En un país donde la izquierda lleva décadas atrapada entre la nostalgia y la irrelevancia electoral, José Estalin Quezada Perera aparece como una voz que promete en todos los frentes: le exige renovación a la izquierda histórica, le exige coherencia al Estado y le exige honestidad al debate público. Abogado de formación, activista de convicción y oriundo de San Pedro de Macorís, Quezada no habla desde los márgenes. Habla desde la calle, desde el expediente jurídico y desde una generación que heredó conquistas que no vivió ganar.
Su madurez política se observó en las marchas por el Día de Trabajo, y no es fortuito. Creció de la mano de su padre, el cineasta y activista (ya fenecido), Andrés Quezada, en el activismo de la izquierda y se desarrolló como dirigente gremial estudiantil en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Ahora preside Juventud Caribe.
Lee sobre el discurso del Día del Trabajo de José Estalin Quezada
Una izquierda que no pudo traducir sus ideas en votos
Quezada no le escatima reconocimiento a quienes vinieron antes, pero tampoco les ahorra el diagnóstico. A la izquierda histórica dominicana —la que marcó la posguerra civil, la que lideró el movimiento social en los años 70 y 80— le expresa "gratitud, por sentar los precedentes y las bases del movimiento social en la época de posguerra civil". Pero agrega, sin rodeos: "El fraccionamiento temprano de las izquierdas provocó que no se pudieran estructurar como poder político en unas décadas donde lideraban todo el movimiento social".
Esa desarticulación, sostiene, fue aprovechada por los aparatos represivos del Estado, que "no escatimaron esfuerzos en masacrar y perseguir a los líderes del movimiento social". El resultado es una izquierda que hoy tiene, en promedio, 70 años de edad en sus filas —como reconoce el propio Movimiento Socialista de Trabajadores (MST)— y que no ha logrado convertir décadas de lucha social en representación electoral real.
Aun así, Quezada no abandona la esperanza generacional: "El hecho de que aquí en República Dominicana aún hay jóvenes marchando con ideales y convicciones claras demuestra que se pueden construir alternativas políticas diferentes".
La cesantía como campo de batalla
El debate sobre la reforma laboral y la cesantía lo encontró en primera línea. Cuando la Comisión de Trabajo de la Cámara de Diputados aprobó a finales de abril un informe que, según sus promotores, "no toca la cesantía", Quezada no se dejó tranquilizar por las garantías oficiales. "No te puedo garantizar la certeza de que van a garantizar la cesantía; de lo que estoy seguro es de lo que provocaría no garantizarla", afirmó con la precisión de quien conoce tanto el Código de Trabajo como la temperatura de la calle.
Frente al argumento empresarial —sostenido por la Copardom y la ANJE— de que la cesantía encarece la contratación formal y frena el empleo juvenil, Quezada responde con una pregunta que desnuda la contradicción: "¿Cuándo vamos a fomentar carreras desarrolladas en tecnologías o desarrollo de la agricultura? ¿Cuántos jóvenes tenemos estudiando esto en la universidad estatal y en qué condiciones lo estudian?".
Para él, el verdadero freno al empleo joven no es la cesantía, sino "los estereotipos y el nepotismo", que han "superado la capacidad e iniciativa de cualquier joven que desee una oportunidad de mostrar su talento". Y lanza otra pregunta que resuena más allá del debate laboral: "¿Hasta cuándo vamos a seguir permitiendo que los empleos públicos estén atados a conexiones políticas?"
Sobre la posible extensión del período de prueba del primer empleo de tres a seis meses —una de las medidas que acompañaría la reforma—, Quezada es categórico: "Esto es lo que le llaman una 'victoria pírrica'. Mantener la cesantía sería un éxito para la clase trabajadora, pero al costo de ceder la estabilidad de miles de jóvenes", que podrían ser explotados durante casi seis meses y luego descartados sin consecuencias para el empleador.
Tres demandas mínimas para la juventud trabajadora
Cuando se le pide concretar su agenda, Quezada abandona la retórica y enumera con precisión de abogado: Primero, la garantía del primer empleo como política pública del Estado. Señala una "clara desconexión entre el Ministerio de Trabajo y el desarrollo de su política en relación con los nuevos profesionales, tanto universitarios como técnicos superiores, que salen miles todos los años, sin garantía de trabajar en lo que estudiaron".
Segundo, un salario digno. "Si bien es cierto que un joven trabajador no tiene una experiencia senior, no debemos precarizar su estabilidad económica con sueldos precarios". Tercero, descentralizar. Quezada propone "desarrollar una política de educación superior y de trabajo enfocada a las necesidades a nivel económico local, descentralizar los trabajos de las grandes urbes y desarrollar y mantener a profesionales en las comunidades y demás provincias del país".
En materia salarial, cita una consigna que escucha en las marchas —"Suban los salarios y bajen la comida"— y la convierte en pregunta política: "¿La gente vive o sobrevive en República Dominicana?" Su respuesta es directa: "Hay que dejar de convertir los derechos de la gente en un modelo de negocio".
San Juan, el agua y la soberanía natural
Quezada no es solo un activista laboral. De niño hasta que en 2020, fruto de la pandemia, la muerte sorprendió a su padre, viajó por todo el país. Por lo que su voz es importante en el debate ambiental que hoy sacude al país. Antes de que el presidente Luis Abinader, anoche, frenara la posible actividad en Romero, San Juan, había escrito: "El agua vale más que el oro", desmontando con argumentos jurídicos y técnicos la Ley 146-71 sobre Minería, a la que califica sin ambages como "una ley de 'extracción', no de 'desarrollo'".
El presidente Luis Abinader detiene el proyecto Romero
Su análisis va más allá del rechazo emocional: documenta cómo los mecanismos financieros —exoneraciones de aranceles por 25 años, precios de transferencia, regalías fijas— permiten que las empresas mineras "reduzcan drásticamente sus aportes al Estado dominicano", mientras los pasivos ambientales del cierre de minas terminan siendo "un subsidio invisible que el país paga con su patrimonio natural y fondos públicos".
No se opone a toda minería. Propone una alternativa: una minería estatal responsable que adopte técnicas como el Dry Stacking —que reduce hasta un 90% el impacto ambiental—, viable geográfica y climáticamente para el país. Pero su pregunta de fondo es política: "¿Hasta cuándo el interés del capital superará la soberanía y el verdadero interés nacional de preservar la vida y el desarrollo de nuestro pueblo?"
El socialismo, Venezuela, Cuba y Nicaragua
Cuando se le confronta con Venezuela, Cuba y Nicaragua —los referentes más visibles y más cuestionados del socialismo caribeño—, Quezada no esquiva. Llama primero a estudiar: "Siempre llamo a estudiar, y se haga un ejercicio de entender qué es el socialismo, izquierda, progresismo, comunismo, desde sus bases teóricas". Luego señala la asimetría mediática: "Siempre es curioso que sean los casos más mediatizados y virales, pero ¿por qué no son igual de virales en los países denominados democráticos?".
Y cierra con una interpelación que convierte la pregunta incómoda en espejo: "Cada vez que tomes vacaciones pagas, jornada laboral de 8 horas, cesantía, seguridad social, piensa en que hubo gente que se paró a luchar y arriesgó su vida para que hoy podamos disfrutar eso".
Sobre el 2028, es honesto sin ser derrotista: "El socialismo no será una opción para el próximo cuatrienio", pero no descarta que, ante las adversidades acumuladas, las izquierdas puedan estructurarse como fuerza electoral. El primer obstáculo, dice, es ideológico: "Primero toca derrotar el sesgo mediático impuesto, de que los gobiernos de izquierda no son ejemplos de desarrollo".
Una generación que no pide permiso
José Estalin Quezada no encaja en el molde del dirigente de izquierda que habla para los convencidos. Habla para los que dudan, para los que trabajan, para los que estudian en condiciones precarias y para los que marchan sin saber todavía cómo se llama lo que defienden. Su socialismo no viene de los libros solamente —aunque los cita— sino de la experiencia concreta de una generación que creció con el PRM en el poder y que nunca vio una alternativa gobernando, pero que tampoco está dispuesta a aceptar que esa sea la única historia posible.
En un país donde el 48% de abstención en las últimas elecciones habla de una ciudadanía que dejó de creer, Quezada apuesta por reconectar la política con la vida cotidiana. No desde la nostalgia de una izquierda que ya fue, sino desde la urgencia de una generación que todavía tiene que construir la suya.
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