Estados Unidos no está viviendo una guerra civil, pero sí algo más complejo y más silencioso: una triple tensión simultánea que atraviesa la política, el dinero y el trabajo.
Quien observe cada episodio por separado se quedará con titulares; quien los mire en conjunto verá el movimiento de placas profundas bajo la superficie del sistema.
Todo comienza, como casi siempre, con el lenguaje del poder.
Cuando Donald Trump rechaza las insinuaciones de una posible guerra civil y responde con la fórmula clásica de “ley y orden”, no está haciendo historia ni filosofía política. Está cerrando el marco del debate.
La comparación lanzada desde Minnesota por el gobernador Tim Walz, evocando Fort Sumter y los orígenes de la Guerra Civil estadounidense, es desactivada de inmediato no por inexacta, sino por peligrosa.
En política, las analogías históricas no se discuten: se neutralizan. El mensaje presidencial es claro: no hay fractura del Estado, hay autoridad legítima y control institucional.
Ese gesto, aparentemente defensivo, tiene una segunda lectura: los mercados escuchan. Y escuchan con más atención que los votantes.
En Wall Street, el ruido no viene de la retórica, sino del dinero. O, más exactamente, de quién manda sobre él.
La posibilidad de que Trump intente influir de forma directa en la política monetaria ha generado lo que muchos analistas ya llaman un auténtico “terremoto Trump”. No porque las decisiones se hayan tomado, sino porque la señal se ha emitido.
La Reserva Federal, con Jerome Powell al frente, respondió con el lenguaje sobrio de los banqueros centrales: independencia, prudencia, continuidad. Powell dejó claro que la política monetaria no se rige por presiones políticas ni por exigencias de oportunidad electoral.
Los tipos se mantienen, aunque con fisuras internas visibles: dos gobernadores, entre ellos Christopher Waller, votaron por una rebaja de 25 puntos básicos. No es una rebelión, pero sí una grieta.
El mercado leyó el mensaje con ambivalencia. El S&P 500 rozó niveles simbólicos —los 7.000 puntos— sin lograr consolidarlos. Hay liquidez, pero hay cautela.
El dólar, pese a los esfuerzos discursivos del Tesoro por sostener la narrativa del “dólar fuerte”, muestra debilidad.
El euro se aprecia. El oro y la plata recuperan atractivo como refugio. No es pánico; es desconfianza medida.
A este cuadro monetario se le superpone un tercer factor que lo amplifica todo: la geopolítica.
Irán vuelve al centro del escenario. Cuando Trump deja circular —directamente o a través de su entorno comunicacional— que la flota estadounidense está lista y que el foco estratégico se desplaza hacia Irán, el mensaje no es solo militar. Es psicológico, interno y externo. Hacia fuera, disuasión. Hacia dentro, liderazgo fuerte en un momento de volatilidad económica. Para los mercados, una cosa muy concreta: riesgo adicional.
El estrecho de Ormuz, el petróleo, las represalias cruzadas y la posibilidad de una escalada regional elevan la prima de riesgo energético. Y la energía cara complica cualquier equilibrio macroeconómico que la Casa Blanca intente sostener. Irán no crea la tensión financiera, pero la magnifica. Funciona como un amplificador que sube el volumen de un sistema ya nervioso.
Sin embargo, el elemento más profundo de esta coyuntura no está ni en Teherán ni en Washington, sino en algo más silencioso y más estructural: el trabajo.
Mientras los focos se concentran en la Fed y en la geopolítica, el mercado laboral empieza a mostrar señales de transformación irreversible.
Grandes empresas estadounidenses han anunciado decenas de miles de despidos. No como respuesta a una recesión, sino como parte de una reingeniería productiva impulsada por la inteligencia artificial.
El caso de Amazon es paradigmático. Dieciséis mil despidos adicionales, apenas meses después de un ajuste similar, con una justificación transparente: reducir capas intermedias, eliminar burocracia y liberar recursos para invertir en inteligencia artificial.
El propio consejero delegado lo admite sin rodeos: la IA permite automatizar un número creciente de tareas y puestos de trabajo. Y no descarta nuevos recortes.
Aquí se rompe una de las viejas certezas del capitalismo industrial: que crecimiento, beneficios y empleo avanzan de la mano.
En la economía digital avanzada, los índices pueden subir mientras el empleo se contrae.
La productividad aumenta, el capital se concentra y el trabajo humano se redefine —o se vuelve prescindible— con una velocidad inédita.
No se trata de un ajuste coyuntural. Es un cambio estructural, comparable en profundidad a la Revolución Industrial, pero mucho más rápido y con menos amortiguadores sociales.
La frontera entre empleo humano y automatización se vuelve difusa. Y el contrato social implícito del siglo XX empieza a resquebrajarse sin que exista aún un reemplazo claro.
Visto en conjunto, el cuadro es coherente.
Trump intenta cerrar el flanco político con autoridad y control del relato. La Reserva Federal defiende su independencia como último pilar de credibilidad institucional. Irán eleva la tensión global y devuelve al primer plano el riesgo geopolítico clásico.
La inteligencia artificial, mientras tanto, transforma el mercado laboral sin pasar por el Congreso ni pedir permiso a los votantes.
Estados Unidos no está al borde del colapso ni de una guerra civil. Pero sí atraviesa una transición simultánea de poder, dinero y trabajo.
Y cuando esas tres placas tectónicas se mueven al mismo tiempo, el temblor no se limita a Washington ni a Wall Street: se siente en todo el mundo.
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