Martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu familia te apartes —dice el refrán.
Aquel martes 16 de enero de 1962 no empezó como un día histórico.
Para Tony Raful y para mí era una tarde de clases más en el Colegio Nuestra Señora de la Altagracia, situado entonces entre la avenida Mella y la calle José María Imbert, en el corazón de San Carlos.
En aquellos años el colegio funcionaba por tandas: una en la mañana y otra en la tarde, con un largo receso al mediodía para volver a casa. Todo quedaba cerca. La ciudad todavía era caminable, íntima, casi un barrio extendido.
Salimos del colegio y tomamos la calle 16 de Agosto, esa cuesta que baja desde la Iglesia y el parque de San Carlos hasta el Parque Independencia.
La bajábamos como siempre, hablando de muchachadas, cuando empezamos a notar algo distinto: el murmullo, luego el griterío, después la densidad de gente que no estaba allí por casualidad.
Frente al local de la Unión Cívica Nacional, en la calle Alzobispo Noel, del lado sur del Parque Independencia, se agolpaba una multitud. La Unión Cívica era entonces un epicentro político. Desde un segundo piso, una bocina lanzaba consignas contra el presidente Joaquín Balaguer y contra el gobierno.
No eran simples palabras: en aquel país todavía dominado por los restos del trujillismo, una bocina podía ser considerada un arma.
Ahí estaban los militares de San Isidro. No unos pocos soldados: había tanques de guerra. El mensaje era claro. La dictadura había perdido a Trujillo, pero no había perdido las armas.
De pronto vimos a un grupo de militares subir por una escalera para arrancar la bocina. No querían discutir, querían silenciar. Hubo forcejeo. Y entonces ocurrió lo que en una sociedad militarizada ocurre siempre: alguien apretó el gatillo.
No hubo una sola detonación. Hubo una descarga. Dispararon todos.
Tony y yo nos tiramos al suelo instintivamente. El Parque Independencia, símbolo de la República, se convirtió en un infierno de balas. La gente corría sin dirección, los gritos se mezclaban con el estruendo metálico de las ametralladoras. No era una advertencia: era una masacre.
Cuando pudimos levantarnos, corrimos hacia el oeste, hacia la calle Enrique Henríquez, perpendicular al parque. Llegamos a la esquina con Mariano Cestero, donde estaba el negocio de repuestos de automóviles Repuestos CxA, propiedad de Manuel Gómez Báez, tío de mi madre y mi padrino. Mi madre era la cajera. Allí nos refugiamos. Allí, detrás de vitrinas de piezas de carros, nos escondimos de un Estado que disparaba contra sus ciudadanos.
Gracias a Dios no nos pasó nada. A otros sí. Hubo muertos y heridos. Varios. Civiles. Dominicanos cuyo único delito había sido estar allí, ejercer el derecho a protestar.
Después, cuando la violencia se calmó un poco, mi madre me llevó a casa. Vivíamos cerca del parque, hacia el este, en la calle Juan Isidro Pérez esquina Palo Hincado.
Desde el segundo piso vi pasar a un hombre llorando. Llorando como se llora cuando ya no queda nada. En las manos llevaba algo informe, húmedo, imposible de olvidar: los sesos de Varona.
Varona era un sastre. Tenía su taller en la Pablo Hincado, al lado de mi casa, en el primer nivel. Era un hombre afable, conocido por todos. No era un agitador político. No era un líder. Era un trabajador. Y ese día su cerebro terminó en las manos de otro hombre que gritaba su nombre por la calle.
Eso fue el 16 de enero de 1962.
Muchos años después, Tony Raful escribió en Listín Diario un artículo titulado “El azar en el Parque Independencia”. Allí explicó cómo una cadena de circunstancias —provocaciones, nerviosismo militar, decisiones torpes— convirtió una manifestación en una matanza. El título no era retórico: el azar, en una sociedad armada, decide quién vive y quién muere.
Pero para quienes estuvimos allí, para quienes corrimos entre balas y vimos la sangre de nuestros vecinos, ese día no fue azar: fue la prueba de que el trujillismo seguía vivo, armado, dispuesto a matar incluso después de muerto Trujillo.
La transición dominicana no fue un trámite administrativo. Fue una lucha. Y en el Parque Independencia, aquel día, la dictadura disparó contra el futuro.
No logró matarlo. Pero lo intentó.
Compartir esta nota