Cada año, decenas de miles de estudiantes dominicanos completan las 60 horas de servicio social que exige la Ley para obtener el título de bachiller. Son millones de horas de trabajo comunitario que el país ya produce, organiza y certifica. La pregunta es qué estamos haciendo con ellas.

Este es el tercer y último artículo de una serie inspirada en mi tesis de maestría en Diplomacia y Servicio Consular en el INESDYC, donde propongo un modelo dominicano de diplomacia pública sustentado en tres pilares: cultura, educación y voluntariado. En la primera entrega planteé la vocación de Santo Domingo como capital cultural del Caribe. En la segunda propuse imaginar a la República Dominicana como el aula del Caribe. Hoy me detengo en el tercero, y quiero empezar por una escena.

Dentro de pocos días volveré al Aeropuerto Internacional de Las Américas para despedir a un grupo de jóvenes alemanes que ha vivido un año en la República Dominicana haciendo voluntariado en organizaciones sociales y comunidades del país.

He hecho ese recorrido decenas de veces en casi veinte años. Sé lo que se llevan: compartieron la mesa de familias dominicanas, celebraron nuestras fiestas, aguantaron nuestros apagones y nuestros tapones, trabajaron junto a organizaciones comunitarias y construyeron amistades que probablemente conservarán toda la vida. Cada uno regresa con una imagen de nuestro país más profunda y más creíble que la que puede producir cualquier campaña de promoción o cualquier discurso oficial.

Sin proponérselo, fueron protagonistas de un ejercicio de diplomacia pública. Y no nos costó prácticamente nada.

Pero la pregunta que más me interesa hoy no es esa. Es la otra: ¿cuántos jóvenes dominicanos hicieron este año el viaje en dirección contraria?

Un activo que tenemos y no vemos

Aquí está el dato que debería cambiar esta conversación. En la República Dominicana, todo estudiante de secundaria debe completar 60 horas de servicio social para obtener su título de bachiller. Lo establece la Ley 179-03. No es un programa piloto ni la iniciativa de una organización: es una obligación legal que atraviesa cada promoción de cada liceo, colegio y politécnico del país, público y privado.

Multiplique 60 horas por decenas de miles de bachilleres al año. Son millones de horas anuales de servicio comunitario que el país ya organiza, supervisa y certifica.

No es común encontrar algo así en la región. Nosotros lo tenemos hace más de dos décadas.

¿Y qué hacemos con ese activo extraordinario?

Seamos honestos: con demasiada frecuencia, lo tratamos como un trámite. Una carta, un sello, unas horas que se acumulan a última hora para poder graduarse. Hay excepciones admirables, centros educativos y organizaciones que convierten esas horas en experiencias formativas reales, pero el diseño general no está pensado para que ese servicio lleve a ninguna parte. Termina cuando termina el bachillerato.

Hemos convertido uno de nuestros mayores activos de formación ciudadana en un simple requisito administrativo. Y aquí está, me parece, la lección más útil de toda esta serie. La mejor política pública no siempre consiste en crear algo nuevo. A veces consiste en descubrir el enorme valor estratégico de algo que ya existe, y reorganizarlo con otro propósito.

No necesitamos inventar una cultura nacional de servicio juvenil. La tenemos, por ley, desde 2003. Lo que no hemos hecho es preguntarnos hacia dónde podría conducir.

Del liceo al Caribe

Imagino esas 60 horas como el primer peldaño de una escalera, no como un techo. Un joven de La Vega, Barahona o Dajabón cumple su servicio en su comunidad. Los que quieran continuar encuentran, al terminar el bachillerato, una ruta clara: programas nacionales de servicio más largos y, para quienes den el paso siguiente, la posibilidad de servir varios meses en otro país del Caribe.

Imagino a jóvenes dominicanos trabajando en proyectos de alfabetización en Belice, de conservación marina y manejo del sargazo en Santa Lucía, de resiliencia frente a huracanes en Dominica, de innovación social en Kingston, de educación comunitaria en Puerto Príncipe o Georgetown. No como turistas de la solidaridad, sino integrados durante semanas o meses a organizaciones locales, aprendiendo inglés o creole en la práctica y aportando lo que ya saben hacer.

Y los imagino regresando.

Porque eso es lo que suele olvidarse en esta discusión. Un joven que sirve fuera vuelve con un idioma, con una red profesional regional, con capacidad de trabajar en contextos que no son el suyo y con una comprensión del Caribe que no se adquiere en un aula. Vuelve, en los hechos, con una formación que hoy solo obtienen quienes pueden pagarla.

Ese joven será después maestro, médico, ingeniero, empresario, funcionario o diplomático. Y cuando le toque negociar un acuerdo regional o diseñar un proyecto conjunto, no estará mirando al resto del Caribe desde afuera.

Por qué debe ser de doble vía

Nada de esto significa dejar de recibir. La doble vía no es un adorno del modelo: es su condición de funcionamiento.

Un programa que solo recibe voluntarios convierte al país en destino. Uno que solo envía lo convierte en proveedor de mano de obra bien intencionada. Un programa de doble vía lo convierte en socio, y esa es la única posición desde la cual un país pequeño construye influencia duradera.

Además, la doble vía es lo que lo hace financieramente viable. Las plazas que ofrecemos a voluntarios extranjeros son la moneda con la que se negocian plazas para los nuestros.

Esto no lo digo por haberlo leído. Durante casi veinte años he visto funcionar estos programas desde dentro: he recibido a los jóvenes que llegan, he acompañado a los que salen, he negociado con las contrapartes que financian unos y otros. Sé cómo se cae un programa cuando el flujo va en una sola dirección, y sé lo que sostiene a los que duran décadas.

Los países que mejor lo han entendido llevan años operando así. Alemania impulsa desde 2008 el programa Weltwärts, financiado por su ministerio de cooperación, que envía jóvenes al Sur Global y recibe jóvenes del Sur en Alemania. La Unión Europea integró el voluntariado juvenil en Erasmus+ y en el Cuerpo Europeo de Solidaridad. Japón moviliza voluntarios técnicos a través de JICA desde hace más de medio siglo. Estados Unidos creó el Cuerpo de Paz en 1961.

Los modelos son distintos y responden a intereses distintos. Pero todos parten de la misma intuición: servir también es una manera de construir relaciones internacionales duraderas.

La República Dominicana no necesita copiar ninguno. Necesita construir el suyo, y tiene con qué.

Lo que haría falta

En la tesis propuse la creación de un Programa Dominicano de Diplomacia Voluntaria: una plataforma nacional de voluntariado internacional de doble vía, coordinada desde una unidad técnica de diplomacia pública en el Ministerio de Relaciones Exteriores, articulada con el Ministerio de Educación y ejecutada junto a universidades, asociaciones sin fines de lucro, redes juveniles y organizaciones con experiencia probada en intercambios.

Tres decisiones bastarían para empezar.

Primera: reconocer el servicio internacional dentro del marco de las 60 horas y de la política educativa, de modo que el sistema no penalice a quien sirve fuera, sino que lo acredite.

Segunda: una etapa piloto modesta y medible. Tres países del Caribe anglófono y dos de Centroamérica. Una primera cohorte pequeña. Indicadores desde el día uno: cuántos jóvenes, en qué proyectos, con qué resultados, con qué costo por participante.

Tercera: financiamiento mixto y continuidad. Presupuesto público inicial, cofinanciamiento de agencias de cooperación, que ya financian este tipo de movilidad, y alianzas con el sector privado. Sin continuidad más allá de los cambios de gestión, cualquier programa se convierte en un evento.

Alguien preguntará por qué enviar jóvenes a resolver problemas ajenos cuando aquí sobran problemas propios. La respuesta es que no se trata de sustituir una cosa por la otra: las 60 horas seguirán cumpliéndose en comunidades dominicanas. Se trata de que exista un camino para los que quieran ir más lejos, y de que ese camino devuelva al país capacidades que hoy no estamos formando.

Una advertencia necesaria

Sería un profundo error reducir el servicio a una herramienta de política exterior. Los voluntarios no son activos diplomáticos ni portavoces de nadie. El día en que un programa de voluntariado se diseñe para proyectar una imagen, dejará de producir precisamente aquello que lo hace valioso.

La lógica es la inversa. El servicio genera, como consecuencia natural, relaciones de confianza entre personas, instituciones y países. La diplomacia pública no consiste en instrumentalizar esa confianza, sino en reconocerla, cuidarla y darle continuidad institucional.

Con este artículo se completa una propuesta que nació en una tesis.

Cultura, educación y voluntariado no son tres programas de cooperación. Son tres formas de la misma apuesta: los países pequeños no aumentan su influencia multiplicando su poder, sino multiplicando las relaciones de confianza que son capaces de crear.

Dentro de pocos días volveré al aeropuerto a despedir a esos jóvenes alemanes. Sé que volverán hablando de la República Dominicana con un afecto que ningún folleto turístico podría producir.

Mi esperanza es que, dentro de poco tiempo, vuelva al mismo aeropuerto para despedir también a jóvenes dominicanos que salgan a servir a otras comunidades del Caribe. No porque tengan que hacerlo, sino porque su país les abrió ese camino.

Quizás entonces aquellas sesenta horas dejarán de ser el final de una obligación escolar para convertirse en el primer paso de una vida de servicio, ciudadanía global y diplomacia pública.

Ese día habremos descubierto que uno de los mejores instrumentos de política exterior de la República Dominicana no estaba escondido en un tratado internacional. Estaba esperando, desde hace más de veinte años, en el certificado de servicio comunitario que reciben nuestros bachilleres.

Pablo Viñas Guzmán

Educador, gestor cívico

Pablo Viñas Guzmán es director ejecutivo de AFS Intercultura en República Dominicana, gestor cívico y educador. Desde esa posición lidera programas de intercambio educativo, formación de jóvenes líderes, cooperación intersectorial y participación ciudadana. Es líder de GivingTuesday en República Dominicana y forma parte de su red global, además de presidir la Junta Directiva de Alianza ONG y participar activamente en otros espacios de articulación del sector social. Ha sido consultor y conferenciante en diplomacia pública, educación global, voluntariado internacional y fortalecimiento institucional en América Latina, Europa y Asia. Ha diseñado y ejecutado programas con el apoyo de agencias de cooperación y organismos internacionales, y ha colaborado con iniciativas de la Unión Europea, WINGS y otras plataformas en la consolidación de ecosistemas filantrópicos en el Caribe. Cuenta con formación en Derecho, Negocios Internacionales, Liderazgo Cívico y Diplomacia, y es egresado del Programa Executivo en Estrategia de Impacto Social e Innovación de la Universidad de Pensilvania.

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