socios, como personas no humanas, como socios con los cuales se podía interactuar cotidianamente a través de plegarias mágicas que dirigían al alma de esos interlocutores, a través de las relaciones en los sueños y las visitas de los no humanos.
Dándome cuenta de eso, cuando regresé para doctorado y me fijé de cierto modo un programa intelectual para toda mi carrera, que era entender las distintas formas en las cuales los humanos conciben continuidades y discontinuidades entre humanos y no humanos.
Me di cuenta de que este modelo de la relación entre naturaleza y cultura era una cosa propiamente occidental. Con mucha ingenuidad, pensaba que era una cosa universal, porque yo me formé como filósofo y fui alumno de Claude Lévi-Strauss para quien la distinción entre naturaleza y cultura desempeña un papel importante.
Cuando me di cuenta de que no era una cosa universal, empecé a estudiar – no directamente sino a través de la antropología comparativa -, todas las otras formas posibles que existen de interactuar entre humanos y no humanos que no sean a través de este modelo supuestamente universal que es la relación entre naturaleza y cultura.
RFI: Usted cuenta que, después de su larga estancia en territorio achuar, a su regreso a Francia, se dio cuenta de la “violencia” del mundo occidental. ¿Cómo esta experiencia en Ecuador modificó su visión de nuestra sociedad occidental de consumo?
Philippe Descola: Antes de viajar a Ecuador, había tenido una trayectoria de militante y entonces había leído a Marx, había leído a Lenin, había leído a Trotsky y yo sabía las cosas básicas de lo que es la explotación capitalista.
Pero como persona nunca me encontré en una posición de ser explotado, de dominado. Venía de una familia de la burguesía parisina y nunca sufrí en mi persona, digamos, de la explotación capitalista directa.
Después viví tres años con los Ashuar, con gente que no tenía trabajo asalariado ni moneda. En un mundo en el cual no había diferencias de estatuto económico político y después de haberme de cierto modo acostumbrado a esta forma de vivir, regresé a Francia y vi inmediatamente todo lo que había leído. Lo que Marx llama el fetichismo de la mercancía, es decir, el hecho de que de cierto modo los humanos se convierten en mercancías a través de sus interacciones e intercambios de mercancías. Y esto me cogió de una forma brutal, porque yo miraba a mi propia sociedad con los ojos de los Achuar, por haber compartido su vida. Su vida me parecía normal. No era una cosa para estudiar, sino una forma de vivir que yo había compartido. Y desde este momento, esta experiencia me enseñó una especie de revuelta que todavía no está pagada.
RFI: Usted, que ha tenido el privilegio de poder estudiar y viajar en numerosas comunidades humanas en varios continentes, ha observado que, aunque varía la relación con la naturaleza, hay un elemento constante en las sociedades que ha podido observar: el patriarcado, la dominación masculina. ¿Cómo es posible esto?
Philippe Descola : Hay varias explicaciones de la dominación masculina. No voy a entrar en los detalles de la teoría de la dominación masculina. Lo que comparto es la perspectiva de una antropóloga que fue muy importante en Francia, Françoise Héritier, y que desarrolló toda una serie de trabajos sobre esa temática. La dominación masculina es universal, pero no es ineluctable. Hay formas de combatirlo y obviamente eso es lo que se ha tratado de hacer a través de un centenar de años, digamos de movimientos feministas.
La dominación masculina, entre los achuar se notaba a través del hecho de que los hombres eran los que manejaban la política exterior, es decir, todas las relaciones con el exterior de la casa, porque era una sociedad que no tenía una jerarquía política interna. No existían jefes. Cada dueño de casa era su propio dueño político, diríamos. Eso no significaba que las mujeres no tuvieran una gran capacidad de actuación dentro de la casa. Pero esa división, digamos, o por lo menos esa dominación de los hombres sobre ciertos sectores de la vida pública era obvia.
Y eso es una cosa común. No podemos saber exactamente cómo era en el Paleolítico europeo, que ha sido muy estudiado tanto a través de la arqueología como en las imágenes en las cuevas. Pero se supone que existía también este tipo de dominación. Insisto: la dominación masculina existe, pero hay maneras de luchar contra eso. Y podemos tal vez vislumbrar un tiempo, el de mis nietas, por ejemplo, en el cual habrá, si no completamente desaparecido, en gran parte eliminado ese problema de la dominación masculina.
RFI: En varios países del mundo, dirigentes neoconservadores, climatoescépticos que defienden el extractivismo y las energías fósiles han llegado al poder. En Estados Unidos, en Colombia, en Argentina, por ejemplo. Europa vive un retroceso en materia de normas de protección ambientales. A pesar de ello, usted se dice optimista. ¿Por qué?
Philippe Descola: A mí me gusta la fórmula clásica de Gramsci: “El optimismo de la voluntad y el pesimismo de la lucidez”. Soy optimista en el sentido de que la violencia de este “backlash” (ndr: retroceso) me parece una reacción a la toma de conciencia por parte de los representantes, los más obscurantistas digamos, del capitalismo, de que hay una lucha y que esa lucha tal vez la están perdiendo. Por eso esa reacción que parece excesiva en muchos aspectos. Es una señal de que posiblemente las cosas están cambiando porque el enemigo despliega toda su fuerza para contrarrestar un movimiento que posiblemente sabe que no se va a parar.
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