Hay vidas que, vistas desde afuera, parecen impecables. Se estudia, se trabaja, se asciende, se forma una familia, se compra una casa, se adquieren responsabilidades y se alcanza esa respetabilidad que suele presentarse como prueba de que se han hecho las cosas bien. Cumplimos etapas, satisfacemos expectativas y aprendemos a medir nuestros logros según los parámetros que la sociedad ha establecido. Y quizá, precisamente por eso, pocas veces nos hacemos la pregunta más incómoda de todas: ¿esta vida que estoy construyendo es realmente la que yo quería vivir?

No hay nada malo en aspirar al éxito, buscar estabilidad, formar una familia o desear reconocimiento. El peligro comienza cuando dejamos de distinguir entre lo que elegimos y lo que aprendimos a elegir. Podemos pasar años tomando decisiones perfectamente razonables sin preguntarnos de dónde surgió nuestro concepto de una vida razonable. Podemos incluso llegar a sentirnos satisfechos porque todo parece estar en su lugar y, sin embargo, haber construido nuestra existencia alrededor de expectativas ajenas, convenciones sociales y versiones de nosotros mismos que alguna vez fueron útiles, pero nunca fueron completamente nuestras. 

Ese es el territorio profundamente inquietante al que León Tolstói nos conduce en La muerte de Iván Ilich. Su protagonista no es un hombre extraordinariamente malo ni particularmente desgraciado. Todo lo contrario: Iván es inteligente, educado, competente y respetable. Desde joven aprende a observar a quienes ocupan posiciones superiores y adopta de ellos sus maneras y su forma de entender lo que debe hacerse. Hace carrera en el mundo judicial, asciende, se casa y organiza su existencia procurando que sea agradable, digna y socialmente aprobada. Incluso al elegir esposa, interviene una consideración reveladora: aquella unión era también la que las personas de su posición consideraban razonable. Ahí reside la genialidad de Tolstói: Iván Ilich no se equivoca por haber incumplido las reglas. Su tragedia consiste precisamente en haberlas cumplido demasiado bien.

Durante años, confunde la aprobación con la plenitud, la posición con la realización y la apariencia con la felicidad. Cuando el matrimonio deja de proporcionarle la existencia agradable que esperaba, se refugia cada vez más en el trabajo. Cuando obtiene un mejor puesto, un salario mayor y una nueva casa, vuelve a experimentar la sensación de que, finalmente, todo está como debería estar. Escoge muebles, tapices, colores y objetos con enorme entusiasmo; sin embargo, Tolstói introduce una ironía demoledora: aquella casa que Iván considera tan distinguida termina por parecerse a las de tantas personas que desean proyectar una posición superior a la que realmente poseen. Hasta aquello que Iván cree que es expresión de su individualidad resulta ser otra forma de imitación.

Entonces llega la enfermedad y, con ella, desaparecen, una tras otra, las estructuras que habían sostenido su identidad. El cargo ya no puede protegerlo. El dinero no puede negociar con la muerte. La casa perfectamente arreglada pierde importancia. Las relaciones sociales revelan su superficialidad. Incluso antes de conocer su historia, nosotros ya sabemos cómo reaccionan sus colegas ante su fallecimiento: piensan en la vacante que deja, en los posibles ascensos y, en el fondo, sienten el alivio secreto de comprobar que el muerto es otro.  La enfermedad obliga entonces a Iván a quedarse a solas con alguien a quien había logrado evitar durante casi toda su existencia: él mismo.

Y allí comienza la verdadera agonía de La muerte de Iván Ilich. Porque llega un momento en que el dolor físico parece casi secundario frente a una sospecha mucho más aterradora. Iván empieza a contemplar retrospectivamente su existencia y comprende algo terrible: mientras que ante los ojos del mundo parecía ascender, interiormente quizá descendía. Por primera vez, se atreve a formular la pregunta que durante toda su vida había logrado silenciar: ¿Y si no he vivido como debía? Tal vez esa sea una de las preguntas más difíciles que un ser humano puede hacerse. Porque no exige que revisemos nuestros fracasos. Exige revisar nuestros éxitos.

Porque no hace falta vivir exactamente como Iván para reconocernos en él. Cada época construye su propia versión de la vida correcta. Cambian los símbolos, pero no necesariamente la presión. Hoy quizá no sea el cargo en el Palacio de Justicia, los muebles apropiados ni pertenecer a determinada sociedad. Puede ser el título que debemos obtener, el trabajo que debemos conservar, la pareja que debemos mantener, la casa que debemos comprar, la imagen que debemos proyectar, el cuerpo que debemos tener o la aprobación que debemos conseguir. Seguimos rodeados de modelos que, muchas veces, sin decir una palabra, nos indican cómo debería verse una vida exitosa y vamos obedeciendo. 

A veces porque queremos; otras, porque necesitamos sobrevivir. Muchas porque amamos. Nos convertimos en el hijo que nuestros padres necesitan, en la pareja que evita conflictos, en el profesional que nunca puede fallar, en el padre o la madre que coloca a todos por delante, en el empleado indispensable, en el amigo disponible, en la persona fuerte que siempre puede con todo. Ninguno de esos papeles es necesariamente falso. El problema comienza cuando interpretamos tantos papeles durante tanto tiempo que, un día, ya no sabemos dónde termina el personaje y dónde comienza nosotros.  Nuestra verdadera esencia corre el riesgo de perecer.

Entonces la pregunta de Iván Ilich adquiere otra dimensión. ¿Y si no he vivido como debía? No significa necesariamente: «¿He sido una mala persona?». Quizá significa algo mucho más íntimo: ¿cuánto de mi vida he vivido desde mi propia conciencia y cuánto desde las expectativas de los demás?

Existe una forma silenciosa de abandonarnos. Ocurre cada vez que decimos sí queriendo decir no; cuando permanecemos donde ya no somos felices únicamente porque marcharnos decepcionaría a alguien; cuando renunciamos sistemáticamente a nuestros deseos porque consideramos que los de los demás son más importantes; cuando confundimos sacrificio con amor hasta desaparecer dentro de las necesidades ajenas. También puede suceder lo contrario, y podemos perseguir el éxito, el reconocimiento y el prestigio hasta descubrir que hemos dedicado media vida a demostrarles algo a personas cuya opinión, finalmente, no tenía por qué determinar quiénes éramos.

Amarse a uno mismo no significa dejar de amar a los demás. Significa dejar de creer que, para amarlos, tenemos que abandonarnos. Tal vez por eso Guerassim resulta tan importante en la novela.  Mientras que, alrededor de Iván, todos parecen necesitar conservar las formas, Guerassim se relaciona con él desde una humanidad sencilla. Iván, despojado progresivamente de su posición y de la imagen que había construido, descubre que lo que verdaderamente necesita no es otra demostración de importancia. Necesita algo muchísimo más elemental: compasión. Desea que alguien comprenda su miedo, lo cuide y le permita mostrarse vulnerable. Y encuentra precisamente en Guerassim un consuelo que las convenciones de su mundo no le consiguen ofrecer. 

Es extraordinario que un hombre que había dedicado buena parte de su existencia a distinguirse termine necesitando aquello que no distingue entre clases, cargos ni posiciones: la presencia sincera de otro ser humano. Quizá ahí comienza a derrumbarse la gran mentira. Cuando se acerca la muerte, muchas de las cosas con las que Iván había medido su existencia dejan de tener valor; no porque trabajar, prosperar, tener una casa o alcanzar reconocimiento sean cosas vacías en sí mismas, sino porque ninguna de ellas puede responder por nosotros la pregunta fundamental: ¿fui realmente yo mientras vivía?

Esa pregunta no debería servir para condenar el pasado. Todos hemos tomado decisiones con la conciencia, las circunstancias y las herramientas que teníamos en un momento determinado. Hay versiones anteriores de nosotros que hicieron lo necesario para llegar hasta aquí. Algunas soportaron, otras cedieron, otras se equivocaron y otras simplemente todavía no sabían que podían elegir de manera diferente. Madurar quizá también consiste en dejar de juzgarlas y comenzar a escucharlas, porque mientras estamos vivos existe algo que Iván Ilich cree haber perdido: tiempo para corregir el rumbo.

No necesariamente para destruir nuestra vida y comenzar otra. A veces recuperar una existencia propia ocurre mediante decisiones mucho más pequeñas: establecer un límite, abandonar una necesidad absurda de aprobación, decir lo que pensamos, regresar a algo que amábamos, permitirnos cambiar de opinión, alejarnos de quien solamente nos quiere cuando obedecemos, aprender algo nuevo a una edad en la que supuestamente ya deberíamos tenerlo todo resuelto, o simplemente preguntarnos, antes de tomar una decisión: ¿esto lo quiero yo o solamente he aprendido que debería quererlo?

La muerte de Iván Ilich puede parecernos terrible. Pero Tolstói hace algo extraordinario con ella: convierte la muerte de un hombre en una advertencia para quienes todavía tenemos tiempo. No podemos elegir cuánto durará nuestra vida. Tampoco podemos controlar todas las circunstancias que la atraviesen, pero mientras podamos elegir, rectificar, amar, aprender, comenzar nuevamente o decir «esto ya no me representa», todavía podemos impedir que nuestra existencia termine siendo únicamente una impecable colección de expectativas cumplidas.

No necesitamos esperar a estar frente a la muerte para preguntarnos si hemos vivido. Podemos preguntárnoslo ahora y si alguna respuesta nos incomoda, quizá esa incomodidad no sea una tragedia. Quizá sea la vida llamándonos de regreso.

Dedicatoria: A mi tía, la Dra. Josefina Fernández, quien me recomendó la lectura de La muerte de Iván Ilich y que, curiosamente, representa para mí el reverso de su protagonista. Si Iván pasó buena parte de su existencia intentando vivir como se suponía que debía hacerlo, ella me ha enseñado, con su propia vida, que la felicidad también nace del valor de ser auténticamente uno mismo. Quizá por eso, mientras más auténtica ha sido, más plenamente ha vivido, y tal vez también esa autenticidad, tan suya e irrepetible, es una de las tantas razones por las que quienes tenemos la dicha de conocerla la amamos tanto. 

EN ESTA NOTA

Vailma Roca

Vailma Roca Fernández es abogada graduada de la Universidad Católica Santo Domingo, licenciada en Educación y Ciencias por la Universidad de Florida, donde también obtuvo una maestría en Comunicación con concentración en Periodismo Digital y Narrativa Multimedia. Escritora y servidora pública en el estado de Florida, actualmente publica en The Times of Israel y Alachua Chronicle. Su trabajo se centra en amplificar voces, contar historias con propósito y defender los derechos de los estudiantes con necesidades especiales y de sus familias. Como miembro de la Comisión Histórica del Condado de Alachua, promueve además la preservación de la memoria colectiva y el valor de las comunidades que forjan identidad. Su trayectoria entre el derecho, la educación, el periodismo y el servicio público refleja una profunda vocación por la justicia social, la verdad y la dignidad humana.

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