Mientras la República Dominicana apuesta por duplicar el tamaño de su economía con Meta RD 2036, existe una oportunidad poco discutida: fortalecer la sociedad civil para atraer más cooperación, filantropía, investigación y alianzas internacionales. La confianza también es un activo económico.
Hace unos meses recibí un correo de una fundación internacional. Habían conocido el trabajo que AFS Intercultura, Inc. realiza junto a GivingTuesday y querían reunirse conmigo en Santo Domingo. Su organización desarrolla iniciativas en distintos países y estaba explorando oportunidades para trabajar en la República Dominicana.
La conversación fue muy distinta a la que muchos imaginarían.
No dedicamos la reunión a hablar de las necesidades de nuestra organización ni de posibles fuentes de financiamiento. Hablamos de gobernanza, de alianzas, de cómo medimos resultados, de nuestra experiencia movilizando voluntarios y comunidades, de la capacidad de ejecutar proyectos complejos y, sobre todo, de los actores con los que sería posible construir una iniciativa de largo plazo.
Al terminar la reunión comprendí algo que no he dejado de pensar desde entonces.
El interés de aquella fundación por nuestro país no dependía únicamente de la magnitud de nuestros desafíos. Dependía también de la confianza de que aquí existieran organizaciones capaces de transformar recursos en resultados.
Ese día entendí que los países también compiten por algo de lo que hablamos muy poco.
Compiten por convertirse en el lugar donde el mundo decide invertir sus recursos y su confianza.
Cuando discutimos cómo duplicar el tamaño de la economía dominicana, objetivo central de Meta RD 2036, la conversación suele concentrarse, con razón, en inversión, productividad, infraestructura, innovación, educación o exportaciones. Son pilares indispensables y nadie sensato propondría sustituirlos.
Pero existe otra palanca que rara vez aparece en el debate económico.
La fortaleza de nuestra sociedad civil.
Cada año, gobiernos, fundaciones, empresas, universidades y redes internacionales movilizan recursos para impulsar proyectos de educación, salud, investigación, acción climática, innovación social, fortalecimiento democrático, voluntariado y desarrollo comunitario. La magnitud de ese flujo suele pasar desapercibida. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), solo la filantropía destinada al desarrollo movilizó 68.2 mil millones de dólares entre 2020 y 2023, una cifra equivalente a aproximadamente el 10 % de toda la Ayuda Oficial al Desarrollo desembolsada en ese mismo período. Estos recursos no solo financian programas sociales; también generan empleos, transfieren conocimiento, desarrollan capacidades institucionales y fortalecen la competitividad de los países que logran atraerlos.
Sin embargo, esos recursos no llegan automáticamente a los países que más los necesitan.
Cada vez con mayor frecuencia llegan a aquellos que ofrecen mayores garantías de transparencia, capacidad de ejecución, gobernanza y articulación entre actores.
En otras palabras, la confianza también se ha convertido en un factor de competitividad.
Eso explica por qué algunos países logran atraer de manera sistemática universidades, centros de investigación, fundaciones, programas de voluntariado internacional, iniciativas filantrópicas y proyectos de innovación, mientras otros permanecen al margen de esas oportunidades.
No basta con tener problemas por resolver.
Hay que demostrar que existe un ecosistema capaz de resolverlos.
Durante los últimos años he tenido el privilegio de participar en espacios como AFS, GivingTuesday, Alianza ONG y Red Filantrópica RD. En todos ellos he comprobado la misma realidad: cuando una organización internacional decide explorar un país, rara vez busca una institución aislada.
Busca un ecosistema de confianza.
En Red Filantrópica RD hemos resumido ese ecosistema en cuatro dimensiones: capacidad, competencias, credibilidad y conexiones. Esas cuatro variables sirven tanto para evaluar la capacidad de una organización para generar impacto como para medir el atractivo de un país ante quienes buscan invertir sus recursos y su confianza.
Por eso fortalecer la sociedad civil no es únicamente una agenda del sector social.
Es también una estrategia de desarrollo económico.
Algunos podrían interpretar este argumento como una invitación a concentrar oportunidades en las organizaciones más grandes o más profesionalizadas. Sería un error.
Precisamente porque lo que buscan los aliados internacionales es un ecosistema, el desafío consiste en fortalecer al conjunto. Organizaciones comunitarias, redes locales, universidades, empresas, gobiernos locales y organizaciones nacionales cumplen funciones distintas y complementarias. La confianza de un país se construye entre todos.
La República Dominicana ha demostrado que sabe competir por inversión extranjera, turismo y exportaciones. Quizás ha llegado el momento de preguntarnos si también queremos competir por atraer inversión social internacional.
No para depender más de la cooperación.
Sino para convertirnos en uno de los destinos más confiables de América Latina y el Caribe para la filantropía estratégica, la investigación, el voluntariado internacional y las alianzas globales.
Eso exige decisiones concretas.
Así como el país ha diseñado políticas para atraer inversión extranjera directa, también debería construir una estrategia para atraer inversión social internacional. Eso implica modernizar el marco legal para estimular la filantropía y remover barreras innecesarias; fortalecer la gobernanza y la transparencia de las organizaciones sociales; medir y visibilizar el aporte económico y social del sector; e incorporar a la sociedad civil organizada como un aliado permanente en la estrategia nacional de desarrollo.
Hace apenas unos días, desde Alianza ONG, propusimos precisamente eso: que la sociedad civil organizada participe de manera más decidida en Meta RD 2036, convencidos de que fortalecer el capital social, la confianza y la capacidad del país para movilizar recursos internacionales también forma parte del camino hacia una economía más grande y más competitiva.
Durante mucho tiempo hemos visto a la sociedad civil como una consecuencia del desarrollo: primero crece la economía y luego se fortalecen las instituciones sociales.
Vale la pena invertir ese razonamiento.
Si queremos duplicar el PIB, la sociedad civil no es solo una beneficiaria del crecimiento. También puede ser una de las palancas para alcanzarlo.
Compartir esta nota