Hoy, mientras millones de cristianos alrededor del mundo celebramos Corpus Christi, he dedicado unos momentos a reflexionar sobre el significado profundo de esta fecha.
Para quienes creemos en las enseñanzas de Jesucristo, Corpus Christi no es solamente una celebración religiosa. Es una invitación a recordar que la fe no puede quedarse en los templos, en las procesiones o en las palabras. Debe manifestarse en nuestras acciones diarias, en nuestra forma de tratar a los demás y en nuestro compromiso con el bien común.
A lo largo de mi vida he tenido el privilegio de servir desde distintos espacios: en programas sociales, en organismos internacionales, en iniciativas de desarrollo humano y, más recientemente, en esfuerzos vinculados a la transparencia, la ética pública y la lucha contra la corrupción.
En cada una de esas experiencias he aprendido una lección sencilla pero poderosa: detrás de cada decisión pública hay personas reales:
Hay niños que necesitan educación.
Hay pacientes que esperan medicamentos.
Hay familias que luchan por salir adelante.
Hay jóvenes que merecen oportunidades.
Hay ciudadanos que esperan justicia.
Por eso, cuando hablamos de corrupción, muchas veces olvidamos que no se trata únicamente de leyes, expedientes o tribunales. La corrupción tiene rostro humano. Cada recurso público mal utilizado es una oportunidad perdida para alguien que lo necesita.
Quizás por eso, en este día de Corpus Christi, me pregunto si estamos haciendo todo lo necesario para construir el país que soñamos para las próximas generaciones.
No me refiero a un partido político ni a una ideología determinada. Los partidos cambian. Los gobiernos pasan. Las personas ocupan cargos durante un tiempo y luego se marchan.
Lo que permanece son los principios.
Permanece la honestidad.
Permanece el sentido de justicia.
Permanece la responsabilidad de servir antes que servirse.
Permanece el compromiso con la dignidad humana.
Como nación, hemos avanzado en muchos aspectos. Sin embargo, todavía enfrentamos desafíos importantes. La pobreza, la desigualdad, la inseguridad, la corrupción y la pérdida de confianza en las instituciones siguen siendo preocupaciones legítimas de nuestra sociedad.
La respuesta a esos desafíos no puede ser el odio, la división o el enfrentamiento permanente. La respuesta debe ser más ética, más transparencia, más responsabilidad y más compromiso con las personas.
Jesucristo enseñó que el verdadero liderazgo consiste en servir. Tal vez esa sea una de las lecciones más necesarias para nuestro tiempo:
Servir con humildad.
Escuchar antes de hablar.
Construir antes que destruir.
Pensar en el bien común antes que en los intereses particulares.
Hoy, en Corpus Christi, elevo una oración por la República Dominicana. Por sus familias, por sus jóvenes, por sus servidores públicos, por quienes trabajan honestamente cada día y por quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones que afectan la vida de millones de personas.
Que nunca perdamos de vista que el propósito último de toda acción pública debe ser la dignidad del ser humano.
Porque los partidos cambian.
Las circunstancias cambian.
Las generaciones cambian.
Pero los principios permanecen.
Y son esos principios los que, al final, sostienen el futuro de una nación.
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