El presidente Donald Trump logró desbloquear el estrecho de Ormuz después de que Irán firmara un acuerdo de paz bajo las condiciones estrictas de los Estados Unidos.
Sin el apoyo de los izquierdistas demócratas, esos que bloquean todas sus iniciativas a lo interno de los Estados Unidos, sin la ayuda de los gobiernos europeos, ni de la OTAN, ni de la iglesia católica, los barcos cargueros de petróleo ya están navegando libremente repletos de carburantes y mercancías.
Tan pronto se firmaron los acuerdos cesando las hostilidades en esta región del Medio Oriente, el precio del petróleo bajó un 11 %, logrando con ello que las economías de los países afectados por el alza de los precios del petróleo comiencen a estabilizarse.
Un triunfo de la administración Trump. Así de simple, aunque no les guste a muchos.
El presidente estadounidense se lleva además otro logro en la región: haber gestionado un alto al fuego en la guerra que libraban Israel y los milicianos libaneses chiitas de Hezbolá, en el Líbano.
Trump sigue consolidando sus planes de hacer los Estados Unidos más fuerte, como se lo ha propuesto, aun recibiendo el bloqueo de sus iniciativas en el Congreso por parte del ala izquierdista que controla el Partido Demócrata.
Lograda la tranquilidad, duradera o no, en el Medio Oriente, ahora se hace necesario un entendimiento entre Donald Trump y el papa León XIV.
Donald Trump, independientemente de ser el presidente de los Estados Unidos, es un ser humano del planeta Tierra, como también lo es el papa Robert Francis Prevost, jefe de la iglesia católica, en Roma.
Desde la Casa Blanca, en Washington, Trump insiste en ejercer su poder e influencia dentro de los EE. UU. y a nivel mundial. El papa León XIV lo hace en Roma y a nivel global.
Trump es un empresario y líder político estadounidense con millones de seguidores. León XIV, de Chicago, Illinois, cuenta por igual con millones de seguidores entregados a la fe cristiana.
Ambos tienen mucho en común. Sus mensajes y acciones públicas trascienden fronteras e interesan a dos mundos: el católico y el político.
Trump lucha por recuperar el decaído poder político y económico de los EE. UU. El papa busca lograr que la humanidad afiance su fe en los valores cristianos, al parecer en decadencia.
Trump combate a los gobiernos izquierdistas para someterlos a la obediencia capitalista. El papa hace lo mismo con los gobiernos ateos que no aceptan que el hombre, la tierra y el universo infinito fueron una creación de Dios todopoderoso.
Ambos líderes mundiales tienen bien definidas sus agendas gubernativas. Traspasar esos campos privados en cualquier bando es entrar en terreno movedizo peligroso.
Al rechazar con indignación la política migratoria de la administración Trump y las acciones bélicas de EE. UU. contra Irán, el papa León XIV, sin quererlo, coincidió con la retórica izquierdista y globalista de los demócratas estadounidenses.
Las respuestas del presidente Trump, como era de esperar, fueron de confrontación directa, con su estilo y arrogancia.
Ambos afirman, como buenos boxeadores, que no tienen miedo.
Están enfrentados en una diatriba político-religiosa que no debería existir.
Los llamados por la paz y los esfuerzos por conseguir el fin de las guerras no solo deben venir de la voz del papa León XIV desde el Vaticano; deben llegar también de los líderes políticos del mundo, por el bien de la humanidad.
Un encuentro entre León XIV y Trump se hace necesario para eliminar desacuerdos y malentendidos, en busca de consolidar la frágil paz que se ha logrado en Oriente Medio y que podría romperse en cualquier momento.
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