“Esta simple comprobación representa sólo un primer paso hacia la comprensión del conjunto del problema. Surge inmediatamente la pregunta: ¿cómo es posible que una minoría logre someter a sus deseos a la masa del pueblo?”. Albert Einstein-.
Estudiar y comprender los orígenes, dinámica y evolución de los partidos políticos, es una obligación de los que hemos puesto tiempo, talento y recursos en beneficio de una actividad nacida para dar soluciones colectivas a problemas individuales. Razonar sobre los motivos de la creación y sustentación argumentativa que alberga la idea de “casa común” a grupos disímiles con intereses encontrados, es otra tarea del carpintero político.
No hay posibilidad de análisis concreto sobre el PRM, emergido de la más profunda beligerancia entre las facciones imperantes en una organización cuya base se sostenía en los estratos más bajos de la sociedad, sin medir la distancia marcada entre los funcionarios y los dirigentes. Tampoco dejar de lado que, por capricho de un jerarca, de tiempos pasados, los perredeístas migramos en masas al proyecto que rige en materia electoral los estamentos estatales, hartos de la indiferencia y los malos tratos de los ejecutivos partidistas que los lideraban.
El Partido Revolucionario Moderno es, en su génesis, eso, una batalla de grupos que terminó en ruptura y con ella, la creación de una cobija que sirve de refugio a los que no comulgamos con el odio del “patrón” de la Jiménez Moya a la clase dirigencial de estratos humildes. Representada históricamente por el grupo pro-Peña-Gómez, heredada por Hipólito Mejía, líder que se constituyó en la voz los de abajo, realidad que hoy por hoy persiste y se acentúa en los aspirantes a sustituir a Luis Abinader para el 2028.
Los que se dedican al estudio sistemático de la política como herramienta social, podrán constatar sin mayores inconvenientes, cómo un grupo de personalidades que por sus competencias han sido designados en algún cargo público, se agrupa en torno a un proyecto amorfo del oficialismo, cuya insignia es la despolitización de los espacios públicos obtenidos con el favor de los políticos. En esa onda, se inscribe el último reducto del otrora partido. El mismo grupo que expulsó a Hipólito por miedo y que vivió del gobierno que se robó las elecciones del 2012.
Ellos, que ocupan cargos relevantes en el tren gubernamental y que se unieron a la causa cuando los indicadores estadísticos anunciaban el fin de la era morada, se unen de nuevo con las mismas intenciones del 2011, ahora con el poder que les construimos nosotros desde aquella salida forzada del viejo PRD. Pretendiendo, quizás, recuperar la moral perdida el 6 marzo aquel cuando nosotros, la mayoría, les arrebatamos con votos la hegemonía de un poder usurpado.
Que decir ellos, los no políticos, los técnicos, los que le han quitado el derecho a los perremeístas de formar parte del gobierno, cuya misión principal es impedir, que Carolina Mejía, hija de Papá, reivindique la clase dirigencial y lleve a los compañeritos de la base a los espacios ocupados por gente sin amor al PRM. ¿Cómo es posible, parafraseando a Einstein, que esa minoría, ostentosa y pretenciosa, sin base ni sostén en el partido que forjamos, pretenda imponer un candidato que odia todo lo que somos?
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