Puerto Plata, la legendaria “Novia del Atlántico”, no solo se contempla: se siente. Se distingue por la hermosura de sus costas y montañas, y por la profundidad de su prestigio cultural. Cada calle adoquinada, cada detalle victoriano en su centro histórico, el rumor salino del malecón, el eco de un merengue típico y el resplandor del ámbar en sus vitrinas revelan una ciudad que ha sabido convertir su pasado en patrimonio vivo y su identidad en uno de los pilares más sólidos de su desarrollo.
Mirar a Puerto Plata en retrospectiva es descubrir un territorio donde tradición y modernidad conviven en armonía. Desde finales del siglo XIX emergió como puerta cosmopolita, con un intenso intercambio comercial con Europa y el Caribe que dejó una huella imborrable en su arquitectura y en su espíritu abierto al mundo. Las emblemáticas construcciones de estilo victoriano, símbolo de elegancia, adornadas con filigranas de madera y amplios ventanales, constituyen una exposición a cielo abierto que, además de testimoniar el esplendor económico y social de una época, también forjó un sentido de pertenencia.
Ese mosaico donde el tiempo parece avanzar sin desprenderse de su memoria se complementa con galerías y museos —como el edificio “Fe en el Porvenir”, el Museo del Ámbar o el Gregorio Luperón— que han renovado sus espacios para albergar exposiciones, talleres y encuentros creativos.
La riqueza visual es acompañada por el florecimiento de las artesanías, especialmente las vinculadas al ámbar, resina considerada entre las más valiosas y singulares del mundo y que trascendió el ámbito comercial para transformarse en símbolo de identidad y creatividad. Talladores, joyeros y artesanos han hecho de estas piedras milenarias verdaderas expresiones artísticas.
Pero si existe un lenguaje capaz de resumir el espíritu de Puerto Plata, ese es la música. El ensayista Tulio M. Cestero, en su obra “Por el Cibao” (Impresiones de viaje por la región del Cibao), a principios del siglo pasado describió la ciudad diciendo que era un importante centro comercial del norte dominicano donde en cada casa de la calle 12 de Julio “sonaba un piano” y testimonió que “un paseo era ir a un concierto”.
Puerto Plata no solo tiene el privilegio de ser la tierra natal de importantes músicos y cantantes de renombre nacional e internacional (Eduardo Brito, Rafael Solano, Vicente Grisolía, Juan Lockward, etc.); también es una de las cunas más importantes del merengue típico, ritmo que encarna la alegría, la resistencia y la esencia popular dominicana. La Academia de la Música Típica Rafelito Román, en la Escuela de Bellas Artes, hoy consolida ese legado: es un espacio donde se enseña, preserva y difunde este género como símbolo de identidad y compromiso con la cultura viva. Así, la tradición se transmite y renueva, lejos de quedar solo en el recuerdo.
El carnaval, con su icónico personaje Taimáscaro, es otra joya provincial. Una expresión artística carnavalesca que mezcla tradiciones taínas, africanas y españolas en una fiesta de máscaras, trajes y bailes para contar historias sobre el mestizaje. Las comparsas son un escaparate de la creatividad.
Lugares emblemáticos como la Fortaleza San Felipe, de la época de la colonia, el Anfiteatro y el Parque La Puntilla se han transformado en escenarios para conciertos, exposiciones, teatro y encuentros internacionales, reafirmando el vínculo entre patrimonio, turismo y arte en una misma narrativa de desarrollo.
Puerto Plata en retro no es solo memoria: es la prueba de que, al honrar lo que somos, construimos lo que seremos. Debemos, pues, preservar —¡y ampliar!— los espacios culturales, privilegiar cada escuela, reafirmar que aquí el arte no es adorno, sino motor de desarrollo, orgullo y unión.
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