Hay momentos en que uno descubre que aquello que creía sólidamente instalado era mucho más frágil de lo imaginado.

Durante décadas se construyeron políticas públicas, acuerdos internacionales, instituciones y derechos. Vimos ampliarse los derechos humanos, la autonomía de las mujeres y la aceptación de las diferencias.

Quizás nuestro error fue creer que esas conquistas eran irreversibles. Lo que sorprende hoy es la velocidad con que pueden desmontarse políticas y consensos que necesitaron tiempo para construirse.

Desde su regreso al gobierno, el actual presidente de Estados Unidos no solamente ha modificado políticas migratorias, ambientales, sanitarias o de cooperación internacional. La ruptura alcanza hasta la geografía: el Golfo de México se convierte en el Golfo de América; el monte Denali recupera el nombre de Mount McKinley; el lago Ontario pasa a ser Lake America, aunque los nombres contengan historia, memoria e identidades. Con una firma presidencial, el nuevo nombre aparece en millones de pantallas.

También cambian los símbolos. En Santo Domingo, una obra del artista estadounidense Kehinde Wiley, encargada años atrás por el Departamento de Estado para su residencia diplomática y realizada con jóvenes dominicanos, fue retirada por la nueva embajadora en rechazo de lo que ella califica como cultura woke.

Estos nuevos vientos no se limitan a Estados Unidos. República Dominicana acaba de adherirse al Consenso de Ginebra, una iniciativa del primer gobierno del presidente Trump impulsada ahora de nuevo desde Washington, que reivindica la familia tradicional y rechaza que exista un derecho internacional al aborto seguro. No deja de parecer premonitorio que Francia decidiera en 2024 inscribir en su Constitución la libertad de las mujeres a recurrir al aborto, como si hubiera comprendido que aquello que considerábamos definitivamente adquirido podía dejar de serlo.

En nuestro país, el joven senador Omar Fernández ha asumido públicamente aspectos fundamentales del nuevo credo conservador. Defiende la familia tradicional, se opone al aborto, propone la lectura de la Biblia en las escuelas y cuestiona lo que las corrientes derechistas en auge denominan como agendas globalistas.

Sería demasiado fácil atribuir su posicionamiento exclusivamente a las influencias que vienen desde Washington. Su posición sobre el aborto, por ejemplo, es anterior al regreso de Trump. Pero la coincidencia de lenguajes invita a preguntarse qué está ocurriendo con nuestras antiguas referencias políticas. El partido del senador del Distrito Nacional se define en sus documentos como un partido democrático y progresista y reivindica la herencia de Juan Bosch. ¿Cómo conviven esa tradición y una identidad política conservadora? ¿Está cambiando el partido, el significado de la palabra progresista o las propias fronteras ideológicas?

También cambian los interlocutores. La nueva embajadora estadounidense ha cultivado una relación visible con influencers, entre ellos Santiago Matías, Alofoke, a quien ha definido públicamente como amigo y con quien dice compartir determinados valores.

El fenómeno dice algo sobre nuestra época. Durante mucho tiempo la diplomacia cultural privilegió universidades, intelectuales, artistas, periodistas y organizaciones sociales. Hoy los influencers son también actores capaces de transmitir ideas, valores y visiones del mundo. Cambian quienes tienen autoridad para hacer circular las ideas.

Pertenezco a una generación que creyó profundamente en la ampliación de las libertades, convencida de que, con todos sus tropiezos y contradicciones, la historia avanzaba hacia sociedades más democráticas e inclusivas.

Sin embargo, ideas conservadoras fundamentalmente negadoras de derechos nunca desaparecieron. Permanecieron ancladas en las formas de pensar, de manera a veces silenciosa, otras contenidas por un clima cultural que les era desfavorable.

Donald Trump tuvo una extraordinaria capacidad para percibir esa corriente, encarnarla y convertirla en fuerza política. Con su figura de macho alfa, deliberadamente transgresora, devolvió legitimidad a quienes sentían sus convicciones desplazadas por una sociedad que cambiaba demasiado rápido para ellos.

Supo surfear una ola que ya estaba allí. El éxito hizo el resto. Cuando determinadas ideas avanzan y ganan elecciones, son muchos los que simplemente observan y se adaptan. Posiciones que parecían situadas en los márgenes ganan espacio y se vuelve difícil distinguir dónde termina la evolución de las ideas y dónde comienza el oportunismo político.

Quizás, entonces, la pregunta no sea solamente cómo pueden deshacerse tan rápidamente políticas que necesitaron décadas para construirse. Hay otra más incómoda: ¿hasta qué punto habían cambiado realmente nuestras sociedades?

Tal vez confundimos el silencio del conservadurismo más duro e intolerante con su desaparición y la incorporación de determinados derechos a las leyes con su asunción definitiva a nivel de las conciencias.

La historia nos recuerda que ninguna conquista está garantizada para siempre. Quizás lo que más inquieta es descubrir que nunca supimos hasta qué punto habían cambiado realmente las formas de pensar.

Elisabeth de Puig

Abogada

Soy dominicana por matrimonio, radicada en Santo Domingo desde el año 1972. Realicé estudios de derecho en Pantheon Assas- Paris1 y he trabajado en organismos internacionales y Relaciones Públicas. Desde hace 16 años me dedicó a la Fundación Abriendo Camino, que trabaja a favor de la niñez desfavorecida de Villas Agrícolas.

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