En un mundo marcado por tensiones geopolíticas, polarización social y fracturas culturales, hay gestos que trascienden lo simbólico y se convierten en actos diplomáticos de profundo alcance. La visita reciente del papa León XIV a Turquía es uno de ellos. Aunque algunos la lean únicamente como un acontecimiento religioso o protocolar, su significado va mucho más allá. Representa un ejercicio de diplomacia espiritual que invita a repensar cómo las naciones, las religiones y las comunidades pueden relacionarse en tiempos convulsos.
Como católico que valora la diversidad y como dominicano convencido de que la convivencia fortalece, esta visita me provoca una reflexión que no es solo teológica, sino política, humana y profundamente contemporánea. Lo que está en juego no es únicamente el vínculo entre la Iglesia Católica y el Patriarcado Ortodoxo. Tampoco se reduce a una agenda ecuménica. Se trata de algo mayor: la construcción de puentes en un mundo donde cada día abundan más los muros.
La re-unificación como metáfora para un mundo fragmentado
Desde 1054, la cristiandad ha vivido una separación que dejó huellas en la historia, en la espiritualidad y en la geopolítica. Ese año, el llamado Cisma de Oriente rompió la plena comunión entre Roma y Constantinopla, tras siglos de tensiones doctrinales, culturales y políticas entre ambas sedes. Que un Papa visite Turquía y se reúna con Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla, no es un gesto menor. Es la afirmación de que incluso las fracturas de casi un milenio pueden comenzar a sanarse cuando hay disposición al diálogo, humildad histórica y visión de unidad.
Esa búsqueda de acercamiento tiene un poderoso mensaje para este siglo. Si dos Iglesias con heridas profundas pueden intentar caminar de nuevo hacia la armonía, entonces también pueden hacerlo naciones polarizadas, comunidades divididas, grupos enfrentados o sociedades atrapadas en la desinformación y el miedo. No es casualidad que, cada vez que reflexiono sobre crisis, ciudadanía activa o filantropía, la noción de tejido social reaparezca como una necesidad que no se puede postergar. La unidad no exige uniformidad. Exige voluntad de caminar juntos.
En tiempos donde la mentira se difunde con la velocidad de un clic y donde la diferencia se convierte fácilmente en sospecha, la visita del Papa es un recordatorio de que los puentes todavía existen y que construirlos sigue siendo posible.
Mi propia mirada a Turquía: un país que es puente por naturaleza
La última vez que estuve en Turquía fue en octubre de 2024. Viajé por trabajo, pero también por la curiosidad que siempre me mueve a comprender los lugares desde su historia y su complejidad. Turquía impresiona desde todos los ángulos: su profundidad cultural, su arquitectura milenaria, su diversidad religiosa, su ubicación estratégica entre Europa y Asia, su geopolítica delicada y su gente profundamente hospitalaria.
Aproveché el viaje para visitar Éfeso, uno de los lugares más sagrados para quienes compartimos la fe cristiana. Allí, en una pequeña colina rodeada de vegetación, se encuentra la Casa de la Virgen María, considerada su última morada terrenal. Es difícil describir la serenidad de ese lugar. Se respira una energía espiritual intensa, que no entiende de fronteras ni de credos. Cristianos y musulmanes peregrinan allí para honrar a la misma mujer. Ambos veneran a María. Ambos reconocen en ella un símbolo de fe, humildad y devoción. Ambos creen en un mismo Dios.
Esa convivencia pacífica, respetuosa y profundamente humana es una lección viva de lo que es posible cuando la espiritualidad se convierte en puente y no en trinchera. En Éfeso uno siente que siglos de tensiones teológicas se diluyen frente a algo más grande: la capacidad humana de buscar lo sagrado en el otro.
También visité la Mezquita Azul, con su majestuosidad indescriptible, y recorrí monumentos que dan testimonio de un pasado fascinante, donde imperios, culturas y tradiciones coexistieron, chocaron, se recombinaron y dejaron huellas que todavía hoy definen el espíritu del país. Turquía es, por naturaleza, un territorio que obliga a pensar en la convivencia, no solo como posibilidad, sino como necesidad.
Por eso, no sorprende que esta nación ocupe un lugar central en la diplomacia interreligiosa contemporánea. Y quizás sea esa misma riqueza la que el Papa busca destacar: Turquía no es solo un punto geográfico, sino un punto de encuentro.
Dimensión geopolítica: proteger la paz más allá de sus fronteras
Aunque la visita tiene un claro énfasis ecuménico, es legítimo preguntarse si el papa también busca impulsar un diálogo más amplio, especialmente en torno al rol de Turquía en conflictos regionales como el de Siria. Turquía ha sido, durante años, un actor clave en la estabilidad de esa zona convulsa, sobre todo por su cercanía con comunidades cristianas históricas que todavía enfrentan riesgos significativos.
La Santa Sede ha sido consistente en su llamado a proteger a todas las minorías religiosas en Oriente Medio, a promover rutas de diálogo y a evitar que los conflictos se profundicen por razones identitarias. No sería extraño que en esta visita haya un mensaje implícito hacia la necesidad de seguir garantizando seguridad, libertad religiosa y respeto a la diversidad en una región que ha sufrido demasiadas heridas.
La diplomacia espiritual opera así: con gestos, con símbolos, con presencia. A veces una visita dice más que un comunicado. A veces compartir una oración tiene más impacto que una declaración política. Y a veces, el respeto mutuo entre líderes religiosos abre puertas que la diplomacia tradicional no alcanza.
Lecciones para República Dominicana
Ver la visita del Papa desde esta óptica me obliga inevitablemente a mirar hacia nosotros mismos como país.
Hace apenas unos meses, en el Diálogo Nacional sobre la crisis haitiana realizado en el Consejo Económico y Social, pudimos constatar que incluso cuando existe tensión, temor o incertidumbre, es posible sentarse, escucharse y producir acuerdos. Aquel proceso mostró que la madurez democrática no consiste en evadir los desacuerdos, sino en enfrentarlos con responsabilidad y visión de país.
Del mismo modo, la experiencia nos recordó que los consensos no surgen por inercia. Requieren espacios, métodos y liderazgos capaces de convocar, facilitar y sostener el diálogo. Requieren también ciudadanía activa, preparada y comprometida. No hay ejercicio de concertación que prospere si quienes participan no creen en la legitimidad del otro.
La visita del papa nos invita a pensar que la diplomacia espiritual puede ser un referente para nuestro propio desarrollo democrático. Un país dividido en múltiples aspectos, desde lo político hasta lo cultural, no puede aspirar a la cohesión si no desarrolla una cultura de encuentro. Esa cultura comienza por reconocer la dignidad del otro, incluso cuando sus creencias, ideas o prioridades difieran de las nuestras.
Y esto tiene implicaciones concretas: para nuestra política exterior, para la convivencia con la comunidad haitiana, para la educación en ciudadanía global, para la lucha contra la desinformación, para el fortalecimiento de nuestro ecosistema filantrópico y para la construcción de un proyecto de país que no tema al pluralismo. La capacidad de convivir con el otro sin miedo, sin prejuicio y sin violencia es la base de un país moderno.
Una invitación a mirar con esperanza
Personalmente, deseo que la visita del papa sea exitosa y que sus frutos se reflejen tanto en la Iglesia como en el diálogo interreligioso y en la paz regional. Turquía puede ser un faro de convivencia en un tiempo donde el pluralismo está constantemente amenazado. Su geografía, su historia, su espiritualidad compartida y su rol geopolítico la convierten en un país capaz de demostrar que la diversidad no debilita, sino que enriquece.
Cuando pienso en ese país que me impresionó tanto, en la Casa de la Virgen María donde musulmanes y cristianos oran juntos, en la majestuosidad de Estambul donde Oriente y Occidente se estrechan la mano, y en el papa caminando por esos lugares con un mensaje de unidad, siento que hay un hilo que conecta todo: la esperanza.
Porque al final, la diplomacia espiritual solo puede construirse desde la esperanza. Desde la convicción de que incluso las fracturas más profundas pueden comenzar a sanar cuando nos vemos, nos escuchamos y reconocemos en el otro una dignidad compartida.
Esa es, en definitiva, la lección que Turquía ofrece y que el papa parece querer subrayar: los puentes no se construyen solos. Se construyen con gestos, con presencia, con valentía y con respeto. Y cuando se construyen, pueden transformar no solo a quienes los cruzan, sino a los pueblos enteros.
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