Hay una idea que se repite con frecuencia: los problemas públicos se explican por la falta de valores. Se afirma que hay corrupción porque las personas no actúan correctamente, como si todo pudiera reducirse a una falla moral individual. Sin embargo, esa explicación, aunque resulta cómoda, no logra dar cuenta de la persistencia ni de la regularidad con que estos fenómenos aparecen en distintos contextos.

El problema no siempre está en lo que el individuo es, sino en el sistema dentro del cual actúa. Existen entornos donde la conducta desviada no constituye una excepción, sino una respuesta previsible a la estructura en la que se toman las decisiones. Cuando el poder se concentra sin contrapesos efectivos, cuando las decisiones se ejercen sin asumir de manera directa sus consecuencias y cuando los mecanismos de control operan de forma débil o meramente formal, el comportamiento oportunista deja de ser un accidente y comienza a formar parte del funcionamiento mismo del sistema.

Desde hace décadas, la economía y la psicología han señalado que las personas no actúan en el vacío, sino dentro de marcos que orientan su conducta. Esos marcos están compuestos por incentivos, pero también por percepciones de costo y de responsabilidad que condicionan la acción. Cuando dichos incentivos favorecen la discrecionalidad o reducen el costo de actuar sin responsabilidad, lo que emerge no es una falla aislada, sino un patrón que tiende a reproducirse con el tiempo. En ese momento, la conducta deja de ser una anomalía para convertirse en una consecuencia.

Pero esta dinámica no se limita al ámbito interno de las instituciones. También se manifiesta con mayor intensidad en escenarios donde el poder se ejerce sobre recursos estratégicos que afectan a múltiples actores. Uno de esos casos es el Estrecho de Ormuz, una de las principales vías de tránsito del comercio energético mundial y, al mismo tiempo, un punto donde la relación entre decisión y consecuencia se vuelve especialmente visible.

Por ese estrecho circula una proporción significativa del petróleo que sostiene la economía global. Su relevancia no radica únicamente en su ubicación geográfica, sino en el tipo de poder que se concentra en torno a su control. Cuando un actor tiene la capacidad de influir sobre el flujo de un recurso de alcance mundial sin asumir de manera directa los costos que esa influencia genera, se produce una ruptura fundamental: la decisión se separa de su consecuencia.

Algo similar puede observarse en otros momentos de la historia reciente, como en el desastre de Chernóbil. Aquella situación no fue únicamente el resultado de una falla técnica. También puso en evidencia una estructura en la que la toma de decisiones operaba desvinculada de sus efectos reales, en un entorno donde la información se gestionaba de forma cerrada y la corrección del error no formaba parte efectiva del sistema.

Durante un tiempo, la estructura se sostuvo en la apariencia de control. Sin embargo, cuando la consecuencia se hizo visible, el costo no recayó sobre quienes decidieron, sino sobre amplios sectores de la población. Lo que parecía un evento puntual expuso, en realidad, una falla más profunda: un sistema que no corregía a tiempo porque no estaba diseñado para asumir el impacto de sus propias decisiones.

En el fondo, estos casos no son aislados. Responden a una misma raíz: decisiones que se toman sin medir plenamente sus consecuencias. Este punto no es menor. Es el núcleo del problema. Allí donde la decisión no incorpora el costo que puede generar, el sistema comienza a perder su capacidad de corregirse.

Esta idea atraviesa distintos ámbitos y no se limita a grandes eventos o estructuras complejas. También aparece en decisiones cotidianas, en espacios institucionales y en dinámicas donde lo inmediato se impone sobre lo que vendrá después. La psicología lo ha descrito como una tendencia a privilegiar beneficios inmediatos sobre costos diferidos; la economía, como una distorsión en los incentivos que separa la acción de su consecuencia.

Como advirtió Aristóteles, la acción humana se forma en la repetición de hábitos. Cuando el sistema permite que se repitan decisiones sin asumir sus efectos, no solo se producen errores, sino que se construyen formas de actuar que terminan normalizándose.

Lo más complejo de este fenómeno es que puede sostenerse durante un tiempo sin generar una ruptura visible. Los procesos continúan, los resultados se presentan y la estructura aparenta estabilidad. En cambio, esa estabilidad es frágil, porque no se basa en la correspondencia entre decisión y consecuencia, sino en la capacidad de diferir o trasladar el costo.

En ese punto, el problema deja de ser individual. No se trata únicamente de quién decide, sino de cómo el sistema permite que esa decisión ocurra sin generar una corrección efectiva. La responsabilidad no desaparece, pero se diluye en una estructura que ya no exige correspondencia entre acción y resultado.

Por eso, insistir únicamente en soluciones morales o en más regulaciones suele resultar insuficiente. Si las condiciones que generan los incentivos permanecen intactas, el comportamiento tenderá a reproducirse. Y en algunos casos, más control puede incluso ampliar los espacios de discrecionalidad que se pretende reducir.

La pregunta relevante no es solo quién actúa mal, sino en qué condiciones esa conducta se vuelve posible, tolerada o incluso funcional dentro del sistema. Este desplazamiento en la pregunta permite comprender que el problema no se resuelve únicamente corrigiendo individuos, sino revisando las estructuras que hacen viable ese tipo de comportamiento.

No se trata de negar la responsabilidad individual, sino de reconocer que esta se ejerce dentro de un marco que puede fortalecerla o debilitarla. Cuando ese marco permite que el poder opere sin asumir sus costos, el resultado no es una excepción. Es una consecuencia coherente con la forma en que el sistema está organizado.

Como advierte la Escritura: «todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7). Cuando las decisiones no incorporan sus consecuencias, no se elimina el resultado; simplemente se pospone hasta que se hace inevitable.

Mientras esa estructura se mantenga, el desorden no será un accidente ni un evento aislado. Será el resultado natural de decisiones que se toman sin medir plenamente sus consecuencias.

Y cuando eso ocurre, el costo no desaparece.

Siempre termina siendo asumido por alguien.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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