Hacer del aprendizaje una causa país

PISA 2025 puede ser el detonante para transformar nuestra preocupación por los resultados educativos en una gran movilización nacional por el aprendizaje. Sus hallazgos, además, nos colocan frente al espejo.

Como suele ocurrir, buena parte de la conversación se concentra en puntuaciones, posiciones y comparaciones internacionales.

Son importantes, pero corremos el riesgo de que el debate termine nuevamente entre quienes encuentran motivos para celebrar y quienes concluyen que nada ha funcionado.

La realidad es más compleja.

Estos resultados nos invitan, sobre todo, a leer bien lo que tenemos delante: un reto que no podemos minimizar, una apuesta en la que ya hemos demostrado que podemos avanzar y una oportunidad que no deberíamos dejar pasar.

República Dominicana ha demostrado que puede avanzar. Entre 2018 y 2025, el desempeño en Ciencias pasó de 336 a 361 puntos, una ganancia de 25 puntos. Sin embargo, el progreso sigue siendo claramente insuficiente: apenas 26 % de nuestros estudiantes alcanza al menos el nivel básico en Ciencias, 23 % en Lectura y 9 % en Matemáticas.

También encontramos señales importantes de equidad: la brecha en Ciencias entre los estudiantes socioeconómicamente más favorecidos y los más desfavorecidos es de 69 puntos, frente a 85 en promedio en la OCDE, y 12 % de los estudiantes desfavorecidos logra situarse en el cuartil superior del desempeño en Ciencias dentro del país.

Más revelador todavía es un dato resaltado por Radhamés Mejía: 69.3 % de nuestros jóvenes se encuentra simultáneamente por debajo del nivel básico en las tres áreas. Siete de cada diez: quizás ahí se resume el gran desafío que nos plantea PISA 2025. Pero Mejía también nos deja una exhortación que apunta hacia adelante: "Hemos demostrado que podemos avanzar. Ahora tenemos que demostrar que podemos transformar".

Darwin Caraballo aporta otra dimensión: después de los avances de la última década, los resultados recientes sugieren que hemos llegado a una especie de meseta. La pregunta, entonces, no es solamente por qué seguimos tan abajo, sino cómo volvemos a movernos y lo hacemos a mayor velocidad.

Transformar y acelerar. Quizás ahí comienza el siguiente desafío. Y para lograrlo necesitamos algo adicional a las políticas, reformas y programas que deberán continuar: convertir el aprendizaje en una obsesión nacional.

La sociedad dominicana ya demostró que puede movilizarse por la educación. Una generación consiguió colocarla entre las grandes prioridades nacionales y lograr que el país le dedicara recursos sin precedentes. Ese fue un capítulo trascendental.

Ha llegado el momento de escribir el siguiente.

¿Y si convocáramos a los centros educativos públicos y privados a participar voluntariamente en una gran movilización nacional por el aprendizaje?

Podríamos crear competencias en comprensión lectora, escritura, matemáticas y ciencias que comiencen dentro de los centros, avancen mediante eliminatorias regionales y culminen en grandes finales nacionales, convirtiendo el conocimiento, el esfuerzo y la superación en motivos de entusiasmo, reconocimiento y orgullo.

Pero la verdadera fuerza de esta movilización estaría en premiar de dos formas a la vez: la excelencia individual y el progreso colectivo.

Reconocer a quienes alcanzan los mejores resultados, pero también a los centros que logren hacer avanzar más a sus estudiantes, especialmente a quienes comenzaron más rezagados.

Así, una escuela de una comunidad vulnerable podría ser reconocida no por alcanzar necesariamente los resultados absolutos de un centro con mayores ventajas, sino por la transformación lograda en sus alumnos.

Esta iniciativa debe estimular que los estudiantes más avanzados ayuden a quienes encuentran mayores dificultades: premiar a quienes sobresalen, motivándolos a lograr que los demás lleguen. Competir y colaborar no son incompatibles cuando existe un propósito común.

Hay, además, un componente que no podemos ignorar: la motivación.

Las culturas no desarrollan de igual manera su relación con el estudio, la disciplina y el desempeño académico. En varias sociedades asiáticas estos valores tienen un arraigo ancestral, un fuerte reconocimiento familiar y social transmitido de generación en generación. Nuestra realidad cultural es diferente. No se trata de copiar a China, Singapur o Corea, sino de preguntarnos qué estímulos pueden movilizar al estudiante dominicano.

PISA aporta una pista: no es que casi la mitad de nuestros estudiantes no pueda aprender más; es que no cree que pueda.

¿Por qué no utilizar elementos que conectan con nuestra cultura, como la competencia sana, el reconocimiento público y el orgullo de representar a una escuela, comunidad o provincia, para prestigiar el aprendizaje? ¿Qué podría significar para un adolescente llegar a una final nacional, recibir una beca o ser reconocido junto a sus padres y maestros?

Tenemos activos sobre los cuales construir. PISA revela un elevado apoyo docente: 89 % de los estudiantes afirma que sus profesores muestran interés por su aprendizaje, 83 % que continúan explicando hasta que comprendan y 86 % que ofrecen ayuda adicional cuando la necesitan. El desafío es convertir ese acompañamiento en mayor aprendizaje.

El reconocimiento debería abarcar todo el ecosistema: estudiantes, maestros, padres o tutores, directores y centros educativos. Premiar el desempeño y el progreso de los alumnos, reconocer a los docentes que logran transformar su aprendizaje, a los directores que movilizan sus centros y a las familias que acompañan activamente el proceso educativo.

Una movilización así necesitaría de todos. Estado, sector privado, universidades, sociedad civil y cooperación internacional podrían construir juntos un ecosistema de incentivos: premios, becas, formación e intercambios con estudiantes de otros países. La meta sería que aprender, progresar y ayudar a otros a avanzar abra puertas que nuestros jóvenes hoy apenas imaginan.

Más adelante, esta movilización podría alcanzar nuestros liceos técnico-profesionales y politécnicos, estimulando la innovación y la búsqueda de soluciones a necesidades productivas, tecnológicas y ambientales de sus comunidades.

Pero no tenemos que comenzar con todo. Comencemos por encender la llama. Esta es apenas una propuesta inicial, seguramente incompleta: una provocación para abrir la conversación, enriquecerla entre todos y llevarla mucho más lejos.

PISA no puede seguir siendo cada tres años una ceremonia de frustración, ni una excusa para la complacencia. Que sea, esta vez, el pistoletazo de salida.

Ya demostramos que podemos movilizarnos como sociedad alrededor de la educación y que podemos avanzar, incluso en un contexto internacional adverso. Ahora toca dar el paso más importante: dejar de preguntarnos solo por qué seguimos tan abajo y convertir esa prioridad y esos avances en aprendizaje real, para todos, a mayor velocidad.

Ese es el siguiente capítulo: hacer del aprendizaje una obsesión nacional y, de esa obsesión, una verdadera causa país.

Giovanni D'Alessandro

Ingeniero Industrial

Ingeniero Industrial, Maestría Administración de Empresas Esposo y padre de tres profesionales Activista social y asiduo tuitero

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