Acaban de publicarse los resultados de PISA 2025. En PISA 2025 participaron 91 países y economías y más de 760.000 estudiantes. La ciencia fue el área principal de evaluación.
Como ocurre después de cada edición, ya están surgiendo comentarios sobre los problemas de los sistemas educativos y sobre una juventud que parece diferente de la de hace treinta o cincuenta años.
Los resultados son, en muchos casos, insatisfactorios y ya no pueden atribuirse simplemente a los efectos de la pandemia. La propia OCDE señala que el deterioro observado en numerosos sistemas educativos comenzó antes de la COVID-19 y responde a problemas más profundos y persistentes. Al mismo tiempo, PISA 2025 aporta nuevos elementos sobre el uso de dispositivos digitales y de la inteligencia artificial. El uso excesivo de dispositivos y la distracción digital aparecen asociados a peores resultados, mientras que un uso moderado y orientado al aprendizaje puede producir efectos diferentes
Por lo demás, se confirma que el desempeño de buena parte de los sistemas educativos latinoamericanos continúa siendo bajo en comparación con los países de la OCDE.
Sería un error buscar autoabsoluciones basadas en la mejora de posición en uno u otro indicador. Ya se hizo en el pasado y no ha producido efectos significativos. El tema no es la posición que un país ocupa en una clasificación internacional. Los resultados de PISA constituyen una indicación sobre la capacidad de los sistemas educativos para proporcionar a los jóvenes las competencias necesarias para comprender fenómenos, utilizar conocimientos, interpretar evidencias y resolver problemas.
Si los resultados son bajos, esto constituye un problema relevante para el futuro de cualquier país que aspire a aumentar su productividad y su capacidad científica y tecnológica. Y como tal debe ser asumido.
México ofrece un ejemplo de la dificultad de traducir los resultados de PISA en una política educativa coherente. En 2024 existió una fuerte incertidumbre sobre la continuidad de su participación. Sin embargo, México participó finalmente en PISA 2025. Sus resultados muestran una situación prácticamente estable respecto de 2022 en ciencias y lectura, mientras que matemáticas registra un retroceso.
Colombia presenta también una situación que merece atención. El presidente Petro había anunciado que, a partir de los resultados mediocres de la última edición, se tomarían medidas. En PISA 2025, los resultados colombianos son, en términos generales, similares a los de 2022. Sin embargo, desde una perspectiva más larga, matemáticas y lectura presentan resultados inferiores a los observados en 2018.
En ambos casos debería tomarse en cuenta la expansión de la educación secundaria hacia poblaciones anteriormente marginadas.
¿Y qué decir de la República Dominicana?
Más que analizar indicadores particulares o celebrar pequeñas mejoras de posición, sería oportuno identificar algunas tendencias que merecen una reflexión.
En primer lugar, existe una cuestión particularmente interesante relacionada con el género. En lectura, las estudiantes dominicanas superan ampliamente a los estudiantes varones. En matemáticas y en ciencia, sin embargo, ocurre lo contrario, aunque por diferencias mucho menores.
Este dato merece atención porque las ciencias constituyen precisamente uno de los ámbitos en los que el país necesita ampliar y fortalecer su base de recursos humanos. La buena posición relativa de las jóvenes en lectura no se traduce en un desempeño equivalente en ciencias. Esto debería ser objeto de una reflexión específica sobre la manera en que ellas se relacionan con las disciplinas científicas y sobre las oportunidades que encuentran para desarrollarse en esas áreas.
Pero es justamente en lo concerniente a la relación de los jóvenes con la ciencia donde aparece uno de los aspectos más preocupantes de PISA 2025.
La República Dominicana obtuvo en ciencias 361 puntos en PISA 2025, prácticamente el mismo resultado que en 2022. Solo el 26 % de los estudiantes alcanzó el nivel básico (nivel 2 o superior) de competencia científica, frente al 74 % en promedio en la OCDE, y prácticamente ningún estudiante alcanzó los niveles superiores 5 o 6.
Además, la OCDE ha incorporado en esta edición un indicador sobre las creencias acerca de la naturaleza de la ciencia. No se trata de saber si a los estudiantes les gusta la ciencia, sino de conocer hasta qué punto comprenden que el conocimiento científico se basa en evidencias, que las afirmaciones científicas deben poder ser verificadas y que el conocimiento puede modificarse ante nuevas evidencias. Este indicador se refiere a una dimensión particularmente importante porque una parte creciente de la información que reciben los jóvenes procede de las redes sociales y de otras fuentes digitales. La capacidad de distinguir entre una afirmación, una opinión y una conclusión sustentada por evidencias es una competencia esencial para desenvolverse como ciudadano y para participar de manera responsable y consciente en la sociedad.
En este indicador, la República Dominicana ocupa el último lugar (Tabla I4 del informe).
Los resultados dominicanos en esta dimensión deberían ser motivo de especial atención. La combinación de un desempeño científico muy bajo y de debilidades en las actitudes y concepciones relacionadas con la naturaleza del conocimiento científico plantea un problema que trasciende los resultados académicos.
Hay, sin embargo, un elemento que conviene no perder de vista. El resultado dominicano ha mejorado considerablemente respecto de 2015. El problema es que esa mejora parece haberse detenido en los últimos años. Esto hace necesario preguntarse qué mecanismos permitirían pasar de una mejora cuantitativa inicial a una transformación cualitativa del sistema educativo. Esta transformación depende de cuánto se invierte y de la capacidad del sistema para convertir esa inversión en mejores resultados de aprendizaje.
La relación entre los recursos invertidos y los resultados obtenidos plantea, por tanto, otra cuestión que merece atención, como muestra la siguiente figura (Fig. en la pag.57 del informe)
Se puede ver que, hasta aproximadamente los 85.000 dólares por estudiante, existe una correlación entre los recursos destinados a la educación y mejores resultados, mientras que por encima de ese umbral aparece una dispersión considerable.
Países con niveles de inversión muy diferentes pueden alcanzar desempeños similares. La posición de la República Dominicana resulta particularmente significativa. Su desempeño científico aparece asociado a un nivel de inversión por estudiante considerablemente superior al de algunos países que alcanzan resultados comparables. La diferencia llega, según las comparaciones que permite realizar la figura, aproximadamente a un factor de dos a cinco veces.
Esto no significa que el país gaste demasiado en educación en términos absolutos, ni que una reducción del gasto produciría los mismos resultados. Significa algo diferente y más importante: plantea una cuestión sobre la eficiencia con la que los recursos disponibles se transforman en aprendizajes.
Hay algunos datos de PISA 2025 que ayudan a comprender mejor esta cuestión. No parece que el problema pueda explicarse simplemente por una falta de apoyo de los docentes. Por el contrario, una proporción muy elevada, más del 80 %, de los estudiantes dominicanos valora positivamente el apoyo de sus profesores: El panorama cambia al observar el ambiente de aprendizaje: 27 % señala dificultades para trabajar en ciencias, 40 % ruido y desorden y 37 % que sus compañeros no escuchan al profesor.
Estos datos sugieren que una parte del problema puede encontrarse en las condiciones en las que se desarrolla la enseñanza. La calidad de un sistema educativo depende también de su capacidad para crear un entorno en el que el tiempo de clase pueda convertirse efectivamente en aprendizaje.
A esto se añade el uso de dispositivos digitales: los estudiantes dominicanos los utilizan 1,3 horas diarias para aprendizaje y 1,8 horas para ocio. Entre quienes se distraen con ellos durante las clases de ciencias, el rendimiento es 27 puntos menor. Esto muestra que la digitalización requiere no solo dispositivos, sino también un uso pedagógico adecuado.
Desde esta perspectiva, la cuestión de la eficiencia adquiere un significado más concreto. No se trata de cuánto dinero se destina a la educación, sino de cuánto del tiempo, de los recursos tecnológicos y del esfuerzo de los docentes es realmente funcional al aprendizaje. Los datos anteriores sugieren algunas de las dimensiones que deberían examinarse para entender esta transformación. Pero la comparación internacional ofrece también una perspectiva relevante.
Varios de los países que presentan desempeños científicos semejantes a los de la República Dominicana —entre ellos Guatemala, Kosovo, la Autoridad Palestina y Paraguay— tienen un PIB por habitante considerablemente inferior. Se trata, por tanto, de países que disponen de una capacidad económica mucho menor y que, sin embargo, alcanzan resultados educativos que no están muy alejados de los dominicanos.
Por otro lado, a niveles comparables de inversión, otros países alcanzan un rendimiento entre un 20 % y un 30 % superior al de la República Dominicana.
Aunque esto no permite establecer una relación causal entre gasto y rendimiento, porque los sistemas educativos difieren en múltiples aspectos y el nivel de ingreso no es el único factor que determina los resultados, la comparación plantea una pregunta para la política educativa dominicana:
¿por qué un país que dispone de mayores recursos económicos y realiza una inversión por estudiante significativamente superior no consigue resultados científicos proporcionalmente mejores?
Se puede notar que el mismo problema se presenta en países como Islandia, Luxemburgo, Noruega, Israel, Qatar, Bahrein y Arabia Saudita. Estos países mencionados pertenecen al grupo que invierte por estudiante, entre los 6 y los 15 años, más de USD 85.000 acumulados, que constituye el umbral de desacoplamiento entre las dos variables consideradas en la figura.
La República Dominicana es muy diferente en términos de estructura económica y nivel de desarrollo. Además, se encuentra en la parte de la figura en la que la relación entre gasto y rendimiento sigue siendo positiva. Por ello, el problema dominicano no parece ser el de un país que haya alcanzado el punto en el que un mayor gasto deja de estar asociado con mejores resultados. Esto hace especialmente pertinente preguntarse por la eficiencia con la que los recursos disponibles se transforman en aprendizaje y podría sugerir que en nuestro caso la respuesta remita directamente a la eficiencia del sistema educativo: la calidad de la enseñanza, la utilización de los recursos, la preparación y distribución de los docentes, los métodos pedagógicos, la organización de las escuelas y la capacidad de transformar la inversión en aprendizajes efectivos.
Los resultados de PISA 2025 deberían ser considerados, por tanto, como algo más que una clasificación internacional. Para la República Dominicana señalan simultáneamente tres cuestiones: un desempeño científico todavía bajo; una relación particularmente débil de los estudiantes con la ciencia; y una eficiencia educativa que parece insuficiente en relación con los recursos destinados al sistema.
Estos resultados deben ser interpretados también a la luz de la evolución económica del país. La República Dominicana ha alcanzado un nivel de desarrollo y de ingreso que le proporciona recursos y oportunidades considerablemente mayores que los de varios países con los que comparte niveles de desempeño educativo.
El desafío consiste en obtener más aprendizaje y mejores competencias científicas de los recursos que el país ya está destinando a la educación.
Esto requiere un plan plurianual de fortalecimiento científico que comience en los colegios y, sobre todo, llegue a las provincias. El país ha realizado progresos en ciencia avanzada, pero los indicadores a nivel secundario muestran que esos progresos todavía esconden riesgos de sostenibilidad y mecanismos de exclusión.
La publicación de los resultados PISA coincide, además, con un momento particularmente importante para la educación dominicana. El Decreto 309-26 ha puesto en marcha la Consulta Nacional para el Futuro de la Educación Dominicana, con el propósito de sentar las bases de un Sistema Educativo Nacional Integral y de preparar una nueva ley de educación. Los resultados de PISA 2025 deberían formar parte de ese proceso. No como un ejercicio de clasificación internacional, sino como una evidencia que ayude a identificar dónde se encuentran las debilidades del sistema y, sobre todo, qué transformaciones son necesarias para convertir los recursos que el país dedica a la educación en mejores aprendizajes, mayores competencias científicas y una ciudadanía mejor preparada para afrontar los desafíos del futuro.
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